‹ Articulos

Francés

La Derrota
15/03/2020 11:07
1232 mensajes en el foro, registrado desde 14/10/2001
laderrota arroba gmail punto com

PATENTE DE CORSO 26.09.04 ~ Por qué me gustaría ser francés ~


Hay días en que apetece ser cualquier cosa menos español. Hasta italiano, fíjense, a pesar de Berlusconi, el Vaticano y toda la parafernalia. Por lo menos allí las cosas están claras: un Gobierno que nada tiene que ver con la vida real, una vida real que nada tiene que ver con el Gobierno, y la gente a lo suyo. Más o menos como aquí, con una notable diferencia: los italianos saben perfectamente de dónde vienen. Son escépticos y sabios. Comen pasta, respetan a sus madres, saben sobrevivir en la derrota y en el caos, tienen sentido del humor, practican con riguroso pragmatismo el arte del vive y deja vivir, y aunque tienen, como nosotros, un alto porcentaje de mangantes, demagogos y soplapollas por metro cuadrado, allí la mangancia se practica abiertamente –fíjense en el presidente que gastan mis primos– y uno sabe siempre a qué atenerse. En cuanto a la demagogia y la soplapollez, los políticos, los intelectuales, las feministas de piñón fijo y otras especies socialmente correctas recurren a ellas tanto como aquí, claro. La diferencia es que allí todo el mundo escucha muy serio, luego se guiña un ojo y sigue a lo suyo, sin que de verdad se lo crea nadie.

Pero si he de serles franco –observen el astuto juego de palabras–, preferiría ser gabacho. Lo que más me gusta de los vecinos es que, cuando la revolución aquella de hace un par de siglos, a base de mucha Enciclopedia, mucho aristócrata y mucho cura guillotinados, y mucha leña al mono hasta que –nunca mejor dicho– habló francés, decidieron que una república es una cosa seria, colectiva y solidaria, y que la verdadera nación es la historia en común y el equilibrio de los derechos y obligaciones de todos y cada uno de los individuos que la componen. Que tonterías, las justas. Que el ejercicio de la autoridad legítima es perfectamente compatible con la democracia. Que la cultura de verdad –no la cateta de cabra de campanario– significa ciudadanía responsable y libertad, y que al imbécil o al malvado que no desea ser culto y libre, o no deja que otros lo sean, hay que hacerlo culto y libre, primero con persuasión y luego, si no traga, dándole hostias hasta en el cielo de la boca. Así lo hicieron los vecinos en su momento, y todo quedó muy claro. Eso es lo que ahora permite, por ejemplo, que en la fachada de cada colegio gabacho ondee con toda naturalidad una bandera francesa. Y mucho ojo. Esa bandera como tal me importa una mierda. Estoy hablando de lo que supone como símbolo y como compromiso. Las verdaderas democracias no tienen complejos.

Por eso me hubiera gustado ser francés hace unas semanas, el día que entró en vigor la ley prohibiendo el uso del velo en los colegios públicos de allí. En un ejercicio admirable de civismo republicano, los dirigentes musulmanes franceses dijeron a sus correligionarios que, incluso pareciéndoles mal la ley, aquello era Francia, que las leyes estaban para cumplirlas, y que quien se beneficia de una sociedad libre y democrática debe acatar las reglas que permiten a esa sociedad seguir siendo libre y democrática. Así, todo transcurrió con normalidad. Al llegar al cole las chicas se quitaban el velo, o no entraban. Y oigan. No hubo un incidente, ni una declaración pública adversa. Políticos, imanes, alumnos. Ese día, todos de acuerdo: Francia. Y ahora imaginen lo que habría ocurrido aquí en el caso –si hubiese habido cojones para aprobar esa ley, que lo dudo– de prohibirse el velo en las escuelas públicas españolas. Cada autonomía, cada municipio y cada colegio aplicando la norma a su aire, unos sí, otros no, gobierno y oposición mentándose los muertos, policías ante los colegios, demagogia, mala fe, insultos a las niñas con velo, insultos a las niñas sin velo, manifestaciones de padres, de alumnos, de sindicatos y de oenegés lo mismo a favor que en contra, el Pepé clamando Santiago y cierra España, el Pesoe con ochenta y seis posturas distintas según el sitio y la hora del día, los obispos preguntando qué hay de lo mío, ministros, consejeros y presidentes autonómicos compitiendo en decir imbecilidades, Llamazares largando simplezas sobre el federalismo intrínseco del Islam, Maragall afirmando la existencia de un Mahoma catalán soberanista, Ibarretxe diferenciando entre musulmanes a secas y musulmanes y musulmanas vascos y vascas, y los programas rosa de la tele, por supuesto, analizando intelectualmente el asunto.
Lo dicho, oigan. Francés.



PATENTE DE CORSO 15.11.15 ~ Hoy quiero ser francés ~ 1167


Sentado en el café Le Bonaparte, frente a Saint Germain, tomo notas para una novela que llevo por la mitad y que tal vez se publique a finales del año próximo. Se trata de una escena que transcurre exactamente en este café, en la mesa misma en la que estoy sentado: dos personajes, uno joven y otro viejo, dialogando sobre un libro perdido y un misterio. Y estoy en ello, como digo, cuando miro hacia la calle y pienso que hay lugares y ciudades estimulantes, que crean un estado de ánimo favorable para narrar historias. No me ocurre en todas partes, pero sí aquí, en París. Desde que tengo memoria, no hay una sola vez que haya caminado por esta ciudad, entrado en sus librerías, leído en sus cafés, que no me haya sentido vivo y lúcido, con ganas de escribir. Con ánimo de contar. Y eso, que siempre fue importante para mí, lo es más ahora, cuando los años, las cosas y los libros que dejaste atrás podrían entibiarte el ánimo. Aflojar las ganas. Dije alguna vez que sólo se es joven en vísperas de una batalla; al día siguiente, ganes o pierdas, ya has envejecido. Por eso es tan importante disponer batallas nuevas, vísperas tensas en las que engrasar los arneses y afilar la espada, dispuesto de nuevo al combate. A la aventura que te impide, o lo retrasa de modo razonable, envejecer de mala manera. En mi caso, el recurso son el mar y los libros. Y esta vez se trata de libros.

Quizá el influjo se deba a las librerías. A su número y calidad. Aunque muchas han cerrado -la última, a pocos pasos de aquí-, París sigue siendo el paraíso del transeúnte lector que describí hace veinticinco años en El club Dumas, territorio habitual del cazador de libros Lucas Corso. Pienso en ello mientras comparo esta ciudad con el desolado páramo en el que la indiferencia gubernamental y la incompetencia municipal han convertido el paisaje librero de Madrid: un centro de ciudad donde no sólo las librerías, sino el comercio tradicional, lo que da vida y carácter a un barrio y a una ciudad, han sido arrasados por las franquicias absurdas y las tiendas de ropa. Un paseo atento por esas calles es desolador: imposible encontrar ya un zapatero, un panadero, un ferretero. Para todo hay que peregrinar a la moderna catedral de nuestro tiempo, que diría el buen Pepe Saramago: El Corte Inglés. Y así, cada viejo comercio de toda la vida que cierra se convierte, automáticamente, en un bar o en una tienda de ropa; lo que es, por otra parte, fiel reflejo de lo que somos y de lo que nos gusta ser. Y de lo que seguiremos siendo.

La verdad es que no deja de tener su retorcida gracia, aunque sea siniestra. Paseo por París viendo escaparates de librerías y viejos comercios que se mantienen, y pienso inevitablemente en la desertificación comercial de Madrid y en el estúpido relaxing cup of café con leche de aquella alcaldesa por fin desaparecida, o en el bajuno concepto que de la palabra cultura tiene la que manda ahora. Y me pregunto si alguna vez habrán oído hablar, ellas o sus colaboradores, de cosas como el proyecto Vital Quartier, por ejemplo, que desde hace años se ocupa en París de mantener vivo el comercio tradicional que anima los barrios principales, facilitando sus alquileres, rehabilitaciones y rebaja de impuestos, favoreciendo que los pequeños negocios subsistan, humanicen las calles y animen en torno otros espacios comerciales gratos al ciudadano, complementándolo todo con una política de salubridad, higiene y seguridad callejera. Un esfuerzo al que se destina dinero, imaginación y buena voluntad en vez de desidia y burdo afán recaudatorio, y que ya ha logrado tener tres centenares de tiendas tradicionales, de diversas actividades, protegidas en seis de los principales barrios de París.

Por supuesto, y también a diferencia de Madrid, donde hasta la magnífica Cuesta Moyano y sus librerías se ven olvidadas y maltratadas por el Ayuntamiento, uno de los sectores donde más cuidado ha puesto el plan parisino de apoyo al comercio tradicional es el de las librerías. Sólo a eso, a defender la existencia del comercio cultural que ennoblece el centro de la ciudad y mantiene su carácter, la alcaldía de París acaba de destinar una ayuda complementaria de dos millones de euros, amén de exenciones fiscales si una librería dedica a salarios el 12% de su facturación, así como subvenciones por promoción de libros de fondo -no torpes novedades de aquí te pillo y aquí te mato-, pagos de alquiler a la mitad del precio del mercado y créditos con dos años de carencia. Y ahora piensen ustedes en Madrid, aprieten los dientes y hagan, como yo, un esfuerzo para no blasfemar en arameo y que se los lleve el diablo.

Gracias don Arturo, gracias Salva.
Quedáos en casa.

157 lecturas

Responder

En esta discusión

Responder

Formato y emoticonos
  • [b]texto[/b] negrita
  • [i]texto[/i] cursiva
  • [u]texto[/u] subrayado
  • [centro]texto[/centro] centrado
  • [grande]texto[/grande] grande
  • B)
  • :P
  • :))
  • }:)
  • :)
  • ;)
  • :(=
  • :,(
  • :O
  • :+
  • :D
  • :o
  • :(
  • P)

Las direcciones web y de correo se convierten en enlaces.