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Anexo a El profesor vencido ~ No digáis no no avisó ~

La Derrota
20/12/2020 09:17
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Jovencitos sin piedad - 18 de septiembre de 1994

Dicen los expertos que los delitos perpetrados por jóvenes son cada vez más violentos, en especial los que cometen adolescentes de 14 o 15 años. Desde el majara que acribilla a su padre a flechazos hasta el imbécil que apuñala a un desconocido tomándose muy a pecho lo del juego de rol, resulta que son los niños y los adolescentes los que más encarnizamiento le ponen al asunto. La verdad es que uno echa mano de las estadísticas y se le eriza la piel: motorista degollado, padres muertos a tiros, niños que linchan a otro niño, abuela masacrada por el jovencito al que daba cobijo, mendigo achicharrado a tiros por dos tiernas criaturas que tiraban al blanco. A diferencia de los adultos, los jóvenes resultan, cada vez más, especialmente despiadados a la hora de liar la pajarraca. Entonces los sociólogos y los psicólogos y los antropólogos van y se preocupan, y hasta se ha convocado un congreso para el mes que viene, en Barcelona, creo, a fin de analizar las causas.
Ignoro cuáles serán las conclusiones, pero dudo que los ponentes vayan a herniarse por su esfuerzo a la hora de investigar causas. Sin ser perito en patología social, cualquier padre atento a la expresión de su hijo ante el televisor, experimenta un desasosiego que le permite hacerse perfectamente idea. Pero hay algo más. Durante mucho tiempo, los meapilas de alma cándida nos han estado vendiendo la moto de que el hombre es bueno y después llega la sociedad y lo estropicia. Y nada más lejos de la verdad, pues esa imagen del niño pequeño bondadoso y tierno, que llora cuando el pajarito se rompe una pata y le lleva sopita a los gatitos recién nacidos, es, si no enteramente falsa, al menos incompleta. Porque no hay nada más ajeno a la noción de bien y de mal, nada mas despiadado ni cruel que un pequeño hijo de puta.
Hagan memoria. Cuando aún somos tiernos infantes, los niños derramamos lagrimitas, queremos lo mismo a papá que a mamá cuando nos pregunta doña Patro, y ese pobre señor que pide limosna en la esquina, mami, nos da mucha pena. Pero al mismo tiempo, como el doctor Jeckill y míster Hyde, ejercemos en ese otro lado negro, inquietante, que es a fin de cuentas el de la contradictoria naturaleza humana. Desde cuando pisamos hormiguitas o lo mismo torturamos al gato que nos choteamos del retrasado mental de la clase, los niños —todos nosotros cuando somos niños— poseen una inmensa veta de crueldad ignorante, en bruto, que una educación adecuada suele combatir, controlar y canalizar después de forma más o menos adecuada, pues ninguna sociedad tolera la agresión interna. Son las normas de la tribu.
Sin embargo, cuando razones sociales o de cualquier tipo, como el fútbol, un juego, la marginación, la guerra, alteran las reglas y hacen saltar los mecanismos de control, el niño, el adolescente, recuperan con más facilidad —es menor el adiestramiento— su condición mortífera. En todas las guerras del mundo, desde Ruanda al Líbano, Camboya o lo que sea, las mayores atrocidades son cometidas por adolescentes casi niños. Y les aseguro que nada produce más miedo en el mundo que un guerrillero o un soldado de catorce años pegándote gritos con un fusil en las manos. La violencia cotidiana pone el gatillo fácil, y los pocos años impiden conocer la piedad; no esa que predican los cantamañanas, sino la auténtica, la que sólo se adquiere con la templanza y la lucidez que dan los años.
Pero no hace falta irse tan lejos como a la guerra. Sobre el terreno abonado de aquí mismo nos llueve de eso cada día. El tiempo de las tortuguitas y los conejitos golosos que devoran frutos sabrosos, de las caperucitas bondadosas y los lobos malos terminó hace mucho tiempo. Esta sociedad desquiciada e infame, sus equívocos valores y sus mitos, moldea monstruos a su imagen y semejanza. Nunca ningún niño obtuvo tanta información como nuestros hijos con sólo sentarse un rato ante el televisor. Información incontrolada, rica y variopinta, donde los viejos tabúes de la tribu se hacen polvo, y donde las fronteras entre realidad y ficción, entre mundos reales y mundos virtuales, se difuminan.
Así que deseo a los expertos que analicen a gusto las causas de que los delitos juveniles sean cada vez más violentos. Y mientras establecen sus conclusiones, los adultos podemos ir atándonos los machos, pero bien. Porque, con congresos o sin ellos, los niñatos del futuro van a ser la leche. A fin de cuentas, cada cual tiene los gobiernos, la televisión y los hijos que se merece.


Aún puede ser peor - 6 de agosto de 2000

    No sé qué será peor, si la enfermedad o el remedio. Me alegra imaginar el debate sobre la enseñanza y las humanidades, cuando se reanude el curso político. No se trata de que unos tengan razón y otros no, porque las cosas nunca son simples. Lo inquietante es que el problema existe desde hace tiempo, y a ningún gobernante ni miembro de la oposición pareció preocupar nunca lo más mínimo hasta que, alehop, por necesidades tácticas sale ahora a relucir con el daño ya hecho. De cualquier modo, es sospechoso que ese rifirrafe sobre los trileros de pueblo que engañan a los niños en el cole no se haya planteado antes. Porque no pretenderán convencernos, los sucesivos ministros de Educación y Cultura de los últimos quince o veinte años, de que ellos acaban de saber hace dos días de que en algunos libros de texto el Ebro nace en tierra extraña, y Felipe II era un genocida o cosa así.
    Lo que me preocupa es que, ya en el conflicto planteado a principios de verano con el informe de la Academia de la Historia, a cada perro se le vio la oreja. Quiero decir que, del mismo modo que la cultura ha sido siempre aquí instrumento manipulable por los golfos de turno, en el debate que se avecina florecerá una vez más la semilla de la guerra civil que este país de hijos de puta lleva en el alma. Ya ahora, según el periódico que uno se eche a la cara o la radio que oiga, es posible advertir ajustes de cuentas, maniobras de desmarque o aprovechamiento de los huecos para meter el pasteleo, la larga cambiada y la mala leche de cada cual. En previsión de que se exijan responsabilidades, los que gobernaron durante trece años y se fueron de rositas dejando la educación y la cultura patas arriba, ahora matizan cautos que ojo, mejor analfabetos que afiliados al club de fans del Cid Campeador, como si no existieran las distancias medias. Al otro lado están los que se pasaron esos trece años en la oposición, calladitos mientras Solana y Maravall nos dejaban sin memoria y sin vergüenza; y ahora llevan legislatura y pico gobernando igual de mudos, no vayan a llamarlos fascistas por hablar de Indíbil o de Almanzor o de Blas de Lezo; y sólo cuando tienen holgura parlamentaria osan, tímidamente, hablar de la conveniencia, quizás, que por su parte no quede, por supuesto de modo nunca coactivo –no sé por qué cojones no puede coaccionarse cuando se hacen las cosas con derecho legítimo, consenso general y cordura- de devolver a los libros de texto cuando aquellos irresponsables, ayudados por el silencio cómplice de la propia derecha, o centro derecha, o lo que carajo sea ahora, y de todos los demás, quitaron, o dejaron quitar a cambio de votos para ir tirando de legislatura en legislatura. Mejor gobernar una España desmantelada, se decían, que no gobernar nada de nada. Y ahí quedó eso.
    Lo malo es que sobre los libros de texto revisados por bandos vencedores ya tuvimos unos cuantos ejemplos en el pasado reciente; y no sabes qué es peor, si esto o aquel folletín excluyente de esencias patrias, reyes buenos, curas santos y conquistadores heroicos y piadosos. Para agravar el panorama, y resueltos a sacar partido del envilecimiento de unos y otros, están los caciques de pueblo con eruditos a sueldo dispuestos a reescribir la historia a su gusto, a ponerles en el catre a su señora, o a lo que se tercie: mierdecillas que plagian una leyenda negra que ni siquiera tuvieron el talento de inventar ellos –quien no pare Césares mal puede tener Plutarcos- y tan mediocres en su fanatismo que, a su lado, fray Prudencio de Sandoval o el padre Mariana eran Tácito y Suetonio. El caso es que, con el hueso de las humanidades disputado por la jauría habitual –imagínense a ciertos diputados (y diputadas), con esa sintaxis y esa fluidez retórica que los caracteriza, defendiendo las Etimologías de San Isidoro-, mucho me temo que quien no tendrá voz ni voto en estos asuntos será la gente decente: los historiadores que exigen una revisión crítica pero rigurosa, que se sienten asqueados con la coexistencia de 17 historias de España diferentes, y que defienden una disciplina educativa que no sólo consiste en fechas, reyes y emperadores, sino que pasa también por los museos, las bibliotecas, los teatros: por la huella que todo el pasado, sin exclusión, dejó en nuestro presente. Por la noble complejidad que nos permite comprender que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos.
    Pero ya verán como no. Verán como el debate será estéril y ahondará el daño, al pretender contentar a los tres vértices de ese triángulo viciado y miserable: la insolidaria mezquindad y mala fe de los caciques provincianos, el nefasto refranero y el casticismo noventayochista de una derecha elemental y analfabeta, y el bobo psicologismo educativo de los imbéciles que pretenden igualarnos a todos en la cultura de la nada.

Felices fiestas don Arturo, Salva y compañeros

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