ANEXO al 08.12.19 ~ Venecia ~
La Derrota
08/12/2019 11:35
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19/01/1997 - Parejas Venecianas
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.
Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los vi cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.
Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.
A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura. Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.
Camareros italianos - 13 de febrero de 2000
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
En Italia me encantan los restaurantes pequeños, de toda la vida. Los elijo según la edad de los camareros: si son viejos y el sitio tiene apariencia modesta, casera, acaban de ganar un cliente. La pasta será estupenda y el lugar confortable. Es importante que ellos tengan cumplidos los cincuenta, y que el local lleve abierto otros tantos; o sea, que hayan envejecido juntos. Además, son los únicos restaurantes de Europa donde puedes oír a los camareros discutir en voz alta entre plato y plato, con el cocinero asomando la cabeza por la puerta del comedor para intervenir en la conversación. Se cuentan su vida y opinan de todo sin rebozo; y a veces aparece una señora gorda, que es la dueña, y les dice que los fetuchinis se enfrían y que espabilen. Y Mario, Bruno, Paolo, agachan las orejas, se ajustan la pajarita o la corbata negra, y vuelven al tajo. Profesionales.
Hoy se cumplen todos esos requisitos, con el añadido de que disfruto además del acento de los camareros, entreverado de dialecto véneto con sus cantarinas entonaciones al final de cada frase, mientras liquido unos raviolis en Alle Zattere, a cinco metros del canal de la Giudecca. Se trata de una minúscula trattoria que, por no tener, no tiene ni rótulo en la cochambrosa fachada, que en los días grises bate la humedad del canal y la laguna cercana, pero que en días invernales despejados, cuando el sol inunda de luz las fachadas del Dorsoduro hasta la punta de la Aduana del Mar una noche encontré allí al Judío Errante, pero ésa es otra historia, se vuelve el lugar más acogedor de Venecia. Por eso como y ceno aquí cuando vengo a esta ciudad.
En la mesa contigua hay tres guiris. Soy de la opinión de que en determinados lugares europeos habría que practicar la xenofobia selectiva y prohibir la entrada a cierto tipo de turistas y también a cierto tipo de nativos con una criba que nada tiene que ver con capacidad adquisitiva, sino con aspecto, gustos o maneras. Más que nada porque se cargan el encanto. Éstas son norteamericanas, rubias, hembras y tres. Madre y vástagas. Comen spaghetti carbonara con patatas fritas y cocacola, y tendrían que ver a las tordas, con esa gracia natural que tienen los de Nebraska, intentando enganchar los fideos largos con cuchillo y tenedor, y cayéndoseles todo por las partes. Apetece ayudarlas a hacer la digestión con un plomo calibre 44 magnum para cada una. Bang, bang, bang. Vete a un MacBurguer, hijaputa.
Pero lo mejor del asunto es la cortés, educadísima y refinada guasa con que los camareros se chotean de las guiris, so pretexto de mostrarse solícitos y ayudar. Y el tronco de yeguas normandas dice oh, yes, wonderful, y suelta risotadas condescendientes, con esa simpatía falsa que usan los anglosajones cuando pretenden hacerse los tolerantes y los integrados entre las razas inferiores latinas. Todo analfabeto desprecia cuanto ignora: me refiero a esos que dicen "gracie tante" en Córdoba y se creen que han quedado como Dios. Pero lo mejor del asunto veneciano es la cara de Mario, o de Paolo, o como se llame el camarero, cuando se aburre de las tres focas y se da la vuelta, y mira a sus compañeros diciendo: menudas gilipollettis. Y observándolo, sobrio, discreto, erguido en su digna chaqueta blanca, volver junto a sus compañeros que lo miran con idéntica guasa en los ojos, tú vas y piensas que no cabe duda de cuál es la verdadera casta. Que ese camarero pertenece a una raza superior, antigua y sabia, que atiende bien al cliente mitad por las formas y mitad por la propina y el sueldo del que vive; pero tiene más claro que nadie quién es el mierdecilla del asunto. A ese camarero italiano le sobra aristocracia moral para saber dónde está cada cual; y cuando se ríe con los ojos del cliente del restaurante, está riéndose de todos los invasores que, con uniforme de la Wehrmacht, tanque americano o cámara de vídeo, nunca pudieron invadirle tres mil años de cultura y de historia.
En España, me digo mirándolo, sería difícil servir a una gringa imbécil con esa discreción, y ese sentido práctico de la vida que no renuncia al señorío. Tenemos demasiada mala leche para reír con los ojos, como estos tres camareros venecianos viejos y sabios. En España, a ésas de la cocacola y las patatas fritas a las que se les caen los spaghetti del tenedor, se las adularía abyectamente, del modo más bajo, o se les arrojaría a la cara la comida con nuestra proverbial ordinariez hostelera. No sin el inevitable compadreo del "qué vais a tomar" previo. O sea, de tú a tú. De grosero a analfabeto. O viceversa.
10.02.2008 ~ El turista apático ~ 762
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Estoy sentado en la terraza de un café de la plaza de San Marcos, en Venecia, mirando a la gente que hace cola para subir al campanario, desde donde hay una vista espléndida de esta ciudad singular. Eso de la vista espléndida lo digo por boca de terceros, pues nunca he subido allá arriba. Hace trece años –desde que me jubilé de reportero dicharachero de Barrio Sésamo– que paso aquí cada Nochevieja. Conozco bien la ciudad, pero sigo sin saber cómo se ve Venecia a vista de gaviota. Nunca subí al campanile ni a donde los caballos, arriba, en la catedral. Ni creo que lo haga. No soy muy de alturas, e incluso algunas bajuras siguen sin darme frío ni calor: cero grados. Quiero decir con esto que soy un turista más bien apático, de los que coleccionan pocas fotos. O ninguna.
Jamás subí a la torre Eiffel, por ejemplo. En Gizeh siempre me quedé sentado a la sombra de la Esfinge, fumando un cigarrillo, mientras veía desplomarse a lo lejos, rodando pirámides abajo, a turistas osados y sudorosos que añadían el infarto de miocardio a sus bonitos recuerdos viajeros. Lo mismo hice en Teotihuacan, en Notre Dame, en Samarra, en Nueva York y en cuantos lugares recuerdo. Únicamente en Waterloo recorro siempre todo el campo de batalla y subo hasta el león; pero háganse cargo: se trata de Waterloo. Por otra parte, no es cuestión de trepar o no trepar. Viajo desde hace cuarenta años, pero hay ciudades y lugares donde conozco, pese a frecuentarlos de toda la vida, sólo algunos hoteles, cafés, restaurantes o librerías, unas calles, un puente o un paisaje. En París apenas salgo de la orilla izquierda, en Florencia me muevo entre el río y un par de plazas, en Buenos Aires pocas veces me alejo del café La Biela, ni en Culiacán del mercadito Buelna o la cantina La Ballena. Las incursiones fuera del territorio habitual me dan pereza. Hay monumentos famosos que nunca vi, museos que nunca visité, paisajes que nunca admiré; mientras que otros podría dibujarlos de memoria, detalle a detalle, si tuviera mano. Como dice uno de los marinos de La carta esférica –y disculpen que me cite, pero viene al caso–: «Bajé a tierra en Panamá y sólo llegué hasta el primer bar».
Creo que esa apatía parcial viene de mis tiempos de reportero, cuando viajar era un trabajo y no una actividad relacionada con el ocio. Era frecuente, entonces, llegar a una ciudad, ir al hotel, trabajar en la zona concreta del conflicto, enviar las crónicas y regresar cuando aquello dejaba de ser noticia, sin tiempo para otra cosa. Tengo la memoria llena de trozos de ciudades que conocí de ese modo: San Salvador, Beirut, Nicosia, Teherán, Yamena, Managua, Jartum, Bagdad, Sarajevo… Casi todas figuran en mis recuerdos reducidas a lugares concretos, bares, hoteles, cafés, tugurios, calles y plazas que a veces corresponden a paisajes sombríos, desprovistos de gente y de vida. En esta memoria incompleta de ciudades y lugares, no siempre hay visión de conjunto, referencias artísticas, monumentales o turísticas. Eso imprime una especie de carácter, supongo. Una forma de mirar. Resignación ante lo que ves, lo que puedes ver y lo que nunca verás. Ante lo que ya te da igual ver o no. Supongo que uno –ése al menos es mi caso– establece su territorio en cada sitio: sus referencias estables, acogedoras, seguras. Aquello que controla, que conoce. Ámbito donde la sorpresa o la incertidumbre se reducen hasta límites razonables. Donde no se pisan minas. Después, creo, llevas contigo esa forma de ver las cosas al resto de tu vida, a los lugares en apariencia ordenados y tranquilos. Y estableces allí el mismo esquema, la misma visión del espacio propio. Supongo que sí. Creo que eso es lo que me pasa.
Además, resulta cómodo en los tiempos que corren. Ahora que la cultura se ha hecho democrática y todos tenemos derecho a orinar amontonados en su portal, y el nivel Maribel de ésta se calcula en función de los ocho segundos que el visitante permanece ante La batalla de San Romano, del número de autocares aparcados ante la columna Trajana o de la longitud de las colas de turistas que, por decreto, desfilan este año ante los Goya del museo del Prado, la ausencia de ambición turística puede ser, incluso, satisfactoria y práctica. Te sientas en el rincón escogido, lees, piensas, miras. Da igual no verlo todo. En vez de correr de un lado a otro, empujando a la gente cámara en mano, procuras exprimir discretamente el rincón que elegiste o te cayó en suerte, agotándolo hasta la última pincelada o la última piedra. No hay museo, real o metafórico, que pueda visitarse en una hora. Ni siquiera en una vida. Y a menudo las mejores salas, los mejores lugares, están vacíos. Así, además, no te empujan y subes pocos escalones. Te cansas y te cabreas menos.
31.01.2010 ~ La punta de la aduana ~ 865
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Cada uno tiene sus lugares. Los que amuebla con los libros leídos, con la imaginación y con la propia vida. Sitios vinculados a recuerdos, a personas, a sueños realizados o por realizar. Algunos tenemos el privilegio –aunque por todo pagas antes o después– de que tales lugares estén repartidos por aquí y por allá, conformando un territorio extenso. A fin de cuentas, cuando a los dieciocho o veinte años renuncias a la seguridad del molusco, te echas una mochila a la espalda y empiezas a caminar, dispuesto a abonar las tarifas necesarias, esos pasos terminan llevándote, por muy torpe que seas, a algunos sitios curiosos. Te trazan un mapa vital más o menos complejo. Una biografía.
Durante casi veinte años, la punta de la Aduana fue uno de esos lugares en mi mapa. Desde ella hay una vista razonable de la ciudad de Venecia, pero no es el paisaje lo que me hacía ir allí. Tenían más que ver ciertos estados de ánimo y algunos libros leídos en edad temprana, y también el hecho de que, en una ciudad frecuentada como ésa, la punta de la Aduana quedaba lejos de los circuitos habituales de comercios, paseantes en masa y postales de rigor. Había que ir a propósito, sin otro objeto. El museo más próximo era el Guggenheim, y distaba un pequeño trecho. En invierno, sobre todo, y especialmente de noche, la soledad podía ser absoluta. Alguna pareja de enamorados, como mucho. Gente inmóvil y silenciosa. Ibas caminando desde el muelle Zattere, escuchando el ruido de tus propios pasos, te sentabas luego en el piloncillo de piedra y encendías un cigarrillo mirando la laguna y las luces de la ciudad, en compañía del Judío Errante y de unos cuantos viejos camaradas más. En esos momentos la otra Venecia quedaba muy lejos, y la punta de la Aduana volvía a ser parte de la materia con la que se tejen los sueños. Los míos, por lo menos. Los que alguna vez tuve. Fue allí, sentado al sol de un invierno, cuando acabé de leer una novelita medio policíaca y medio fantástica de Fruttero y Luccentini cuyo título, bellísimo, asocio siempre con ese lugar: El amante sin domicilio fijo.
En los últimos cuatro o cinco años, sometida a restauración, la punta de la Aduana ha estado prohibida a los transeúntes. Se abrió de nuevo hace unos meses, convertido el edificio en centro de arte contemporáneo. La puesta al día de éste, confiada al arquitecto japonés Tadao Ando, me parece extraordinaria. Y el contenido inaugural –parte de la colección Pinault–, discutible según los gustos. Ahí cada uno es cada cual. Cuando estuve la última vez, a finales de diciembre, lo único que de verdad me puso caliente fue el enorme y bruegeliano Fucking Hell de los hermanos Chapman; y lo que más me divirtió fue la explicación que unas incómodas madres italianas daban a sus criaturas de cinco o seis años ante el pene de dos palmos, enhiesto y largando un espeso chorro de albo producto, situado en una escultura manga de Takashi Murakami. El resto no me hubiera importado ahorrármelo, pero no se fíen mucho de mi criterio. De arte contemporáneo no tengo ni puta idea. Una vez vi un armario con pastillas y medicamentos firmado por Damien Hirst y estuve a punto de abrirlo y tomarme una aspirina.
El caso es que al salir me asomé a la punta de la Aduana, que en realidad era el objeto principal de mi visita. Y no saben lo que me alegré de haber saturado mis recuerdos con lo que el sitio fue, porque nunca volverá a serlo. La proximidad de la colección Pinault tenía aquello lleno de gente –con el mismo derecho que yo a estar allí–; y, justo delante del pilar de piedra donde tantos personajes reales e imaginarios se sentaron durante siglos a contemplar la laguna –alguno de ellos mío, como Olvido Ferrara y el fotógrafo Faulques–, hay ahora una escultura blanca de poliuretano acrílico y tamaño algo más que natural: Niño con una rana de Charles Ray, convertida ya en foto veneciana obligatoria, otra más, para cuanto visitante se acerca al paraje. Y lo que antes era un lugar tranquilo y melancólico, solitario a menudo, se ha convertido en un circo de fotos, flashes y grupos con guías; incluido un guardia de seguridad pegado a la escultura, a fin de que nadie la pintarrajee o le arranque el brazo con la rana. Más arte moderno interactivo, imposible. Punta de la Aduana con segurata, niño y rana, podría llamarse. O quizá es así como se llama. Volví de noche, y era todavía mejor: una enorme jaula metálica nada artística preservaba la integridad de la obra, enriqueciéndola con su divertida paradoja. Metáfora del arte, o puro arte contemporáneo, finalmente. El único ya posible. Todos estamos dentro y son los tiempos que corren, concluí resignado. Lo que espera a cada una de las puntas de Aduana que en el mundo han sido. Regresé despacio, caminando por la orilla del ancho canal de la Giudecca. Hacía un frío que partía las piedras. Por suerte, me dije, nadie puede enjaular la memoria, ni los libros.
21.03.2010 ~ El fantasma de Bauer ~ 872
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Volví hace unos días a Venecia. Por razones profesionales, y por primera vez desde hace dieciséis años, estuve alojado en un hotel distinto al habitual. El paisaje que esta vez pude apreciar desde las ventanas era también otro: la vista no incluía la laguna, la isla de San Giorgio y la boca del Gran Canal, como siempre, sino una parte de éste que va desde la iglesia de la Salute a la punta de la Aduana. Panorama espléndido, también, sobre todo cuando el sol poniente se refleja en el canal entre góndolas, lanchas y vaporettos, y la habitación se inunda de luz dorada, secular y mágica. Me alojé en la parte antigua del hotel Bauer, el palazzo; y sin pretenderlo, cumplí un viejo deseo: dormir en el mismo hotel donde alguna vez estuvo Thomas Mann. Cuya Montaña mágica, en la edición de obras completas encuadernadas en piel azul de Plaza y Janés, lastró durante mucho tiempo mi mochila, releída varias veces por la ancha geografía de las catástrofes, donde –yo era el joven Hans Castorp, compréndanlo– en tiempos tempranos de lecturas todavía intensas, decisivas, empezaba a ganarme la vida.
Vaya por delante que en esa clase de asuntos soy poco mitómano. En Venecia, sin ir más lejos, detesto el Harry’s Bar –es pequeño, soso e incómodo, y prefiero el Boadas de Barcelona– precisamente porque allí se emborrachaban Hemingway y cuantos pretendieron imitarlo acodándose en barras de bares sin tener su talento. Y me deja frío que en la brasserie Lipp de Paris, por ejemplo, comieran Sartre, Simone de Beauvoir o la madre que los parió. Reconozco, sin embargo, que en Roma, siendo un polluelo casi implume, pasé una noche en el hotel de Inglaterra, gastándome una pasta, porque allí durmió Stendhal. Pero compréndanlo. En aquellos tiempos –quizá también ahora, aunque no estoy seguro– por Stendhal, Dumas, Thomas Mann, Homero, Virgilio y Joseph Conrad, yo habría hecho cualquier cosa.
El caso, volviendo a Venecia, es que esta vez me alojé en el Bauer. Gracias a Dios, o a quien sea, el Carnaval y sus horrores habían quedado atrás, y la ciudad recobraba su serenidad invernal por un tiempo, antes de verse anegada por el aluvión de la temporada alta. Todavía hacía frío y quedaban calles solitarias por las que internarse. Anduve por la ciudad, como acostumbro, por las librerías, restaurantes y lugares habituales, trazando ahora las huellas de un episodio que, si hay tiempo y salud para ello, tal vez lean algunos de ustedes como aventura alatristesca dentro de un año, más o menos. Y una de tales tardes, a la vuelta de una larga caminata, cuando el resplandor del sol poniente del que les hablaba antes, reverberando en el canal, se adueñaba de la habitación con un torrente de luz dorada, salí de la ducha. Entonces, mientras me vestía con la puerta del baño abierta –una puerta de madera antigua y barnizada–, vi algo reflejado en ésta. Había una luz especial, como digo. Casi abrumadora. Y también es cierto que el paseo que acababa de dar no había disipado por completo los efectos, en extremo benéficos, de una botella de barbaresco del Piamonte que me había calzado con los espaguetis de la comida, un par de horas antes. Pero juro por la memoria de Frederick Rolfe, alias barón Corvo, que la vi. Allí, reflejada ligeramente borrosa en el barniz de la puerta, ondulante por el reverbero de la luz exterior: una mujer esbelta y desnuda que peinaba sus cabellos. Cómo sería de real la visión, figúrense, que fui hasta el cuarto de baño y eché un vistazo dentro, para asegurarme de que allí no había nadie. Después, desconcertado, retrocedí hasta situarme en el mismo lugar donde estaba al principio. Entonces volví a verla: ligeramente difuminada en el barniz de la madera, peinando su pelo largo ante el espejo. Me acerqué otra vez a la puerta, y cometí el error de tocar ésta, moviéndola. Entonces la visión desapareció.
Que me parta un rayo ahora mismo. Que nadie lea nunca una novela mía. Que se me fundan las teclas del ordenata, si no estoy contando la verdad. Va en ello mi palabra de honor: esa mujer estaba allí, en el barniz de la puerta de mi habitación del hotel Bauer, bellísima en la luz dorada del atardecer veneciano. Ella y su contorno fantasmal, como si la vieja puerta conservara, impresa, la huella de una mujer hermosa que, en algún momento del pasado, se hubiese reflejado allí. Entonces supe –o confirmé, más bien– que ciertos fantasmas existen y que hay lugares singulares, luces y sombras que los albergan. Y que es nuestra mirada, con su temple de vida, libros e imaginación, la que los despierta y hace vivir de nuevo.
2018.07.23 - Con libros en la maleta
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Cada cual ordena la biblioteca a su manera. La mía lo está por lenguas originales de autores literarios, y luego vienen las secciones de historia, antigüedad clásica, religiones, viajes, arte, ciencias sociales y otras materias. Sin embargo, algunas de esas secciones tienen apartados, islas específicas formadas por asuntos, autores o personajes por los que siento especial inclinación.
Venecia, la ciudad, su literatura y su historia, es –nunca mejor dicho– una de esas islas. Y ayer, tras una agradable relectura de Los papeles de Aspernde Henry James, al devolver el libro a su lugar, me entretuve un buen rato en ella. Ocupa varios estantes. La razón es que durante mucho tiempo –casi veinte años– pasé en esa ciudad los días previos a cada Nochevieja. Le tengo un afecto especial, incluso ahora que los grandes cruceros y los viajes baratos arrojan sobre ella multitudes imposibles. La he vivido y caminado mucho en días invernales y grises, cuando aún es posible encontrar sus calles desiertas y sus noches silenciosas.
Algunos amigos preguntan por qué nunca escribí una novela sobre esa Venecia, y siempre respondo dos cosas: una es que ya hay demasiados libros buenos sobre ella, y también infinidad de libros malos; la otra es que ya lo hice, aunque sólo de modesto refilón. En El puente de los Asesinos, el capitán Alatriste participa en una conspiración para matar al Dogo; y en El pintor de batallas hay dos páginas donde Faulques y Olvido Ferrara pasean por la ciudad cubierta de nieve, con las góndolas tapizadas de blanco entre el chapoteo del agua verde y gris.
Había una librería, entre el hotel Bauer y la plaza de San Marcos, cuya especialidad era ofrecer cuanto se había publicado sobre Venecia –incluso la versión italiana de esas dos novelas mías–. Como tantas otras cosas buenas de la ciudad, la librería desapareció hace años y ahora ocupa su lugar una inevitable tienda de ropa. Pero no todo se perdió con ella; pues parte de los libros que se alinean en la sección veneciana de mi biblioteca proceden de allí. Y mirándolos ayer, tocando sus lomos y hojeándolos, pasé un largo rato recordando los lugares donde los leí, la compañía que me hicieron y el modo en que educaron mi mirada a la hora de vivir en esa ciudad.
Quizá el primero fue Casanova, creo recordar: sus fascinantes Memorias. Y ahí las tengo, en la edición francesa de La Pléiade, muy cerca de Las memorias de Ultratumba, de Chateaubriand –que viajó tres veces a la isla adriática– y de las dos obras teatrales –El mercader de Venecia y Otelo– que Shakespeare situó en la ciudad. Los escoltan Goethe y Stendhal con sus recuerdos de viaje, Lord Byron y su Childe Harold, y el formidable Thomas Mann con La muerte en Venecia. Tampoco George Sand, Marcel Proust, Gautier, Musset, D’Annunzio, Paul Morand y Philippe Sollers andan lejos, y al final de un estante veo Las piedras de Venecia, de Ruskin, situado sobre la biografía del Barón Corvo, el hueco al que devolví el libro de Henry James, las novelas policíacas de Donna Leon, Al otro lado del río y Entre los árboles, de Hemingway, Venecia es un pez, de Tiziano Scarpa, y la formidable Fábula de Venecia de Hugo Pratt.
Buena parte de esos libros los leí en Venecia, vinculándolos directamente a ella. No hay guía de viaje cuyos efectos sean comparables a ésos, tan impresionantes y tan duraderos. Leí a James en los jardines de la Santa Croce, a Hemingway sentado en el Harry’s Bar, a Mann en la terraza del Bauer que da al canal, a George Sand en una habitación del Danieli con vistas a la laguna, a Proust y a Morand en el Florian y el Quadri, a Donna Leon sentado al sol en el muelle Záttere, a Scarpa en la Punta de la Aduana, y reviví las ilustraciones de Hugo Pratt situándome en el lugar desde el que Corto Maltés mira los leones de piedra del Arsenal. Me gusta esa ciudad no por lo que ahora es –decorado de cartón piedra envilecido por los tiempos que corren–, sino por la Venecia que esos autores me enseñaron a transitar. Como ocurre con cuantos viajamos con libros en el equipaje y la imaginación, las páginas leídas me permiten borrar de la mirada cuanto detesto y quedarme sólo con lo que deseo ver, en una ciudad que sólo una viva imaginación lectora puede considerar todavía, con plena justicia, una de las más fascinantes del mundo. Y cada vez que regreso a ella, como a otros lugares hermosos, no puedo dejar de preguntarme cómo harán los que no leen para disfrutar del mundo que pisan.
2018.12.02 - El librero de Venecia
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Confieso que he dudado antes de encabezar este artículo con el título que lleva, pues me parecía algo sobado. El librero de Venecia suena a novela de las que ahora llenan las mesas de novedades; esos títulos basados en un oficio o actividad y una localización geográfica –no entro a valorar calidad, pues entre ellos hay de todo– que desde hace unos años se han puesto de moda y que parecen una combinación de tópicos faltos de imaginación por parte de autores y editores, perfectamente combinables entre sí, estilo cubo de Rubik: El carpintero de Auschwitz, La violinista de Estambul, La taxidermista de Shanghái, El fontanero de Mauthausen, La mecanógrafa de Cáceres. Me daba apuro, insisto, pero es que hoy quiero hablarles exactamente de eso; de un librero al que conocí hace unas semanas en Venecia. Así que no me quedaba otra que titular por el tópico. El tópico Da Vinci.
Callejeaba por esa ciudad, como suelo hacer cuando voy, esperando la hora de ir a mi restaurante favorito a zamparme unos espaguetis con botarga. Antes me había dejado caer por la deliciosa librería Acqua Alta, cerca de Santa María Formosa, que gracias a que sale en las guías turísticas como visita obligada estaba llena de gente, lo cual es insólito y formidable, tratándose de un lugar donde se venden libros. Y al regreso, continuando hasta la calle del Paradiso, di con el escaparate de una pequeña librería que me era desconocida pese a que llevo treinta años pateando calles venecianas: Librería Filippi. Había en el escaparate, entre libros de historia, música, arquitectura, arte y postales antiguas, un viejo libro sobre el impresor Aldo Manuzio que me interesaba, y entré a comprarlo. Sentado al fondo, entre pilas de volúmenes más o menos polvorientos, había un tipo canoso y barbudo, leyendo Curiosità Veneziane de Tassini, que alzó la vista y me miró con la desgana de quien se ve interrumpido por un turista. Pero cuando oyó decir «Aldo Manuzio» se le iluminó la cara.
Siguió una larguísima conversación –o más bien monólogo– de tintes surrealistas. Porque don Franco Filippi, el librero, resultó ser, no ya un aficionado, sino un apasionado fanático del impresor que, a caballo entre los siglos XV y XVI, revolucionó el arte de su oficio con ediciones de clásicos griegos, latinos e italianos, impresos con la bellísima tipografía que hoy seguimos llamando aldina, inspirada, o así lo afirma la leyenda, en la letra manuscrita de Petrarca; y que, entre muchos otros libros, alumbró uno de los más raros y hermosos de su tiempo: la Hypnerotomachia Poliphili. El caso es que el señor Filippi, feliz por tener alguien con quien conversar sobre su ídolo, del que demostró saberlo todo y un poco más, se pasó la siguiente media hora –treinta y dos minutos de reloj– asestándome una documentada e interesante conferencia sobre su impresor favorito, en la que apenas pude introducir algunos monosílabos y un par de conjunciones adversativas. Veneziani si nasce o si diventa?, argumentaba don Franco defendiendo la ciudadanía de su héroe impresor, adobada la charla con anécdotas, datos biográficos y técnicos, torrenciales opiniones sobre éste o aquel aspecto de sus trabajos. Yo estaba fascinado, pero temía que me cerrasen la cocina del restaurante de los espaguetis; así que de vez en cuando intentaba pagar el libro y tomárselo de las manos donde lo agitaba como prueba de cuanto decía; pero él lo tenía bien trincado y no lo soltaba. Yo tiraba, y cada vez él lo aferraba más fuerte. «Los presuntos expertos en Manuzio –decía, amargo– no tienen ni la más remota idea. He ido desmontando todas sus tesis una por una. Hubo un congreso sobre él y no me invitaron. Asistí como simple público, y cuando llegaron las preguntas tuve todo el rato la mano levantada. Pero hacían como que no me veían. Son unos ignorantes y me tienen miedo».
Conseguí, al fin, arrebatarle el libro, pagar –se le había olvidado cobrármelo, y creo que le daba igual– y despedirme tras jurar por los Adagia de Erasmo que volvería para continuar la charla. Me dejó ir con un apretón de manos y una sonrisa satisfecha, feliz por haberse cobrado una víctima que le parecía dócil y simpática, capaz de encajar treinta y dos minutos aldinos y sobrevivir al asunto sin daños cerebrales visibles. Y me fui calle del Paradiso abajo, acariciando el libro tan heroicamente adquirido. Pensaba que, de haberlo conocido treinta años antes, el librero veneciano Franco Filippi habría figurado con todos los honores en mi novela El club Dumas, sin la menor duda. En realidad, concluí con una sonrisa, parecía haber salido directamente de ella.
2019.04.07 - Su mejor enemigo
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Aunque en invierno hace dentro un frío de mil diablos, el Museo Naval de Venecia es un lugar agradable. Está situado al final de la Riva degli Schiavoni, cerca de la entrada del Arsenal, y su colección de maquetas y objetos navales es magnífica. No llega a la espléndida categoría del Museo Naval de Madrid –uno de los mejores de Europa–, pero merece una visita detenida. Suelo dejarme caer por allí cuando estoy en esa ciudad, y siempre me detengo ante la pieza de su colección que más admiro: un SLC Maiale o siluro a lenta corsa: ese torpedo tripulado por dos hombres, que habrán visto en alguna película, con el que los buceadores de combate italianos atacaban a los navíos ingleses durante la Segunda Guerra Mundial. Un aparato cuya contemplación, imaginando lo que era cabalgarlo en condiciones reales de noche y mar, basta para desmentir que los italianos, como sostiene algún indocumentado, sean poco valerosos. Al contrario: lo son cuando tienen motivos para serlo. Aunque ésa, la de los motivos, ya sea otra historia.
Estuve hace poco allí otra vez, tocando con los dedos el metal frío del maiale. Y como siempre, pensé en su inventor, Teseo Tesei, que murió en combate atacando el puerto de Malta; y en Lucio Visintini, Giovanni Magro y los que murieron tras cruzar de noche la bahía de Algeciras para atacar los buques fondeados en Gibraltar; y en mi personaje favorito entre todos los oficiales y tropa de la Décima Flotilla MAS, el teniente de navío Luigi de la Penne, que al atacar la base británica de Alejandría se encontró solo y de noche junto al casco del acorazado Valiant; y como había perdido en la oscuridad del mar a su compañero Emilio Bianchi y el maiale estaba averiado y clavado en el fondo a 14 metros de profundidad, lejos del buque, soltó la pesada cabeza explosiva y la fue arrastrando palmo a palmo durante cuarenta minutos, a ciegas, envuelto en una nube de fango, orientándose por el rumor de las máquinas del acorazado, hasta situarla debajo de la proa y activar el mecanismo de explosión retardada para las 06,05 horas.
Lo que vino a continuación situó a Luigi de la Penne en el cuadro de honor de las leyendas del mar y los marinos. Al emerger agotado, quitarse el equipo respirador e intentar llegar nadando a la costa, fue descubierto y apresado por los ingleses. Conducido a bordo del mismo buque que había minado, comprobó que también su compañero Bianchi estaba prisionero. Interrogado De la Penne por el capitán de navío Charles Morgan, comandante del acorazado, se limitó a dar su nombre y graduación, negándose a confesar nada sobre su misión. El inglés ordenó que lo encerraran en un pañol, y la casualidad lo situó a proa del buque, en un calabozo situado exactamente sobre la carga que había activado un rato antes.
Diez minutos antes de la explosión, De la Penne pidió hablar con el comandante y le dijo que iba a estallar una carga y que pusiera a la tripulación del Valiant a salvo. Como se negó a añadir nada más, el capitán Morgan ordenó que lo encerraran en el mismo calabozo de antes. Después llamó con urgencia a todos los hombres a cubierta. Cuando estalló la potente carga explosiva, el prisionero italiano era el único que quedaba dentro del casco; pero tuvo suerte: los daños reventaron la puerta del calabozo y pudo escapar mientras el acorazado se hundía. Salió a cubierta entre el humo y la confusión, y una vez allí tuvo la satisfacción de ver cómo un segundo acorazado, el Queen Elizabeth, y el petrolero Sagona, minados por otros dos equipos de buceadores, también saltaban por los aires. Aquella noche, seis italianos con tres maiales hundieron 80.000 toneladas de buques enemigos.
Pero la hazaña de Luigi de la Penne y sus compañeros aún tendría un epílogo. Acabada la guerra, los hombres que atacaron Alejandría fueron llamados a la base naval de Tarento para recibir la medalla de oro al valor militar, sin importar –grandezas de Italia– que su hecho de armas hubiera tenido lugar bajo el fascismo. Y cuando el príncipe Umberto II, presidente del acto, se disponía a condecorar a Luigi de la Penne, del público se adelantó espontáneamente un inglés uniformado: el almirante sir Charles Morgan, antiguo comandante del Valiant, ahora jefe de la base naval de Tarento. Y hay una foto del momento en que éste pide a Umberto II el privilegio de imponerle él mismo la medalla a De la Penne «por el valeroso ataque que hizo contra mi barco hace tres años y tres meses». Esas fueron sus palabras, y así ocurrió: el príncipe se hizo a un lado y fue el almirante Morgan quien colgó la medalla en el pecho de su antiguo enemigo. De su mejor enemigo.