Un Anexo rápido. (Más bien un <<triaje>>,,,palabreja que quizá se ponga de moda. jua jua
Vigilio
29/03/2020 16:18
1306 mensajes en el foro, registrado desde 11/03/2001
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SIN MONEDA PARA CARONTE
Me sorprendió la cara de estupor de mi amigo: desencajada, incrédula. Como si le estuvieran gastando una broma pesada.
-¿Muerto...? ¿Que P. ha muerto? ¡Eso es imposible!
Insistí en el asunto. No sólo es posible que la gente se muera, sino que ocurre con lamentable frecuencia y puntual seguridad a más o menos largo plazo. El común amigo acababa de fallecer de un infarto. Algo muy penoso, en efecto. Triste e inesperado. Pero en cuanto al hecho, al suceso concreto, resultaba real e inapelable.
- También un día te tocará a tí -añadí-. O a mí.
-¡No digas barbaridades!
No digas barbaridades. Me quedé dándole vueltas al comentario y, como ven, todavía sigo haciéndolo. Mi amigo, el del comentario, es un hombre culto, con sentido común. Con esa cierta madurez que dan los años y la vida. Y, sin embargo, la posibilidad de palmar de un infarto se le antoja una barbaridad. Mi amigo tiene una casa, un BMW y una carrera, un par de cuentas bancarias en condiciones, una mujer muy guapa y dos hijos adolescentes con toda la vida por delante. Todos irreprochablemente sanos y felices, dichosos por vivir sumidos en un mundo confortable y en colores suaves. Dolor, muerte, son palabras lejanas, distantes, escritas en otro idioma. Sólo pueden -deben- pronunciarse respecto a otros.
Es curioso. Estamos en un tiempo y unos hábitos en que nos comportamos, vivimos y conversamos entre nosotros igual que si nunca fuese a cogernos el toro. Atrincherados en una barricada de eufemismos, miramos reflejados en el espejo nuestros cuerpos Danone como si éstos tuviesen la perennidad del bronce. Términos como fragilidad, provisionalidad, sufrimiento están desterrados del vocabulario oficial. Vamos por el mundo y por la vida sin moneda para el barquero Caronte en el bolsillo, como si nunca tuviésemos que acercarnos a la orilla de ese río de aguas negras que todos hemos de franquear tarde o temprano. El dolor, la vejez, la muerte, no tienen que ver con nosotros. Parecen exclusivo patrimonio de tipos distantes, más o menos exóticos, de esos que salen en el telediario: los chinos, los maricones con sida, los negros de Somalia, los moros que se ahogan en pateras cruzando el Estrecho. Esos desgraciados bosnios de los Balcanes. Nosotros no. Nosotros somos guapos, fuertes, sanos. Inmortales.
Uno lo piensa a veces, cuando ve a un descerebrado adelantando en zigzag a bordo de un frágil cochecito al que cualquier fabricante canalla y sin escrúpulos le ha instalado un motor de dieciséis válvulas. Cuando observa a Borja Luis engominado, con elegante atuendo y carísima cartera de piel, enarcar una ceja en su asiento de primera clase mientras, cosmopolita, le pide champaña a la azafata del vuelo Madrid-Londres. Cuando ve a Rosamari con ese cuerpazo de veinte años que Dios le ha dado pasar por la calle haciendo temblar los vidrios de los escaparates, convencida de que va a seguir así toda la vida. O al ministro, al director gerente, al fulano o fulana de moda, posando ante los fotógrafos como si Dios acabara de darle una palmadita en el hombro.
Voy a confiarles algo: la vida es un cartón de bingo en el que siempre nos cantan línea antes de tiempo. Felipe González va a morirse un año de éstos. Y Carlos Solchaga. Y Marta Chávarri. Y Mario Conde, Isabel Preysler y el que suscribe. Ninguno de los citados estará vivo, seguramente, para el 2043, que se encuentra, prácticamente, a la vuelta de la esquina. Tampoco -no crean que van a escaparse- ustedes mismos, porque ésa es una rifa en la que todos llevamos papeletas. Pero eso, que parece tan obvio, vivimos sin asumirlo, sin reconocerlo. Desterramos lejos a los ancianos, a los que sufren, a los enfermos y a los muertos. Vivimos en un mundo analgésico, tranquilos, seguros. Somos guapos e inmortales, drogados con lo mucho que nos queremos a nosotros mismos. Somos la biblia en verso, a cámara lenta y con música de anuncio de ron Bacardí. Du-duá. Du-duá.
Grave error. En realidad, nuestro certificado de garantía es tan frágil que no duramos nada. Deténganse un momento a leer la letra pequeña: basta saltarse un semáforo, bajar al cajero automático y tropezarse con un navajero de pulso alterado por el mono. Basta que al mecánico de vuelo se le olvide apretar una tuerca, que un virus nos roce la piel, que un cortocircuito incendie de noche la cortina o que un tipo al que acaban de despedir de su empresa entre en la pizzería donde estamos con los niños, empuñando una escopeta del doce cargada con posta lobera. Uno puede bajar de la acera y no ver un coche, resbalar bajo la ducha, tener un trombo juguetón haciendo turismo por el corazón o por el cerebro, y entonces va y se muere. O sea, fallece. Palma. Desaparece. Pasa a mejor vida o no pasa a ninguna en absoluto. Y entonces va un amigo y le dice a otro: «¿Sabes que Fulano se ha muerto?». Y el otro, que acaba de tomarse una copa con el extinto, o que ayer, sin ir más lejos, lo vio con un aspecto estupendo, va y responde: «¿Fulano? ¡Imposible!». Eso es lo que dice, el muy cretino. Absolutamente seguro de que esa vulgaridad no puede ocurrirle a él.
18 de julio de 1993
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LA ORQUESTA DEL `TITANIC´
El otro día, los pavos del suplemento cultural ABCD, periodistas y escritores, me invitaron a un cocido en Madrid. El pretexto era celebrar un artículo mío –lo hacen una vez al mes, eligiendo víctimas de modo por completo aleatorio, o casi–, y confieso que, aunque vida social hago la justa, resultó una comida muy simpática. Estaban allí Fernando Rodríguez Lafuente, Juancho Armas Marcelo, Fernando Castro, Luis Alberto de Cuenca y César Antonio Molina, entre otros: una interesante jábega de marrajos. Como no me gusta llegar con las manos vacías, antes de ir a la Taberna de Buenaventura, adecuado lugar de la cita, me pasé por la tienda de regalos que unos amigos tienen junto a Puerta Cerrada, donde compré una de esas semiesferas de cristal que producen efecto de nevada al agitarlas. Se trataba, en este caso, de un precioso Titanic a punto de hundirse, junto al pináculo de un iceberg. Desde hace tres o cuatro años he comprado una treintena de veces ese modelo en la misma tienda, destinado siempre a gente a la que aprecio. A veces está cierto tiempo agotado hasta que vuelven a traerlo, y sospecho que sus dueños lo reponen continuamente gracias a mi obsesiva insistencia.
El caso es que el Titanic y su iceberg, entre otros asuntos, formaron parte de la conversación de sobremesa. Se lo entregué a Rodríguez Lafuente como director y cabeza visible del putiferio, aclarándole que siempre regalo eso como memento mori. Un recordatorio de que, por muy sobrado que navegue uno por la vida, siempre hay un iceberg esperando en alguna parte. Y aun más: cada éxito tiene, o al menos eso creí siempre, su trampa específica incorporada. El caso es que estuvimos conversando un rato sobre ello; y a la hora de los cigarros y el café –hace años que no fumo, pero me gusta que la gente fume donde le salga de la bisectriz, y que la Parca recolecte libremente a los suyos–, llegado el momento de la lengua suelta por productos espirituosos, discursos informales y debate animado, se planteó el tema de la orquesta: esos músicos tocando en cubierta mientras el transatlántico insumergible se sumergía despacio en el mar frío y tranquilo. Alguien mencionó el episodio como rasgo característico de la estupidez humana. De cómo el ciudadano prefiere siempre que le toquen la música antes que enfrentarse a la realidad. Convine en ello, que me parece muy cierto; pero manifesté también que, en mi opinión, la orquesta del transatlántico simboliza algo más. También esta mesa, dije mirando alrededor, es una orquesta del Titanic. En tiempos como los de ahora, cuando los periódicos reducen las páginas de Cultura a la mínima expresión, y además las ocupan con el último diseño de calamar al dátil deconstruido en sake por Ferrán Adriá y desfiles de la colección de primavera de Danti y Tomanti, la existencia de fulanos –y fulanas– que no se resignan, y siguen dispuestos a contarle a la gente la historia de los libros que se publican, las exposiciones que se inauguran, la música que es posible escuchar, me parece más necesaria que nunca. Y algo está claro, añadí. El mundo para el que muchos de nosotros fuimos educados hace medio siglo ya no existe. Mi abuelo, calculen, nació en el siglo XIX. Esa vieja Europa ilustrada, memoriosa y culta, superior en el más noble sentido de la palabra, la de Montaigne, Cervantes, Goethe o Chateaubriand, se va a tomar por saco. Y los suplementos culturales de los periódicos, pese a sus muchos vicios, tics, filias y fobias, envidias y grandezas, infames a veces y otras espléndidos según la racha, con firmas de gente honrada y también de indiscutibles hijos de puta, son sin embargo, en su conjunto, la música de la orquesta que suena, no para adormecer conciencias, sino como compañía y alivio de muchos. Como último bastión. Como analgésico que no quita la causa irremediable del dolor, pero lo alivia.
«Morir matando», apuntó Armas Marcelo entre dos chupadas al Montecristo, haciéndome el honor de citar unas antiguas palabras mías. Y estuve de acuerdo. Esas modestas páginas culturales que sobreviven, opiné, sirven para no resignarse. Para hacer que, al menos, a los imbéciles y a los ignorantes les sangre la nariz. Para recordarnos que aún es posible pensar como griegos, pelear como troyanos y morir como romanos. Para aceptar, en fin, el ocaso de un mundo y el comienzo de otro en el que no estaremos; y hacerlo serenos, jugando a las cartas en el salón cada vez más inclinado del barco que se hunde, mientras por los portillos abiertos, entre los gritos de quienes creían posible escapar a su destino –«El barco era insumergible», reclaman los imbéciles–, suenan los compases de la vieja orquesta que nos justifica y nos consuela.
XLSemanal, 14 de Marzo de 2010
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EL ICEBERG DEL TITANIC
Ayer entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla. La dueña hablaba español con acento entre chino y de Lavapiés. Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto.
Mientras me alejaba, pensé más cosas. En cómo nos gusta apretar un botón y tener la vida resuelta. En los peligrosos atajos suicidas por donde nos deslizamos sin vuelta atrás, por la cuerda floja. En cómo hacemos el mundo cada vez más vulnerable, sujeto al chispazo más tonto, al fallo inevitable, al iceberg puesto por el Destino en el rumbo del frágil barco en el que navegamos a toda máquina, a ciegas en la noche. En los millones de cuentas bancarias y tarjetas de crédito, por ejemplo, que unos piratas informáticos destriparon hace unos días, al meterse en unas plataformas de juegos electrónicos. O en el amigo contándome hace poco que, durante un viaje a Nueva York, perdió su teléfono móvil y con él toda su agenda; y cuando le pregunté por qué no tenía una libreta de teléfonos anotados, como yo, me dijo: «Hala, antiguo», como si yo fuera el abuelo Cebolleta.
Recordé también cuando fui a echar una carta a Correos y se había ido la luz, y el de la ventanilla me dijo que verdes las iban a segar, porque la máquina de franquear era eléctrica. Y cuando pedí un sello de siempre, de aquellos con el careto del rey, se tronchó de risa y dijo que de eso no tenían ya. Que probara suerte en un estanco. También recordé cuando en un restaurante no funcionó el chisme de las tarjetas y el camarero dijo que esperase a que volviera la línea, y yo respondí que me hicieran una copia manual de la tarjeta o me iba a esperar a la calle, y entonces me hicieron la copia. Aunque la culpa fue mía; porque también, como todos, llevo la cartera llena de plástico con claves, chips y cosas así, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que, en nombre del confort y el mínimo esfuerzo, nos zambullimos todos de cabeza. Entre otras cosas -lo diré a modo de descargo-, porque a quien no acepta lo dejan fuera. Hace tiempo, por ejemplo, que es imposible sacar un billete de avión normal en una oficina de Iberia de Madrid, y cualquier día las agencias dejan de emitirlos. Entonces sólo podrán sacarse por Internet; y el que no sepa manejarse allí, o no le apetezca, o sea un carcamal opuesto a teclas y pantallas de ordenador, que se fastidie. Que trague, o que no viaje.
Y así, unos sinvergüenzas ahorran personal y sueldos, y otros idiotas nos vamos al diablo. Resolver cualquier problema nos cuesta horas de teléfono frente a voces enlatadas, marcando tal para esto o cual para lo otro. Todo cristo se ha puesto contestador automático en el móvil, en vez de la antigua señal de comunicando sale un buzón de voz, y ahora llamamos cinco veces a quien antes llamábamos una. Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electrónico. O nos vemos sin teléfono, sin ordenador portátil, sin tableta electrónica o sin lo que sea, porque se escachifolla el cargador y la tienda de repuestos no abre hasta mañana. O no hay tienda. Yo mismo, el idiota al que mejor conozco, dependo cada día de que haya electricidad para que funcionen el teclado y la pantalla con que me gano la vida. De nada me sirve haber tenido la precaución de conservar dos viejas Olivetti, por si acaso, si ya no venden en ningún sitio las cintas de máquina de escribir que las alimentan.
Hay un consuelo: así lo hemos querido. Nadie nos obligaba. Pero hasta los más renuentes hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imbécil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente específico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradisíaca su ola asesina. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos. Ya nos están dando. Y déjenme que les diga algo: a veces, incluso cuando palmo yo, me alegro. O casi. Hay siglos en que simpatizo con el profesor Moriarty.
XLSemanal, 5 de Junio de 2011
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A BORDO DEL TITANIC
Parece que fue ayer, y ya ven. La noche del próximo 14 de abril toca aniversario: cien años justos desde que el Destino, que tiene ganas de guasa, puso un iceberg en mitad de la ruta del Titanic. Barco publicitado como insumergible, tecnología ultramoderna, primer viaje, 2.228 personas a bordo entre pasajeros y tripulantes. La mar lisa como un plato. Y zaca. Cubitos de hielo en la cubierta de estribor, desgarro bajo la línea de flotación, y al fondo. Millar y medio de ahogados preguntándose cómo ha podido pasarme esto. Glú, glú. Después, un siglo de leyenda, libros, películas: la de Kate Winslet y Leonardo di Caprio, estupenda. La protagonizada por Clifton Webb, prescindible y mediocre, incluso mala. La mejor, en mi opinión, la más rigurosa y perfecta –la he visto docenas de veces, y sigo haciéndolo– es La última noche del Titanic, dirigida por Roy Baker sobre un guión nada menos que de Eric Ambler, basado a su vez en un libro conciso y magnífico de Walter Lord, A Night to remember –así se titula la película en inglés–, que ninguna de las obras posteriores logró superar nunca. El libro de Lord, publicado en 1954, acabo de verlo en bolsillo, recién reeditado, con el mismo título: La última noche del Titanic. Así que quien quiera saber exactamente lo que ocurrió a bordo entre el 14 y el 15 de abril de 1912, no sé a qué espera, si tiene una librería cerca. O lejos. Ignoro si les pasa a ustedes. A mí, aquella tragedia me trae a la cabeza naufragios y desastres más recientes. Y como ese Destino al que mencionaba antes no tiene sentimientos y le gustan las paradojas, y por otra parte soy de los que imaginan a una especie de dios borracho, o bromista cósmico, tronchándose de risa con los afanes de las miserables hormigas que corremos bajo su bota, la coincidencia de fechas entre el aniversario del Titanic y la que está cayendo no me parece casual. Por el contrario, creo que todo responde al mismo plan. A la naturaleza de las cosas. A la misma estupidez colectiva que ahora ocupa el lugar de la inteligencia y el ingenio que durante siglos nos hicieron progresar y ser mejores, hasta que dejamos de serlo.
No sé si consigo explicarme. Consideren lo que el Titanic simboliza hoy. Las tripas del asunto. Dejen de lado la parte sentimental, si pueden. La compasión natural por las víctimas, las emociones y otros elementos perturbadores del buen juicio. Mírenlo con objetividad fría, como nos mira ese bromista al que me referí antes. Dos mil y pico infelices, desde sofisticados millonarios a emigrantes pobres como ratas, que confiando en la publicidad de la compañía White Star, que califica su barco de insumergible, se instalan alegremente a bordo de un artefacto de acero que pesa 45.000 toneladas, y cuya tendencia natural, si algo falla en la técnica –y la técnica puede fallar siempre–, será irse al fondo por su propio peso. Y no contentos con tentar a la suerte de tal manera, esos pasajeros confían sus vidas a una tripulación en la que los marinos auténticos son minoría. A un sindicato –así los llamó Joseph Conrad– de cocineros, mayordomos y camareros más dedicados al confort del pasaje, a que éste coma bien, duerma cómodo y se divierta, que a la navegación profesional propiamente dicha. Ahora, como guinda del pastel, añadan a eso una compañía naviera dispuesta a hacerse a toda costa con los récords de navegación y los beneficios que ese primer viaje puede traer en cuanto a promoción y venta de pasajes en el futuro. Con lo que tenemos, resumiendo la cosa, un artefacto monstruoso, hijo de la ambición y la arrogancia, lleno de incautos y gobernado por irresponsables, lanzado a veintiuna millas por hora en llena noche atlántica, a través de un mar lleno de icebergs. O sea: bingo.
Y ahora mírenme a los ojos y digan si la historia no suena calentita, a reciente de estos días. Cambien pasajeros por nosotros mismos, tripulantes por entidades financieras, compañía naviera por políticos desvergonzados, incompetentes y embusteros. Cambien la fiesta a bordo, los pasajeros de lujo con sus copas de champaña, los de tercera clase soñando con la vida mejor que podía aguardarles en América, por todos nosotros, nuestros créditos fáciles sobre sueldos que no podían sostenerlos, nuestro derroche, nuestra estupidez suicida, nuestro mirar hacia otro lado a las primeras señales de hielo en el mar. Metan todo eso en un ordenador, oigan. Denle a la tecla enter y saldrá nuestra foto exacta, saludando sonrientes desde la cubierta del barco insumergible, encantados de habernos conocido. Felices de estar ahí. Observen sobre todo nuestra cara de idiotas. Cien años ya, desde el Titanic, y no hemos aprendido nada.
XLSemanal, 1 de Abril de 2012
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(Un interesante artículo de otro donde cuenta la anécdota de la bolita de cristal ....)
El hombre que lucha mientras los libros arden
Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION
A veces la muerte más horrible se empeña en parecer poética. Hace unos días un escritor de Sevilla murió intentando salvar su biblioteca del fuego. Sucedió en el pequeño pueblo de Bormujos, y el hombre era pintor, poeta, novelista y erudito. Se llamaba Rafael de Cózar, un filólogo hispánico, estudioso de la vanguardia y amigo personal de Arturo Pérez-Reverte, quien lo homenajea cómicamente en algunos capítulos del capitán Alatriste. Dicen que el incendio se debió a un cortocircuito y que el profesor tomó un extintor e intentó proteger desesperadamente de las llamas a sus 9000 libros. La sorda y rápida batalla sucedió un viernes por la noche, y resultó en vano: Rafael murió asfixiado y el fuego devoró ese tesoro incalculable. Los libros, que fueron su vida, arden en el santuario, y el lector impenitente expira con ellos.
El episodio nos estremece porque lleva cifrada la fatal pasión de quienes alguna vez hemos entrevisto, como diría Borges, el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Y porque esta muerte suena heroica y crepuscular en un mundo que se digitaliza, pierde su memoria histórica para vivir un presente vacuo y eterno, y reemplaza al libro por la telefonía móvil. También porque esa luctuosa desgracia recuerda que a todos los navegantes nos espera nuestro iceberg. Son las reglas del juego. Pérez-Reverte suele comprar para sus amigos, en un pequeño local junto a Puerta Cerrada de Madrid, una semiesfera de cristal que al sacudirla produce efecto de nevada y que lleva en su interior un Titanic en miniatura. Tengo uno de esos souvenires en mi propia biblioteca, y a veces cuando levanto la vista para buscar un adjetivo me encuentro con esa advertencia cariñosa.
Cierta noche un grupo de periodistas culturales lo invitó a cenar un cocido, y Arturo les llevó de regalo unas cuantas esferas. Ustedes son la orquesta del Titanic, les advirtió en la sobremesa. "En tiempos como los de ahora, cuando los periódicos reducen las páginas de Cultura a la mínima expresión, y además las ocupan en el último diseño del calamar al dátil deconstruido en sake por Ferrán Adriá y a desfiles de la colección de primavera de Danti y Tomanti, la existencia de los que no se resignan y siguen dispuestos a contarle a la gente la historia de los libros que se publican, las exposiciones que se inauguran y la música que es posible escuchar, me parece más necesaria que nunca". Y después agregó: "El mundo para el que muchos de nosotros fuimos educados hace medio siglo ya no existe. Y los suplementos culturales son la música de la orquesta que suena, no para adormecer conciencias, sino como compañía y alivio de muchos. Como último bastión. Como analgésico que no quita la causa irremediable del dolor, pero la alivia".
Unos años atrás visité una escuela carenciada, ubicada en un suburbio peligroso, y la maestra me pidió que les explicara a sus alumnos por qué debían abrazar la lectura. Parecía una tarea sencilla, pero a mí me temblaban las piernas. Dije buenos días y me paré como pude frente a ellos: algunos ya tenían cara patibularia y la mayoría, al borde de la abulia y la marginalidad, parecía desinteresada de todo. Vacilé uno segundos. Les conté que mi vieja también provenía del hambre y que a pesar de su falta de instrucción había tenido un momento de enorme lucidez; hizo algo que muchas madres instruidas y pudientes no son capaces de hacer: me regaló la Colección Robin Hood. Ni ella ni yo sabíamos que con ese gesto me estaba obsequiando un universo; la chance de vivir muchas otras vidas y de no sentir nunca más la soledad.
Los chicos no parecían muy impresionados por esa argumentación. Y entonces me desesperé y les dije (con perdón) lo único que me salió de adentro: "¿Saben qué? Lean para que no los caguen". Fue como si un relámpago los atravesara. Los desconectados hijos de la indiferencia y la pobreza abrieron de pronto los ojos y se conectaron. Che, parece que los libros salvan. Sí, los libros siguen salvando.
Tal vez los defensores de estos pequeños asuntos, en un planeta que se desliza por la agrafía y por la tiranía de lo visual y de lo fácil, seamos criaturas en vías de extinción. Náufragos que juegan cartas con angustiada dignidad mientras suena la orquesta del Titanic. Acaso hombres y mujeres desesperados luchando contra el fuego, munidos del inútil extintor, tratando de salvar vanamente de las llamas lo que más amamos.
http://www.lanacion.com.ar/1755377-el-hombre-que-lucha-mientras-los-libros-arde
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(Triaje en algunas entrevistas...... un par de resultados.
-¿Usted también guarda una moneda para Caronte?
-Siempre llevo una en el bolsillo.
-¿Alguna duda existencial?
-Desde el momento en el que descubres que te vas a morir, todas las dudas se vuelven relativas.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/20071223/mas-actualidad/cultura/veces-cabrearse-hasta-higienico-200712231056.html
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¿Se puede evitar la caída?
Lo que hay que hacer es educar a los jóvenes, no para ese mundo nuevo y maravilloso que nunca va a existir y que cuando se enfrenten a él se les caiga todo el castillo de naipes, sino para decirles que siempre hay un iceberg delante del Titanic, que siempre hay un tsunami en la playa paradisíaca. Educarlos para eso: para sobrevivir, para soportar, para no ser excesivamente infelices en un mundo que se acaba. Dotarlos de las herramientas intelectuales, morales y de solidaridad del peón del tablero para que puedan soportar el dolor y la soledad y el fracaso del mundo que viene. En mis novelas, los personajes con los que trabajo son, justamente, personas que buscan mecanismos para sobrevivir a ese final del mundo. Ahí estoy: es posible sobrevivir, pero no colectivamente. Ya no es posible la barricada todos juntos. Eso no. Pero sí es posible a través de combates personales, amigos, grupos pequeños, solidarios, francotiradores que se montan su primera trinchera.
Me sorprendió la cara de estupor de mi amigo: desencajada, incrédula. Como si le estuvieran gastando una broma pesada.
-¿Muerto...? ¿Que P. ha muerto? ¡Eso es imposible!
Insistí en el asunto. No sólo es posible que la gente se muera, sino que ocurre con lamentable frecuencia y puntual seguridad a más o menos largo plazo. El común amigo acababa de fallecer de un infarto. Algo muy penoso, en efecto. Triste e inesperado. Pero en cuanto al hecho, al suceso concreto, resultaba real e inapelable.
- También un día te tocará a tí -añadí-. O a mí.
-¡No digas barbaridades!
No digas barbaridades. Me quedé dándole vueltas al comentario y, como ven, todavía sigo haciéndolo. Mi amigo, el del comentario, es un hombre culto, con sentido común. Con esa cierta madurez que dan los años y la vida. Y, sin embargo, la posibilidad de palmar de un infarto se le antoja una barbaridad. Mi amigo tiene una casa, un BMW y una carrera, un par de cuentas bancarias en condiciones, una mujer muy guapa y dos hijos adolescentes con toda la vida por delante. Todos irreprochablemente sanos y felices, dichosos por vivir sumidos en un mundo confortable y en colores suaves. Dolor, muerte, son palabras lejanas, distantes, escritas en otro idioma. Sólo pueden -deben- pronunciarse respecto a otros.
Es curioso. Estamos en un tiempo y unos hábitos en que nos comportamos, vivimos y conversamos entre nosotros igual que si nunca fuese a cogernos el toro. Atrincherados en una barricada de eufemismos, miramos reflejados en el espejo nuestros cuerpos Danone como si éstos tuviesen la perennidad del bronce. Términos como fragilidad, provisionalidad, sufrimiento están desterrados del vocabulario oficial. Vamos por el mundo y por la vida sin moneda para el barquero Caronte en el bolsillo, como si nunca tuviésemos que acercarnos a la orilla de ese río de aguas negras que todos hemos de franquear tarde o temprano. El dolor, la vejez, la muerte, no tienen que ver con nosotros. Parecen exclusivo patrimonio de tipos distantes, más o menos exóticos, de esos que salen en el telediario: los chinos, los maricones con sida, los negros de Somalia, los moros que se ahogan en pateras cruzando el Estrecho. Esos desgraciados bosnios de los Balcanes. Nosotros no. Nosotros somos guapos, fuertes, sanos. Inmortales.
Uno lo piensa a veces, cuando ve a un descerebrado adelantando en zigzag a bordo de un frágil cochecito al que cualquier fabricante canalla y sin escrúpulos le ha instalado un motor de dieciséis válvulas. Cuando observa a Borja Luis engominado, con elegante atuendo y carísima cartera de piel, enarcar una ceja en su asiento de primera clase mientras, cosmopolita, le pide champaña a la azafata del vuelo Madrid-Londres. Cuando ve a Rosamari con ese cuerpazo de veinte años que Dios le ha dado pasar por la calle haciendo temblar los vidrios de los escaparates, convencida de que va a seguir así toda la vida. O al ministro, al director gerente, al fulano o fulana de moda, posando ante los fotógrafos como si Dios acabara de darle una palmadita en el hombro.
Voy a confiarles algo: la vida es un cartón de bingo en el que siempre nos cantan línea antes de tiempo. Felipe González va a morirse un año de éstos. Y Carlos Solchaga. Y Marta Chávarri. Y Mario Conde, Isabel Preysler y el que suscribe. Ninguno de los citados estará vivo, seguramente, para el 2043, que se encuentra, prácticamente, a la vuelta de la esquina. Tampoco -no crean que van a escaparse- ustedes mismos, porque ésa es una rifa en la que todos llevamos papeletas. Pero eso, que parece tan obvio, vivimos sin asumirlo, sin reconocerlo. Desterramos lejos a los ancianos, a los que sufren, a los enfermos y a los muertos. Vivimos en un mundo analgésico, tranquilos, seguros. Somos guapos e inmortales, drogados con lo mucho que nos queremos a nosotros mismos. Somos la biblia en verso, a cámara lenta y con música de anuncio de ron Bacardí. Du-duá. Du-duá.
Grave error. En realidad, nuestro certificado de garantía es tan frágil que no duramos nada. Deténganse un momento a leer la letra pequeña: basta saltarse un semáforo, bajar al cajero automático y tropezarse con un navajero de pulso alterado por el mono. Basta que al mecánico de vuelo se le olvide apretar una tuerca, que un virus nos roce la piel, que un cortocircuito incendie de noche la cortina o que un tipo al que acaban de despedir de su empresa entre en la pizzería donde estamos con los niños, empuñando una escopeta del doce cargada con posta lobera. Uno puede bajar de la acera y no ver un coche, resbalar bajo la ducha, tener un trombo juguetón haciendo turismo por el corazón o por el cerebro, y entonces va y se muere. O sea, fallece. Palma. Desaparece. Pasa a mejor vida o no pasa a ninguna en absoluto. Y entonces va un amigo y le dice a otro: «¿Sabes que Fulano se ha muerto?». Y el otro, que acaba de tomarse una copa con el extinto, o que ayer, sin ir más lejos, lo vio con un aspecto estupendo, va y responde: «¿Fulano? ¡Imposible!». Eso es lo que dice, el muy cretino. Absolutamente seguro de que esa vulgaridad no puede ocurrirle a él.
18 de julio de 1993
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LA ORQUESTA DEL `TITANIC´
El otro día, los pavos del suplemento cultural ABCD, periodistas y escritores, me invitaron a un cocido en Madrid. El pretexto era celebrar un artículo mío –lo hacen una vez al mes, eligiendo víctimas de modo por completo aleatorio, o casi–, y confieso que, aunque vida social hago la justa, resultó una comida muy simpática. Estaban allí Fernando Rodríguez Lafuente, Juancho Armas Marcelo, Fernando Castro, Luis Alberto de Cuenca y César Antonio Molina, entre otros: una interesante jábega de marrajos. Como no me gusta llegar con las manos vacías, antes de ir a la Taberna de Buenaventura, adecuado lugar de la cita, me pasé por la tienda de regalos que unos amigos tienen junto a Puerta Cerrada, donde compré una de esas semiesferas de cristal que producen efecto de nevada al agitarlas. Se trataba, en este caso, de un precioso Titanic a punto de hundirse, junto al pináculo de un iceberg. Desde hace tres o cuatro años he comprado una treintena de veces ese modelo en la misma tienda, destinado siempre a gente a la que aprecio. A veces está cierto tiempo agotado hasta que vuelven a traerlo, y sospecho que sus dueños lo reponen continuamente gracias a mi obsesiva insistencia.
El caso es que el Titanic y su iceberg, entre otros asuntos, formaron parte de la conversación de sobremesa. Se lo entregué a Rodríguez Lafuente como director y cabeza visible del putiferio, aclarándole que siempre regalo eso como memento mori. Un recordatorio de que, por muy sobrado que navegue uno por la vida, siempre hay un iceberg esperando en alguna parte. Y aun más: cada éxito tiene, o al menos eso creí siempre, su trampa específica incorporada. El caso es que estuvimos conversando un rato sobre ello; y a la hora de los cigarros y el café –hace años que no fumo, pero me gusta que la gente fume donde le salga de la bisectriz, y que la Parca recolecte libremente a los suyos–, llegado el momento de la lengua suelta por productos espirituosos, discursos informales y debate animado, se planteó el tema de la orquesta: esos músicos tocando en cubierta mientras el transatlántico insumergible se sumergía despacio en el mar frío y tranquilo. Alguien mencionó el episodio como rasgo característico de la estupidez humana. De cómo el ciudadano prefiere siempre que le toquen la música antes que enfrentarse a la realidad. Convine en ello, que me parece muy cierto; pero manifesté también que, en mi opinión, la orquesta del transatlántico simboliza algo más. También esta mesa, dije mirando alrededor, es una orquesta del Titanic. En tiempos como los de ahora, cuando los periódicos reducen las páginas de Cultura a la mínima expresión, y además las ocupan con el último diseño de calamar al dátil deconstruido en sake por Ferrán Adriá y desfiles de la colección de primavera de Danti y Tomanti, la existencia de fulanos –y fulanas– que no se resignan, y siguen dispuestos a contarle a la gente la historia de los libros que se publican, las exposiciones que se inauguran, la música que es posible escuchar, me parece más necesaria que nunca. Y algo está claro, añadí. El mundo para el que muchos de nosotros fuimos educados hace medio siglo ya no existe. Mi abuelo, calculen, nació en el siglo XIX. Esa vieja Europa ilustrada, memoriosa y culta, superior en el más noble sentido de la palabra, la de Montaigne, Cervantes, Goethe o Chateaubriand, se va a tomar por saco. Y los suplementos culturales de los periódicos, pese a sus muchos vicios, tics, filias y fobias, envidias y grandezas, infames a veces y otras espléndidos según la racha, con firmas de gente honrada y también de indiscutibles hijos de puta, son sin embargo, en su conjunto, la música de la orquesta que suena, no para adormecer conciencias, sino como compañía y alivio de muchos. Como último bastión. Como analgésico que no quita la causa irremediable del dolor, pero lo alivia.
«Morir matando», apuntó Armas Marcelo entre dos chupadas al Montecristo, haciéndome el honor de citar unas antiguas palabras mías. Y estuve de acuerdo. Esas modestas páginas culturales que sobreviven, opiné, sirven para no resignarse. Para hacer que, al menos, a los imbéciles y a los ignorantes les sangre la nariz. Para recordarnos que aún es posible pensar como griegos, pelear como troyanos y morir como romanos. Para aceptar, en fin, el ocaso de un mundo y el comienzo de otro en el que no estaremos; y hacerlo serenos, jugando a las cartas en el salón cada vez más inclinado del barco que se hunde, mientras por los portillos abiertos, entre los gritos de quienes creían posible escapar a su destino –«El barco era insumergible», reclaman los imbéciles–, suenan los compases de la vieja orquesta que nos justifica y nos consuela.
XLSemanal, 14 de Marzo de 2010
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EL ICEBERG DEL TITANIC
Ayer entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla. La dueña hablaba español con acento entre chino y de Lavapiés. Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto.
Mientras me alejaba, pensé más cosas. En cómo nos gusta apretar un botón y tener la vida resuelta. En los peligrosos atajos suicidas por donde nos deslizamos sin vuelta atrás, por la cuerda floja. En cómo hacemos el mundo cada vez más vulnerable, sujeto al chispazo más tonto, al fallo inevitable, al iceberg puesto por el Destino en el rumbo del frágil barco en el que navegamos a toda máquina, a ciegas en la noche. En los millones de cuentas bancarias y tarjetas de crédito, por ejemplo, que unos piratas informáticos destriparon hace unos días, al meterse en unas plataformas de juegos electrónicos. O en el amigo contándome hace poco que, durante un viaje a Nueva York, perdió su teléfono móvil y con él toda su agenda; y cuando le pregunté por qué no tenía una libreta de teléfonos anotados, como yo, me dijo: «Hala, antiguo», como si yo fuera el abuelo Cebolleta.
Recordé también cuando fui a echar una carta a Correos y se había ido la luz, y el de la ventanilla me dijo que verdes las iban a segar, porque la máquina de franquear era eléctrica. Y cuando pedí un sello de siempre, de aquellos con el careto del rey, se tronchó de risa y dijo que de eso no tenían ya. Que probara suerte en un estanco. También recordé cuando en un restaurante no funcionó el chisme de las tarjetas y el camarero dijo que esperase a que volviera la línea, y yo respondí que me hicieran una copia manual de la tarjeta o me iba a esperar a la calle, y entonces me hicieron la copia. Aunque la culpa fue mía; porque también, como todos, llevo la cartera llena de plástico con claves, chips y cosas así, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que, en nombre del confort y el mínimo esfuerzo, nos zambullimos todos de cabeza. Entre otras cosas -lo diré a modo de descargo-, porque a quien no acepta lo dejan fuera. Hace tiempo, por ejemplo, que es imposible sacar un billete de avión normal en una oficina de Iberia de Madrid, y cualquier día las agencias dejan de emitirlos. Entonces sólo podrán sacarse por Internet; y el que no sepa manejarse allí, o no le apetezca, o sea un carcamal opuesto a teclas y pantallas de ordenador, que se fastidie. Que trague, o que no viaje.
Y así, unos sinvergüenzas ahorran personal y sueldos, y otros idiotas nos vamos al diablo. Resolver cualquier problema nos cuesta horas de teléfono frente a voces enlatadas, marcando tal para esto o cual para lo otro. Todo cristo se ha puesto contestador automático en el móvil, en vez de la antigua señal de comunicando sale un buzón de voz, y ahora llamamos cinco veces a quien antes llamábamos una. Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electrónico. O nos vemos sin teléfono, sin ordenador portátil, sin tableta electrónica o sin lo que sea, porque se escachifolla el cargador y la tienda de repuestos no abre hasta mañana. O no hay tienda. Yo mismo, el idiota al que mejor conozco, dependo cada día de que haya electricidad para que funcionen el teclado y la pantalla con que me gano la vida. De nada me sirve haber tenido la precaución de conservar dos viejas Olivetti, por si acaso, si ya no venden en ningún sitio las cintas de máquina de escribir que las alimentan.
Hay un consuelo: así lo hemos querido. Nadie nos obligaba. Pero hasta los más renuentes hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imbécil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente específico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradisíaca su ola asesina. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos. Ya nos están dando. Y déjenme que les diga algo: a veces, incluso cuando palmo yo, me alegro. O casi. Hay siglos en que simpatizo con el profesor Moriarty.
XLSemanal, 5 de Junio de 2011
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A BORDO DEL TITANIC
Parece que fue ayer, y ya ven. La noche del próximo 14 de abril toca aniversario: cien años justos desde que el Destino, que tiene ganas de guasa, puso un iceberg en mitad de la ruta del Titanic. Barco publicitado como insumergible, tecnología ultramoderna, primer viaje, 2.228 personas a bordo entre pasajeros y tripulantes. La mar lisa como un plato. Y zaca. Cubitos de hielo en la cubierta de estribor, desgarro bajo la línea de flotación, y al fondo. Millar y medio de ahogados preguntándose cómo ha podido pasarme esto. Glú, glú. Después, un siglo de leyenda, libros, películas: la de Kate Winslet y Leonardo di Caprio, estupenda. La protagonizada por Clifton Webb, prescindible y mediocre, incluso mala. La mejor, en mi opinión, la más rigurosa y perfecta –la he visto docenas de veces, y sigo haciéndolo– es La última noche del Titanic, dirigida por Roy Baker sobre un guión nada menos que de Eric Ambler, basado a su vez en un libro conciso y magnífico de Walter Lord, A Night to remember –así se titula la película en inglés–, que ninguna de las obras posteriores logró superar nunca. El libro de Lord, publicado en 1954, acabo de verlo en bolsillo, recién reeditado, con el mismo título: La última noche del Titanic. Así que quien quiera saber exactamente lo que ocurrió a bordo entre el 14 y el 15 de abril de 1912, no sé a qué espera, si tiene una librería cerca. O lejos. Ignoro si les pasa a ustedes. A mí, aquella tragedia me trae a la cabeza naufragios y desastres más recientes. Y como ese Destino al que mencionaba antes no tiene sentimientos y le gustan las paradojas, y por otra parte soy de los que imaginan a una especie de dios borracho, o bromista cósmico, tronchándose de risa con los afanes de las miserables hormigas que corremos bajo su bota, la coincidencia de fechas entre el aniversario del Titanic y la que está cayendo no me parece casual. Por el contrario, creo que todo responde al mismo plan. A la naturaleza de las cosas. A la misma estupidez colectiva que ahora ocupa el lugar de la inteligencia y el ingenio que durante siglos nos hicieron progresar y ser mejores, hasta que dejamos de serlo.
No sé si consigo explicarme. Consideren lo que el Titanic simboliza hoy. Las tripas del asunto. Dejen de lado la parte sentimental, si pueden. La compasión natural por las víctimas, las emociones y otros elementos perturbadores del buen juicio. Mírenlo con objetividad fría, como nos mira ese bromista al que me referí antes. Dos mil y pico infelices, desde sofisticados millonarios a emigrantes pobres como ratas, que confiando en la publicidad de la compañía White Star, que califica su barco de insumergible, se instalan alegremente a bordo de un artefacto de acero que pesa 45.000 toneladas, y cuya tendencia natural, si algo falla en la técnica –y la técnica puede fallar siempre–, será irse al fondo por su propio peso. Y no contentos con tentar a la suerte de tal manera, esos pasajeros confían sus vidas a una tripulación en la que los marinos auténticos son minoría. A un sindicato –así los llamó Joseph Conrad– de cocineros, mayordomos y camareros más dedicados al confort del pasaje, a que éste coma bien, duerma cómodo y se divierta, que a la navegación profesional propiamente dicha. Ahora, como guinda del pastel, añadan a eso una compañía naviera dispuesta a hacerse a toda costa con los récords de navegación y los beneficios que ese primer viaje puede traer en cuanto a promoción y venta de pasajes en el futuro. Con lo que tenemos, resumiendo la cosa, un artefacto monstruoso, hijo de la ambición y la arrogancia, lleno de incautos y gobernado por irresponsables, lanzado a veintiuna millas por hora en llena noche atlántica, a través de un mar lleno de icebergs. O sea: bingo.
Y ahora mírenme a los ojos y digan si la historia no suena calentita, a reciente de estos días. Cambien pasajeros por nosotros mismos, tripulantes por entidades financieras, compañía naviera por políticos desvergonzados, incompetentes y embusteros. Cambien la fiesta a bordo, los pasajeros de lujo con sus copas de champaña, los de tercera clase soñando con la vida mejor que podía aguardarles en América, por todos nosotros, nuestros créditos fáciles sobre sueldos que no podían sostenerlos, nuestro derroche, nuestra estupidez suicida, nuestro mirar hacia otro lado a las primeras señales de hielo en el mar. Metan todo eso en un ordenador, oigan. Denle a la tecla enter y saldrá nuestra foto exacta, saludando sonrientes desde la cubierta del barco insumergible, encantados de habernos conocido. Felices de estar ahí. Observen sobre todo nuestra cara de idiotas. Cien años ya, desde el Titanic, y no hemos aprendido nada.
XLSemanal, 1 de Abril de 2012
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(Un interesante artículo de otro donde cuenta la anécdota de la bolita de cristal ....)
El hombre que lucha mientras los libros arden
Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION
A veces la muerte más horrible se empeña en parecer poética. Hace unos días un escritor de Sevilla murió intentando salvar su biblioteca del fuego. Sucedió en el pequeño pueblo de Bormujos, y el hombre era pintor, poeta, novelista y erudito. Se llamaba Rafael de Cózar, un filólogo hispánico, estudioso de la vanguardia y amigo personal de Arturo Pérez-Reverte, quien lo homenajea cómicamente en algunos capítulos del capitán Alatriste. Dicen que el incendio se debió a un cortocircuito y que el profesor tomó un extintor e intentó proteger desesperadamente de las llamas a sus 9000 libros. La sorda y rápida batalla sucedió un viernes por la noche, y resultó en vano: Rafael murió asfixiado y el fuego devoró ese tesoro incalculable. Los libros, que fueron su vida, arden en el santuario, y el lector impenitente expira con ellos.
El episodio nos estremece porque lleva cifrada la fatal pasión de quienes alguna vez hemos entrevisto, como diría Borges, el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Y porque esta muerte suena heroica y crepuscular en un mundo que se digitaliza, pierde su memoria histórica para vivir un presente vacuo y eterno, y reemplaza al libro por la telefonía móvil. También porque esa luctuosa desgracia recuerda que a todos los navegantes nos espera nuestro iceberg. Son las reglas del juego. Pérez-Reverte suele comprar para sus amigos, en un pequeño local junto a Puerta Cerrada de Madrid, una semiesfera de cristal que al sacudirla produce efecto de nevada y que lleva en su interior un Titanic en miniatura. Tengo uno de esos souvenires en mi propia biblioteca, y a veces cuando levanto la vista para buscar un adjetivo me encuentro con esa advertencia cariñosa.
Cierta noche un grupo de periodistas culturales lo invitó a cenar un cocido, y Arturo les llevó de regalo unas cuantas esferas. Ustedes son la orquesta del Titanic, les advirtió en la sobremesa. "En tiempos como los de ahora, cuando los periódicos reducen las páginas de Cultura a la mínima expresión, y además las ocupan en el último diseño del calamar al dátil deconstruido en sake por Ferrán Adriá y a desfiles de la colección de primavera de Danti y Tomanti, la existencia de los que no se resignan y siguen dispuestos a contarle a la gente la historia de los libros que se publican, las exposiciones que se inauguran y la música que es posible escuchar, me parece más necesaria que nunca". Y después agregó: "El mundo para el que muchos de nosotros fuimos educados hace medio siglo ya no existe. Y los suplementos culturales son la música de la orquesta que suena, no para adormecer conciencias, sino como compañía y alivio de muchos. Como último bastión. Como analgésico que no quita la causa irremediable del dolor, pero la alivia".
Unos años atrás visité una escuela carenciada, ubicada en un suburbio peligroso, y la maestra me pidió que les explicara a sus alumnos por qué debían abrazar la lectura. Parecía una tarea sencilla, pero a mí me temblaban las piernas. Dije buenos días y me paré como pude frente a ellos: algunos ya tenían cara patibularia y la mayoría, al borde de la abulia y la marginalidad, parecía desinteresada de todo. Vacilé uno segundos. Les conté que mi vieja también provenía del hambre y que a pesar de su falta de instrucción había tenido un momento de enorme lucidez; hizo algo que muchas madres instruidas y pudientes no son capaces de hacer: me regaló la Colección Robin Hood. Ni ella ni yo sabíamos que con ese gesto me estaba obsequiando un universo; la chance de vivir muchas otras vidas y de no sentir nunca más la soledad.
Los chicos no parecían muy impresionados por esa argumentación. Y entonces me desesperé y les dije (con perdón) lo único que me salió de adentro: "¿Saben qué? Lean para que no los caguen". Fue como si un relámpago los atravesara. Los desconectados hijos de la indiferencia y la pobreza abrieron de pronto los ojos y se conectaron. Che, parece que los libros salvan. Sí, los libros siguen salvando.
Tal vez los defensores de estos pequeños asuntos, en un planeta que se desliza por la agrafía y por la tiranía de lo visual y de lo fácil, seamos criaturas en vías de extinción. Náufragos que juegan cartas con angustiada dignidad mientras suena la orquesta del Titanic. Acaso hombres y mujeres desesperados luchando contra el fuego, munidos del inútil extintor, tratando de salvar vanamente de las llamas lo que más amamos.
http://www.lanacion.com.ar/1755377-el-hombre-que-lucha-mientras-los-libros-arde
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(Triaje en algunas entrevistas...... un par de resultados.
-¿Usted también guarda una moneda para Caronte?
-Siempre llevo una en el bolsillo.
-¿Alguna duda existencial?
-Desde el momento en el que descubres que te vas a morir, todas las dudas se vuelven relativas.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/20071223/mas-actualidad/cultura/veces-cabrearse-hasta-higienico-200712231056.html
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¿Se puede evitar la caída?
Lo que hay que hacer es educar a los jóvenes, no para ese mundo nuevo y maravilloso que nunca va a existir y que cuando se enfrenten a él se les caiga todo el castillo de naipes, sino para decirles que siempre hay un iceberg delante del Titanic, que siempre hay un tsunami en la playa paradisíaca. Educarlos para eso: para sobrevivir, para soportar, para no ser excesivamente infelices en un mundo que se acaba. Dotarlos de las herramientas intelectuales, morales y de solidaridad del peón del tablero para que puedan soportar el dolor y la soledad y el fracaso del mundo que viene. En mis novelas, los personajes con los que trabajo son, justamente, personas que buscan mecanismos para sobrevivir a ese final del mundo. Ahí estoy: es posible sobrevivir, pero no colectivamente. Ya no es posible la barricada todos juntos. Eso no. Pero sí es posible a través de combates personales, amigos, grupos pequeños, solidarios, francotiradores que se montan su primera trinchera.