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ANEXO al PATENTE DE CORSO 07.01.24 ~ De la educación, la cortesía y las formas ~~

La Derrota
08/01/2024 09:27
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ANEXO al PATENTE DE CORSO 07.01.24 ~ De la educación, la cortesía y las formas ~


Oye, ministro – Arturo Pérez-Reverte
10 de agosto de 1997

Estos días el arriba firmante anda a vueltas con el guión de una serie para la tele, un asunto que mi compadre Sancho Gracia va a producir sobre la España de 1898. Y como eso del cine y los guiones es cosa de especialistas, Sancho ha fichado a dos machacas, los hermanos Olivares más conocidos por los hermanos Dalton para que le den forma técnica al asunto. Los Dalton son jóvenes, brillantes y nos llevamos muy bien. Pero el otro día, mientras revisaba uno de los diálogos desarrollados por ellos, me detuve con el lápiz en alto. En la escena, que transcurre a la salida de un consejo de ministros de hace un siglo, los periodistas interpelan a un ministro de Marina llamándole: «Ministro, ministro».

Comente con los Dalton, aclarándoles que los políticos españoles no siempre han tenido las maneras de la chusma que tenemos ahora; y que ese compadreo de oye, ministro, oye, presidente, es una cosa reciente y más bien de aquí, desde que periodistas y políticos se van a la cama a veces literalmente juntos. Y que al único que no tutea nadie es a don Manuel Fraga, porque no se deja. Y añadí que si en el siglo pasado, incluso en buena parte de este, un periodista se hubiese dirigido así a un ministro, habría sido puesto de patitas en la calle. Y que aún hoy, en la vecina Francia, todo el mundo se dirige al ministro como «monsieur le ministre». Por no hablar del presidente de la república. Allí esas son cosas a respetar porque, respetándolas, la gente se respeta también a sí misma. No como en España, que todos somos contertulios, y nos tuteamos, y nos sacudimos unos a otros la chorra con toda la naturalidad y toda la ordinariez de que somos capaces. Que es mucha.

Lo grave no es que los Dalton lo entendieran, porque son chicos listos y lo cazaron en cuanto abrí la boca. Lo grave es el reflejo automático que les hizo escribir como harto natural una zafiedad que sólo es posible aquí y ahora, en España. Sómos el único país de Europa donde entras a un restaurante con tu legítima y el camarero pregunta «¿qué vais a tomar?», el cliente te dice «dame el Marca», la dependienta aconseja «pruébatelo», el mendigo sugiere «colabora, colega», y el niño vestido de rapero dice «dime la hora, subnormal» o se refiere al cura de su parroquia como Paco. Toda España es un inmenso tuteo; hasta el punto de que algunos, que fuimos cuidadosamente educados por nuestros papás para hablarle de usted a todo el mundo yo, hasta cuando insulto , nos sentimos bichos raros cuando gente con canas presuntamente respetables dice: «pero no me hables de usted, hombre, que me haces muy viejo», el mozo de hotel al que das propina lo agradece con un «gracias, Reverte», o después que el taxista ha preguntado «¿dónde te llevo?» tú vas y contestas, muy serio, tras un «buenos días» que nadie responde: «Pues me va a llevar usted, por favor, a la calle Leganitos».

Todo eso, que parece anecdótico, no lo es. Supone un síntoma evidente de la degradación del respeto entre los españoles, del escaso aprecio en que nos tenemos a nosotros y a nuestras instituciones, y de la peligrosa facilidad con que confundimos cordialidad y grosería. No hay que remontarse a la España de mi amigo el capitán Alatriste, cuando tratar a alguien no ya de tú, sino de vos en lugar de vuestra merced podía terminar a estocadas. Mi generación ha conocido hijos que llamaban a los padres de usted, y mi abuelo utilizó hasta su muerte ese tratamiento con algunos de sus mejores amigos. Lo que no es tan extraordinario, si tenemos en cuenta que en Francia, sin irse muy lejos, varios matrimonios conocidos míos se hablan entre sí de usted con la más natural cordialidad del mundo.

En fin, volviendo a la España de ahora, mucho me temo que, por más que nos empeñemos, ni todos somos compadres ni vamos a serlo en nuestra puñetera vida; por mucho que finjamos que esa es otra darnos palmaditas en la espalda y nos tuteemos como si hubiésemos frecuentado la misma casa de putas. Así que conmigo no cuenten: seguiré llamando de usted a quien me dé la gana, y eligiendo cuidadosamente los amigos a quienes tuteo. Y más en este país de soplapollas donde lo único que falta por normalizar es «oye, rey»; que suena más moderno, y menos formal, y más campechano que el copón de Bullas. Pero todo se andará, y ese día me nacionalizaré mejicano. Allí todavía te pegan un tiro hablándote de usted.



PATENTE DE CORSO 23.12.2007 – Arturo Pérez-Reverte
Permitidme tutearos, imbéciles - 755

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.



PATENTE DE CORSO 02.03.2008 – Arturo Pérez-Reverte
- Amo a deharno de protocolo - 765

Hay un director de negocios del sector Movistar de Telefónica –evitaremos el nombre, para no ensañarnos con la criatura– que me escribe de vez en cuando y a quien no conozco de nada. Quiero decir que nunca hemos ido juntos al colegio, ni frecuentado los mismos restaurantes con amigos comunes, ni trabajado en el mismo periódico, ni en la tele. Tampoco creo que nos hayan presentado nunca. Es posible, eso sí, que compartamos aficiones; que le gusten los libros viejos, y las películas de John Ford, y el mar, y las señoras a las que uno puede llamar señoras sin necesidad de estar conteniéndose la risa. Es posible todo eso; e incluso que, en el fondo, él y yo seamos dos almas gemelas, que en la barra del bar de Lola o en cualquier sitio parecido pudiéramos calzarnos unas cañas filosofando sobre esto o sobre lo otro. Pero eso no lo sabremos nunca. Por otra parte, ni siquiera sus cartas son personales. Si lo fueran, si las palabras que me dirige y firma tratasen de asuntos particulares entre él y yo, lo que estoy escribiendo tendría menos justificación. Cada cual elige su tono, y ese director de negocios de Telefónica podría, quizás, usar los términos que le viniesen en gana para dirigirse a mí. Pero no es así. Sus cartas son formales, profesionales. De empresa que presta sus servicios al cliente que los usa y disfruta. Para entendernos: yo pago y él cobra. Y sin embargo, fíjense, va ese gachó y me tutea: «Estimado cliente. Nos complace comunicarte...».

Dirán algunos de ustedes que qué más da.Que los tiempos cambian. Pero me van a permitir que no esté de acuerdo. Los tiempos cambian, por supuesto; y a menudo más para bien que para mal. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. A lo mejor lo que pasa es que algunos directores de negocios de Telefónica, sus asesores y sus publicitarios, relacionan eso del teléfono móvil y toda la panoplia con gente joven en plan colegui, o sea, mensaje y llamada desde el cole con buen rollito, subidón y demás, a qué hora quedamos para el botellón, tía, etcétera. Pero resulta que no. Que el teléfono móvil no sólo lo utiliza la hija quinceañera del director de negocios de marras, sino también dignas amas de casa, abuelitos venerables, académicos de la Historia, comandantes de submarino, patriarcas gitanos y novelistas de cincuenta y seis años con canas en la barba. Algunos, tan antiguos de maneras que tratamos escrupulosamente de usted a la gente mayor, y a los desconocidos, y a los taxistas y a los camareros y a los dependientes –empleados de Telefónica incluidos–, como a cualquiera que por su trabajo nos preste un servicio, aunque se trate de gente jovencísima. Hablar de usted a la gente en general supone respeto, convivencia, educación y delicadeza. Por eso el tuteo rebaja y molesta a muchos destinatarios, entre los que, es evidente, me cuento. Cosa distinta es recurrir al tuteo –Permitidme tutearos, imbéciles, por ejemplo– de forma deliberada, buscando la ofensa. Eso de insultar ya es cosa de cada cual, y cada cual tiene sus métodos. Pero dudo que insultarme sea intención del director de negocios de Telefónica que me envía las putas cartas.

En fin. Resulta muy significativa de cómo andan las cosas una conversación que sorprendí hace poco en una cafetería de Madrid. Un camarero emigrante hispanoamericano, recién llegado de su patria y en el primer día de trabajo, alternaba desconcertado el tuteo y el usted dirigiéndose a los clientes. Se le veía indeciso entre las maneras aprendidas allá –donde suele hablarse nuestra lengua con la mayor educación del mundo– y las formas, ásperas y bajunas, manejadas en España. Al cabo, un compañero le aconsejó: «Aquí, de usted a todo el mundo. En la calle, lo que te pida el cuerpo».
En el extremo opuesto de tan sensato camarero, recuerdo también a una ministra nacional pidiendo a los periodistas que la tutearan. «Amo a deharno de protocolo», dijo la prójima; ignorando que en Francia, por ejemplo, a un periodista que no llama monsieur le ministre a un ministro pueden echarlo de la sala de prensa a patadas en el culo. Pero que una ministra española olvide la dignidad de su cargo –que no es suyo, sino de la nación a la que representa– no significa que esto sea una peña de compadres. Aunque a veces lo parezca en los tiempos que corren, no todos guardamos puercos juntos, allá en nuestra tierna infancia. Cosa que, ojo, digo parafraseando a los clásicos. Me apresuro a puntualizar eso antes de que la oenegé Porqueros y Porqueras sin Fronteras –apuesto lo que quieran a que también hay una– me llene de cartas airadas el buzón. O sea, que me limito a citar. Que conste. Y aún matizo más: dicho sea con todo respeto, añado, para los que guardan puercos.



PATENTE DE CORSO 11.09.2011
~ Saludando no es gerundio ~ 949

No sé si se habrán fijado, aunque supongo que sí. Que se fijan. Cada vez resulta más inusual que alguien, al interpelar a otro en busca de un servicio o una información, recurra a la correctísima y tradicional fórmula «por favor», y mucho menos que anteponga un cortés «buenos días». Por lo común, la peña suele abordarse sin prolegómenos, a bocajarro, en plan compadres que frecuenten el mismo puticlub, sustituyendo el saludo de toda la vida por una frase absurda que en los últimos tiempos ha hecho fortuna en España, y que permite identificar de lejos a un compatriota, o lo que seamos ahora, en cualquier latitud y longitud: ese bajuno «oye, perdona», acentuado por el infame tuteo con que resolvemos, tanto con abuelos como con niños, nuestra vida social. No hace mucho, en un local muy correcto de París, tras escuchar en una mesa vecina un sonoro «oye, perdona», vi a un estirado camarero gabacho hacerse el sueco ante dos turistas españoles ya maduritos. Con mi silencioso, íntimo y –no me avergüenza confesarlo– perverso regodeo.

En cuanto al «buenos días» cuando nos cruzamos con un presunto semejante, ni les cuento. No hay quien lo extraiga ni con alicates. Naturalmente, no hablo de ir por las ramblas de Barcelona o la Puerta del Sol de Madrid diciendo buenos días a todo cristo, como un imbécil. Hay momentos y momentos. Pero es cierto que cualquier clase de saludo, cuando nos encontramos con una persona sólo vagamente conocida, o con desconocidos a quienes las circunstancias acercan de modo particular, se hace cada vez más raro. Incluso cuando eres tú quien toma la iniciativa y saluda primero, hay muchas probabilidades de que el interpelado no responda y pase por tu lado sin decir esta boca es mía.

Un ejemplo. Amarro desde hace veinte años en un puertecito mediterráneo de ambiente tradicional. En sus muelles, pantalanes e instalaciones me cruzo con propietarios de barcos, marinos extranjeros en tránsito, marineros y socios de club náutico. Ante ellos, los conozca o no, el reflejo natural es decir «buenos días». Los navegantes extranjeros, habituales o de paso, saludan casi siempre, aunque no te conozcan. Con frecuencia toman la iniciativa, incluyendo una sonrisa amistosa. Los españoles, por el contrario, suelen pasar contemplando el horizonte, interesadísimos por alguna gaviota que allí planee. Ni ven, ni oyen, ni hablan. Y cuando lo hacen casi nunca es por impulso propio, sino en respuesta a tu «buenos días» o «buenas tardes». En lo que a la gente joven se refiere, extraordinario es que digan al menos «hola». Cruzan impasibles sin mirarte, saludes como saludes, a pesar de que, en lo de responder a saludos de vecinos y conocidos, los niños son mejores que los padres; quizá porque el instinto de su poca edad y el colegio reciente los hacen respetar un poco más a los adultos.

Otro ejemplo personal, aunque transferible: vivo en la sierra de Madrid y camino a diario. A veces encuentro a otros paseantes, y es pintoresca la actitud de buena parte de ellos. Mientras se acercan desvían la mirada, como si no te vieran; y si no dices nada, pasan vueltos hacia otro lado, mudos. Sólo cuando apuntas «buenos días» responden apresuradamente, a veces cuando ya están a tu espalda. Quienes lo hacen. Otros siguen adelante, imperturbables. No va con ellos. La más notable es una señora –la llamo señora con razonables reservas– con la que me encuentro a menudo. La he visto hacerse mayor, dos veces embarazada, y ahora camina con dificultad a causa de un accidente o una dolencia. Ni una sola vez ese trozo de carne con patas respondió al «buenos días» que le dirigí durante veinte años. Hasta que me cansé de hacerlo.

Pero cada cual tiene su manera de vengarse. A veces, si voy en plan cabroncete y alguien llega de frente, hago como él: mirar con fijeza hacia la lejanía o el suelo, cual si algo allí atrajese mi atención. Y luego, al llegar a su lado, lo miro de pronto y disparo un «buenos días» inesperado, casi agresivo, que suele pillar al sujeto de improviso; saludo ante el que balbucea una desconcertada o presurosa respuesta, mientras yo me alejo riendo entre dientes, arf, arf, arf. Como el perro Pulgoso.

Supongo que cualquiera de ustedes conoce casos parecidos en los que oficie de protagonista activo o pasivo. Pero no creo que deban atribuirse siempre a grosería o mala voluntad. Muchas veces se trata sólo de incertidumbre y timidez social, fruto de una educación deficiente: la inseguridad de no tener claros, desde niños, los usos elementales de cortesía y convivencia. Y no deja de ser contradictorio, en esta España saturada de demagogia idiota, buen rollito y compadreo cantamañanas, que despreciemos de ese modo las fórmulas que, precisamente, ayudan a que la sociedad de los seres humanos sea soportable.


Gracias don Arturo, gracias Salva.
Ceterum censeo

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