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ANEXO al 2009.08.30 y al 25.08.19 ~ Con chanclas y a lo loco

La Derrota
29/08/2019 10:46
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ANEXO al 2009.08.30



«… Estaba dispuesto a abordar uno de esos temas, repito, eludiendo piadosamente la serpiente multicolor veraniega. Pero …. Y, claro, me ha saltado el automático, incluyendo abundante goteo del colmillo. …»



Llegó el tema del verano. No diré que no podía faltar porque es algo que me revienta profundamente, pero aquí está. Antiguo de 1995 hace unos años que no aparece. Aunque ha tenido el tiempo necesario para replanteárselo, el cabrón del Reverte es un antiguo y sigue sin apearse del burro y venirse al lado de la moernidá, que es una grafía que todo el mundo entiende. Y el caso es que el cotarro no evoluciona adecuadamente, al menos no visto desde mi pequeña atalaya. Y eso también es culpa mía.

Puritito Reverte. Un clásico.

Destilada la figura en algunos artículos. El corpus estival tiene mucha enjundia.


«… Quiero decir que no iba en chanclas por el centro de Roma restregándole pantorrillas y axilas peludas a la gente, ni me acompañában morsas luciendo tatuajes, piercings y sudorosas lorzas de tocino. Además, como me ducho cada día, mi contribución al hedor de transpiración colectiva que llenaba el recinto era, supongo, escasa. Se trataba, en fin, de circunstancias en las que -háganse cargo de mi estado de ánimo- resulta fácil odiar a la Humanidad. Uno de esos momentos en que, si de pronto apareciese sobre la bóveda el ángel Exterminador entre trompetas del Juicio Final, algunos, incluso sabiendo que nos íbamos al carajo con el resto de la peña, soltaríamos una carcajada vengativa mientras encendíamos un pitillo. A fin de cuentas, para lo que sirve la cultura es para eso: para no gritar cuando se cae el avión.…»
PATENTE DE CORSO 10.09.1966 - Milagro en el Panteón


«…También es verdad que la chusma de patas peludas y bodis fosforito comprimiendo lorzas de tocino que circulaba por allí no merecía otra cosa, la verdad, sino que el gótico se lo amurallasen y hasta pusieran campos de minas en el atrio. Pumba, pumba. A tomar por saco. Pero bueno. Unos cuantos justos, supongo, aparte de mí, se quedaron sin catedral. Y fastidia.…»
PATENTE DE CORSO 07.03.04 ~ El retablo intermitente de Murcia


«…Pero que no me exija respeto con su camiseta ceñida y sucia, su tripa al aire, su impúdico mal gusto y su desvergüenza, como tampoco me gusta el fulano de axilas sudadas, piernas peludas y chanclas que encuentro en la calle. Vestidos para matar o para ver la tele en casa, se trata de buenas maneras, nada más. En varones o hembras, esas maneras sólo pueden darse por tres motivos: genética, educación o esfuerzo personal.…»
Patente de Corso 09.09.2007 - Ava Gardner Nunca Mais



Como en el resto de sus grandes temas está desde bien temprano.


Ropa cómoda e informal - 13 de agosto de 1995
En invierno, al menos, van con chandal, Y lo cierto es que el arriba firmante empieza a echar en falta esa prenda, con la que tanto me ensañé en esta misma página en otra ocasión. Sostengo y no enmiendo que el chandal para uso extradeportivo, o sea, ir de compras al Hiper el domingo con el BMW, o viajar en Iberia como si fueses directamente y sin ducharte del gimnasio de la clase turista, es una ordinariez y una horterada. Pero reconozco que, comparado con la indumentaria que gastamos en verano, el chandal es el frac de Fred Astaire, pero en moderno.

Antes sólo eran los guiris y uno decía, bueno, qué le vamos a hacer. No creo que este tiñalpa, con la pinta de matao que lleva, las chanclas y la camiseta y el calzón ese de flores, se quede en España más de una semana. Igual se le acaba el dinero para comer hamburguesas y roba una panadería y lo trincan los geos de la policía municipal y lo torturan salvajemente antes de aplicarle la ley de extranjería, para que no vuelva. O a la gorda esa del tanga, la camiseta donde pone kiss me y la riñonera malva, la asalta un yonqui recién salido de Alcalá Meco con su tatuaje de Amor de madre, y la pincha con una jeringuilla en la teta, y la tía se pira a Illinois a contárselo a su amiga Jennifer y nos pone verdes, y así no vuelven nunca más ni ella, ni Jennifer, ni la madre que las parió.

Total, que uno se consolaba con las piadosas intenciones porque es un xenófobo y un cabrón que no cree en eso del turismo como fraternidad e intercambio cultural. Mas bien lo considera, tal y como se plantea hace tiempo, un molesto fenómeno que relega al individuo en beneficio de la chusma, y deja tras de si un rastro de botellas de agua mineral vacías, envoltorios de hamburguesas, pintadas en monumentos, y es capaz de arrasar o envilecer, en cinco minutos, lo que generaciones de seres humanos lucharon por conservar durante siglos con amor y con esfuerzo.

Pero me desvío del tema. Estábamos con la murga de la indumentaria; y les decía, pues eso, que al principio uno se consolaba que las chanclas, y el calzoncillo de flores, y la camiseta para salir a cenar arreglao pero informal, eran la inevitable escoria que arrastra el turismo estival en su modalidad cutre. Como mucho, algo extensivo a aborígenes locales en territorio playero o aledaño. Pero hete que no. Resulta que el asunto se ha convertido en uso urbano nacional. Detenerse a tomar algo en un bar de carretera español, por ejemplo, supone un descenso automático a los infiernos. Familias enteras bajan de los automóviles exhibiendo sudorosas vergüenzas, matojos asomando por los tirantes de la camiseta, michelines mal embutidos entre minicamisetas y minipantalón, y pantorrillas peludas. Enanos raperos, horteras básicos de bermudas hawaianas y riñonera, o de más nivel, Maribel, con pantalón de dobladillo en la rodilla, zapatos naústicos y lacoste molón. Sólo algunos abuelos -camino del asilo, supongo, donde van a dejarlos de paso- mantienen la dignidad, aún con sus vestidos estampados y abanicos, ellas, o con sus zapatos de rejilla, sus pantalones ligeros y sus entrañables camisas blancas, ellos. Especies amenazadas, listas de papeles, extinguiéndose como el oso pirenaico, o las focas.

Pero lo delictivo del asunto es que ya no hace falta irse a los bares de carretera, o a Marbella, Benidorm o Torrevieja. Uno se sienta, por ejemplo en la Plaza Mayor de Madrid, o en la calle Sierpes de Sevilla, o en la Gran Vía de Bilbao, y asiste a un desfile fascinante de sobacos y pantorrillas de chancletas, zapatillas y camisetas mugrientas, lucidas con desparpajo sandunguero por fulanos que se llaman Eufrasio, Maripili, Manolo, Jordi, Vanesa. So pretexto del calor, con la pasión que en este país dedicamos a todo cuanto se nos pone entre ceja y ceja, los españoles nos hemos lanzado a una carrera desaforada de horterez indumentaria que ya quisieran para sí los concursos de la tele. La gente sale así, tan campante, a comprar el periódico, al banco, al cine, a ver a su abogado, a cenar. Con dos cojones.

Hay que ver. Cuando era tierno y jovencito abominaba de los veranos siempre tan apacibles, tan aburridos y formales, porque los mayores eran unos carcas y unos puñeteros y unos fachas que nos obligaban a vestirnos de forma decente al volver de la playa. Y ahora resulta que añoro como un ceporro aquellos atardeceres de camisas blancas, de señores con calcetines que se quitaban el sombrero de paja al entrar a un restaurante o para saludar a otra gente, y señoras a las que uno podía llamar señoras sin tener que aguantarse la risa. A veces soy tan antiguo que me doy asco.




Somos feos - 20 julio 1997
Somos feos de cojones. Lamento comunicárselo a ustedes así, a quemarropa; pero el arriba firmante ha llegado a esta conclusión tras larga y minuciosa observación del entorno. En estos meses veraniegos, sobre todo, la cruda realidad viene y te golpea por el morro, sin apelación posible. Y resulta paradójico: eso ocurre precisamente ahora, en estos tiempos en que todo cristo dedica más tiempo a estar guapo, se gasta una cantidad larga de viruta en el asunto, y luego se pasea -nos paseamos- por ahí con la certeza absoluta de que la moda, el diseño, el ejercicio físico, el danone con bífidos multiactivos, la leche desnatada y las rebajas de El Corte Inglés, nos han dejado una apariencia que te vas de vareta, Manolín.

Pero no. Dense una vuelta ojo avizor y saquen conclusiones; lo que será facilísimo, por otra parte, si se encuentran en una localidad carcana a una playa a última hora de la tarde, cuando montan los mercadillos, y la gente se sienta en las terrazas a tomarse algo. La calle es un muestrario dantesco de pantorrillas peludas, sandalias infames, camisetas de tirantes bajo las que asoma la pelambrera racial, bodis -o como carajo se escriba- que embuten ombligos rollizos, pantalones ceñidos en torno a ancas descomunales, camisetas fofas con exóticas referencias, zapatillas multicolor fosforito con airbag, bañadores de pata larga que lo mismo valen para la playa que para rascarse los huevos en un restaurante, y otros horrores varios.

Sobre los bañadores masculinos, el otro día, viendo pasar al personal, esclarecí por fin un misterio que hace tiempo atormentaba mis noches de insomnio: por qué ahora son de pata larga y llevan bolsillos. Y la razón es tan simple que sólo a un estúpido como yo podía haberse mantenido oculta tanto tiempo: un bañador de pata larga y bolsillos es una prenda polivalente y multiuso, con la que te ahorras pantalones y bañador. Te lo pones por la mañana, desayunas y vas a comprar el periódico, llevas el coche al taller, vas a la playa, te bañas, te secas con él puesto, vas a comer sin quitártelo, duermes la siesta, sales a pasear por la tarde, y hasta puedes dormir con él. Es, en suma, una prenda cómoda y deportiva, con un no sé qué de informal, y con la ventaja de que no tienes que ir lavándolo, porque se lava cada día en la playa, y si lo combinas con el sabio uso de un par de camisetas -cuando te pones una cuelgas la otra en algún sitio para que se airee un poco- tienes el guardarropa resuelto para todo el mes de vacaciones. Y ya puedes salir a pasear tranquilo con la familia, ella con las mollas bien prietas -a ver si se ha creído la Schiffer que es la única que puede marcar chichas-, la niña con sandalias color butano de un palmo de suela, un piercing en el ombligo y otro en una teta, el niño disfrazado de telecomedia americana, y tú completando el conjunto con una camiseta de tirantes malva de Armani, riñonera, pantorrillas y axilas hirsutas, gafas de sol aerodinámicas y sandalias de suela anatómico-forense.

Antes sólo era en las localidades playeras; pero ahora te puedes encontrar a la familia Colorín en cualquier parte, en la Plaza Mayor de Madrid, en la catedral de Burgos o en un restaurante de Neguri. Y hay veces que me cruzo con un crío pequeñajo, de esos que te apetece acariciarles la cabeza, y sonríes y tal. Lo que pasa es que luego levantas la vista, ves a los padres que andan cerca, y te dices desazonado que, dentro de pocos años -ya apunta detalles y maneras, si te fijas-, la criaturita será como ellos. Y se te esfuma la ternura de golpe. Y te preguntas, misántropo como eres para cierto tipo de cosas, si no sería más piadoso exterminarlos en agraz ahora que son cachorillos, antes de que crezcan y se reproduzcan, y empeoren el aspecto del cotarro que, a estas alturas, ya anda bastante jodido.

Quién me iba a decir a mí -oh témpora!, oh mores!- que iba a terminar añorando, con cuarenta y seis tacos, no ya los zapatos veraniegos de rejilla, el pantalón de raya fina, el panamá de paja y la honesta camisa blanca de manga corta de mi abuelo, sino la racial y tripona silueta de ese otro ibérico varón que éramos antaño, con pelo a lo Manolo Escobar, zapatos de puntera, la maricona colgando de la muñeca, y aquella camisa desabotonada a medias, entre la que relucía una gruesa cadena de oro con la Virgen del Carmen.





Seguimos siendo feos - 12 de septiembre de 1999.
Les aseguro que he pasado el verano intentándolo. Por primera vez desde que tecleo este panfleto semanal me he hecho una violencia inaudita. Titánica. Este año no, pensaba cada semana. Este verano voy a romper la tradición, ya hablar de cualquier otra cosa. Aprovechando que Javier Marías se había quitado de en medio, el perro inglés, yéndose a descansar a la pérfida Albión -en agosto recibí una provocadora postal suya con el careto de Nelson-, y que tampoco él iba a mencionar el tema que en nuestras respectivas páginas era materia de cada verano, decidí mantenerme firme. Nada de artículos sobre la vestimenta playera, me dije; como aquel, tal vez lo recuerden, que un año titulé Somos feos. Esta vez no, decidí. Los colorines y las gorras de béisbol al revés, como si no los viera. No más insultos a la moda decontracté. Así me ahorraré cartas de lectores descontentos. Benevolencia, Arturín. Caridad y benevolencia. Acuérdate de la viga en el propio, etcétera. No te metas, y que se pongan lo qué les salga de las partes contratantes de la primera parte.

Pero no puedo. Lo he intentado, y no hay manera. Les juro por el cetro de Ottokar que todos y cada uno de los días que pisé la calle este pasado verano lo hice con la mejor intención, animado por fraternales deseos de buscar el lado positivo. De pasear por un mercadillo de localidad playera e ir besando a la gente en la boca, smuac, smuac, alabando la camiseta de éste, los calzones floridos de aquel, el bodi fosforito de la tal otra. Pongo a Dios por testigo de que anduve con la mejor intención del mundo y una sonrisa solidaria en la boca, tal que así, como la de Sergio y Estíbaliz, pese a que a mí esa sonrisa me daba una expresión de absoluta imbecilidad; pero dispuesto a quererlos a todos. Pragmático y bien dispuesto hasta la naúsea. Asco me daba de lo tolerante que iba. Pero no pude. Lo intenté, pero no pude.

Y es que hubo un tiempo en que la gente se vestía de acuerdo con su físico y personalidad; según gustos, educación y cosas así. Ahora, la educación, los gustos, la personalidad y hasta el aspecto físico, vienen dictados por la moda comercial y las revistas y las series de televisión. La ordinariez es la norma, no existe el menor criterio selectivo, y todo en principio vale para todos. Es como si la ropa la arrojasen a voleo sobre la gente, pito, pito, gorgorito; y lo triste del fenómeno es que dista mucho de ser casual, pues cada uno de esos horrores que vemos por la calle ha sido probado y remirado muchas veces ante un espejo. De modo que, hasta esta presunta desinhibición e informalidad son artificiales, más falsas que la sonrisa de mi primo Solana. Por eso el verano es el gran pretexto, y el personal se atreve a cosas inauditas. Este verano he visto, como le diría Kurtz a Harrison Ford en un híbrido surrealista de Blade Runner y El corazón de las tinieblas, horrores que creí no ver jamás. He visto combinaciones de prendas y colores alucinantes. He visto clónicos del conde Lecquio con polo de la Copa América y zapatos náuticos y pantalón de raya corto hasta la rodilla y pantorrilla peluda que me han quitado de golpe las ganas de cenar. He visto a una tía en bañador, y pareo cortito por la calle principal de una ciudad cuya playa más cercana estaba a cincuenta kilómetros. He visto enanos raperos con zapatillas de luces rojas intermitentes, que pedían a gritos encontrarse con un neonazi majareta de Illinois armado con un AK-47. He visto venerables ancianos con piernecillas blancas y pelo gris, gente que hizo guerras civiles y trabajó honradamente y tuvo hijos y nietos, vestidos para el paseo vespertino con bermudas de colores y una camiseta de Expediente X. He visto impúberes parvulitas con suelas de palmo y medio y tatuajes hasta en el chichi. He visto maridos que paseaban, orgullosos, a legítimas vestidas de diez mil y la cama aparte. He visto morsas de noventa kilos con pantalones de lycra ceñidos por abajo y bodis ceñidos por arriba, derramando pliegues de grasa que habrían hecho la fortuna de un barco ballenero. He visto injertos de Andrés Pajares y el Fary propios de la isla del Doctor Moreau.

Así que un año más, me veo en la obligación de confirmarles que no es sólo que seamos feos. Lo nuestro no es un simple presente de subjuntivo plural que podría interpretarse como veraniego y casual. Lo nuestro es que seguimos siendo feos con contumacia, a ver si me entienden. Feos y ordinarios con premeditación y alevosía. Feos sin remedio. Y además -eso es lo más grotesco del asunto- previo pago de su importe.




Una de moda y glamour - 16 de julio de 2000
    Les juro a ustedes por mis muertos más frescos que este año no quería. Por una vez, y ya en plena temporada, había hecho firme propósito de enmienda, dispuesto a no tocar, ni siquiera de refilón, el tema tradicional en esta página de la indumentaria veraniega. Estaba dispuesto a escribir sobre cualquier otra cosa: a darle un puntazo al clero integrista y ultramontano, por ejemplo, para amargarle las vacaciones a mi santa madre, so pretexto de los obispos brasileños y el preservativo; o a pedir formalmente el exterminio sistemático de los hinchas de fútbol ingleses, los hooligans o como se llamen, mediante la puesta en el mercado oportuno de hectólitros de cerveza fermentada en ácido prúsico. Incluso tenía previsto, por aquello del rifirrafe del otro día entre mi vecino el rey de Redonda y el beligerante académico euskaldún que lo acusaba de ser nostálgico del duque de Alba, coger las Décadas de la guerra de Flandes del padre jesuita Famiano y dedicar un rato a contar los innumerables apellidos vascos que figuran entre los capitanes y soldados españoles que con el de Alba participaron en esa guerra, como en todas las demás, en un tiempo en que la mili aunque lo mismo ahora resulta que los libros de texto de esa comunidad autónoma afirman lo contrario, era cualquier cosa menos obligatoria.

    Estaba dispuesto a abordar uno de esos temas, repito, eludiendo piadosamente la serpiente multicolor veraniega. Pero hete aquí que acabo de darme de boca con uno de los miles de apasionantes reportajes que publican los suplementos dominicales ahora que caigo, puede que fuera éste dando consejos especializados sobre el indumento que deben adoptar quienes deseen ser tenidos por sofisticados y glamourosos a la hora de pasear por el mercadillo de la playa o tomarse copas en el lugar idóneo. Y, claro, me ha saltado el automático, incluyendo abundante goteo del colmillo. Si usted quiere estar a la moda estos meses de calor y no ser un tiñalpa de mierda, aconseja el texto glosado, póngase un smoking fucsia de Vagina Schmeisser si es hembra, y estará genial. Y hágalo en el acto, porque una mujer con smoking se afirma literalmente sigue siendo lo más ultrafemenino y sexy. En cuanto a los hombres, que no se les ocurra bajo ningún concepto ponerse tejanos de Izaskun Sánchez que no lleven la vuelta doblada tres palmos; ni, si viste formal, otros zapatos que no sean los de color caramelo que valen treinta mil pesetas, siempre y cuando, naturalmente, se acompañen con un chino claro y calcetines de colores. Salvo, oído al parche, que usted utilice un traje oscuro de Chochino y Vicentini, en cuyo caso usará, so pena de que lo miren mal en Puerto Banús, mocasines de vivos colores, ora rojos, ora verdes, o de piel de serpiente o cebra por los que habrá abonado otras treinta mil. Mucho ojito ahí con ponerse calcetines, que no se llevan. Y en caso de que se decida por el traje claro, entérese de una puta vez de que los mocasines no valen, ni la camisa tampoco. Imprescindible usar una camiseta de Armancio Sopla Poglia, azul celeste por más señas, y sandalias que podrá adquirir en No Te Jodes Shoes por veinte billetes de a mil. Y es que tiene cojones, oigan. Si uno, o una, acepta la dictadura del diseño y el fashion, o como se diga hasta hay canales de tv por cable que sólo pasan a tíos y tías desfilando, y ahora los diarios incluyen la moda en las páginas de cultura, y quiere quedar bien y que los gorilas de la puerta lo dejen entrar en los bares de copas, está condenado a vestir como un perfecto tonto del culo, y encima gastarse una pasta. La otra presunta alternativa, la de la liberté, la egalité y la fraternité, que tampoco la regalan, no deja otra opción que la camiseta de colorines, el calzón bañador multiuso y las chanclas, adobado con los michelines tatuados, el ombligo en rodajas a la vista, y el arito de oro haciendo piercing en una teta. En cuanto a la vía normal, la del vestido corriente, y la blusa o la honesta camisa, y el pantalón y las zapatillas de tenis o los zapatos con calcetines, acompañados de noche con una chaqueta, una rebeca o un suéter, eso queda para los abuelos puretas y los antiguos, y según los cánones al uso nuevo barroco, se llama la moda esta temporada, con permiso de Quevedo y Velázquez y Valdés Leal y Alonso Cano vestido así no hay quien se coma una rosca ni se gane el respeto de los camareros ni de los Charlies que te venden abalorios en los tenderetes. De ese modo vivimos, un verano más, entre el glamour de la gilipollez galopante y el museo de los horrores peludos; y así van los abuelos como van, despendolados por Benidorm, con camisetas de Pokémon y enseñando las varices. Y es que como decía no recuerdo si un ministro de Cultura o un presidente de club de fútbol, que es lo mismo en este país siempre terminan poniéndote entre la espalda y la pared.


El siguiente toca varios temas veraniegos que han demostrado en otras ocasiones ser los protagonistas únicos:


Chusma de verano - 10 de septiembre de 2000
    Maldita sea su estampa, que el verano muere matando. Quiero decir, y digo, que hasta el final le hace sufrir a uno sus más espeluznantes horrores. No me refiero aunque también pongan la piel de gallina a la tradicional fiesta de cumpleaños de Rappel ni a la mano en la cintura y el movimiento sexsy, ni a los trescientos putones desorejados que han salido en la tele y los papeles contando cómo se lo hacían con Jesulín, ese ilustre garañón de media España, ni a Carmina Ordóñez, no menos ilustre ángulo de la bisectriz de la otra media.

    Me refiero a los horrores sufridos en la propia carne, o casi. En realidad, la vida, que es muy borde, está llena de horrores de diverso tonelaje; lo que pasa es que, desde cierto punto de vista, los horrores de invierno suelen ser más llevaderos que los de verano, envueltos éstos últimos en cremas bronceadoras, camisetas de South Park, y vómitos de guiris e indígenas a las tres de la madrugada en la puerta del chiringuito. Por alguna ineludible ley de la naturaleza, agosto es un mes abundante en ese tipo de cosas, tal vez porque el calor hace fermentar la basura. En meses así, basta mirarnos a nosotros mismos con alguna lucidez para comprender la oportunidad ganada a pulso de las siete plagas de Egipto y el Diluvio Universal, y a los anarquistas majaras, y a los malos perversos que pretenden hacer estallar una bomba nuclear en los urinarios de Benidorm y a los científicos mochales -no sé si se han fijado en que en las pelis tienen el mismo careto que Putin- dispuestos a meter virus mortales en los tarros de yogur de plátano de oferta.

    Mi penúltima postal de verano me la sellaron la semana pasada en la gasolinera, entre la gente que se agolpaba en el mostrador para pagar la sin plomo, las barras de pan, las revistas o las botellas de agua mineral. Aguardaba paciente mi turno con la tarjeta de crédito en la mano, cuando un individuo que tenía prisa se metió casi por encima para adelantarse. No me importó el asunto, porque lo mismo daban cinco minutos más. Lo que me alteró el karma fue que el fulano, un tipo maduro y peludo que iba vestido con sólo un bañador y unas zapatillas pese a hallarnos a ciento cincuenta kilómetros de la playa más próxima, me restregó toda su sudorosa humanidad en el afán por arrimarse al mostrador, llegando a colocarme una axila en mitad del hocico. Una axila en la que un largo viaje por carretera había dejado inequívocas huellas. Nunca profesé en la regla de san Francisco, así que le aticé un codazo en el hígado con cuanta mala leche pude, que fue mucha, y luego dije «perdón» mirándolo con esa cara de loco que ponen quienes ya les dan lo mismo dos que veinte, y están dispuestos a romper un casco de botella y llevarse por delante a Cristo bendito, a Sansón y a todos los filisteos. Me miró como pensando anda tú, a ver qué le pasa a éste. Luego pagó y se fue tan campante. Pensando, a lo mejor, que ese chalado de la gasolinera se parecía un huevo al hijoputa del Reverte.

    La otra postal es de una isla de la que hace cinco o seis años les hablé a ustedes, en un artículo titulado precisamente El chulo de la isla. Lamentaba entonces las maneras con que un militar de paisano había expulsado de la orilla es zona militar del Centro de Buceo de la Armada a los barcos y botes que fondeaban demasiado cerca; aunque luego supe que no era culpa del pobre hombre, un suboficial de marina, y que el almirante de entonces, que estaba bañándose allí con la familia, le había exigido que despejara el terreno porque le incordiaba la gente. El caso es que hace unos seis días volví al mismo sitio. Fondeé como muchos otros en seis metros de sonda, lejos, en el lugar adecuado, fuera de las balizas que marcan la zona prohibida. Pero comprobé que había docenas de barcos de todo tamaño pegados a la isla, chocando unos con otros y amontonados en la orilla, incluidos veraneantes (y veraneantas) que paseaban tranquilamente por la playa, bajo unos carteles enormes donde podía leerse sin ayuda de prismáticos ni nada: «Zona militar. Manténgase a 300 metros». Y debo confesar que entonces lamenté no ser almirante de la mar océana, para ordenar a los marineritos que desde tierra asistían impotentes a semejante putiferio nadie les hacía maldito caso, a despejar aquello con unos cuantos torpedos. Bum. Tocado. Bum. Hundido.

    Y sin embargo, de aquella isla conservo una imagen que disipa todas las otras. Un hombre y su perro se bañaban juntos, mar adentro. Se veía la cabeza negra del animal junto a la de su amo, siguiéndolo fiel, chapoteando a su lado, girándose a esperarlo cuando se retrasaba. Y esa cabeza leal, enternecedora, oscura y peluda, obró de pronto el milagro de reconciliarme en el acto con miles de cosas que en ese momento detestaba con toda mi alma. Por ese perro, pensé, lamentaría que se ahogara el amo.





El también aludido directamente en el artículo de hoy que fomentó la imagen de chulo implacable que se asocia a veces al Pájaro. Con lo mucho que le gustan los pantalones cortos lejos de la mar al final se descojonó.




Las piernas de mi vecino- 27 octubre 2002
Oye, tonto del haba. Soy yo, en efecto, el mismo que iba sentado a tu vera en el vuelo de Iberia. Madrid-Málaga, ya sabes. Asiento 2 D. Bisnes. Te lo digo por si no te fijaste bien en mi careto cuando te tiré encima medio vaso de agua mineral sin gas. ¿Tacuerdas, chaval? El mismo. Ese hijoputa que te metía el codo en los riñones cada vez que se movía con cualquier pretexto, desplegar el periódico, cerrar el libro, abrirlo, sacar las gafas. Meterlas. Sacarlas otra vez. El que se desperezaba -yo, que nunca hago eso en público- sin venir a cuento. El que de vez en cuando te miraba medio raro. ¿Ya caes? Pues eso. Oui, cest moi. Como Lulú. Pedazo de soplapollas.

Te lo explico. En la cola de embarque ya te eché el ojo. Yo aún estaba sentado, leyendo, cuando vi pasar unas sandalias y unas piernas masculinas y peludas que asomaban de un pantalón corto, tipo safari. Por un momento tuve la sensación de que en lugar de la sala de embarque del aeropuerto de Barajas estaba en un chiringuito playero. Hay que joderse, me dije. En octubre. Dónde se creerá que está este cenutrio. Así que te hice un reconocimiento visual. Treinta y tantos. El polo tenía buen aspecto, el reloj era bueno. La cara de animal -lamento comunicarte que la tienes; colega- no aportaba un dato básico, porque hay fulanos con jeta de mala bestia que luego resultan muy correctos y educados en distancias cortas. La cintita brasileña en la muñeca derecha ya me mosqueó un poco más. Un globetroter, me dije. No sólo viaja vestido así porque se siente más fresco y cómodo, el cabrón. Niet. Se indumenta de esta guisa para reflejar un estado de espíritu. Cosmopolita, aventurero, directamente llegado, sin tiempo para ponerse un pantalón correcto, de la selva tropical. Tal vez venga de salvar a la Humanidad en el Amazonas, o de cruzar el Atlántico en moto de agua, o de mayor quiera ser Mendiluce -hay gente para todo-, y en la mochila lleve el borrador de un libro armado de amor donde también nos cuente lo humanitario que es y lo mucho que las afiliadas a Solidarios sin Fronteras, entre polvo y polvo, le dicen guapo.

Luego comprobé que erraba. Ya en la cola, sacaste el teléfono móvil y comprendí que de Amazonia, nada. Que eras un modesto empresario de Burgos, con negocios de tuberías en San Pedro de Alcántara. Y mientras entregabas la tarjeta de embarque, pensé: apuesto un billete de cien euromortadelos a que -LCSCNL: Ley de la Chusma Siempre Cerca y Nunca Lejos- me toca de vecino en el puto avión. Y ahí me caíste, en el 2 E. Con tus patas desnuditas y peludas a un palmo de mi rodilla. Fue entonces cuando le pregunté a la azafata, lo bastante alto para que oyeras, si no había otro asiento libre, y ella contestó muy amable que no, que íbamos a tope. Resignación, me dije. Seamos estoicos. Pero luego, cuando el comandante Ortiz de la Minglanilla-Salcedo y Álvarez de Castro dijo lo de buenos días, etcétera, y despegamos, y te pusiste a rascarte una corva -ris, ras, hacían tus pelillos entre las uñas-, el estoicismo se me fue al carajo. Además, lamento comunicarte que no eres Brad Pitt. Tienes unas piernas feas de cojones. Peludas, torcidas en las tibias. Pa qué te digo que no, si sí. Si yo tuviera esas piernas, te juro que no iría por el mundo exhibiéndolas como si tal cosa. Es más. Normales como las tengo, me las guardo para la playa, y la intimidad; y todo eso. Ya sabes.

Total. Que empecé a cabrearme. Mira que si se cae el avión, pensé. Tendría delito que la última imagen de mi vida fueran las patas peludas de este tío. Y luego, cuando vino la azafata con los bocadillos aeronáuticos y empecé el de jamón, la visión de tus extremidades me quitó el hambre. Mascaba, te miraba los pelos de las piernas -tampoco tus rodillas son para una exposición veneciana, tío- y el jamón se me hacía una pelota en la glotis. De manera que dejé el bocata y pensé: pues vamos a jodernos todos. Fue entonces cuando empecé a moverme, y a clavarte un codo en los riñones y a pedirte perdón con mucha cortesía y cara muy afligida, y darte por saco cuanto pude, y a quitarte el brazo del asiento. La venganza del Coyote, colega. De vez en cuando me mirabas, pero yo ponía cara de tolai. Perdone, decía -¿te acuerdas, gilipollas?-, pero con estas apreturas, etcétera. La clase bisnes de los huevos. Y está feo que me ponga flores; pero el golpe maestro fue cuando hice que se me escapara el vaso de agua y chorreó por un lado de la mesilla, exactamente sobre tu rodilla peluda. Chof. Oh, perdón, dije. Ahí te mosqueaste un poquito, la verdad. Pero yo ponía tal cara de hipócrita y sonreía tanto -reconoce que lo de secarte yo mismo con la servilleta fue un toque selecto- que no hubo otra que decirme: no importa, gracias. No pasa nada.

Y ya ves. Al cabo, lo que son las cosas: disfruté como un cochino en un maizal. Pero estos lances son como lo de aquel torero que se lo hizo con Ava Gardner. Si luego no lo cuentas, sólo disfrutas a medias. Por eso te lo cuento ahora. Imbécil.







Maruja y Mariano atacan de nuevo - 17.08.2003
Les juro a ustedes por mis muertos más frescos que este verano estaba decidido a no teclear una línea sobre la indumentaria veraniega, los horrores de las pantorrillas peludas y las morsas desinhibidas que van por ahí derramando tocino sin pudor y sin refajo. Lo juro. Iba a callarme como una almeja cruda, rompiendo una tradición de diez años, que se dice pronto; pero ya saben que esto solía hacerlo en estéreo con el perro inglés, y éste pasó a mejor vida. O a peor, que nunca se sabe. El caso es que con mi vecino de ahora, pese a que es viejo colega y amigo, no tengo todavía las mismas confianzas, e ignoro si echa la pota cuando se le sienta al lado en un restaurante un fulano en bañador y chanclas y empieza, ris, ras, a rascarse los huevos. Así que, en la duda, este verano había decidido abstenerme. Nada de axilas peludas. Además, esos maravillosos anuncios de la Once y la canción del verano me han reconciliado mucho con la indumentaria estival. A fin de cuentas, las cosas terminan formando parte de tu vida, te gusten o no. Viendo a los colegas con sus camisas de flores y sus calzones cortos, y a las pavas rascándose en la tripa los picores de la medusa del amor, me doy cuenta de que su mérito, o su éxito, estriba en que representan a gente a la que conoces, quieres y comprendes. Que su estética hortera y su guasa veraniega forman parte de tu propia historia y se han vuelto entrañables a tu pesar. Que las maripilis en plan Ketchup o los colegas con su murga de los chopitos y las tapas de jamón son ahora arquetipos tan españoles como el macarra de playa de los años setenta, la morena de la copla o el paleto de la boina que hacía Gila en los cincuenta. Y al final, fastidiándote como te fastidia lo negativo y torpe que representan, que es mucho, tienes que sonreír y quererlos, porque desayunas en el mismo bar, sufres a los mismos políticos, rellenas las mismas quinielas, y no eres quien para creerte mejor que ellos. A fin de cuentas, concluyes divertido, quizás tus bisnietos te imaginen así, con chanclas, bermudas de flores y camiseta a las siete de la tarde. La vida gasta bromas como esa.

El caso es que este agosto iba a indultar a Maruja y a Mariano con su parafernalia veraniega. Pero se me ocurrió bajar a Madrid la otra tarde, y mis intenciones solidarias se fueron al carajo. Imaginen -sin esfuerzo, pues todos frecuentamos los mismos pastos- un calor del carajo y una muchedumbre sudorosa y absolutamente despelotada. No digo ligera de ropa, ojo. Paquirrín en Matalascañas era Petronio en Capri comparado con aquello. No es ya que hubiera patas peludas, chancletas o camisetas dejando pelambreras sobaquiles al aire, como siempre. Es que la gente iba literalmente en pelotas por la Puerta del Sol y la Gran Vía, entraba al Corte Inglés o se sentaba en las terrazas como si anduviera por Benidorm o Torrevieja. La madre naturaleza no suele ser pródiga en favores anatómicos; así que el cuadro era una sucesión de espantos. Había cientos de tíos con el torso desnudo, las camisetas remetidas en el bolsillo de atrás del bañador. Debo decir que las más decorosas eran las señoras de cincuenta años para arriba, con sus vestidos estampados y sus abanicos; aunque había alguna de las restauradas, con ganas de enseñarlo, como para darle cuatro tiros. El resto era una pesadilla de carnes, pelos, dedos de pies, ombligos con y sin piercings, pareos, granos en la espalda, abuelos de piernecillas desnudas y pálidas -haga usted la batalla de Brunete para acabar así-, tatuajes en las ancas, tetillas masculinas, tetazas desbordando el top, rodajas de sebo embutidas en tallas ridículas, sin familiares o amigos, supongo, que digan: Pepa, mujer, no irás a salir a la calle con esa pinta de guarra. Y así, desnudos, en tropel, apestándoles en los pellejos el sudor de treinta y ocho grados a la sombra, te mojaban al rozarte por la calle, en los semáforos, en las aceras, a quinientos kilómetros de la playa más próxima. Madrid, agosto del 2003.

Mi esperanza, con la primera impresión, era que fuesen guiris. Que jugara el Manchester, o el Liverpool, o uno de esos, y por la noche los guardias estuviesen -ya saben que soy un reaccionario y un cabrón- arreándoles zurriagazos por todo Madrid. Pero luego me fijé, y nada de eso. Ocho de cada diez eran productos nacionales. Marranos de pata negra.






El final te sonará de alguna otra ocasión, Salva amigo. Tenemos lo que nos merecemos:
«…A fin de cuentas, algunos tienen los turistas, los clientes y los vecinos de mesa de restaurante que se merecen.»


Gracias Arturo, Salva y amigos.



Bajo el ala del sombrero
15  de octubre de 2000

    Espero que me entiendan. No estoy tratando una cuestión de nivel social, ni siquiera de lo que comúnmente llamamos educación. Hay gente que nunca tuvo el privilegio de recibir una educación esmerada, pero a la que el sentido común y la natural decencia enseñaron a mantener la compostura. O, dicho de otro modo, la certeza de que hay reglas; incluso reglas propias, o reglas para quienes se pretenden infractores o marginales. Y que sin ellas la dignidad personal en ciertos juega de la vida resulta imposible. Si no existiera ese filtro selectivo, todos seríamos iguales y podría jugar cualquier imbécil.

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