Ciudades deliciosas – Sevilla
La Derrota
09/12/2024 23:00
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CIUDADES DELICIOSAS - SEVILLA (Parcial)
17/04/05 - El ombligo de Sevilla
María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted meterse con la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC –allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario– se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde: «Qué va, hombre. Es Manolo Caracol».
Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas –y sólo si está Sevilla de por medio–, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos.
Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden –y lo consiguen desde hace siglos– llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido –la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron– en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana.
Vergüenza torera
PATENTE DE CORSO 07/05/1995
Estaba el arriba firmante viendo pasar la vida en una terraza de la esquina de la calle Sierpes de Sevilla, frente a la Peña Bética y el puesto de periódicos de Curro. El limpiabotas que había enfrente era flaco, agitanado, pasada ya la cicuentena larga. Un fulano de esos muy patanegra, con esos brazos chupaíllos y morenos llenos de tatuajes, un Ducados en la oreja y rizos de caracol bajo un sombrero cordobés donde lucía una insólita insignia metálica de la Legión. Ya se pueden imaginar la firma: ceceo cerrado y voz rota de aguardiente, todo el día arriba y abajo por la calle, el banco de betunes y cepillos bajo el brazo, con parada y fonda puntual en todos y cada uno de los bares del barrio. Que si un coñás aquí, que si vaya un caló que hase, que si un sigarrito allá, maeztro. O sea. Hecho polvo total.
El caso es que estaba yo tomándome un café en La Campana sin quitarle el ojo al personaje. En ese momento, el limpia se secaba con el dorso de la mano manchada de betún el sudor que le caía por la nariz mientras lustraba los zapatos de unos guiris, ingleses me parece que eran, que estaban allí, todos rubios y eso, abrevando en grupo y con la mesa llena de botellines de cerveza vacíos. Para ser exactos le limpiaba los zapatos a dos de ellos, porque los otros tres llevaban zapatillas de tenis y uno iba en bañador, detalle simpático e informal que aprovechaba para rascarse cómodamente la entrepierna. La cosa no dejaba de tener su aquel simbólico, pues precisamente en el periódico que yo tenía sobre la mesa había una foto del ministro Solana, ese tigre de Bruselas, bajándose los calzones en lo del fletán negro (bueno, los calzones no se veían porque la foto era un primer plano; pero la sonrisa y el gesto era de bajárselos). Y uno pensaba hay que ver, para eso nos van a dejar aquí, mis primos, antes de irse. Para limpiarle los zapatos a los hooligans de Manchester o de donde sean, a toda la chusma de Europa cuando vengan a ponerse ciegos de cerveza, a romper bares y discotecas, a jalear a sus equipos de fútbol, o a rascarse. Y nosotros, reconvertidos en putas, limpiabotas y camareros. (Dicho sea con todo el respeto que me merecen los camareros, los limpiabotas y las putas, a quienes he tratado mucho en el ejercicio de su actividad profesional y de la mía).
El caso es que me ocupaba yo, como ven, en tan alegres reflexiones, cuando los ingleses, o lo que fueran, le pagaron al limpia sus cuarenta y ocho duros, y después les dio por hacerse unas fotos limpiándose unos a otros los calcos con los utensilios del betunero. Debía de parecerles muy turístico fotografiar el paripé para luego enseñarle, supongo, las fotos a sus madres cuando éstas volvieran a casa de madrugada, tras la dura jornada laboral en las calles de Birmingham, o de Hamburgo, o de donde resultasen naturales las dignas señoras. Uno -el del bañador- hasta había cogido el cepillo y, mientras sus compañeros colocaban los pies en el banco del limpia, hacía ademán de arrodillarse para el afoto. Pero el limpiabotas dijo que ni hablar, y que verdes las habían segado. Que con sus chismes no se fotografiaba nadie. Le ofrecieron entonces un billete de mil, y el hombre se los quedó mirando tieso, erguido, torero, con sus brazos flacos llenos de tatuajes y su pinta de hecho polvo, y les dijo, alto y claro:
—Ezto e un trabaho mu zerio, míster. Y tiene su dinidà.
Con lo que recogió sus tratos y se fue muy flamenco, la cabeza alta, con su paso inseguro de vino tinto y carajillo, mientras Curro el de los periódicos y los camareros de La Campana lo jaleaban con palmas medio en guasa medio en serio. Y todavía, antes de alejarse, se detuvo un segundo ante mi mesa y, vuelto a medias hacia los guiris, de perfil, añadió, entre dientes:
—Hijosdelagranputa.
Sin duda le dolía lo del billete de mil, pero ya no era cosa de echarse atrás. Así que se tocó el ala del sombrero cordobés con la insignia del Tercio, y se perdió calle Sierpes abajo, tarareando una copla. Y yo volví a mi periódico y a lo del fletán y el bacalao inglés, y la sardina moruna, y lo que aún esté por venir. Y a la foto del ministro Solana y del otro que no sé cómo carajo se llama, el de la pesca; los que gracias a Europa y a la madre que los parió iban a comerse a las patrulleras canadienses sin pelar y a ponernos un piso en Terranova o en los caladeros de Rodolfo Langostino. Y me dije: hay que joderse con el patio, Arturín. Un país condenado de por vida a ser el buen vasallo que fuera si tuviese buen señor. Una tierra donde tienen más dignidad y más vergüenza los limpiabotas que los ministros.
SEVILLA LA CIUDAD DE LOS PASOS
Arturo Pérez-Reverte. Publicado en El País 1996.
Al capillita sevillano le gustan más las procesiones que a una monja una furgoneta. Para entender el sustantivo capillita partimos de un hecho científicamente probado: en el fondo, aunque lo niegue, lo que al noventa por ciento de los sevillanos varones les gustaría ser es hermano mayor de la Macarena o del Gran Poder. Aquí, ser hermano mayor de una cofradía señera es como ser presidente del Betis o del Sevilla: una autoridad. Igual te arruinas en el ejercicio del cargo, pero no te dejan pagar en los bares, y la genúte cede respetuosamente el paso por la calle. Cómo será la cosa que un buen amigo mío, conocido escritor andaluz volteriano y guasón, desposado con guapa sevillana de teja y mantilla negra, cuando sale el Jueves Santo a la calle del brazo de la legítima, todo elegante con chaqueta oscura y corbata, se pone al cuello, para estar a la altura de la señora y de las circunstancias, la aparatosa medalla del Instituto de Estudios Jienenses, que se parece a la de las cofradías sevillanas, y la gente le abre camino por la calle Sierpes como si fuera Curro Romero o Paco Gandía. Que es como ser, antes, capitán general.
Lo que pasa es que en Sevilla, hermandades de Semana Santa, o sea, masonerías blancas, sólo hay cincuenta y siete; y el escalafón corre despacio o, según quién eres —amistades, vecindad, dinero, posición social—, no corre en absoluto. Así que el sevillano al que le va la marcha de los Campanilleros, o La Amargura, o la que se tercie, se realiza con el hecho de ser capillita. Al capillita, aparte de la señora de teja y mantilla que lleva cogida del brazo, se le conoce enseguida por el uniforme reglamentario: camisa blanca impecable, corbata, americana azul marino cruzada, a ser posible con botones dorados, pantalón gris marengo, brillo de charol en los zapatos y de brillantina en la cabeza. Pertenece a una especie rara, singular, que sólo es posible encontrar, como si del coto de Doñana se tratara, en la Tierra de María Santísima.
Aparte la indumentaria, el pasador de corbata y la insignia de solapa, al capillita se lo sitúa por la contumacia de sus costumbres. Se pasa el año hablando de la Semana Santa, que, como todo el mundo sabe, es lo más grande del mundo. Vive para su hermandad, a la que dedica más tiempo que a la familia; y cuando agarra por su cuenta a un forastero, es capaz de martírizarlo durante horas con la minuciosa descripción de cómo el Cachorro te pone la piel de gallina al pasar, anocheciendo, por el puente de Triana (aunque, por supuesto, es imposible que comprendas ese sentimiento tan grande si tienes la desgracia de no haber nacido en Sevilla). En cuanto a ideología o posición social, el capillita no tiene una adscripción determinada, y te puede caer encima en cualquier ambiente. Igual da que sea ateo, meapilas, votante de Anguita o aficionado a los programas de Isabel Gemio. Se hermana con sus iguales llorando a lágrima viva cuando, en la madrugá, exactamente a la una y cuarenta y cinco, ve pasar por la calle Feria a la Esperanza Macarena, esa Virgen que guardó luto cuando a Joselito lo mató un toro en Talavera, o cuando oye las saetas vibrantes y sentidas, recias, casi agresivas, en las que Pepe Peregil, el maestro, no parece que le cante a los Cristos, sino que les riñe. O cuando a las cinco en punto, en Castelar, le chista al forastero para que se calle, porque no le deja oír el paso racheao, el roce de las alpargatas de los costaleros del Gran Poder, y después, cuando se aleja el Nazareno con la cruz a cuestas y esa zancada larga, poderosa, se vuelve Ileno de orgullo y te dice, solemne: “Éste si que es Dios, y no el otro, que al lado de éste ni es Dios ni es na”.
Durante la Semana Santa, el capillita ni lee periódicos, ni ve televisión, ni oye la radio; vive aislado del resto del mundo. El capillita es quien te dice muy serio eso de que “Sevilla tiene dos silencios: el de la Maestranza y el del Gran Poder en La Campana”, y se entrampa con el banco para la Semana Santa y la Feria de Abril como otros, Ibera de Sevilla, lo hacen para comprarse el Audi o el BMW. Es quien enseña al forastero a distinguir entre público, gentío y bulla, y se conoce los itinerarios (en Sevilla y Semana Sanra, la línea recta nunca es la más corta) para ver al Cristo de la Buena Muerte a las diez menos cuarto entre naranjos, con el fondo de la Tabacalera, y estar a las doce en Virgen de los Reyes para no perderse la Santa Cruz antes de encontrarse con La Bojitá en La Campana, moviéndose como Pílatos por Pretorio (“por poco nos deja sin Semana Santa, el hijoputa”) por ese caos callejero que sólo es aparente, pues la multitud responde a reglas de movimiento tan perfectas como las idas y venidas entre los coros de una ópera cientos de veces ensayada. Cuando caes en sus manos, el capillita es un tirano con sus itinerarios de piñón filo y sus lugares para ver cada cosa pero en realidad lo que le gusta es ir solo, o con otros cofrades. A veces tolera a regañadientes llevar con él al amigo, al cuñado, al compromiso. Puedes seguirlo, pero nunca se para ni te espera. Los momentos —La Amargura en Sor Ángela de la Cruz, el Gran Poder en Pedro del Toro, la Macarena con la Candelaria vencida, de vuelta a su banjo— se producen sólo una vez cada año, y no está dispuesto a perdérselos ni por su madre, que en Sevilla siempre es una santa. Diligente, emocionado, absorto, es capaz de hacerse diez o doce kilómetros cada día pateándose las calles, al encuentro de sus imágenes o de sus momentos predilectos. Va a lo suyo.
Una variedad apasionante es el capillita mariquita. Y en vez de homosexual escribo mariquita, a mucha honra. Porque nadie es tan entrañablemente mariquita como un homosexual sevillano y semanasantero. Lleva el barroco en la sangre y lo vive todo con una pasión inmensa, generosa, que se contagia y se le reconoce con respeto. Sus manos exquisitas para los alfileres han vestido y visten, con los más primorosos detalles, el buen gusto de las más bellas vírgenes de Sevilla. Y su delicadeza, y su ternura, y su profundo conocimiento de los mil detalles del ritual, lo convierten en autoridad indiscutible de la materia. Nadie, ni la más devota beata ni el capillita heterosexual más entregado a su cofradía, igualará nunca las manos de un mariquita como Dios manda aderezando la blonda del tocado de su Virgen, ni la mirada de orgullo que, abiertas de par en par las puertas de la iglesia, ya la música sonando y las largas filas de nazarenos calle abajo con sus cirios encendidos, le dirige a la guapisima Señora, a la Madre, cuando el capataz de portapasos grita "Al cielo con ella”, y los costaleros se incorporan, en un golpe masculino y seco, con ella en la cerviz, bajo los varales. Es su momento de lágrimas, y de gloria.
En realidad, digan lo que digan, el capillita es Sevilla, o la resume. O quizá Sevilla sigue siendo lo que es gracias a tan singular personaje, depositario de una herencia más sentimental que religiosa, encamada en una ciudad que considera propiedad privada ("Cómo está hoy mi Sevilla!”) y que, además, lo es. Porque, por más que se esfuercen en imitar el modelo, y toda Andalucía —hasta la Andalucía grave y seria de toda la vida— se haya empeñado en convenirse en grotesco y torpe remedo de su capital y su folclor, Sevilla no es España, sino una irrepetible ciudad italiana del Renacimiento. Una ciudad-estado que va a su aire, y se basta consigo misma porque tiene en si todo cuanto necesita. Por tener, tiene hasta los opuestos: dos ciudades en una, Sevilla y Triana. Sin contar dos Vírgenes principales, dos Cristos, el Betis y el Sevilla, Joselito y Belmonte, y toda la parafernalia entrelazada y dual, contradictoria, que culmina en ese barroco cofradiero que ya aparece incluso en los tratados de arte, el rococó del rococó que se alimenta de sí mismo, rizo sobre rizo, triunfo absoluto sobre el antiguo horror medieval al vacio. En Sevilla, la ramplona ordinariez de la liturgia después del Concilio Vaticano II no afectó para nada a las hermandades de Semana Santa, que se han batido con obstinación y éxito en la defensa de su identidad barroca y ciudadana (que en realidad aquí es la misma cosa), fieles a ella desde la Contrarreforma, o sea, desde que el Gran Capitán era cabo. Quizá por eso Sevilla, recinto autónomo, ciudad-trinchera que resiste gracias al culto a su propia memoria, ha soportado mejor que otras ciudades españolas la vulgarización y el mal gusto de los tiempos que corten. Y seguirá siendo ella mientras haya más capillitas que japoneses.
Un solo ejemplo: gracias a la Semana Santa, Sevilla es de las poquísimas ciudades españolas que conservan vivos, de cara al comercio diario, oficios artesanos que en otros sitios han desaparecido, herederos de antiguos gremios medievales nacidos a la sombra de las catedrales: tallistas, imagineros, bordadores, plateros, doradores, que hacen el mismo digno trabajo que en los siglos XVI y XVII. Y es que esta ciudad es como es, porque es baúrroca y porque tiene una Semana Santa. O quizá tiene una Semana Santa por ser como es. Durante generaciones, los sevillanos han sido bautizados ante esos altares, retablos e imágenes; ante ellos han hecho su primera comunión, se han casado y con sus nombres —Macarena, Jesús, Salvador, Esperanza, Manuel, Magdalena, María de la O— figuran en el registro civil. Hasta en los bares y tascas de sus barrios desayunan café con leche, toman a menudo sus manzanillas o sus lonchas de jamón, bajo las fotos enmarcadas y los carteles de esas imágenes. Tal vez por eso durante todo el año Sevilla es la Semana Santa; porque la Semana Santa es, a fin de cuentas, el runrún del recuerdo, el recobrar viejas sensaciones: olor de las torrijas hechas por la madre, el abuelo vistiéndose para la procesión y amortajado con la túnica de nazareno, la mano firme del padre por la calle, entre la música y el incienso, el roce de los varales con las bambalinas del palio, el tintineo de los rosarios de plata de las Virgenes, los ojos impresionantes del nazareno encapuchado que te mira por los agujeros del antifaz, las calles oliendo a primavera y a gloria bendita. No se trata ya del culto a Dios, sino del culto a la ciudad que contiene toda esa memoria. Por eso no resulta extraño el auge que han tomado las hermandades sevillanas en los últimos diez o quince años, que en absoluto se corresponde con los índices reales de catolicismo o de fervor religioso. La gente ya no se va a la playa estos días, sino que se queda; como si en Sevilla la Semana Santa se hubiera convertido en un fenómeno de ascenso y acceso a un reducto, un ritual, que antes se consideraba exclusivo de la aristocracia y de la alta burguesía. No es casual que la Iglesia católica no haya logrado nunca controlar del todo, pese a sus intentos, la Semana Santa sevillana. Y ahora la controla menos que nunca. Esta es la fiesta mayor, el homenaje que la propia ciudad se concede a sí misma, a sus apariencias y a sus nostalgias. Es el refugio, y el consuelo: un derroche de generosidad, orgullo y paganismo, en búsqueda desesperada de la seguridad y la infancia perdidas.
Por eso resulta apasionante estudiar despacio, mirando sin prisas, el papel que juega la mujer en todo este trajín semanasantero y sevillano. Siempre en segundo plano, en la sombra, desde que soporta las ausencias y afanes procesioniles del consorte hasta el planchado de la túnica, las torrijas y el bacalao con tomate para el marido y los hijos o los invitados, la aguja de coser y de bordar y demás etcéteras. Ser mujer de un capillita es una desgracia como otra cualquiera. Pero junto a los trescientos sesenta y cuatro días de purgatorio a que la condena su marido, hay uno de gloria: ese Jueves Santo en el que se pone guapísima de peluquería, de negro, con teja y mantilla, y del brazo de su legítimo se va por la mañana a El Salvador y a la
Magdalena, se toma el aperitivo en la Alicantina, el Giral da o el Rinconcillo, almuerza en familia y luego se viste, o mejor la ayudan a vestirse las hijas o la hermana o las vecinas o la madre (en Sevilla, a los Cristos, a las Vírgenes y a las mujeres se les ayuda siempre a vestirse), y sale a la calle con su marido a ver pasar a sus nietos vestidos de nazarenos, y a los hijos de costaleros, y encima, balanceándose a la luz de las velas enrizás, ve pasar a su Virgen y a su Jesús que, gracias a los afanes de su marido, y a los suyos propios en la parte que le toca, llenan la calle con más poderío y más hermosos que los chorros del oro.
Es curioso lo de la mujer, y lo de las Vírgenes, y lo de Sevilla. En realidad, todo este tinglado idólatra que es aquí la Semana Santa se resume en una especie de gigantesco Día de la Madre, donde en el fondo a los sevillanos les importa un pito que Jesús sea Hijo de Dios o del Sursum Corda. Lo que de verdad cuenta para ellos es que se trata del hijo de la Mujer, la Madre que va detrás, con lágrimas en la cara, siguiéndolo camino del calvario, y sin cuya presencia y participación el mismísimo Gran Poder seria un don nadie, un desgracian; un Juan Lanas. La relación del sevillano con su madre es tan especial que en realidad toda Sevilla no es sino un inmenso matriarcado encubierto. Aquí las mujeres valen mucho más que los hombres. Eso ocurre en todas panes, pero en Sevilla, cuando el aire huele a azahar y a Semana Santa, esa verdad te salta a la cara al volver cada esquina, al escuchar una conversación, al mirar a la gente desde la mesa de una terraza. Ignoro si el fenómeno se debe a una cuesútión de educación, de dependencia, de madres que malogran a sus hijos, o de lo que sea. Lo cierto es que en Sevilla los hombres son los que ostentan el protagonismo oficial —apenas ahora, se empieza a admitir de mala gana a las mujeres en algunas cofradías— y las mujeres se quedan en segundo plano, en la sombra; y sin embargo es en romo a ellas donde gira todo el espíritu de estos días singulares. Sevilla es una de las pocas ciudades del mundo donde todavía coexiste, en la mujer de la última década del siglo XX, la mujer del siglo XIX con todo su denso y hermoso atavismo. Mujeres silenciosas y fuertes, siempre superiores a los hombres que paren o con quienes se desposan. Sevilla es la ciudad de las mujeres con mucha casta y de los hombres que buscan a su madre. Detalle importante: cada vez se ven más sevillanas jóvenes con teja y mantilla en estas fechas.
Sólo en Sevilla, entre la gente que se agolpa en las calles estrechas y las esquinas, es posible oír a dos hombres como dos castillos, dos capillitas vestidos con su temo azul, de punta en blanco, comentando con toda seriedad la manera con que la Virgen lleva esa noche la blonda, los aderezos, los pendientes o la disposición de las puntillas y encajes. Y cuando, ya con las claras del día, en la esquina de Relator y Parra, ves venir de lejos a la Macarena a un tiempo espléndida y sombría, con la candelería apagada y los cirios cubiertos por las formas caprichosas que ha ido tomando la cera al derretirse, ojerosa y apesadumbrada bajo la luz cruda de la mañana tras doce horas de recorrer las calles, es posible oír también a un sevillano cualquiera, un hombre hecho y derecho, murmurar, mirándola absorto, un “viene cansá” que suena quebrado, como un sollozo.
En realidad, Sevilla es la ciudad de niños perdidos.
10-04-05
Matando cofrades
Acabo de ponerme ciego a matar cofrades y nazarenos de Semana Santa, pistola en mano, con el fondo de La Macarena, el Gran Poder y el Cristo de San Bernardo. Bang, bang, bang. Todo eso, por supuesto, en la pantalla del ordenata. Pistola virtual, claro. Matanza cofrade, se llama el juego. Matanza uno y matanza dos, porque tiene segunda parte. La mano guasona de un amigo sevillano me lo envió todo ayer. Un juego cutre y de pésimo gusto, por cierto. Más que para matar cofrades de la Semana Santa, el juego es para darle patadas en la boca al patoso que lo parió. Pero la cuestión es otra. Al patoso que lo parió, que por lo visto es un informático de Utrera, las cofradías sevillanas le piden un año de cárcel y ocho mil mortadelos de multa. Como lo oyen. O leen. Cuando Matanza cofrade 1 apareció en Internet –la segunda parte es de otro fulano que se sumó por su cuenta y en plan solidario al escabeche–, las cofradías, que en Sevilla mandan más que un capitán general cuando los capitanes generales mandaban algo, hicieron detener al autor por la Guardia Civil, la fiscalía intervino, y un juzgado dictó auto de apertura de juicio oral, que aún está pendiente. Resumiendo: al pazguato de la matanza lo pueden meter en la cárcel por atentar «contra los sentimientos religiosos y contra la propiedad industrial». Como ustedes, supongo, yo también aluciné una miaja con eso de la propiedad industrial, hasta que me informaron de que las imágenes del Gran Poder y la Esperanza Macarena están registradas como marcas. Para entendernos: si usted se aplasta un dedo con un martillo y blasfemando en arameo se cisca en algo, ojo. Puede estarse ciscando en una marca registrada. El siguiente paso puede ser la Menetérica, que decía Chiquito de la Calzada, llamando a su puerta. Así que cuidadín, pecadores de la pradera. Con la Semana Santa de Sevilla no se juega.
Uno comprende ciertas cosas, y se le eriza el vello con otras. Lo del vello no es de oír el paso racheao de los costaleros, precisamente. Se puede estar, sin pegas, de acuerdo con el asunto base: Matanza cofrade es una cutrez. Lo que le reprocho al informático de Utrera, que ni sé cómo se llama, ni me importa, no es que haga un juego para liquidar cofrades; cosa que puede tener, incluso, su puntito si se hace con gracia y talento. A veces también a mí me entran ganas –virtuales, por supuesto– de moverme con cartuchos de postas entre algunas tonterías y ciertos excesos, cuando las cosas rebasan lo razonable y se vuelven cursilería meapilas y capillita exagerá. Lo que le reprocho al autor del juego es que lo haya perpetrado de una manera tan mediocre y desabrida. Tan chapucera.
En cuanto a las cofradías de marras, en fin. Es asunto de los sevillanos, y con su pan se lo coman, que allí el principal fenómeno social y cultural –casi el único– sea la Semana Santa, y que todo cristo cifre en las cofradías el pulso de la ciudad, el prestigio ciudadano, la razón de su existencia y la gloria de su madre. Lo que ya no veo claro es que esas cofradías hayan convertido sus imágenes religiosas en símbolo de una determinada Sevilla, la que ellos manejan, marcas registradas incluidas, pero no estén dispuestos a comerse las duras tanto como las maduras; a encajar críticas que en realidad no van contra imágenes que a cualquier no creyente –variedad humana tan respetable como la del creyente, incluso en la tierra de María Santísima– le importan un carajo, sino contra esa determinada Sevilla, que a unos gusta mucho y a otros repatea el hígado, que utiliza tales imágenes como pretexto, escudo o bandera. El punto es delicado, y sólo los muy ecuánimes podrían trazar la línea que separa la blasfemia gratuita de la crítica social. Cuando uno se apropia de símbolos, ejerce el poder y medra gracias a ellos, se expone a que esos símbolos, como él mismo, se vean cuestionados, criticados y atacados. No encajar las reglas del juego con deportividad –al final me voy a creer, como dice Antonio Burgos, que el humor lo tienen en Cádiz– difumina la distancia que media, por ejemplo, entre este estúpido asunto y aquellas multas y detenciones de hace medio siglo por blasfemia, o aquellos prisioneros fusilados después de la guerra civil por destruir imágenes religiosas cuando la quema de conventos.
Y ya que estamos metidos en faena, la semana que viene hablaremos de la cultura en Sevilla. Si Dios quiere.
PATENTE DE CORSO 22.06.08
- Esas postalitas sevillanas - 781
La de hoy es una de esas edificantes historias que reflejan bien de qué va esto. Me la acaba de contar mi compadre Jesús Vigorra, y les va a encantar. Jesús dirige un programa de libros en Canal Sur llamado El público lee, que bate récords de audiencia cultural en Andalucía; programa que, de forma milagrosa, sobrevive sin casarse con nadie, dando voz a un variopinto registro de autores, hablando de libros que interesan a todo el mundo y negándose a convertir la literatura en club cerrado de capullos y cantamañanas. Por eso sigue ahí, para disfrute de sus seguidores y honra de la cadena andaluza –no todo va a ser telebasura– que desde hace años lo alberga y apoya. Además, mi compadre conduce un programa de radio que arrasa entre la gente de infantería, pues trata sobre los pequeños problemas de la ciudad y sus habitantes, y a menudo es último recurso de los que no tienen voz ni quien hable por ellos. Ahí es donde entra nuestra bonita anécdota.
En la Navidad de 2006, un colegio del distrito Cerro Amate de la ciudad de Sevilla organizó un concurso de postales navideñas para sus alumnos, bajo la cobertura del Ayuntamiento. Los niños hicieron sus postales primorosas, el colegio organizó una fiesta para entregar los premios, y éstos consistieron en una reproducción del futuro cheque que, con cargo a las arcas municipales, los niños, y sus padres por ellos, cobrarían como premio. Hasta ahí todo monísimo, como ven. Una iniciativa simpática, para incentivar la creatividad de las criaturas, y de paso que el distrito, y el Ayuntamiento, y todo el político o aspirante a manguta que pasara por allí, pudiera hacerse la foto correspondiente y salir en los periódicos. Que es de lo que se trataba, claro. La prueba es lo que vino después. O lo que no vino.
A principios de mayo de 2008 –casi año y medio después– ninguno de los niños ganadores del concurso había cobrado un euro, ni había indicios de que lo cobrara nunca. Hasta el punto de que una de las madres, harta de reclamar en las oficinas del distrito y de que nadie le hiciera caso, telefoneó al programa de radio de Jesús, contando el monipodio en plan te voy a decir una cosa, Vigorra de mi alma, escucha. A mi niño le dijeron que había ganado un premio de doscientos cuarenta euros, y hasta hoy no los ha visto ni de lejos. Y yo venga a ir al distrito a preguntar qué pasa con mi criatura, que estaba tan ilusionada, y allí te puedes imaginar. Nunca hay nadie, y si hay alguien, nunca está para recibirla a una. Y aquí estamos. Esperando.
A petición mía, Jesús me mandó la grabación de la entrevista que, después de aquello, le hizo a una representante de la municipalidad local pidiendo explicaciones sobre el asunto. Acabo de escucharla en el reproductor del ordenata donde tecleo, y ahora escribo asombrado, pese a la mucha mili que llevo a cuestas, por el impudor y la desvergüenza oficiales que se adivinan bajo los balbuceos, los silencios y las excusas de la prójima en cuestión; a fin de cuentas, ella, peoncito sin importancia del tinglado municipal responsable de la cosa. Porque resulta que en esta España donde el dinero se lo funden los ayuntamientos y los gobiernos autonómicos y los ministerios y el Estado –o lo que tengamos ahora– en setenta mil chorradas de presunto tufo cultural, donde todo cristo tira con pólvora del rey, donde el cuñado de Fulano o el constructor amigo de Mengano trincan por detrás con ambas manos y donde las facturas, cuando las hay, se arreglan a medida después de hechos los pagos, la razón por la que a un niño ganador de un concurso escolar de postales navideñas llevan año y medio sin pagarle doscientos cuarenta cochinos euros, es la siguiente: para esa cantidad hace falta que se reúna antes nada menos que el pleno del Ayuntamiento de Sevilla y apruebe la cosa. Pero como entre diciembre de 2006 y mayo de 2008 hubo elecciones municipales, los presupuestos quedaron paralizados, hubo que votarlos de nuevo, y el proceso administrativo para pagar el premio debió empezarse –al menos eso cuentan– desde el principio. De manera que, si todo ha ido bien, el niño cobrará más o menos por estas fechas. Teniendo en cuenta, claro, que hasta que el asunto no salió por la radio nadie era responsable de nada. El concurso de postales ya ni siquiera se convocó en diciembre de 2007. Silencio administrativo. Calculen cuándo habría cobrado el zagal si a su madre no se le ocurre piarlas en la radio.
Doscientos cuarenta euros y un colegio en Navidad, oigan. Un pleno de Ayuntamiento como trámite para que un niño cobre su premio. Dirán ustedes que no es posible. Que no puede tenerse tan poca vergüenza, ni en Sevilla ni en ninguna otra parte. Pero ya ven. Se puede.
2018.03.18 La joven del violín
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Sentado en la terraza del bar Laredo de Sevilla, con un libro en las manos –Memorias de un librero, de Héctor Yánover– y una copa de manzanilla sobre la mesa, levanto de vez en cuando la vista para mirar a la gente que pasa. De vez en cuando, grupos de turistas desembocan en la plaza de San Francisco viniendo por la calle Sierpes, camino de la Giralda y el Patio de los Naranjos; y otros, que van por libre, se pasean despacio mirando el edificio del Ayuntamiento. Es una mañana muy sevillana, luminosa y tranquila. Y para hacerla todavía más agradable, suena música de violín.
La violinista llegó hace un momento, dejó en el suelo el estuche abierto de su instrumento y empezó a tocar Fascinación. La tengo a unos cinco metros. Es joven, gordita y guapa, con el pelo recogido en dos trenzas cortas. Su aspecto es simpático. Tiene los ojos claros y al principio me parece extranjera, pero al rato pasan dos conocidos suyos, deja de tocar un momento y la oigo cambiar unas palabras en perfecto español. Después sigue tocando. Mientras desliza el arco sobre las cuerdas, su expresión se torna muy dulce. La observo detenidamente y concluyo que no está fingiendo. Con certeza ama la música que hace, es feliz con el violín encajado en el hueco del hombro y la mandíbula, tocándolo con elegante maestría. No sé casi nada de música, pero sí lo bastante para saber cuándo un intérprete es bueno o malo. Y ésta es muy buena. No de esos aguafiestas que estás hablando y se te sitúan al lado con un altavoz y un chundarata insoportable, amargándote el aperitivo; y luego, encima, pretenden que les pagues por ello. Nada de eso. La chica del violín es una artista de verdad. Una violinista seria.
Pese a todo, el estuche del suelo sigue vacío. Nadie de los que pasan, y son muchos, deja una moneda. Ocurre, además, algo que me desagrada siempre, y que observo a menudo en lugares semejantes: turistas equipados con cámaras o teléfonos móviles, que creen que quienes están en la calle haciendo pompas de jabón, o disfrazados de astronauta, o tocando el violín, están allí para que ellos puedan hacer fotos por la cara, completamente gratis. Que les paga el Ayuntamiento para que alegren el itinerario. Gente tacaña, o estúpida, que se acerca, hace la foto o, lo que es peor, pide que la fotografíen junto al artista o personaje de turno, y luego sigue su camino sin dejar nada a cambio.
Eso es lo que ocurre con la chica del violín. La miran, se paran a su lado, se hacen fotos con ella y nadie deja caer un euro. Es más: en la mesa contigua a la mía hay una pareja. Un hombre y una mujer negros, muy bien vestidos. Ella es grandota y abundante; y él, un tipo corpulento con un pesado reloj de oro en la muñeca y un teléfono pegado a la oreja, por el que habla en inglés, a grito pelado, sin importarle la música y quienes la escuchamos. Y yo miro a la violinista, su dulce expresión absorta en la música, los ojos claros que entorna a veces como si se sintiera transportada por ella, y me pregunto con tristeza cuántos sueños mueren aquí, frente a esta terraza de un bar de Sevilla, o frente a no importa qué bar del mundo. Cuántas horas de esfuerzo, de practicar, de confiar en poder dedicarse un día a vivir de lo que sin duda era una pasión, y que, tras vaya usted a saber cuántas decepciones, fracasos y amarguras, acaban en un estuche abierto en el suelo, en una melodía que apenas nadie atiende en serio, en una joven con trenzas y ojos claros que, absorta en la música que ama, la ofrece en la calle a fin de ganarse la vida con lo que sabe, como la dejan, como puede.
La chica toca ahora Moon River; y una vacaburra, acompañada por un animal varón de apariencia aún más grosera que ella, se acerca, se hace una foto al lado y sigue su camino sin mirar siquiera a la chica del violín, que cuando les sonríe lo hace ya al vacío. Entonces llego a ese pasaje del libro en el que Yánover habla del cliente que preguntó: «¿Tienen Crimen y castigo, de Doctor Jekyll?». Y me digo que ya es suficiente, que mi capacidad de tristeza se ha colmado de sobra esta mañana; así que cierro el libro, me levanto, y antes de irme dejo un billete en la funda vacía. Al incorporarme, encuentro un destello de agradecimiento en la mirada clara de la joven. Entonces le guiño un ojo y ella hace lo mismo, sin dejar de tocar. Y mientras me alejo, cuando dirijo una última mirada a la violinista cuya melodía va quedando a mi espalda, veo que la negra de la mesa se ha levantado y también deja algo en el estuche.
2022.11.06 Un balcón en Roma
Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
“… Y por si fuera poco, para rematarlo, Sevilla. Cuando preparaba la novela llegué a esa ciudad y supe que era ella, que me encontraba en el lugar exacto. Después estuve dos años yendo y viniendo mientras las tramas que componían la novela cuajaban en un laberinto de sensaciones que a punto estuvieron de hacerme salir del camino y perderme en un lugar diferente, seductor, donde la propia Sevilla, como un trasunto de la hermosa Macarena Bruner hecha piedra y siglos y naranjas amargas y manzanilla, me hubiese atrapado con su canto de sirena. A punto estuve de escribir una novela diferente a la que me había llevado hasta allí. O tal vez eso fue lo que hice. Por primera vez en mi vida dejé de controlar por completo una historia y fue el escenario, aquella ciudad asombrosa, lo que se apoderó de mí.
Tres décadas después, con todo eso en la cabeza, acudí una tarde a la llamada de mi amigo el director Sergio Dow y también de otro viejo amigo, el productor Enrique Cerezo; y lo hice como siempre acudo a estas cosas: un poco resignado aunque dispuesto, como siempre, a enfrentarme a mi propia historia en la pantalla aceptando que ya no es mía sino de un director, un guionista, unos actores, un productor y un amplio equipo que inevitablemente acaban convirtiéndola, pues ésas son las reglas del cine y la televisión, en algo que puedes reconocer como tuyo, pero que ya es también, y sobre todo, ajeno. Que pertenece a otros.
Sin embargo, cuál no fue mi sorpresa al descubrir que en este caso no había sido así. Que la película era excelente y que Richard Armitage, Amaia Salamanca, Rodolfo Sancho, Alicia Borrachero, Paul Guilfoyle y los demás actores estaban estupendos en sus personajes. Que una especie de milagro extraño se producía en la pantalla, y que aquello era como encontrar a unos viejos amigos aún jóvenes, intactos, casi como los había imaginado y escrito. Y esa especie de satisfacción o de orgullo, esa dicha singular, íntima, intensa, que me producía La piel del tambor en la oscuridad de la sala de proyecciones, se parecía mucho a la original, aquella que sentí cuando por primera vez llegué a esa ciudad asombrosa que ahora, convertida en un personaje más de la película como ocurría en la novela, confirmaba las líneas con las que en su momento abrí mi relato: «Clérigos, banqueros, piratas, duquesas y malandrines, los personajes y situaciones de esta novela son imaginarios. Todo aquí es ficticio excepto el escenario. Nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla».
Pero todo eso había empezado en otro lugar, mucho antes. Con aquel sacerdote, que cuando lo imaginé aún no tenía nombre, asomado a un balcón en Roma.
Así que, bueno. Para qué les digo otra cosa. Me gusta mucho escribir novelas.
2023.01.01 Mi París y otros amores
/Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
Hay ciudades que sosiegan y otras que estimulan. El efecto, supongo, varía según cada cual. En lo que a mí se refiere, Sevilla, Lisboa o Tánger, por ejemplo, son de las primeras. De las que inspiran paz y ganas de pasear tranquilo, sin complicarte la vida: comer, leer, tomar una copa, mirar los lugares hermosos y ver pasar a la gente. Aquéllas donde no sientes la necesidad de hacer nada diferente a lo que haces. Otras ciudades, sin embargo, me causan un efecto distinto. En ellas es como si te tomaras una taza de café solo, bien cargado, o te fumaras un cigarrillo de los tiempos en que fumabas. O tuvieras quince años y te enamorases de alguien. Ciudades que abren puertas, que sugieren cosas quizá interesantes que todavía no has hecho. Puestos a seguir con los ejemplos, eso me ocurre en Londres, o en Nueva York, o en la ciudad de México. Son ciudades que incitan a hacer, a vivir, a imaginar. Que, como digo, estimulan. Que te vuelven lúcido y creativo.…
2023.11.12 El armario de las horas felices
Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
Mi rutina sevillana, los días en que estoy tranquilo, es simple: del hotel Colón a desayunar en Las Piletas, y luego un paseo por las pocas librerías de viejo que van quedando en la ciudad. Acabo siempre en Los Claveles, ante una manzanilla y una tapa de carrillada en salsa, revisando el botín mientras charlo a ratos con Santi, el dueño, con su madre y con mi compadre Jordi, vecino del barrio –lo de Jordi es sólo un apodo, porque trabajó un tiempo en Cataluña–, cuando aparece por allí. …
17/04/05 - El ombligo de Sevilla
María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted meterse con la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC –allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario– se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde: «Qué va, hombre. Es Manolo Caracol».
Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas –y sólo si está Sevilla de por medio–, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos.
Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden –y lo consiguen desde hace siglos– llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido –la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron– en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana.
Vergüenza torera
PATENTE DE CORSO 07/05/1995
Estaba el arriba firmante viendo pasar la vida en una terraza de la esquina de la calle Sierpes de Sevilla, frente a la Peña Bética y el puesto de periódicos de Curro. El limpiabotas que había enfrente era flaco, agitanado, pasada ya la cicuentena larga. Un fulano de esos muy patanegra, con esos brazos chupaíllos y morenos llenos de tatuajes, un Ducados en la oreja y rizos de caracol bajo un sombrero cordobés donde lucía una insólita insignia metálica de la Legión. Ya se pueden imaginar la firma: ceceo cerrado y voz rota de aguardiente, todo el día arriba y abajo por la calle, el banco de betunes y cepillos bajo el brazo, con parada y fonda puntual en todos y cada uno de los bares del barrio. Que si un coñás aquí, que si vaya un caló que hase, que si un sigarrito allá, maeztro. O sea. Hecho polvo total.
El caso es que estaba yo tomándome un café en La Campana sin quitarle el ojo al personaje. En ese momento, el limpia se secaba con el dorso de la mano manchada de betún el sudor que le caía por la nariz mientras lustraba los zapatos de unos guiris, ingleses me parece que eran, que estaban allí, todos rubios y eso, abrevando en grupo y con la mesa llena de botellines de cerveza vacíos. Para ser exactos le limpiaba los zapatos a dos de ellos, porque los otros tres llevaban zapatillas de tenis y uno iba en bañador, detalle simpático e informal que aprovechaba para rascarse cómodamente la entrepierna. La cosa no dejaba de tener su aquel simbólico, pues precisamente en el periódico que yo tenía sobre la mesa había una foto del ministro Solana, ese tigre de Bruselas, bajándose los calzones en lo del fletán negro (bueno, los calzones no se veían porque la foto era un primer plano; pero la sonrisa y el gesto era de bajárselos). Y uno pensaba hay que ver, para eso nos van a dejar aquí, mis primos, antes de irse. Para limpiarle los zapatos a los hooligans de Manchester o de donde sean, a toda la chusma de Europa cuando vengan a ponerse ciegos de cerveza, a romper bares y discotecas, a jalear a sus equipos de fútbol, o a rascarse. Y nosotros, reconvertidos en putas, limpiabotas y camareros. (Dicho sea con todo el respeto que me merecen los camareros, los limpiabotas y las putas, a quienes he tratado mucho en el ejercicio de su actividad profesional y de la mía).
El caso es que me ocupaba yo, como ven, en tan alegres reflexiones, cuando los ingleses, o lo que fueran, le pagaron al limpia sus cuarenta y ocho duros, y después les dio por hacerse unas fotos limpiándose unos a otros los calcos con los utensilios del betunero. Debía de parecerles muy turístico fotografiar el paripé para luego enseñarle, supongo, las fotos a sus madres cuando éstas volvieran a casa de madrugada, tras la dura jornada laboral en las calles de Birmingham, o de Hamburgo, o de donde resultasen naturales las dignas señoras. Uno -el del bañador- hasta había cogido el cepillo y, mientras sus compañeros colocaban los pies en el banco del limpia, hacía ademán de arrodillarse para el afoto. Pero el limpiabotas dijo que ni hablar, y que verdes las habían segado. Que con sus chismes no se fotografiaba nadie. Le ofrecieron entonces un billete de mil, y el hombre se los quedó mirando tieso, erguido, torero, con sus brazos flacos llenos de tatuajes y su pinta de hecho polvo, y les dijo, alto y claro:
—Ezto e un trabaho mu zerio, míster. Y tiene su dinidà.
Con lo que recogió sus tratos y se fue muy flamenco, la cabeza alta, con su paso inseguro de vino tinto y carajillo, mientras Curro el de los periódicos y los camareros de La Campana lo jaleaban con palmas medio en guasa medio en serio. Y todavía, antes de alejarse, se detuvo un segundo ante mi mesa y, vuelto a medias hacia los guiris, de perfil, añadió, entre dientes:
—Hijosdelagranputa.
Sin duda le dolía lo del billete de mil, pero ya no era cosa de echarse atrás. Así que se tocó el ala del sombrero cordobés con la insignia del Tercio, y se perdió calle Sierpes abajo, tarareando una copla. Y yo volví a mi periódico y a lo del fletán y el bacalao inglés, y la sardina moruna, y lo que aún esté por venir. Y a la foto del ministro Solana y del otro que no sé cómo carajo se llama, el de la pesca; los que gracias a Europa y a la madre que los parió iban a comerse a las patrulleras canadienses sin pelar y a ponernos un piso en Terranova o en los caladeros de Rodolfo Langostino. Y me dije: hay que joderse con el patio, Arturín. Un país condenado de por vida a ser el buen vasallo que fuera si tuviese buen señor. Una tierra donde tienen más dignidad y más vergüenza los limpiabotas que los ministros.
SEVILLA LA CIUDAD DE LOS PASOS
Arturo Pérez-Reverte. Publicado en El País 1996.
Al capillita sevillano le gustan más las procesiones que a una monja una furgoneta. Para entender el sustantivo capillita partimos de un hecho científicamente probado: en el fondo, aunque lo niegue, lo que al noventa por ciento de los sevillanos varones les gustaría ser es hermano mayor de la Macarena o del Gran Poder. Aquí, ser hermano mayor de una cofradía señera es como ser presidente del Betis o del Sevilla: una autoridad. Igual te arruinas en el ejercicio del cargo, pero no te dejan pagar en los bares, y la genúte cede respetuosamente el paso por la calle. Cómo será la cosa que un buen amigo mío, conocido escritor andaluz volteriano y guasón, desposado con guapa sevillana de teja y mantilla negra, cuando sale el Jueves Santo a la calle del brazo de la legítima, todo elegante con chaqueta oscura y corbata, se pone al cuello, para estar a la altura de la señora y de las circunstancias, la aparatosa medalla del Instituto de Estudios Jienenses, que se parece a la de las cofradías sevillanas, y la gente le abre camino por la calle Sierpes como si fuera Curro Romero o Paco Gandía. Que es como ser, antes, capitán general.
Lo que pasa es que en Sevilla, hermandades de Semana Santa, o sea, masonerías blancas, sólo hay cincuenta y siete; y el escalafón corre despacio o, según quién eres —amistades, vecindad, dinero, posición social—, no corre en absoluto. Así que el sevillano al que le va la marcha de los Campanilleros, o La Amargura, o la que se tercie, se realiza con el hecho de ser capillita. Al capillita, aparte de la señora de teja y mantilla que lleva cogida del brazo, se le conoce enseguida por el uniforme reglamentario: camisa blanca impecable, corbata, americana azul marino cruzada, a ser posible con botones dorados, pantalón gris marengo, brillo de charol en los zapatos y de brillantina en la cabeza. Pertenece a una especie rara, singular, que sólo es posible encontrar, como si del coto de Doñana se tratara, en la Tierra de María Santísima.
Aparte la indumentaria, el pasador de corbata y la insignia de solapa, al capillita se lo sitúa por la contumacia de sus costumbres. Se pasa el año hablando de la Semana Santa, que, como todo el mundo sabe, es lo más grande del mundo. Vive para su hermandad, a la que dedica más tiempo que a la familia; y cuando agarra por su cuenta a un forastero, es capaz de martírizarlo durante horas con la minuciosa descripción de cómo el Cachorro te pone la piel de gallina al pasar, anocheciendo, por el puente de Triana (aunque, por supuesto, es imposible que comprendas ese sentimiento tan grande si tienes la desgracia de no haber nacido en Sevilla). En cuanto a ideología o posición social, el capillita no tiene una adscripción determinada, y te puede caer encima en cualquier ambiente. Igual da que sea ateo, meapilas, votante de Anguita o aficionado a los programas de Isabel Gemio. Se hermana con sus iguales llorando a lágrima viva cuando, en la madrugá, exactamente a la una y cuarenta y cinco, ve pasar por la calle Feria a la Esperanza Macarena, esa Virgen que guardó luto cuando a Joselito lo mató un toro en Talavera, o cuando oye las saetas vibrantes y sentidas, recias, casi agresivas, en las que Pepe Peregil, el maestro, no parece que le cante a los Cristos, sino que les riñe. O cuando a las cinco en punto, en Castelar, le chista al forastero para que se calle, porque no le deja oír el paso racheao, el roce de las alpargatas de los costaleros del Gran Poder, y después, cuando se aleja el Nazareno con la cruz a cuestas y esa zancada larga, poderosa, se vuelve Ileno de orgullo y te dice, solemne: “Éste si que es Dios, y no el otro, que al lado de éste ni es Dios ni es na”.
Durante la Semana Santa, el capillita ni lee periódicos, ni ve televisión, ni oye la radio; vive aislado del resto del mundo. El capillita es quien te dice muy serio eso de que “Sevilla tiene dos silencios: el de la Maestranza y el del Gran Poder en La Campana”, y se entrampa con el banco para la Semana Santa y la Feria de Abril como otros, Ibera de Sevilla, lo hacen para comprarse el Audi o el BMW. Es quien enseña al forastero a distinguir entre público, gentío y bulla, y se conoce los itinerarios (en Sevilla y Semana Sanra, la línea recta nunca es la más corta) para ver al Cristo de la Buena Muerte a las diez menos cuarto entre naranjos, con el fondo de la Tabacalera, y estar a las doce en Virgen de los Reyes para no perderse la Santa Cruz antes de encontrarse con La Bojitá en La Campana, moviéndose como Pílatos por Pretorio (“por poco nos deja sin Semana Santa, el hijoputa”) por ese caos callejero que sólo es aparente, pues la multitud responde a reglas de movimiento tan perfectas como las idas y venidas entre los coros de una ópera cientos de veces ensayada. Cuando caes en sus manos, el capillita es un tirano con sus itinerarios de piñón filo y sus lugares para ver cada cosa pero en realidad lo que le gusta es ir solo, o con otros cofrades. A veces tolera a regañadientes llevar con él al amigo, al cuñado, al compromiso. Puedes seguirlo, pero nunca se para ni te espera. Los momentos —La Amargura en Sor Ángela de la Cruz, el Gran Poder en Pedro del Toro, la Macarena con la Candelaria vencida, de vuelta a su banjo— se producen sólo una vez cada año, y no está dispuesto a perdérselos ni por su madre, que en Sevilla siempre es una santa. Diligente, emocionado, absorto, es capaz de hacerse diez o doce kilómetros cada día pateándose las calles, al encuentro de sus imágenes o de sus momentos predilectos. Va a lo suyo.
Una variedad apasionante es el capillita mariquita. Y en vez de homosexual escribo mariquita, a mucha honra. Porque nadie es tan entrañablemente mariquita como un homosexual sevillano y semanasantero. Lleva el barroco en la sangre y lo vive todo con una pasión inmensa, generosa, que se contagia y se le reconoce con respeto. Sus manos exquisitas para los alfileres han vestido y visten, con los más primorosos detalles, el buen gusto de las más bellas vírgenes de Sevilla. Y su delicadeza, y su ternura, y su profundo conocimiento de los mil detalles del ritual, lo convierten en autoridad indiscutible de la materia. Nadie, ni la más devota beata ni el capillita heterosexual más entregado a su cofradía, igualará nunca las manos de un mariquita como Dios manda aderezando la blonda del tocado de su Virgen, ni la mirada de orgullo que, abiertas de par en par las puertas de la iglesia, ya la música sonando y las largas filas de nazarenos calle abajo con sus cirios encendidos, le dirige a la guapisima Señora, a la Madre, cuando el capataz de portapasos grita "Al cielo con ella”, y los costaleros se incorporan, en un golpe masculino y seco, con ella en la cerviz, bajo los varales. Es su momento de lágrimas, y de gloria.
En realidad, digan lo que digan, el capillita es Sevilla, o la resume. O quizá Sevilla sigue siendo lo que es gracias a tan singular personaje, depositario de una herencia más sentimental que religiosa, encamada en una ciudad que considera propiedad privada ("Cómo está hoy mi Sevilla!”) y que, además, lo es. Porque, por más que se esfuercen en imitar el modelo, y toda Andalucía —hasta la Andalucía grave y seria de toda la vida— se haya empeñado en convenirse en grotesco y torpe remedo de su capital y su folclor, Sevilla no es España, sino una irrepetible ciudad italiana del Renacimiento. Una ciudad-estado que va a su aire, y se basta consigo misma porque tiene en si todo cuanto necesita. Por tener, tiene hasta los opuestos: dos ciudades en una, Sevilla y Triana. Sin contar dos Vírgenes principales, dos Cristos, el Betis y el Sevilla, Joselito y Belmonte, y toda la parafernalia entrelazada y dual, contradictoria, que culmina en ese barroco cofradiero que ya aparece incluso en los tratados de arte, el rococó del rococó que se alimenta de sí mismo, rizo sobre rizo, triunfo absoluto sobre el antiguo horror medieval al vacio. En Sevilla, la ramplona ordinariez de la liturgia después del Concilio Vaticano II no afectó para nada a las hermandades de Semana Santa, que se han batido con obstinación y éxito en la defensa de su identidad barroca y ciudadana (que en realidad aquí es la misma cosa), fieles a ella desde la Contrarreforma, o sea, desde que el Gran Capitán era cabo. Quizá por eso Sevilla, recinto autónomo, ciudad-trinchera que resiste gracias al culto a su propia memoria, ha soportado mejor que otras ciudades españolas la vulgarización y el mal gusto de los tiempos que corten. Y seguirá siendo ella mientras haya más capillitas que japoneses.
Un solo ejemplo: gracias a la Semana Santa, Sevilla es de las poquísimas ciudades españolas que conservan vivos, de cara al comercio diario, oficios artesanos que en otros sitios han desaparecido, herederos de antiguos gremios medievales nacidos a la sombra de las catedrales: tallistas, imagineros, bordadores, plateros, doradores, que hacen el mismo digno trabajo que en los siglos XVI y XVII. Y es que esta ciudad es como es, porque es baúrroca y porque tiene una Semana Santa. O quizá tiene una Semana Santa por ser como es. Durante generaciones, los sevillanos han sido bautizados ante esos altares, retablos e imágenes; ante ellos han hecho su primera comunión, se han casado y con sus nombres —Macarena, Jesús, Salvador, Esperanza, Manuel, Magdalena, María de la O— figuran en el registro civil. Hasta en los bares y tascas de sus barrios desayunan café con leche, toman a menudo sus manzanillas o sus lonchas de jamón, bajo las fotos enmarcadas y los carteles de esas imágenes. Tal vez por eso durante todo el año Sevilla es la Semana Santa; porque la Semana Santa es, a fin de cuentas, el runrún del recuerdo, el recobrar viejas sensaciones: olor de las torrijas hechas por la madre, el abuelo vistiéndose para la procesión y amortajado con la túnica de nazareno, la mano firme del padre por la calle, entre la música y el incienso, el roce de los varales con las bambalinas del palio, el tintineo de los rosarios de plata de las Virgenes, los ojos impresionantes del nazareno encapuchado que te mira por los agujeros del antifaz, las calles oliendo a primavera y a gloria bendita. No se trata ya del culto a Dios, sino del culto a la ciudad que contiene toda esa memoria. Por eso no resulta extraño el auge que han tomado las hermandades sevillanas en los últimos diez o quince años, que en absoluto se corresponde con los índices reales de catolicismo o de fervor religioso. La gente ya no se va a la playa estos días, sino que se queda; como si en Sevilla la Semana Santa se hubiera convertido en un fenómeno de ascenso y acceso a un reducto, un ritual, que antes se consideraba exclusivo de la aristocracia y de la alta burguesía. No es casual que la Iglesia católica no haya logrado nunca controlar del todo, pese a sus intentos, la Semana Santa sevillana. Y ahora la controla menos que nunca. Esta es la fiesta mayor, el homenaje que la propia ciudad se concede a sí misma, a sus apariencias y a sus nostalgias. Es el refugio, y el consuelo: un derroche de generosidad, orgullo y paganismo, en búsqueda desesperada de la seguridad y la infancia perdidas.
Por eso resulta apasionante estudiar despacio, mirando sin prisas, el papel que juega la mujer en todo este trajín semanasantero y sevillano. Siempre en segundo plano, en la sombra, desde que soporta las ausencias y afanes procesioniles del consorte hasta el planchado de la túnica, las torrijas y el bacalao con tomate para el marido y los hijos o los invitados, la aguja de coser y de bordar y demás etcéteras. Ser mujer de un capillita es una desgracia como otra cualquiera. Pero junto a los trescientos sesenta y cuatro días de purgatorio a que la condena su marido, hay uno de gloria: ese Jueves Santo en el que se pone guapísima de peluquería, de negro, con teja y mantilla, y del brazo de su legítimo se va por la mañana a El Salvador y a la
Magdalena, se toma el aperitivo en la Alicantina, el Giral da o el Rinconcillo, almuerza en familia y luego se viste, o mejor la ayudan a vestirse las hijas o la hermana o las vecinas o la madre (en Sevilla, a los Cristos, a las Vírgenes y a las mujeres se les ayuda siempre a vestirse), y sale a la calle con su marido a ver pasar a sus nietos vestidos de nazarenos, y a los hijos de costaleros, y encima, balanceándose a la luz de las velas enrizás, ve pasar a su Virgen y a su Jesús que, gracias a los afanes de su marido, y a los suyos propios en la parte que le toca, llenan la calle con más poderío y más hermosos que los chorros del oro.
Es curioso lo de la mujer, y lo de las Vírgenes, y lo de Sevilla. En realidad, todo este tinglado idólatra que es aquí la Semana Santa se resume en una especie de gigantesco Día de la Madre, donde en el fondo a los sevillanos les importa un pito que Jesús sea Hijo de Dios o del Sursum Corda. Lo que de verdad cuenta para ellos es que se trata del hijo de la Mujer, la Madre que va detrás, con lágrimas en la cara, siguiéndolo camino del calvario, y sin cuya presencia y participación el mismísimo Gran Poder seria un don nadie, un desgracian; un Juan Lanas. La relación del sevillano con su madre es tan especial que en realidad toda Sevilla no es sino un inmenso matriarcado encubierto. Aquí las mujeres valen mucho más que los hombres. Eso ocurre en todas panes, pero en Sevilla, cuando el aire huele a azahar y a Semana Santa, esa verdad te salta a la cara al volver cada esquina, al escuchar una conversación, al mirar a la gente desde la mesa de una terraza. Ignoro si el fenómeno se debe a una cuesútión de educación, de dependencia, de madres que malogran a sus hijos, o de lo que sea. Lo cierto es que en Sevilla los hombres son los que ostentan el protagonismo oficial —apenas ahora, se empieza a admitir de mala gana a las mujeres en algunas cofradías— y las mujeres se quedan en segundo plano, en la sombra; y sin embargo es en romo a ellas donde gira todo el espíritu de estos días singulares. Sevilla es una de las pocas ciudades del mundo donde todavía coexiste, en la mujer de la última década del siglo XX, la mujer del siglo XIX con todo su denso y hermoso atavismo. Mujeres silenciosas y fuertes, siempre superiores a los hombres que paren o con quienes se desposan. Sevilla es la ciudad de las mujeres con mucha casta y de los hombres que buscan a su madre. Detalle importante: cada vez se ven más sevillanas jóvenes con teja y mantilla en estas fechas.
Sólo en Sevilla, entre la gente que se agolpa en las calles estrechas y las esquinas, es posible oír a dos hombres como dos castillos, dos capillitas vestidos con su temo azul, de punta en blanco, comentando con toda seriedad la manera con que la Virgen lleva esa noche la blonda, los aderezos, los pendientes o la disposición de las puntillas y encajes. Y cuando, ya con las claras del día, en la esquina de Relator y Parra, ves venir de lejos a la Macarena a un tiempo espléndida y sombría, con la candelería apagada y los cirios cubiertos por las formas caprichosas que ha ido tomando la cera al derretirse, ojerosa y apesadumbrada bajo la luz cruda de la mañana tras doce horas de recorrer las calles, es posible oír también a un sevillano cualquiera, un hombre hecho y derecho, murmurar, mirándola absorto, un “viene cansá” que suena quebrado, como un sollozo.
En realidad, Sevilla es la ciudad de niños perdidos.
10-04-05
Matando cofrades
Acabo de ponerme ciego a matar cofrades y nazarenos de Semana Santa, pistola en mano, con el fondo de La Macarena, el Gran Poder y el Cristo de San Bernardo. Bang, bang, bang. Todo eso, por supuesto, en la pantalla del ordenata. Pistola virtual, claro. Matanza cofrade, se llama el juego. Matanza uno y matanza dos, porque tiene segunda parte. La mano guasona de un amigo sevillano me lo envió todo ayer. Un juego cutre y de pésimo gusto, por cierto. Más que para matar cofrades de la Semana Santa, el juego es para darle patadas en la boca al patoso que lo parió. Pero la cuestión es otra. Al patoso que lo parió, que por lo visto es un informático de Utrera, las cofradías sevillanas le piden un año de cárcel y ocho mil mortadelos de multa. Como lo oyen. O leen. Cuando Matanza cofrade 1 apareció en Internet –la segunda parte es de otro fulano que se sumó por su cuenta y en plan solidario al escabeche–, las cofradías, que en Sevilla mandan más que un capitán general cuando los capitanes generales mandaban algo, hicieron detener al autor por la Guardia Civil, la fiscalía intervino, y un juzgado dictó auto de apertura de juicio oral, que aún está pendiente. Resumiendo: al pazguato de la matanza lo pueden meter en la cárcel por atentar «contra los sentimientos religiosos y contra la propiedad industrial». Como ustedes, supongo, yo también aluciné una miaja con eso de la propiedad industrial, hasta que me informaron de que las imágenes del Gran Poder y la Esperanza Macarena están registradas como marcas. Para entendernos: si usted se aplasta un dedo con un martillo y blasfemando en arameo se cisca en algo, ojo. Puede estarse ciscando en una marca registrada. El siguiente paso puede ser la Menetérica, que decía Chiquito de la Calzada, llamando a su puerta. Así que cuidadín, pecadores de la pradera. Con la Semana Santa de Sevilla no se juega.
Uno comprende ciertas cosas, y se le eriza el vello con otras. Lo del vello no es de oír el paso racheao de los costaleros, precisamente. Se puede estar, sin pegas, de acuerdo con el asunto base: Matanza cofrade es una cutrez. Lo que le reprocho al informático de Utrera, que ni sé cómo se llama, ni me importa, no es que haga un juego para liquidar cofrades; cosa que puede tener, incluso, su puntito si se hace con gracia y talento. A veces también a mí me entran ganas –virtuales, por supuesto– de moverme con cartuchos de postas entre algunas tonterías y ciertos excesos, cuando las cosas rebasan lo razonable y se vuelven cursilería meapilas y capillita exagerá. Lo que le reprocho al autor del juego es que lo haya perpetrado de una manera tan mediocre y desabrida. Tan chapucera.
En cuanto a las cofradías de marras, en fin. Es asunto de los sevillanos, y con su pan se lo coman, que allí el principal fenómeno social y cultural –casi el único– sea la Semana Santa, y que todo cristo cifre en las cofradías el pulso de la ciudad, el prestigio ciudadano, la razón de su existencia y la gloria de su madre. Lo que ya no veo claro es que esas cofradías hayan convertido sus imágenes religiosas en símbolo de una determinada Sevilla, la que ellos manejan, marcas registradas incluidas, pero no estén dispuestos a comerse las duras tanto como las maduras; a encajar críticas que en realidad no van contra imágenes que a cualquier no creyente –variedad humana tan respetable como la del creyente, incluso en la tierra de María Santísima– le importan un carajo, sino contra esa determinada Sevilla, que a unos gusta mucho y a otros repatea el hígado, que utiliza tales imágenes como pretexto, escudo o bandera. El punto es delicado, y sólo los muy ecuánimes podrían trazar la línea que separa la blasfemia gratuita de la crítica social. Cuando uno se apropia de símbolos, ejerce el poder y medra gracias a ellos, se expone a que esos símbolos, como él mismo, se vean cuestionados, criticados y atacados. No encajar las reglas del juego con deportividad –al final me voy a creer, como dice Antonio Burgos, que el humor lo tienen en Cádiz– difumina la distancia que media, por ejemplo, entre este estúpido asunto y aquellas multas y detenciones de hace medio siglo por blasfemia, o aquellos prisioneros fusilados después de la guerra civil por destruir imágenes religiosas cuando la quema de conventos.
Y ya que estamos metidos en faena, la semana que viene hablaremos de la cultura en Sevilla. Si Dios quiere.
PATENTE DE CORSO 22.06.08
- Esas postalitas sevillanas - 781
La de hoy es una de esas edificantes historias que reflejan bien de qué va esto. Me la acaba de contar mi compadre Jesús Vigorra, y les va a encantar. Jesús dirige un programa de libros en Canal Sur llamado El público lee, que bate récords de audiencia cultural en Andalucía; programa que, de forma milagrosa, sobrevive sin casarse con nadie, dando voz a un variopinto registro de autores, hablando de libros que interesan a todo el mundo y negándose a convertir la literatura en club cerrado de capullos y cantamañanas. Por eso sigue ahí, para disfrute de sus seguidores y honra de la cadena andaluza –no todo va a ser telebasura– que desde hace años lo alberga y apoya. Además, mi compadre conduce un programa de radio que arrasa entre la gente de infantería, pues trata sobre los pequeños problemas de la ciudad y sus habitantes, y a menudo es último recurso de los que no tienen voz ni quien hable por ellos. Ahí es donde entra nuestra bonita anécdota.
En la Navidad de 2006, un colegio del distrito Cerro Amate de la ciudad de Sevilla organizó un concurso de postales navideñas para sus alumnos, bajo la cobertura del Ayuntamiento. Los niños hicieron sus postales primorosas, el colegio organizó una fiesta para entregar los premios, y éstos consistieron en una reproducción del futuro cheque que, con cargo a las arcas municipales, los niños, y sus padres por ellos, cobrarían como premio. Hasta ahí todo monísimo, como ven. Una iniciativa simpática, para incentivar la creatividad de las criaturas, y de paso que el distrito, y el Ayuntamiento, y todo el político o aspirante a manguta que pasara por allí, pudiera hacerse la foto correspondiente y salir en los periódicos. Que es de lo que se trataba, claro. La prueba es lo que vino después. O lo que no vino.
A principios de mayo de 2008 –casi año y medio después– ninguno de los niños ganadores del concurso había cobrado un euro, ni había indicios de que lo cobrara nunca. Hasta el punto de que una de las madres, harta de reclamar en las oficinas del distrito y de que nadie le hiciera caso, telefoneó al programa de radio de Jesús, contando el monipodio en plan te voy a decir una cosa, Vigorra de mi alma, escucha. A mi niño le dijeron que había ganado un premio de doscientos cuarenta euros, y hasta hoy no los ha visto ni de lejos. Y yo venga a ir al distrito a preguntar qué pasa con mi criatura, que estaba tan ilusionada, y allí te puedes imaginar. Nunca hay nadie, y si hay alguien, nunca está para recibirla a una. Y aquí estamos. Esperando.
A petición mía, Jesús me mandó la grabación de la entrevista que, después de aquello, le hizo a una representante de la municipalidad local pidiendo explicaciones sobre el asunto. Acabo de escucharla en el reproductor del ordenata donde tecleo, y ahora escribo asombrado, pese a la mucha mili que llevo a cuestas, por el impudor y la desvergüenza oficiales que se adivinan bajo los balbuceos, los silencios y las excusas de la prójima en cuestión; a fin de cuentas, ella, peoncito sin importancia del tinglado municipal responsable de la cosa. Porque resulta que en esta España donde el dinero se lo funden los ayuntamientos y los gobiernos autonómicos y los ministerios y el Estado –o lo que tengamos ahora– en setenta mil chorradas de presunto tufo cultural, donde todo cristo tira con pólvora del rey, donde el cuñado de Fulano o el constructor amigo de Mengano trincan por detrás con ambas manos y donde las facturas, cuando las hay, se arreglan a medida después de hechos los pagos, la razón por la que a un niño ganador de un concurso escolar de postales navideñas llevan año y medio sin pagarle doscientos cuarenta cochinos euros, es la siguiente: para esa cantidad hace falta que se reúna antes nada menos que el pleno del Ayuntamiento de Sevilla y apruebe la cosa. Pero como entre diciembre de 2006 y mayo de 2008 hubo elecciones municipales, los presupuestos quedaron paralizados, hubo que votarlos de nuevo, y el proceso administrativo para pagar el premio debió empezarse –al menos eso cuentan– desde el principio. De manera que, si todo ha ido bien, el niño cobrará más o menos por estas fechas. Teniendo en cuenta, claro, que hasta que el asunto no salió por la radio nadie era responsable de nada. El concurso de postales ya ni siquiera se convocó en diciembre de 2007. Silencio administrativo. Calculen cuándo habría cobrado el zagal si a su madre no se le ocurre piarlas en la radio.
Doscientos cuarenta euros y un colegio en Navidad, oigan. Un pleno de Ayuntamiento como trámite para que un niño cobre su premio. Dirán ustedes que no es posible. Que no puede tenerse tan poca vergüenza, ni en Sevilla ni en ninguna otra parte. Pero ya ven. Se puede.
2018.03.18 La joven del violín
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Sentado en la terraza del bar Laredo de Sevilla, con un libro en las manos –Memorias de un librero, de Héctor Yánover– y una copa de manzanilla sobre la mesa, levanto de vez en cuando la vista para mirar a la gente que pasa. De vez en cuando, grupos de turistas desembocan en la plaza de San Francisco viniendo por la calle Sierpes, camino de la Giralda y el Patio de los Naranjos; y otros, que van por libre, se pasean despacio mirando el edificio del Ayuntamiento. Es una mañana muy sevillana, luminosa y tranquila. Y para hacerla todavía más agradable, suena música de violín.
La violinista llegó hace un momento, dejó en el suelo el estuche abierto de su instrumento y empezó a tocar Fascinación. La tengo a unos cinco metros. Es joven, gordita y guapa, con el pelo recogido en dos trenzas cortas. Su aspecto es simpático. Tiene los ojos claros y al principio me parece extranjera, pero al rato pasan dos conocidos suyos, deja de tocar un momento y la oigo cambiar unas palabras en perfecto español. Después sigue tocando. Mientras desliza el arco sobre las cuerdas, su expresión se torna muy dulce. La observo detenidamente y concluyo que no está fingiendo. Con certeza ama la música que hace, es feliz con el violín encajado en el hueco del hombro y la mandíbula, tocándolo con elegante maestría. No sé casi nada de música, pero sí lo bastante para saber cuándo un intérprete es bueno o malo. Y ésta es muy buena. No de esos aguafiestas que estás hablando y se te sitúan al lado con un altavoz y un chundarata insoportable, amargándote el aperitivo; y luego, encima, pretenden que les pagues por ello. Nada de eso. La chica del violín es una artista de verdad. Una violinista seria.
Pese a todo, el estuche del suelo sigue vacío. Nadie de los que pasan, y son muchos, deja una moneda. Ocurre, además, algo que me desagrada siempre, y que observo a menudo en lugares semejantes: turistas equipados con cámaras o teléfonos móviles, que creen que quienes están en la calle haciendo pompas de jabón, o disfrazados de astronauta, o tocando el violín, están allí para que ellos puedan hacer fotos por la cara, completamente gratis. Que les paga el Ayuntamiento para que alegren el itinerario. Gente tacaña, o estúpida, que se acerca, hace la foto o, lo que es peor, pide que la fotografíen junto al artista o personaje de turno, y luego sigue su camino sin dejar nada a cambio.
Eso es lo que ocurre con la chica del violín. La miran, se paran a su lado, se hacen fotos con ella y nadie deja caer un euro. Es más: en la mesa contigua a la mía hay una pareja. Un hombre y una mujer negros, muy bien vestidos. Ella es grandota y abundante; y él, un tipo corpulento con un pesado reloj de oro en la muñeca y un teléfono pegado a la oreja, por el que habla en inglés, a grito pelado, sin importarle la música y quienes la escuchamos. Y yo miro a la violinista, su dulce expresión absorta en la música, los ojos claros que entorna a veces como si se sintiera transportada por ella, y me pregunto con tristeza cuántos sueños mueren aquí, frente a esta terraza de un bar de Sevilla, o frente a no importa qué bar del mundo. Cuántas horas de esfuerzo, de practicar, de confiar en poder dedicarse un día a vivir de lo que sin duda era una pasión, y que, tras vaya usted a saber cuántas decepciones, fracasos y amarguras, acaban en un estuche abierto en el suelo, en una melodía que apenas nadie atiende en serio, en una joven con trenzas y ojos claros que, absorta en la música que ama, la ofrece en la calle a fin de ganarse la vida con lo que sabe, como la dejan, como puede.
La chica toca ahora Moon River; y una vacaburra, acompañada por un animal varón de apariencia aún más grosera que ella, se acerca, se hace una foto al lado y sigue su camino sin mirar siquiera a la chica del violín, que cuando les sonríe lo hace ya al vacío. Entonces llego a ese pasaje del libro en el que Yánover habla del cliente que preguntó: «¿Tienen Crimen y castigo, de Doctor Jekyll?». Y me digo que ya es suficiente, que mi capacidad de tristeza se ha colmado de sobra esta mañana; así que cierro el libro, me levanto, y antes de irme dejo un billete en la funda vacía. Al incorporarme, encuentro un destello de agradecimiento en la mirada clara de la joven. Entonces le guiño un ojo y ella hace lo mismo, sin dejar de tocar. Y mientras me alejo, cuando dirijo una última mirada a la violinista cuya melodía va quedando a mi espalda, veo que la negra de la mesa se ha levantado y también deja algo en el estuche.
2022.11.06 Un balcón en Roma
Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
“… Y por si fuera poco, para rematarlo, Sevilla. Cuando preparaba la novela llegué a esa ciudad y supe que era ella, que me encontraba en el lugar exacto. Después estuve dos años yendo y viniendo mientras las tramas que componían la novela cuajaban en un laberinto de sensaciones que a punto estuvieron de hacerme salir del camino y perderme en un lugar diferente, seductor, donde la propia Sevilla, como un trasunto de la hermosa Macarena Bruner hecha piedra y siglos y naranjas amargas y manzanilla, me hubiese atrapado con su canto de sirena. A punto estuve de escribir una novela diferente a la que me había llevado hasta allí. O tal vez eso fue lo que hice. Por primera vez en mi vida dejé de controlar por completo una historia y fue el escenario, aquella ciudad asombrosa, lo que se apoderó de mí.
Tres décadas después, con todo eso en la cabeza, acudí una tarde a la llamada de mi amigo el director Sergio Dow y también de otro viejo amigo, el productor Enrique Cerezo; y lo hice como siempre acudo a estas cosas: un poco resignado aunque dispuesto, como siempre, a enfrentarme a mi propia historia en la pantalla aceptando que ya no es mía sino de un director, un guionista, unos actores, un productor y un amplio equipo que inevitablemente acaban convirtiéndola, pues ésas son las reglas del cine y la televisión, en algo que puedes reconocer como tuyo, pero que ya es también, y sobre todo, ajeno. Que pertenece a otros.
Sin embargo, cuál no fue mi sorpresa al descubrir que en este caso no había sido así. Que la película era excelente y que Richard Armitage, Amaia Salamanca, Rodolfo Sancho, Alicia Borrachero, Paul Guilfoyle y los demás actores estaban estupendos en sus personajes. Que una especie de milagro extraño se producía en la pantalla, y que aquello era como encontrar a unos viejos amigos aún jóvenes, intactos, casi como los había imaginado y escrito. Y esa especie de satisfacción o de orgullo, esa dicha singular, íntima, intensa, que me producía La piel del tambor en la oscuridad de la sala de proyecciones, se parecía mucho a la original, aquella que sentí cuando por primera vez llegué a esa ciudad asombrosa que ahora, convertida en un personaje más de la película como ocurría en la novela, confirmaba las líneas con las que en su momento abrí mi relato: «Clérigos, banqueros, piratas, duquesas y malandrines, los personajes y situaciones de esta novela son imaginarios. Todo aquí es ficticio excepto el escenario. Nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla».
Pero todo eso había empezado en otro lugar, mucho antes. Con aquel sacerdote, que cuando lo imaginé aún no tenía nombre, asomado a un balcón en Roma.
Así que, bueno. Para qué les digo otra cosa. Me gusta mucho escribir novelas.
2023.01.01 Mi París y otros amores
/Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
Hay ciudades que sosiegan y otras que estimulan. El efecto, supongo, varía según cada cual. En lo que a mí se refiere, Sevilla, Lisboa o Tánger, por ejemplo, son de las primeras. De las que inspiran paz y ganas de pasear tranquilo, sin complicarte la vida: comer, leer, tomar una copa, mirar los lugares hermosos y ver pasar a la gente. Aquéllas donde no sientes la necesidad de hacer nada diferente a lo que haces. Otras ciudades, sin embargo, me causan un efecto distinto. En ellas es como si te tomaras una taza de café solo, bien cargado, o te fumaras un cigarrillo de los tiempos en que fumabas. O tuvieras quince años y te enamorases de alguien. Ciudades que abren puertas, que sugieren cosas quizá interesantes que todavía no has hecho. Puestos a seguir con los ejemplos, eso me ocurre en Londres, o en Nueva York, o en la ciudad de México. Son ciudades que incitan a hacer, a vivir, a imaginar. Que, como digo, estimulan. Que te vuelven lúcido y creativo.…
2023.11.12 El armario de las horas felices
Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
Mi rutina sevillana, los días en que estoy tranquilo, es simple: del hotel Colón a desayunar en Las Piletas, y luego un paseo por las pocas librerías de viejo que van quedando en la ciudad. Acabo siempre en Los Claveles, ante una manzanilla y una tapa de carrillada en salsa, revisando el botín mientras charlo a ratos con Santi, el dueño, con su madre y con mi compadre Jordi, vecino del barrio –lo de Jordi es sólo un apodo, porque trabajó un tiempo en Cataluña–, cuando aparece por allí. …