El poteras y mis circunstancias
La Derrota
24/01/2022 09:32
1232 mensajes en el foro, registrado desde 14/10/2001
laderrota arroba gmail punto com
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De antiguo a reciente, artículos semanales con «el Poteras», enemigo íntimo de la infancia de don Arturo implicado.
PATENTE DE CORSO 06.04.08
- El cómplice de Rocambole- 770
Hacía muchos años que no pensaba en él. Fue ayer, hojeando una vieja edición de Las aventuras de Rocambole, cuando recordé a aquel compañero de clase. Sólo estuvimos juntos un curso, y nunca llegamos a cambiar más de dos o tres palabras. Hace tanto de aquello que he olvidado su nombre. Ocurrió hace unos cuarenta y cinco años, más o menos. Segundo de bachillerato, colegio de los maristas de Cartagena. Un episodio extraño, sin duda. Todavía hoy me intriga.
Yo era un lector metódico, voraz. Un bibliópata de doce años. Leía a velocidad de vértigo cuanto caía en mis manos, con el auxilio de la imaginación y la energía de la infancia. Cada libro era una aventura. Luego, durante días, imitaba lo que había leído, sintiéndome personaje vivo de aquel libro. Mis juegos los organizaba en torno a eso. Pasaba así de arponear ballenas a bordo del Pequod –unas sillas dispuestas en el jardín– a naufragar entre caníbales junto al perro Jerry o batirme en duelo con Biscarrat y los otros esbirros del cardenal. Cuando le llegó el turno a Rocambole, las novelas de Ponson du Terrail se avivaron en mi imaginación con una película vista sobre el personaje: bolsa de pipas, collares de perlas y guante blanco. Así que, durante dos o tres semanas, decidí convertirme en ladrón elegante. En un cuaderno escolar copié y coloreé varias sotas de corazones, recorté cada naipe, y con ellos en el bolsillo emprendí, alegremente, mi breve carrera criminal.
Recuerdo a cuatro de mis víctimas. Una fue mi abuelo, en cuyo escritorio, tras desvalijarlo de un cortaplumas con la virgen del Pilar en las cachas de nácar, dejé la sofisticada firma delictiva de mi sota de corazones. El resto de los golpes los di en el colegio. A un amigo llamado Bolea le guindé un bloque de plastilina del pupitre, poniendo en su lugar mi naipe simbólico. El golpe del que más orgulloso estuve, y lo sigo estando, fue el que le di al Poteras, un hermano marista al que odiaba –el sentimiento era mutuo– con toda mi alma. El Poteras me había sorprendido en clase leyendo El motín de la Bounty –pertenecía a la biblioteca de mi padre– y lo confiscó, guardándolo bajo llave en el cajón de su mesa. Así que, durante un recreo, entré en el aula, descerrajé el cajón, recuperé al capitán Bligh y dejé, a cambio, la sota con mi huella infernal. Yo era un ladrón sofisticado, astuto y con nervios de acero, compréndanlo. Implacable. Habría dado cualquier cosa por llevar frac, chistera y bastón. Aunque, en realidad, supongo que sí. Que los llevaba.
La otra historia ocurrió días después del caso Bounty. Un compañero cometió el error de llevar a clase un bonito bolígrafo y dejarlo en su pupitre durante el recreo. Así que, llegado el momento idóneo, el astuto Rocambole, «enarcada una ceja displicente y con una sonrisa desdeñosa y viril aleteándole en los labios», subió al aula, escamoteó el boli y dejó su naipe como testigo. Vueltos a clase, el desvalijado puso el grito en el cielo, pues Rocambole, en exceso seguro de sí mismo, se puso a escribir con el cuerpo del delito y con mucho descaro, a la vista de su víctima. Alertada la autoridad competente –el inevitable Poteras– la situación se volvió incierta para el osado voleur, que sentado en su pupitre aguantaba el interrogatorio sin derrotarse, aunque empezando a flaquear bajo la presión –coscorrones y bofetadas: eran otros tiempos– de las fuerzas del orden.
Fue entonces cuando un compañero de clase, niño hosco y sin amigos con quien Rocambole no había cambiado jamás una palabra –era hijo de un marino destinado en Cartagena, y sólo estuvo aquel curso– levantó una mano y, con absoluto aplomo, afirmó ante la clase que él me había visto antes con ese bolígrafo, y podía confirmar que era mío. Hubo un silencio, luego un intento de protesta por parte del niño desvalijado, que la autoridad acalló dando por zanjado el incidente –«ya pillaré en otra a este pequeño cabrón», debió de pensar el Poteras–, y Rocambole conservó el objeto delictivamente adquirido, aprendiendo, de paso, una interesante lección sobre la vida: no siempre el crimen tiene su castigo. En cuanto a mi espontáneo benefactor, ni él ni yo mencionamos nunca el asunto, aunque entre ambos se anudó un extraño lazo hecho de silencios. Siguió siendo un niño hosco, antipático y sin amigos, pero yo tenía con él una deuda de lealtad indestructible. Me habría gustado socorrerlo en una pelea o algo así, pero era de los que no se peleaban. Nos sentábamos cerca para comer el bocadillo en los recreos, aunque no hablásemos nunca, y al salir de clase caminábamos juntos, carteras a la espalda, hasta la esquina donde nos separábamos sin despedirnos. Acabó aquel curso y no volví a verlo más.
PATENTE DE CORSO 28.12.08
~ Esas madres perversas y crueles ~ 808
No tiene nada que ver con que este domingo sea día de los Inocentes. En absoluto. Ni con los niños degollados, ni con las bromas tradicionales hechas al prójimo incauto. El caso es real como la vida misma –la vida española misma, maticemos– y sale en los periódicos: madre condenada a cuarenta y cinco días de cárcel y a un año de alejamiento de su hijo de diez años, porque hace dos, en el curso de una refriega doméstica, le dio una colleja al enano, con tan mala suerte que éste se dio contra el lavabo y sangró por la nariz. Y claro. En este faro ético de Occidente donde moramos, tan salvaje agresión doméstica no podía quedar sin castigo. El hecho de que hayan pasado dos años desde entonces, y de que el menor fuese un poquito gamberro y desobediente, se negara a hacer los deberes y acabara de tirar a su madre una zapatilla, corriendo a encerrarse a continuación en el cuarto de baño, de donde no quería salir, no fue considerado atenuante por la dura Lex sed Lex. Tampoco se tuvo en cuenta que se trataba de un incidente aislado, y no de malos tratos habituales; ni el hecho obvio de que, en un pueblo pequeño como es el de esa familia, una orden de alejamiento supone que uno de los dos, madre o hijo, debe hacer las maletas y largarse del pueblo.
Pero no importa, oigan. Estoy con la juez que entendió el asunto: no hay atenuante que valga. Es más: tengo la certeza moral de que a ustedes, como a mí –siempre de parte de la ley y el orden–, la de esta cruel madre torturadora les parece sentencia justa y ejemplar. Como bien ha argumentado no sé qué asociación de derechos infantiles, «a los niños no se les pega». Y punto. Así de simple. Y menos en estos tiempos, cuando tan fácil es sentarse a dialogar con ellos a cualquier edad y afearles su conducta con argumentos de peso intelectual. A ver qué le habría costado a esa madre pagar a un cerrajero para que abriese la puerta del cuarto de baño y después, mirando muy fijamente a su hijo de diez años a los ojos, decirle: «Hijo mío, ya dijeron Sócrates y San Agustín que a las madres no se les tiran zapatillas. De seguir así, el día de mañana la sociedad te expulsará de su seno. Así que tú mismo. Atente a las consecuencias».
En mi opinión, la Justicia se queda corta. Una madre capaz de perder el control de esa manera brutal e inexplicable debería ser castigada con más contundencia. Y no con una pena mayor, como solicitaba la fiscalía –la juez fue clemente, después de todo, quizá por solidaridad de género y génera–, sino con medidas drásticas e implacables. Porque, so pretexto de no haber antecedentes penales ni constancia de malos tratos anteriores, la madre se ha ido de rositas. Asquerosamente impune, o casi. Y si de mí dependiera, esa delincuente sin escrúpulos ni conciencia habría ingresado inmediatamente en prisión para comerse cinco años de talego, por lo menos. O más. Y cuando saliera –aunque procuraría aplicarle la doctrina Parot para impedirlo–, le calzaría una pulsera con Gepeese y una orden de alejamiento, no del hijo y de su pueblo, sino de España. Al puto exilio. Por perra. Y por supuesto, le retiraría la custodia del niño y se lo daría a alguna familia modélica, como por ejemplo a los Albertos. Para que aprenda.
Pero no hay mal que por bien no venga, oigan. Todo esto me ha dado una idea. De pequeño me sacudieron las mías y las del pulpo; y va siendo hora, creo, de que los culpables de aquel infierno paguen lo que hicieron. Yo también exijo justicia. Mi padre, sin ir más lejos, me dio una vez cuatro bofetadas que hoy le habrían costado, por lo menos, un destierro a Ceuta. Y mi madre, hasta que tuve edad suficiente para inmovilizarla con hábiles llaves de judo, no vean cómo nos puso con la zapatilla, durante años atroces, a mi hermano y a mí. Guapos, nos puso. Por no hablar de los Maristas, donde el hermano Severiano nos torturaba bestialmente dándonos capones en clase, y donde el Poteras –a quien Dios haya perdonado–, cada vez que le pegábamos fuego a una papelera o escribíamos El Poteras es un cabrón en la pizarra, nos aplicaba la intolerable violencia de endiñarnos con el puntero y la chasca sin respeto por nuestros derechos humanos. Como en Guantánamo. Y así ha salido mi generación, perdida. De trauma en trauma. Por eso va siendo hora de que los culpables rindan cuentas a la Justicia. Memoria histórica para el nene y la nena. Barra libre. Así que voy a pedirle al juez Garzón que abra una causa general que los ponga firmes a todos. Que encierre en la cárcel a los que sigan vivos, que alguno queda –tiembla, Severiano–, y desentierre a los otros para escupir sobre sus huesos. A mi padre, por ejemplo, ya no lo pillan. Lástima. Pero mi madre sigue ahí, tan campante. Sus ochenta y cuatro años no tienen por qué ponerla a salvo de su cruel salvajismo de antaño. En esta España, líder moral de Occidente, lo de la zapatilla no puede quedar impune. O sea. Más vale tarde que nunca.
2017.10.29 El Poteras y su enemigo
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Repasando, casi por azar, unos viejos volúmenes de novelas policíacas -Peter Cheyney, Harmon Coxe, Eric Ambler-, acabo de encontrar uno de Ellery Queen que me transporta más de medio siglo atrás en el tiempo, al lector que yo era a los doce o trece años. Por suerte para mí, las bibliotecas de mis abuelos estaban especializadas en asuntos diferentes: la de mi abuelo paterno era más de clásicos y gran literatura del XIX, mientras que mi abuela materna y mi tía Pura, su hermana, eran lectoras apasionadas de bestsellers contemporáneos -Vicky Baum, Colette, Somerset Maugham- y novela policíaca, de la que tenían un armario lleno hasta arriba; en el que, cuando iba a visitarlas, yo buceaba con entusiasmo de cazador precoz, pues podía llevarme lo que me apeteciera. Allí descubrí a Hammet y Chandler, entre otros. Y uno de aquellos hallazgos tempranos, las novelas de Ellery Queen, tuvo serios efectos colaterales.
Yo tenía doce años y estaba en tercero de bachillerato en los Maristas de Cartagena, donde pasé mi infancia de estudiante hasta que me expulsaron dos años después. Era un pésimo alumno, pues sólo me interesaban la literatura, el latín y la historia. Todo lo demás eran suspensos. E indisciplina. Cada profesor, religiosos en su mayor parte, tenía para nosotros su apodo: el Cuellotoro, el Dumbo, el Tomate, el Pulga (uno de los más logrados era el del profesor de matemáticas, un seglar elegante y fumador de rubio emboquillado llamado don Francisco Márquez, cuyo magnífico sobrenombre era Paco Farolas). Y el de mi clase, ese curso, era el hermano Emilio, alias el Poteras.
El Poteras y yo nos odiábamos sin disimulo. Era de esos profesores con la mano larga, muy dados a pegar a los alumnos -en aquel tiempo eso era normalísimo-, pero solía ejercer esa potestad con excesiva saña. Yo no era un alumno fácil, por otra parte. Si tocaba hacer un ejercicio de redacción, me las arreglaba para que estuviera muy bien escrito, pero al mismo tiempo fuese esencialmente insultante para él -recuerdo bien un tema libre: La pesca del calamar con potera-. Y las represalias, por supuesto, estaban a la altura. Castigos y leña al mono. Los padres no intervenían en esas cosas, pues la disciplina a la brava formaba parte del sistema. Aquello, los chicos teníamos que comérnoslo solos. Doblabas la bisagra, o mantenías el desafío en plan guerrillero y afrontabas las consecuencias. Algunos -Miguel Cebrián, Manolico el Nabo, Julio Mínguez- las encarábamos con la cabeza bien alta. Éramos pequeños cimarrones en pantalón corto. Indomables cabroncetes, cada uno a su estilo. Peligrosos como la madre que nos parió.
Una novela de Ellery Queen inspiró una de mis campañas contra el Poteras. Apropiándome de la idea -un asesino que envía mensajes previos en verso a sus víctimas-, durante un mes le estuve mandando a mi acérrimo enemigo breves mensajes anónimos con versos míos (recuerdo uno de ellos: En este tu penúltimo día / tu matador te envía / este mensaje grato / que te hará bicarbonato). Por supuesto, yo era un delincuente imberbe, un criminal ingenuo; y los mensajes estaban escritos en papel cuadriculado de cuaderno escolar, a bolígrafo y con mi letra. Al Poteras le bastaron cinco minutos para identificarme, y me sometió a un duro interrogatorio. Lo negué todo, con un par de infantiles cojoncillos, y no pudo sacarme nada. Al día siguiente le mandé un nuevo mensaje, y a los pocos días, otro. El siguiente interrogatorio tuvo lugar en el aula desierta, a la hora del recreo, y no creo haber recibido tantas bofetadas en mi vida. No abrí la boca más que para negarlo todo. Además, procuraba sonreír entre hostia y hostia, como los héroes de las películas. Me dejó ir, por imposible, y al día siguiente le mandé otro mensaje.
El nuevo interrogatorio tuvo lugar en el colegio unos días más tarde, pero en el despacho del director: éste, el Poteras, mi padre, y yo en posición de firmes ante ellos. El Poteras, descompuesto, acumulaba mensajes sobre la mesa, comparaba la letra con la de mis ejercicios escolares, me acusaba de delincuente infantil. Yo seguía negándolo todo. Ésa no es mi letra, sostenía impasible. Por fin, harto de aquello, muy serio, mi padre dijo: «Cuando vean a mi hijo dejando personalmente uno de esos papeles, avísenme». Luego me sacó de allí. Caminamos en silencio por la calle, uno junto al otro, mientras él me miraba de reojo. Al fin dijo: «Ya lo has matado, ya vale». Y me dio un buen pescozón. Entonces no me di cuenta, pero ahora comprendo que sonreía.
2021.02.28 El amigo del cole
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Lo vi parado junto a un semáforo, al otro lado de la calle. Pude reconocerlo en el acto pese a los 54 años transcurridos desde la última vez. Miraba a uno y otro lado esperando cruzar, sin darse cuenta de mi presencia. Me sorprendió su fragilidad; en mi recuerdo era más alto. Lo habían expulsado de nuestro colegio, los Maristas de Cartagena, un año antes que a mí. Y que no nos hubiesen echado juntos no era más que una casualidad. Tuvo menos suerte y dio motivo antes, aunque en realidad los dos habíamos dado motivos de sobra los años que compartimos aula. Era verdaderamente un tipo duro, y lo llamaré Rafael. Indisciplinado, cimarrón, poco amigo de obedecer e hincar el codo, fue el niño más independiente e irreductible que conocí en mi vida. Aguantaba las bofetadas de los profesores –eran otros tiempos– con una sonrisa que yo procuraba imitar.
Tampoco yo era el Enrique de Corazón de Edmundo de Amicis. El respeto a la autoridad docente no era una de mis virtudes. Acumulaba suspensos y repetí cursos, como Rafael. Compartimos pupitre desde los nueve años bajo la férula de un hermano marista apodado el Cuellotoro, y contra él, en compañía de otro salvaje alumno conocido como Manolico el Nabo, hicimos las primeras y gloriosas armas. Los golpes y los castigos –«Usted y usted, hasta las ocho»– nos unieron como en una cárcel se unen dos presos peligrosos. Nosotros lo éramos, y no poco.
Esa solidaridad de proscritos se reforzó en los cursos siguientes, ante la Ballena Alegre –se dormía fumando y se le quemaban los papeles, o se los quemábamos nosotros–, el Severiano, el Tomate, el Poteras. Éramos imaginativos e insolentes, sin respeto a los dioses ni a los hombres. Rafael más audaz y yo más creativo. Él era capaz de acercarse al Tomate, que era sordo como una tapia, decirle entre dientes «hijoputa» y obtener como respuesta: «Sí, sí, pásenlo a limpio con tinta y a pluma». Lo mío era algo más trabajado. El Poteras –ése fue mi Richelieu, mi Moriarty, el primer enemigo malvado que tuve en la vida– nos encargaba una redacción sobre la muerte de un amigo, y yo contaba con detalle, sin una sola falta de ortografía y obligándolo a ponerme como mínimo un aprobado, la atroz muerte de mi amigo el gato Poteras, al caerse de un tejado cuando estaba tonteando con una gata.
Los profesores nos odiaban y ese odio era mutuo. En mi caso hubo dos excepciones: el hermano Luis, de Latín, y el hermano José Luis Vallejo, de Literatura. Pero Rafael no conocía excepciones: iba contra todos por igual. Yo lo admiraba tanto que lo secundé incluso en empresas suicidas como robarle cigarrillos al Paco Farolas, traficar con tizas ante el temible hermano Severiano, leer tebeos de Hazañas Bélicas en clase o presentarnos ante el hermano Modesto, un abuelete al que habían encarcelado en la Guerra Civil y era un fascista de tomo y lomo, cuadrándonos en la puerta con el saludo falangista, un taconazo y el grito «Arriba España», porque así nos subía la nota. A la hora del recreo nos largábamos al puerto a ver los barcos y ya no volvíamos, nos colábamos en los cines de sesión continua o íbamos a la puerta de San Miguel y las Carmelitas a ver salir a las niñas que nos gustaban. En las peleas a la salida de clase, cuando los alumnos ajustaban cuentas en un ring improvisado con las carteras de los compañeros, peleábamos juntos contra los otros, apoyándonos espalda contra espalda. Nos profesábamos esa lealtad ciega de la que sólo los niños valientes son capaces. No sé lo que yo era para él; pero en mi caso, Rafael era un héroe. Tal vez el primer héroe de carne y hueso que conocí en mi vida.
Y allí estaba Rafael, medio siglo después, al otro lado de la calle. Cambió el paso de peatones a verde y lo vi avanzar mientras yo también lo hacía. Al acercarnos uno al otro sentí una incómoda desazón. Lo vi pequeño, ajado, viejo, nada que ver con el homérico luchador que yo recordaba. Cuando llegamos al centro de la calzada me quité el sombrero y me reconoció. Nos quedamos allí parados, mirándonos. «Arturo», dijo. «Rafael», respondí. Imagino que también me vio como yo lo veía: viejo, lejano, desconocido. La gente pasaba por nuestro lado y los coches aguardaban la luz roja. Nos estrechamos la mano, titubeantes. De pronto encogió los hombros. «Te sigo», comentó. «Y yo me alegro de verte», repuse. El semáforo estaba a punto de cambiar. Sonrió muy despacio, melancólico, y no reconocí esa sonrisa. Ni siquiera sus ojos eran los mismos, y leí en ellos que tampoco los míos. «Tenemos que vernos», dijo. «Claro», asentí. Nos dimos otra vez la mano y cada cual siguió su camino.
2022.01.23 Más real que la vida
Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
Una novela nueva, al menos en mi caso, significa lecturas y relecturas, viajes, cine, libretas que se llenan de notas. Trabajo acumulativo y paciente con arreglo a un plan: personajes y situaciones, estructura, previstos de antemano. Hay autores con un talento extraordinario para navegar sin saber a dónde van, pero no es lo mío. Yo necesito cartas náuticas antes de izar las velas y empezar a moverme. Desde que le doy a la tecla nunca he escrito nada a ciegas. Durante el año o el año y medio que ahora tardo en contar una historia –viajar menos por la pandemia ayuda bastante–, el margen de improvisación resulta amplio, porque es mucho lo inesperado que surge en el camino. Sin embargo, siempre hay un hilo central, una trama. Una disciplina. Un rumbo al que vuelves cuando algo te complica la ruta.
He dicho o escrito alguna vez que siempre fui un novelista feliz, sin excesivas ambiciones y sin complejos. Desde hace treinta y cinco años, cada día que paso en mi casa trabajo un mínimo de cinco horas. A doña Inspiración, de apellido Repentina, no la conozco, o no me fijé nunca demasiado en ella, pues siempre que llama a la puerta me encuentra ocupado, trabajando. Con las musas que susurran párrafos inmortales no tuve suerte. Y es lo que diferencia, supongo, al artista que no soy del artesano de la tecla que sí soy: un narrador profesional que vive de eso. Alguien que no pretende cambiar la historia de la Literatura en cada página, sino que sólo aspira a ser eficaz. A contar bien contada una buena historia.
Eso sí, tengo una ventaja. Déjenme ustedes tirarme algún pegote. Y esa ventaja es la imaginación. La cosa, supongo, viene de cuando era un crío que leía e iba al cine –la tele no la conocí hasta los doce años–. Después de cada tebeo, libro o película, pasaba días dentro de ellos, convertido en Ned Land, Hopalong Cassidy, sir Kenneth el del Leopardo, Ulises, el Capitán Blood, Ojo de Halcón o quien se pusiera a tiro. Tanto entraba en sus historias que llegaba a sentirme de verdad uno de ellos, adoptando sus armas, su lenguaje, sus maneras, sus amores y hasta sus defectos. Incluso buscaba enemigos asociados con los de mis héroes, como un hermano marista apodado El Poteras, protagonista de mutuas antipatías escolares, que durante años fue mi Moriarty particular; y a quien, asumiendo yo una personalidad intermedia entre Fantomas y Rocambole, procuré fastidiar cuanto pude hasta que me expulsaron del colegio.
Todo cambió con el tiempo, claro. Después, mi trabajo me ancló a una realidad áspera en la que, como todo el mundo, perdí unas cosas y obtuve otras. Y al cabo, con la mirada que eso me dejó, escribo novelas. Eso resuelve mi vida y le da independencia, pero sobre todo suscita –soy afortunado– la felicidad de la que hablaba antes. Me devuelve el hábito infantil de sumergirme en historias, personajes, vidas alternativas que no son sólo paralelas a la real, sino que se superponen a ella; que la sustituyen a veces de un modo asombroso. Me permite, en fin, seguir jugando.
Les doy mi palabra de honor –qué pocos la dan ahora, por cierto– de que es verdad lo que digo. Durante la escritura de cada novela vivo más en el mundo de esa novela que en el real. O quizá lo que pasa es que la novela se convierte en más real que la propia vida. Cuanto leo, pienso, hago, sueño, imagino, tiene que ver con la historia en la que ando envuelto. Anoche mismo, por ejemplo, me sentí vilmente cobarde al despertar de una pesadilla, porque el protagonista de la novela que ahora escribo se enfrenta a una situación parecida. Me muevo por lugares sobre los que trabajo no con mi mirada, sino con la de los entes de ficción que sitúo en ese escenario. Observo el mundo asumiendo los defectos o virtudes, los miedos y las pasiones, las incertidumbres y las certezas de los personajes que bullen en mi cabeza. Ellos acaban siendo más auténticos que otros, pretendidamente reales, con los que tropiezo a este lado de la trama. Duermo con ellos pensando qué harán por la mañana cuando me siente ante el teclado, y me despierto siendo ellos, sumergido en su mundo. Preguntándome, y ése es el desafío, si conseguiré contarlo en los dos o tres folios que en los días buenos son el botín de la jornada. Y cuando, cada vez con más desgana, me asomo al mundo pretendidamente real y arrugo el ceño ante lo que de él no me gusta, pienso que tengo la suerte de poseer una vida paralela; ese rumbo que me permite esquivar los escollos y las sombras. Sólo el acto de leer se aproxima a esa clase de evasión, pero nada es comparable al propio libro que día tras día vas leyendo en tu cabeza.
PATENTE DE CORSO 06.04.08
- El cómplice de Rocambole- 770
Hacía muchos años que no pensaba en él. Fue ayer, hojeando una vieja edición de Las aventuras de Rocambole, cuando recordé a aquel compañero de clase. Sólo estuvimos juntos un curso, y nunca llegamos a cambiar más de dos o tres palabras. Hace tanto de aquello que he olvidado su nombre. Ocurrió hace unos cuarenta y cinco años, más o menos. Segundo de bachillerato, colegio de los maristas de Cartagena. Un episodio extraño, sin duda. Todavía hoy me intriga.
Yo era un lector metódico, voraz. Un bibliópata de doce años. Leía a velocidad de vértigo cuanto caía en mis manos, con el auxilio de la imaginación y la energía de la infancia. Cada libro era una aventura. Luego, durante días, imitaba lo que había leído, sintiéndome personaje vivo de aquel libro. Mis juegos los organizaba en torno a eso. Pasaba así de arponear ballenas a bordo del Pequod –unas sillas dispuestas en el jardín– a naufragar entre caníbales junto al perro Jerry o batirme en duelo con Biscarrat y los otros esbirros del cardenal. Cuando le llegó el turno a Rocambole, las novelas de Ponson du Terrail se avivaron en mi imaginación con una película vista sobre el personaje: bolsa de pipas, collares de perlas y guante blanco. Así que, durante dos o tres semanas, decidí convertirme en ladrón elegante. En un cuaderno escolar copié y coloreé varias sotas de corazones, recorté cada naipe, y con ellos en el bolsillo emprendí, alegremente, mi breve carrera criminal.
Recuerdo a cuatro de mis víctimas. Una fue mi abuelo, en cuyo escritorio, tras desvalijarlo de un cortaplumas con la virgen del Pilar en las cachas de nácar, dejé la sofisticada firma delictiva de mi sota de corazones. El resto de los golpes los di en el colegio. A un amigo llamado Bolea le guindé un bloque de plastilina del pupitre, poniendo en su lugar mi naipe simbólico. El golpe del que más orgulloso estuve, y lo sigo estando, fue el que le di al Poteras, un hermano marista al que odiaba –el sentimiento era mutuo– con toda mi alma. El Poteras me había sorprendido en clase leyendo El motín de la Bounty –pertenecía a la biblioteca de mi padre– y lo confiscó, guardándolo bajo llave en el cajón de su mesa. Así que, durante un recreo, entré en el aula, descerrajé el cajón, recuperé al capitán Bligh y dejé, a cambio, la sota con mi huella infernal. Yo era un ladrón sofisticado, astuto y con nervios de acero, compréndanlo. Implacable. Habría dado cualquier cosa por llevar frac, chistera y bastón. Aunque, en realidad, supongo que sí. Que los llevaba.
La otra historia ocurrió días después del caso Bounty. Un compañero cometió el error de llevar a clase un bonito bolígrafo y dejarlo en su pupitre durante el recreo. Así que, llegado el momento idóneo, el astuto Rocambole, «enarcada una ceja displicente y con una sonrisa desdeñosa y viril aleteándole en los labios», subió al aula, escamoteó el boli y dejó su naipe como testigo. Vueltos a clase, el desvalijado puso el grito en el cielo, pues Rocambole, en exceso seguro de sí mismo, se puso a escribir con el cuerpo del delito y con mucho descaro, a la vista de su víctima. Alertada la autoridad competente –el inevitable Poteras– la situación se volvió incierta para el osado voleur, que sentado en su pupitre aguantaba el interrogatorio sin derrotarse, aunque empezando a flaquear bajo la presión –coscorrones y bofetadas: eran otros tiempos– de las fuerzas del orden.
Fue entonces cuando un compañero de clase, niño hosco y sin amigos con quien Rocambole no había cambiado jamás una palabra –era hijo de un marino destinado en Cartagena, y sólo estuvo aquel curso– levantó una mano y, con absoluto aplomo, afirmó ante la clase que él me había visto antes con ese bolígrafo, y podía confirmar que era mío. Hubo un silencio, luego un intento de protesta por parte del niño desvalijado, que la autoridad acalló dando por zanjado el incidente –«ya pillaré en otra a este pequeño cabrón», debió de pensar el Poteras–, y Rocambole conservó el objeto delictivamente adquirido, aprendiendo, de paso, una interesante lección sobre la vida: no siempre el crimen tiene su castigo. En cuanto a mi espontáneo benefactor, ni él ni yo mencionamos nunca el asunto, aunque entre ambos se anudó un extraño lazo hecho de silencios. Siguió siendo un niño hosco, antipático y sin amigos, pero yo tenía con él una deuda de lealtad indestructible. Me habría gustado socorrerlo en una pelea o algo así, pero era de los que no se peleaban. Nos sentábamos cerca para comer el bocadillo en los recreos, aunque no hablásemos nunca, y al salir de clase caminábamos juntos, carteras a la espalda, hasta la esquina donde nos separábamos sin despedirnos. Acabó aquel curso y no volví a verlo más.
PATENTE DE CORSO 28.12.08
~ Esas madres perversas y crueles ~ 808
No tiene nada que ver con que este domingo sea día de los Inocentes. En absoluto. Ni con los niños degollados, ni con las bromas tradicionales hechas al prójimo incauto. El caso es real como la vida misma –la vida española misma, maticemos– y sale en los periódicos: madre condenada a cuarenta y cinco días de cárcel y a un año de alejamiento de su hijo de diez años, porque hace dos, en el curso de una refriega doméstica, le dio una colleja al enano, con tan mala suerte que éste se dio contra el lavabo y sangró por la nariz. Y claro. En este faro ético de Occidente donde moramos, tan salvaje agresión doméstica no podía quedar sin castigo. El hecho de que hayan pasado dos años desde entonces, y de que el menor fuese un poquito gamberro y desobediente, se negara a hacer los deberes y acabara de tirar a su madre una zapatilla, corriendo a encerrarse a continuación en el cuarto de baño, de donde no quería salir, no fue considerado atenuante por la dura Lex sed Lex. Tampoco se tuvo en cuenta que se trataba de un incidente aislado, y no de malos tratos habituales; ni el hecho obvio de que, en un pueblo pequeño como es el de esa familia, una orden de alejamiento supone que uno de los dos, madre o hijo, debe hacer las maletas y largarse del pueblo.
Pero no importa, oigan. Estoy con la juez que entendió el asunto: no hay atenuante que valga. Es más: tengo la certeza moral de que a ustedes, como a mí –siempre de parte de la ley y el orden–, la de esta cruel madre torturadora les parece sentencia justa y ejemplar. Como bien ha argumentado no sé qué asociación de derechos infantiles, «a los niños no se les pega». Y punto. Así de simple. Y menos en estos tiempos, cuando tan fácil es sentarse a dialogar con ellos a cualquier edad y afearles su conducta con argumentos de peso intelectual. A ver qué le habría costado a esa madre pagar a un cerrajero para que abriese la puerta del cuarto de baño y después, mirando muy fijamente a su hijo de diez años a los ojos, decirle: «Hijo mío, ya dijeron Sócrates y San Agustín que a las madres no se les tiran zapatillas. De seguir así, el día de mañana la sociedad te expulsará de su seno. Así que tú mismo. Atente a las consecuencias».
En mi opinión, la Justicia se queda corta. Una madre capaz de perder el control de esa manera brutal e inexplicable debería ser castigada con más contundencia. Y no con una pena mayor, como solicitaba la fiscalía –la juez fue clemente, después de todo, quizá por solidaridad de género y génera–, sino con medidas drásticas e implacables. Porque, so pretexto de no haber antecedentes penales ni constancia de malos tratos anteriores, la madre se ha ido de rositas. Asquerosamente impune, o casi. Y si de mí dependiera, esa delincuente sin escrúpulos ni conciencia habría ingresado inmediatamente en prisión para comerse cinco años de talego, por lo menos. O más. Y cuando saliera –aunque procuraría aplicarle la doctrina Parot para impedirlo–, le calzaría una pulsera con Gepeese y una orden de alejamiento, no del hijo y de su pueblo, sino de España. Al puto exilio. Por perra. Y por supuesto, le retiraría la custodia del niño y se lo daría a alguna familia modélica, como por ejemplo a los Albertos. Para que aprenda.
Pero no hay mal que por bien no venga, oigan. Todo esto me ha dado una idea. De pequeño me sacudieron las mías y las del pulpo; y va siendo hora, creo, de que los culpables de aquel infierno paguen lo que hicieron. Yo también exijo justicia. Mi padre, sin ir más lejos, me dio una vez cuatro bofetadas que hoy le habrían costado, por lo menos, un destierro a Ceuta. Y mi madre, hasta que tuve edad suficiente para inmovilizarla con hábiles llaves de judo, no vean cómo nos puso con la zapatilla, durante años atroces, a mi hermano y a mí. Guapos, nos puso. Por no hablar de los Maristas, donde el hermano Severiano nos torturaba bestialmente dándonos capones en clase, y donde el Poteras –a quien Dios haya perdonado–, cada vez que le pegábamos fuego a una papelera o escribíamos El Poteras es un cabrón en la pizarra, nos aplicaba la intolerable violencia de endiñarnos con el puntero y la chasca sin respeto por nuestros derechos humanos. Como en Guantánamo. Y así ha salido mi generación, perdida. De trauma en trauma. Por eso va siendo hora de que los culpables rindan cuentas a la Justicia. Memoria histórica para el nene y la nena. Barra libre. Así que voy a pedirle al juez Garzón que abra una causa general que los ponga firmes a todos. Que encierre en la cárcel a los que sigan vivos, que alguno queda –tiembla, Severiano–, y desentierre a los otros para escupir sobre sus huesos. A mi padre, por ejemplo, ya no lo pillan. Lástima. Pero mi madre sigue ahí, tan campante. Sus ochenta y cuatro años no tienen por qué ponerla a salvo de su cruel salvajismo de antaño. En esta España, líder moral de Occidente, lo de la zapatilla no puede quedar impune. O sea. Más vale tarde que nunca.
2017.10.29 El Poteras y su enemigo
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Repasando, casi por azar, unos viejos volúmenes de novelas policíacas -Peter Cheyney, Harmon Coxe, Eric Ambler-, acabo de encontrar uno de Ellery Queen que me transporta más de medio siglo atrás en el tiempo, al lector que yo era a los doce o trece años. Por suerte para mí, las bibliotecas de mis abuelos estaban especializadas en asuntos diferentes: la de mi abuelo paterno era más de clásicos y gran literatura del XIX, mientras que mi abuela materna y mi tía Pura, su hermana, eran lectoras apasionadas de bestsellers contemporáneos -Vicky Baum, Colette, Somerset Maugham- y novela policíaca, de la que tenían un armario lleno hasta arriba; en el que, cuando iba a visitarlas, yo buceaba con entusiasmo de cazador precoz, pues podía llevarme lo que me apeteciera. Allí descubrí a Hammet y Chandler, entre otros. Y uno de aquellos hallazgos tempranos, las novelas de Ellery Queen, tuvo serios efectos colaterales.
Yo tenía doce años y estaba en tercero de bachillerato en los Maristas de Cartagena, donde pasé mi infancia de estudiante hasta que me expulsaron dos años después. Era un pésimo alumno, pues sólo me interesaban la literatura, el latín y la historia. Todo lo demás eran suspensos. E indisciplina. Cada profesor, religiosos en su mayor parte, tenía para nosotros su apodo: el Cuellotoro, el Dumbo, el Tomate, el Pulga (uno de los más logrados era el del profesor de matemáticas, un seglar elegante y fumador de rubio emboquillado llamado don Francisco Márquez, cuyo magnífico sobrenombre era Paco Farolas). Y el de mi clase, ese curso, era el hermano Emilio, alias el Poteras.
El Poteras y yo nos odiábamos sin disimulo. Era de esos profesores con la mano larga, muy dados a pegar a los alumnos -en aquel tiempo eso era normalísimo-, pero solía ejercer esa potestad con excesiva saña. Yo no era un alumno fácil, por otra parte. Si tocaba hacer un ejercicio de redacción, me las arreglaba para que estuviera muy bien escrito, pero al mismo tiempo fuese esencialmente insultante para él -recuerdo bien un tema libre: La pesca del calamar con potera-. Y las represalias, por supuesto, estaban a la altura. Castigos y leña al mono. Los padres no intervenían en esas cosas, pues la disciplina a la brava formaba parte del sistema. Aquello, los chicos teníamos que comérnoslo solos. Doblabas la bisagra, o mantenías el desafío en plan guerrillero y afrontabas las consecuencias. Algunos -Miguel Cebrián, Manolico el Nabo, Julio Mínguez- las encarábamos con la cabeza bien alta. Éramos pequeños cimarrones en pantalón corto. Indomables cabroncetes, cada uno a su estilo. Peligrosos como la madre que nos parió.
Una novela de Ellery Queen inspiró una de mis campañas contra el Poteras. Apropiándome de la idea -un asesino que envía mensajes previos en verso a sus víctimas-, durante un mes le estuve mandando a mi acérrimo enemigo breves mensajes anónimos con versos míos (recuerdo uno de ellos: En este tu penúltimo día / tu matador te envía / este mensaje grato / que te hará bicarbonato). Por supuesto, yo era un delincuente imberbe, un criminal ingenuo; y los mensajes estaban escritos en papel cuadriculado de cuaderno escolar, a bolígrafo y con mi letra. Al Poteras le bastaron cinco minutos para identificarme, y me sometió a un duro interrogatorio. Lo negué todo, con un par de infantiles cojoncillos, y no pudo sacarme nada. Al día siguiente le mandé un nuevo mensaje, y a los pocos días, otro. El siguiente interrogatorio tuvo lugar en el aula desierta, a la hora del recreo, y no creo haber recibido tantas bofetadas en mi vida. No abrí la boca más que para negarlo todo. Además, procuraba sonreír entre hostia y hostia, como los héroes de las películas. Me dejó ir, por imposible, y al día siguiente le mandé otro mensaje.
El nuevo interrogatorio tuvo lugar en el colegio unos días más tarde, pero en el despacho del director: éste, el Poteras, mi padre, y yo en posición de firmes ante ellos. El Poteras, descompuesto, acumulaba mensajes sobre la mesa, comparaba la letra con la de mis ejercicios escolares, me acusaba de delincuente infantil. Yo seguía negándolo todo. Ésa no es mi letra, sostenía impasible. Por fin, harto de aquello, muy serio, mi padre dijo: «Cuando vean a mi hijo dejando personalmente uno de esos papeles, avísenme». Luego me sacó de allí. Caminamos en silencio por la calle, uno junto al otro, mientras él me miraba de reojo. Al fin dijo: «Ya lo has matado, ya vale». Y me dio un buen pescozón. Entonces no me di cuenta, pero ahora comprendo que sonreía.
2021.02.28 El amigo del cole
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Lo vi parado junto a un semáforo, al otro lado de la calle. Pude reconocerlo en el acto pese a los 54 años transcurridos desde la última vez. Miraba a uno y otro lado esperando cruzar, sin darse cuenta de mi presencia. Me sorprendió su fragilidad; en mi recuerdo era más alto. Lo habían expulsado de nuestro colegio, los Maristas de Cartagena, un año antes que a mí. Y que no nos hubiesen echado juntos no era más que una casualidad. Tuvo menos suerte y dio motivo antes, aunque en realidad los dos habíamos dado motivos de sobra los años que compartimos aula. Era verdaderamente un tipo duro, y lo llamaré Rafael. Indisciplinado, cimarrón, poco amigo de obedecer e hincar el codo, fue el niño más independiente e irreductible que conocí en mi vida. Aguantaba las bofetadas de los profesores –eran otros tiempos– con una sonrisa que yo procuraba imitar.
Tampoco yo era el Enrique de Corazón de Edmundo de Amicis. El respeto a la autoridad docente no era una de mis virtudes. Acumulaba suspensos y repetí cursos, como Rafael. Compartimos pupitre desde los nueve años bajo la férula de un hermano marista apodado el Cuellotoro, y contra él, en compañía de otro salvaje alumno conocido como Manolico el Nabo, hicimos las primeras y gloriosas armas. Los golpes y los castigos –«Usted y usted, hasta las ocho»– nos unieron como en una cárcel se unen dos presos peligrosos. Nosotros lo éramos, y no poco.
Esa solidaridad de proscritos se reforzó en los cursos siguientes, ante la Ballena Alegre –se dormía fumando y se le quemaban los papeles, o se los quemábamos nosotros–, el Severiano, el Tomate, el Poteras. Éramos imaginativos e insolentes, sin respeto a los dioses ni a los hombres. Rafael más audaz y yo más creativo. Él era capaz de acercarse al Tomate, que era sordo como una tapia, decirle entre dientes «hijoputa» y obtener como respuesta: «Sí, sí, pásenlo a limpio con tinta y a pluma». Lo mío era algo más trabajado. El Poteras –ése fue mi Richelieu, mi Moriarty, el primer enemigo malvado que tuve en la vida– nos encargaba una redacción sobre la muerte de un amigo, y yo contaba con detalle, sin una sola falta de ortografía y obligándolo a ponerme como mínimo un aprobado, la atroz muerte de mi amigo el gato Poteras, al caerse de un tejado cuando estaba tonteando con una gata.
Los profesores nos odiaban y ese odio era mutuo. En mi caso hubo dos excepciones: el hermano Luis, de Latín, y el hermano José Luis Vallejo, de Literatura. Pero Rafael no conocía excepciones: iba contra todos por igual. Yo lo admiraba tanto que lo secundé incluso en empresas suicidas como robarle cigarrillos al Paco Farolas, traficar con tizas ante el temible hermano Severiano, leer tebeos de Hazañas Bélicas en clase o presentarnos ante el hermano Modesto, un abuelete al que habían encarcelado en la Guerra Civil y era un fascista de tomo y lomo, cuadrándonos en la puerta con el saludo falangista, un taconazo y el grito «Arriba España», porque así nos subía la nota. A la hora del recreo nos largábamos al puerto a ver los barcos y ya no volvíamos, nos colábamos en los cines de sesión continua o íbamos a la puerta de San Miguel y las Carmelitas a ver salir a las niñas que nos gustaban. En las peleas a la salida de clase, cuando los alumnos ajustaban cuentas en un ring improvisado con las carteras de los compañeros, peleábamos juntos contra los otros, apoyándonos espalda contra espalda. Nos profesábamos esa lealtad ciega de la que sólo los niños valientes son capaces. No sé lo que yo era para él; pero en mi caso, Rafael era un héroe. Tal vez el primer héroe de carne y hueso que conocí en mi vida.
Y allí estaba Rafael, medio siglo después, al otro lado de la calle. Cambió el paso de peatones a verde y lo vi avanzar mientras yo también lo hacía. Al acercarnos uno al otro sentí una incómoda desazón. Lo vi pequeño, ajado, viejo, nada que ver con el homérico luchador que yo recordaba. Cuando llegamos al centro de la calzada me quité el sombrero y me reconoció. Nos quedamos allí parados, mirándonos. «Arturo», dijo. «Rafael», respondí. Imagino que también me vio como yo lo veía: viejo, lejano, desconocido. La gente pasaba por nuestro lado y los coches aguardaban la luz roja. Nos estrechamos la mano, titubeantes. De pronto encogió los hombros. «Te sigo», comentó. «Y yo me alegro de verte», repuse. El semáforo estaba a punto de cambiar. Sonrió muy despacio, melancólico, y no reconocí esa sonrisa. Ni siquiera sus ojos eran los mismos, y leí en ellos que tampoco los míos. «Tenemos que vernos», dijo. «Claro», asentí. Nos dimos otra vez la mano y cada cual siguió su camino.
2022.01.23 Más real que la vida
Arturo Pérez-Reverte / Patente de corso
Una novela nueva, al menos en mi caso, significa lecturas y relecturas, viajes, cine, libretas que se llenan de notas. Trabajo acumulativo y paciente con arreglo a un plan: personajes y situaciones, estructura, previstos de antemano. Hay autores con un talento extraordinario para navegar sin saber a dónde van, pero no es lo mío. Yo necesito cartas náuticas antes de izar las velas y empezar a moverme. Desde que le doy a la tecla nunca he escrito nada a ciegas. Durante el año o el año y medio que ahora tardo en contar una historia –viajar menos por la pandemia ayuda bastante–, el margen de improvisación resulta amplio, porque es mucho lo inesperado que surge en el camino. Sin embargo, siempre hay un hilo central, una trama. Una disciplina. Un rumbo al que vuelves cuando algo te complica la ruta.
He dicho o escrito alguna vez que siempre fui un novelista feliz, sin excesivas ambiciones y sin complejos. Desde hace treinta y cinco años, cada día que paso en mi casa trabajo un mínimo de cinco horas. A doña Inspiración, de apellido Repentina, no la conozco, o no me fijé nunca demasiado en ella, pues siempre que llama a la puerta me encuentra ocupado, trabajando. Con las musas que susurran párrafos inmortales no tuve suerte. Y es lo que diferencia, supongo, al artista que no soy del artesano de la tecla que sí soy: un narrador profesional que vive de eso. Alguien que no pretende cambiar la historia de la Literatura en cada página, sino que sólo aspira a ser eficaz. A contar bien contada una buena historia.
Eso sí, tengo una ventaja. Déjenme ustedes tirarme algún pegote. Y esa ventaja es la imaginación. La cosa, supongo, viene de cuando era un crío que leía e iba al cine –la tele no la conocí hasta los doce años–. Después de cada tebeo, libro o película, pasaba días dentro de ellos, convertido en Ned Land, Hopalong Cassidy, sir Kenneth el del Leopardo, Ulises, el Capitán Blood, Ojo de Halcón o quien se pusiera a tiro. Tanto entraba en sus historias que llegaba a sentirme de verdad uno de ellos, adoptando sus armas, su lenguaje, sus maneras, sus amores y hasta sus defectos. Incluso buscaba enemigos asociados con los de mis héroes, como un hermano marista apodado El Poteras, protagonista de mutuas antipatías escolares, que durante años fue mi Moriarty particular; y a quien, asumiendo yo una personalidad intermedia entre Fantomas y Rocambole, procuré fastidiar cuanto pude hasta que me expulsaron del colegio.
Todo cambió con el tiempo, claro. Después, mi trabajo me ancló a una realidad áspera en la que, como todo el mundo, perdí unas cosas y obtuve otras. Y al cabo, con la mirada que eso me dejó, escribo novelas. Eso resuelve mi vida y le da independencia, pero sobre todo suscita –soy afortunado– la felicidad de la que hablaba antes. Me devuelve el hábito infantil de sumergirme en historias, personajes, vidas alternativas que no son sólo paralelas a la real, sino que se superponen a ella; que la sustituyen a veces de un modo asombroso. Me permite, en fin, seguir jugando.
Les doy mi palabra de honor –qué pocos la dan ahora, por cierto– de que es verdad lo que digo. Durante la escritura de cada novela vivo más en el mundo de esa novela que en el real. O quizá lo que pasa es que la novela se convierte en más real que la propia vida. Cuanto leo, pienso, hago, sueño, imagino, tiene que ver con la historia en la que ando envuelto. Anoche mismo, por ejemplo, me sentí vilmente cobarde al despertar de una pesadilla, porque el protagonista de la novela que ahora escribo se enfrenta a una situación parecida. Me muevo por lugares sobre los que trabajo no con mi mirada, sino con la de los entes de ficción que sitúo en ese escenario. Observo el mundo asumiendo los defectos o virtudes, los miedos y las pasiones, las incertidumbres y las certezas de los personajes que bullen en mi cabeza. Ellos acaban siendo más auténticos que otros, pretendidamente reales, con los que tropiezo a este lado de la trama. Duermo con ellos pensando qué harán por la mañana cuando me siente ante el teclado, y me despierto siendo ellos, sumergido en su mundo. Preguntándome, y ése es el desafío, si conseguiré contarlo en los dos o tres folios que en los días buenos son el botín de la jornada. Y cuando, cada vez con más desgana, me asomo al mundo pretendidamente real y arrugo el ceño ante lo que de él no me gusta, pienso que tengo la suerte de poseer una vida paralela; ese rumbo que me permite esquivar los escollos y las sombras. Sólo el acto de leer se aproxima a esa clase de evasión, pero nada es comparable al propio libro que día tras día vas leyendo en tu cabeza.