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ANEXO a PATENTE DE CORSO 26.05.19 ~ Su Buenos Aires querido ~

La Derrota
26/05/2019 10:12
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El pianista del Sheraton - 05 de diciembre de 1993

Se llamaba Emilio Attilli, era bajito, educado y pulcro, y parecía recién salido del viejo celuloide: cincuentón, bigote fino y recortado, pelo teñido peinado hacia atrás con esmero, chaqueta blanca con pajarita y zapatos de dos colores. Tocaba el piano en el bar del Sheraton de Buenos Aires en unos tiempos agitados en que por allí circulaban individuos de variopinto y siniestro pelaje: torturadores profesionales, traficantes diversos, periodistas, montoneros supervivientes, chivatos de la policía, prostitutas de lujo y turistas gringos. Ajeno a todo ello, cruzando entre las mesas como si su impoluta chaqueta blanca lo preservara del ambiente, Emilio Attilli llegaba cada noche ante su piano, y durante cuatro o cinco horas interpretaba melodías lentas y tiernas, de esas que sirven para acompañar el tercer martini de la noche porque hablan de amores perdidos, tristezas infinitas y nostalgias.

En realidad tocaba sobre su propia vida. A esa hora en que los camareros barren el suelo y colocan las sillas sobre las mesas, Emilio Attilli se soltaba la pajarita del cuello y sonreía, melancólico, recordando su juventud en la orquesta de Xabier Cugat, Hollywood, Las Vegas, los casinos de la Habana precastrista. Sus recuerdos eran dilatados y brillantes: había conocido a las estrellas del cine, a los astros de la canción. Había amado -aquí la sonrisa se acentuaba, a un tiempo vanidosa y discreta- a una conocida y bellísima actriz cuyo nombre, Rita, sólo pronunciaba en voz baja cuando al filo de la madrugada, el alcohol, el humo de cigarrillos y la compañía le arrancaban jirones agridulces de la memoria.

Las chicas, las prostitutas de lujo que andaban a la caza en el bar del hotel, lo adoraban. Las trataba con exquisita cortesía, igual que a las otras, las presuntamente respetables. Durante horas de espera, sentadas a una mesa al acecho de un hombre de negocios o de un traficante de misiles Exocet que les arreglara la noche en dólares, las mujeres, algunas de ellas maduras bellezas, bebían sus refrescos escuchando El tiempo pasará, o Fascinación con la mirada fija en la inmaculada espalda blanca o el perfil latino del viejo pianista. Creo que las hacía soñar, que les devolvía parte de su propia estimación. En ocasiones, cuando una de ellas bajaba tras un intercambio comercial satisfactorio, le mostraba su simpatía en forma de copa de champaña que un camarero depositaba junto al teclado y que Emilio Attilli, sin dejar de tocar, agradecía con una leve inclinación de cabeza y una levísima, casi imperceptible sonrisa que le torcía un poquito aquel bigote suyo que, según afirmaba, le había copiado descaradamente, décadas atrás, su amigo Clark Gable.

Tocaba por cuatro pesos y vivía en una oscura pensión de la calle Corrientes. Era tímido y pacífico, pero una vez lo vi negarse a interpretar el himno patriótico que le exigía un comandante de paisano ostentoso y borracho, e invariablemente rechazaba las copas ofrecidas por los clientes que no le caían bien, incluidos millonarios y policías. Durante los tres meses que lo traté, jamás escuché de sus labios una opinión a favor o en contra de nada, hacia los demás o hacia sí mismo. Tan sólo, tras cerrar la tapa del piano, entornaba los ojos, encendía un cigarrillo americano, y recordaba. "La dignidad de cada uno -dijo en una ocasión- son sus recuerdos". Y bebía en silencio, sosteniendo entre los dedos el tallo de su copa de champaña o martini, mientras los camareros barrían el suelo entre bostezos y alguna furcia solitaria lo observaba desde la última mesa, diciéndose quizá que, en otro tiempo y en otro lugar, tal vez en otra vida, aquel pianista cincuentón, menudo y amable la hubiera hecho feliz.

Volví, años después, al bar del Sheraton, para encontrar un nuevo pianista. Nadie pudo decirme qué había sido del otro, y nunca supe el nombre de la pensión de la calle Corrientes donde tal vez quedase noticia de su paradero. Como tantas cosas, la imagen de Emilio Attilli está suspendida en mi pasado, uno más de esos fantasmas que llevas contigo y que a veces acuden de forma imprevista a su cita con la ternura y la memoria.

No sé si mi amigo el pianista del Sheraton tenía importancia suficiente para justificar este artículo. Tal vez -sospeché siempre- su Hollywood fue imaginario y su nombre sólo apareció impreso en pequeños programas de cabarets y hoteles a tanto la hora. Pero si, como él decía, la dignidad son los recuerdos, sus recuerdos eran hermosos y bien merecen estas líneas. Eso es más de lo que puede decirse de muchos hombres y mujeres que conozco.




LA NOVIA DE DARTAGNAN - El Semanal 22/12/1996.

Le calculé muy veintipocos años. Era la tercera o cuarta de la fila, en aquella librería de Buenos Aires donde el arriba firmante hacía exactamente eso, firmar. Me pareció callada y tímida. Venía cargada con una mochila llena de libros , y cuando llegó hasta mí sacó de ella un leído y releído ejemplar de El club Dumas.
—Amo a DArtagnan –afirmó–.Y a los otros.

Lo dijo temblándole la voz, como si acabara de confesar una pasión extraña o prohibida. Aún pareció a punto de añadir algo, pero no dijo nada más, limitándose a mirar el libro que yo tenía en las manos. Escribí unas palabras cariñosas en la primera página, conversé con ella unos instantes y luego pasé a atender a una señora sexagenaria, muy guapa, con ojos verdes que debieron causar importantes estragos en su tiempo. Mientras charlábamos sobre Sevilla y los bares de Triana, vi que la jovencita que amaba a DArtagnan seguía por allí , entre los libros, con su mochila al hombro. Una hora más tarde, al despedirme del dueño de la librería y de mis amigos, ella aún estaba en la puerta. "Necesito enseñarle algo", dijo. Y le temblaba la voz, como si aquello le costase un gran esfuerzo. "Por favor", añadió . Estábamos junto a la terraza del Patio Bullrich, así que a nada comprometía sentarse cinco minutos y tomar un café. Pero yo dudaba. Miré la hora, incómodo.
"Es demasiado peso", dijo entonces la chica, señalando su mochila. Me eché a reir, y al cabo de un instante ella también rió, todavía tímida.Resulta imposible negar un café a alguien que apela, como santa y seña, a las últimas palabras de Porthos en la gruta de Locmaría. Así que la joven que decía amar a DArtagnan tomó asiento frente a mí, en el borde de su silla , y de la mochila extrajo un montón de manoseadas antiguas ediciones en folletín de las novelas de Alejandro Dumas. Las había ido adquiriendo en librerías de viejo, explicó. Todo estaba allí: Los tres mosqueteros, Veinte años después, El vizconde de Bragelonne... Y ellá habló.- A pesar de su timidez, sin apenas levantar los ojos de los libros, contó largamente, de un tirón sus muchas horas a solas recorriendo la ruta de Calais, en los corredores del Louvre, batiéndose con Jussac y los guardias del cardenal, enarbolando como bandera la servilleta del baluarte de San Gervasio, o escapando por azar al vino de Anjou envenenado por Milady.

Lo conocía todo mejor que yo. Y desde niña , aclaró. Para comprobarlo, nos planteamos una especie de cuestionario mutuo que resultó de lo más divertido: el tamaño de los pies de Constanza Bonacieux. Los tres apellidos de Porthos. El nombre del perro de Beaufort . Qué dama usa el alias de María Michón. Quien es Biscarrat, en que capítulo rompe su espada y en qué capítulo del Bragelonne aparece su hijo. En qué calle vive DArtagnan cuando es teniente de mosqueteros.
Y la única pregunta que ella no supo responder: el nombre del padre del malvado Mordaunt , hijo secreto de Milady.
De los Mosqueteros pasamos a El conde de Montecristo y La reina Margot, y de Dumas nos fuimos liando con Sabatini , Salgari y los otros, entre Scaramouche , El corsario negro y El prisionero de Zenda. Mencioné a Ruperto de Hentzau y la risa de Yañez , y en ese momento vi que lloraba. Lo hacía silenciosa y mansamente , y había lágrimas que le rodaban por la cara yendo a caer sobre las tapas descoloridas de los viejos folletines. Molesto , pregunté por que diablos me hacía esa faena . Ella levantó la cara, muy grave y muy seria: "Nunca había podido hablar de todo eso con nadie", dijo. Y supe que me estaba contando la verdad. Después, mientras yo pagaba los cafés, ella fue metiendo uno a uno los viejos folletines en su mochila. Lo hizo con una dulzura infinita , procurando que no se doblasen las gastadas tapas, como si se tratara de objetos preciosos. Y se puso en pie. "Ojalá existiera Ruritania", murmuró.
—Existe-respondí-. Limita al norte con Syldavia y al sur con el castillo de If.
Aún tenía los ojos húmedos , pero la vi sonreír.
—Entonces el próximo café lo pagaré yo -dijo-. Si alguna vez nos vemos en Zenda.
Después me dio un beso fugaz. Y la vi alejarse entre la gente, con su pesada mochila llena de sueños.



La viejecita de San Telmo - 16 de mayo de 1999

   Cuando estoy en Buenos Aires me gusta pasar alguna mañana en el rastro de San Telmo, entre los tenderetes de objetos viejos y las tiendas de anticuarios. Siempre hay músicos que milonguean entre corros de gente, y una señora que pasea con boa y sombrero, vestida como aquellas Margot a las que, según cantaba mi padre al afeitarse, uno solía encontrar de madrugada, solas y marchitas, saliendo de un cabaret. En una de las bocacalles que dan a la plaza suele apostarse un anciano de pelo teñido, que se viste como Carlos Gardel, pone una cinta con La cumparsita y la canta con voz cascada, seca, que en otro tiempo debió de ser grave y sonora, imitando el gesto chulesco, bacán, de aquellos guapos de Boca y Palermo con cuchillo en la sisa del chaleco, cuyas andanzas nos cuentan Borges y Bioy Casares. El abuelete canta mirando lejos, muy digno, ensimismado en otros tiempos en que era joven y gallardo, y tal vez arrancaba con sus canciones suspiros de hermosas mujeres. Siempre me acerco a dejarle unos pesos; y él, sin dejar de cantar, impasible el rostro, se toca el ala del sombrero. Cada vez pienso que no estará allí la siguiente, pero siempre vuelvo a encontrarlo, año tras año. El fantasma de Carlos Gardel, me digo. O tal vez un tiardel que hubiera sobrevivido a la calda de aquel avión y ahora vagase por Buenos Aires de incógnito, sombra de sí mismo.

   Me gusta mucho la plaza de San Telmo, con sus bares y sus restaurantes en los balcones de los pisos, y las tiendas donde se amontona el barroco recuerdo de un pasado opulento. El paseo por allí resulta muy agradable, si uno consigue olvidar los rebaños de gringos rubios, ruidosos, que mascan chicle, graznan en anglosajón y deambulan en torpes grupos haciéndose fotos sin saber en dónde están y maldito lo que les importa. A veces compro libros viejos, o curioseo entre los tenderetes revisando mazos de antiguas postales, fotos de Perón, llamadores de bronce, mohosas Kodak de los años veinte, destrozados juguetes de hojalata, muñecas de pelo natural. En sitios así, cuando tiendes la oreja y miras del modo adecuado, y afinas las yemas de los dedos al acariciar los antiguos objetos, puedes captar el rumor del tiempo transcurrido. Entonces cada calle, cada rostro, cada rincón, cobran sentido. Y uno conoce, y comprende. Y ama.

   Después del ritual de costumbre, fui a sentarme en uno de los bares de la plaza. Y estando allí se acercó una señora mayor: iba moviéndose de mesa en mesa con extrema cortesía y una sonrisa educadísima. Cuando llegó a mí comprobé que vendía un humilde libro escrito por ella. Miré el título: Aire del tango. Un guiri estúpido que ocupaba la mesa de al lado lo había rechazado con malos modos, así que eso me hizo exagerar el interés, e incluso intenté volcarle con el codo la cerveza al guiri cuando me incliné hacia la señora, sin conseguirlo. Se llamaba Rosa Ruiz de Dugour, me dijo. Era profesora de música, viuda, tenía ochenta y tantos años y vendía aquel librito para ganarse unos pesos. La sonrisa pareció rejuvenecería cuando me contó que en su juventud había formado pareja artística con el marido: la Orquesta Típica Dugour. Aires de tango era un homenaje a los tangos que cantaron juntos. Había letras suyas y de su difunto esposo en el librito, me contó mientras yo lo hojeaba. Ya no existe aquel farol alumbrando a querosén... leí en el mal papel. El precio eran ocho pesos: mil pesetas, más o menos. Le di un billete de diez. La señora tenía unos ojos inteligentes y dulces, y de pronto pensé que debía haber sido muy guapa y que todavía lo era.

   «¿Dónde va a ir el libro?», preguntó, sacando una libretita y un lápiz. Luego me dijo que siempre apuntaba el lugar a donde iban sus compradores extranjeros. La hacía feliz, añadió, saber que sus modestos libritos iban a conocer mundo. Apenas dudé. «A San Petersburgo», dije improvisando. «Primero a Madrid, y luego a San Petersburgo». Abrió mucho los ojos y le temblaba la mano, emocionada, cuando lo anotó en su libretita: «San Petersburgo -repitió, evocadora-... ¡Otra vez se llama así!».
   Después se alejó entre la gente, con su bolso lleno de libros apretado contra el pecho, y yo me quedé con mi ejemplar dedicado entre las manos. Al lado, el gringo de la cerveza seguía mirando la calle con la mirada inteligente de un buey paciendo en Arkansas. Intenté tirarle otra vez con el codo la cerveza, disimuladamente, pero fallé por segunda vez, y me miró un poco mosqueado. Se le veía incómodo entre tanta cosa vieja. Sin duda echaba de menos un televisor y una hamburguesa.



Leo y el teniente Castillo - 23 de mayo de 1999

   Leo me ha dado un disgusto. Leo es tranquilo, de modales impecables. Las clientas maduras y las que no lo son tanto suelen mirarlo de reojo, y le sonríen al dejar propina. Leo vino la otra noche a traerme una Bols con hielo y un poco de tónica, y luego se demoró un poco junto a mí, bajo la cúpula del bar de mi hotel de Buenos Aires. Siempre charlamos un poco: le regalo libros y él se niega a cobrarme el último café. Tal vez la próxima vez que usted venga yo no siga aquí, dijo. Después se encogió de hombros. Quizá intente otra cosa, añadió. Otro trabajo. No quiero ser camarero toda la vida. Respondí que nada tiene de malo ser camarero cuando eres un buen camarero. Sonrió. A mi edad todavía puedo intentar algo mejor y equivocarme, dijo. Nunca le había preguntado su edad, y esta vez lo hice. Veinticuatro años. Le deseé buena suerte, tripliqué la propina habitual y le di la mano. El bar no será el mismo, dije. Bares y camareros. Resulta curioso, pensaba al despedirme de Leo, hasta qué punto uno asocia los unos con los otros, al extremo de que nada es lo mismo cuando faltan. En la vida nómada que llevé durante años, cuando los bares se convertían en refugio, oficina y vivienda, eran los camareros quienes terminaban decidiéndome a adoptar éste o aquel. O quizás eran ellos, los camareros, quienes decidían adoptarme a mí. No conocí nunca a un camarero profesional que no estableciera sutiles lazos y barreras con unos clientes y otros, o que no practicase un silencioso juego critico con la fauna variopinta que desfila al otro lado de la barra; sacando conclusiones que sólo se confían, a veces, a unos pocos iniciados tras larga y rigurosa selección. A veces, con una simple palabra dicha en voz baja, con la imperturbabilidad de un croupier flemático.

   De cualquier modo, ni los lugares ni los recuerdos serian los mismos sin ellos. Sin Mustafá, el bar del Holiday Inn de Sarajevo sólo habría sido un bar más de una ciudad en guerra más; y dudo encontrar nunca a otro capaz de quitarle el polvo a una botella, después de que una bomba estalle encima del hotel llenándolo todo de tierra y escombros, para servir una copa con la misma elegancia y sangre fría que él. Sin Silvia, mi bar favorito de contrabandistas de Gibraltar seria más aburrido que un chiste de leperos contado por Abel Matutes. Sin Pepe Bárcena, el camarero poeta contagiado del virus de la literatura, el Café Gijón seria infinitamente menos literario de lo que todavía es. Sin Claudio, el tiro que pegó Pancho Villa en el techo de la cantina de la Ópera el día que entró a caballo y borracho, pasaría inadvertido para quien entra a beber un tequila en el corazón de Méjico D.F. Incluso bares o cafés que ya no existen, como el Fuyma de Callao o el Mastia de Cartagena, quedaron en mi memoria vinculados a camareros como Antonio, alto, bigotudo, solemne con su chaqueta blanca y su pajarita, que convertía el acto de servir un café en algo trascendente por lo que valía la pena pagar, y disfrutarlo. En Beirut, en Luanda, en Sevilla, siempre deseé tenerlos de mi parte. Quería leer en sus ojos su aprobación, y escuchar sus confidencias. Intuía que tras su calma profesional, tras su mirada atenta a los deseos y caprichos de los clientes, latía a veces una especial lucidez; un conocimiento profundo de los hombres y de la vida. Recuerdo al teniente Castillo no era su nombre auténtico, por supuesto, sino un apodo que yo le puse, camarero de cierto club náutico mediterráneo, que albergaba un profundo rencor social hacia sus clientes: un odio republicano, profundo, brutal, absolutamente revolucionario, que sólo dejaba traslucir en nuestras conversaciones en voz baja, acodados en la barra. Para el teniente Castillo, el lugar natural donde había que conducir a todos aquellos propietarios de yates y a todas aquellas damas del piberío local, era el paredón del cementerio, al amanecer, ante los faros de un camión y con un piquete de buenos máuser apuntando. Luego lo veía servir un coñac, una cocacola, y mirar a sus clientes en silencio, con ojos de venganza; como si estuviera contando para sus adentros el tiempo que le quedaba a cada uno. Disfruta, mala zorra debía de pensar que te quedan tres días. Un día desapareció, y supongo que lo echaron, porque la verdad es que al final se le notaba mucho. Lo imagino en alguna parte, con su pitillo humeante en la boca, afilando un machete en una piedra mientras cuenta impaciente los días del calendario. Espero que, llegado el momento, todavía me reconozca.



Tango - 17 de octubre de 1999

   Llevo mucho tiempo acostándome temprano; pero esta noche vuelvo tarde a mi hotel de Buenos Aires. Mi editor argentino, Fernando Estévez, de quien me hice amigo hace años, en Montevideo, el día que fuimos al lugar exacto donde se hundió el Graf Spee, me ha tenido hasta las tantas de sobremesa en un restaurante; y el asado de tira y el vino tinto me salen por las orejas. Así que decido dar un paseo por esta ciudad que, a veces, según se la mire, aún se parece a la de siempre: la que descubrí en Blasco Ibánez y después en los libros de Borges y Bioy Casares; la que conocí hace veintidós años cuando vine por primera vez camino de Tierra de Fuego, del cabo de Hornos, de las ballenas azules y de la Antártida, y que luego viví larga e intensamente durante la guerra de las Malvinas. Emilio Attili, el pianista melancólico, ya no toca en el bar del Sheraton, y el Bahía Buen Suceso, según me cuentan, lo hundieron los Harrier británicos en el canal de San Carlos. Por fortuna ya no hay siniestros Ford Falcon con faros apagados junto a las aceras, oliendo a Escuela de Mecánica de la Armada y a picana; pero siguen abiertos buenos bares en las esquinas adecuadas, la calle Corrientes no ha cambiado de nombre, y la pizzería Palermo y la librería anticuaria de Víctor Eizenman siguen en su sitio.

Al cruzar el vestíbulo del hotel me sorprende la música de un tango. Así que voy hasta la rotonda y allí, frente al bar, un pianista y un acompañante tocan "Sus ojos se cerraron", mientras una pareja de bailarines profesionales baila con esa perfección sublime que sólo dos argentinos son capaces de lograr. Él es joven, apuesto, de perfil latino, y viste de guapo porteño, con chaqueta estrecha, pañuelo blanco al cuello y sombrero ladeado. Sonríe todo el tiempo, mostrando una dentadura perfecta, resplandeciente, a lo canalla. Ella, delgada, más interesante que atractiva, con la falda del vestido abierta hasta el arranque del muslo, evoluciona precisa, impecable, alrededor de esa sonrisa.

Me siento a mirarlos y pido una ginebra con tónica. En las otras mesas hay gente: un par de turistas gringos, tipo Arkansas, que muestran su felicidad por presenciar, al fin, un genuino espectáculo flamenco; también algunos clientes del hotel y algunas parejas, matrimonios de cierta edad que parecen argentinos. Uno de esos matrimonios está sentado cerca de mí. Él, sesentón, tiene el pelo gris, va enchaquetado y encorbatado con mucha corrección; y ella lleva un vestido negro, discreto, que le sienta muy bien a sus cincuenta y tantos años muy largos. En ese momento termina la melodía y empieza otra nueva: "Por una cabeza". Y la pareja de bailarines se desenlaza; y ella por un lado y él por otro, se acercan a mis vecinos y los sacan a la pista. El hombre se mueve con elegancia, grave y serio, en brazos de la bailarina. Se nota que en sus tiempos tuvo, y retuvo. Pero lo que me llama la atención es la mujer: El bailarín se ha quitado el sombrero chulesco y mantiene la sonrisa blanca bajo el pelo negro, reluciente y engominado, mientras evoluciona con ella por la pista, al compás del tango, con una sincronía maravillosa. Es la primera vez que bailan juntos en su vida, por supuesto. Y resulta asombroso el modo en que la señora del vestido negro se adapta a la música y al movimiento de su acompañante; se pega a él y oscila de un lado a otro, manteniendo siempre una dignidad, un señorío admirable. Consciente de eso, el bailarín se ciñe a ella, respetando su manera de estar. Es alta, todavía hermosa de aspecto, y se nota que fue muy guapa y que aún lo sabe ser. Pero su atractivo proviene del modo de bailar, de la gracia madura e insinuante con que se mueve por la pista; con que evoluciona al compás de la música, lenta y majestuosa, segura de sí. Desafiante sin estridencias, ni necesidad de pregonarlo a los cuatro vientos. He aquí, dice toda ella, una señora y una hembra.

Al fin cesa la música, y el público aplaude. Y mientras el caballero se despide muy correcto de la bailarina y enciende un cigarrillo, el bailarín, con su pelo engominado y la sonrisa canalla, acompaña a la señora hasta su silla e, inclinándose, le besa la mano. Y ella sonríe calladamente, sin mirarnos a ninguno de los que tenemos los ojos fijos en ella, y que en ese instante daríamos el alma por ser capaces de bailar un tango con sus cincuenta y tantos años largos de clase y de silencio. Un silencio viejo y sabio, de mujer eterna. Uno de esos silencios que poseen la clave de todo cuanto el hombre ignora.



PATENTE DE CORSO 23.10.05 ~ El sable de Beresford

Lo bueno que tienen los bicentenarios es que van en ambas direcciones, como la Historia. Y todos tenemos motivos para descorchar botellas o agachar las orejas. Pensaba en eso con lo de Trafalgar, mientras a los súbditos de Su Graciosa les rebosaba la arrogancia y el chundarata con la espuma de cerveza. No creo, pensé observándolos, que celebren con ese entusiasmo y esa chulería el próximo aniversario que les toca, el año que viene, cuando se cumplan dos siglos desde el comienzo de las fracasadas invasiones inglesas en el Río de la Plata. Con tanto sobarse la gloria de la Invencible a Trafalgar y de ahí a las Malvinas, los futuros súbditos del Orejas siempre pasan de puntillas por encima de las estibas contundentes que, por ejemplo, les dieron Navarro en Tolon, Blas de Lezo en Cartagena de Indias, o los canarios al invicto Nelson –dejándolo manco– en Tenerife. Por eso dudo que monten parada naval o desfiles con fanfarria patriotera dentro de unos meses, cuando se cumplan doscientos años desde el comienzo de su maniobra para arrebatar a España las colonias en América del Sur. Y como sólo tienen memoria para lo que les interesa, conviene refrescársela. Incluyendo, por ejemplo, una cita del propio Times, que en su momento calificó la cosa –una vez fracasada, claro, y tras aplaudirla antes– como «una empresa sucia y sórdida, concebida y ejecutada con un espíritu de avaricia y pillaje sin paralelos».

El asunto empezó cuando, crecida por lo de Trafalgar, Inglaterra invadió Buenos Aires, en junio de 1806, con mil seiscientos soldados bajo el mando del general Beresford. Como de costumbre, el motivo era altruista y filantrópico que te rilas: devolver la libertad a los pueblos oprimidos por la malvada España, y de paso –pequeño detalle sin importancia– conseguir materias primas y consolidar mercados para el comercio inglés donde hasta entonces sólo podía penetrar mediante el contrabando. Para facilitar esa angelical liberación de los oprimidos, lo primero que hicieron los británicos fue proclamar allí la libertad de comercio –sólo con Inglaterra, por supuesto–, enviar a Londres el tesoro local bonaerense –millón y pico de pesos en oro–, y establecerse militarmente en la zona sin hablar ya de independencia para el virreinato. Al contrario: ante el consejo de ministros, el rey Jorge III declaró «conquistada la ciudad de Buenos Aires». Pero el gorrino salió mal capado: bajo el mando de Santiago de Liniers, españoles y criollos recobraron la ciudad, dándoles a los rubios las suyas y las de un bombero. Con ciento cincuenta bajas, hecho polvo, Beresford tuvo que rendir sus tropas y constituirse prisionero –luego se fugó, faltando a su palabra–, y del episodio quedó un bonito cuadro, poco exhibido en Inglaterra, donde se le ve con la cabeza gacha, entregando el sable a los españoles.

El segundo episodio empezó en enero de 1807. Con veinte barcos y 12.000 soldados, los generales Withelocke, Crawford y Gower volvieron a la carga, tomaron Montevideo –en el acto se establecieron allí enjambres de comerciantes británicos dispuestos a liberar a los oprimidos un poco más– y en junio los ingleses atacaron Buenos Aires por segunda vez. Ahora tampoco hablaban ya de dar libertad e independencia a nadie. Y echaron carne dura al asador: 8.000 soldados veteranos avanzaron por las calles de la ciudad; pero los frenó la gente, peleando casa por casa. «Todos eran enemigos –escribiría el coronel inglés Duff–, todos armados, desde el hijo de la vieja España al esclavo negro.» El ataque decisivo del 3 de julio se estrelló contra la resistencia urbana organizada por Liniers: las tres columnas inglesas que pretendían alcanzar el centro de Buenos Aires, pese a que avanzaron imperturbables dejando un rastro de muertos y heridos, tuvieron que retroceder y atrincherarse, acribilladas a tiros y pedradas desde las ventanas y azoteas de las casas. Resumiendo: recibieron las del pulpo. Luego los porteños, con ganas de cobrarse las molestias, contraatacaron a la bayoneta hasta que «por los caños corrió la sangre». Con casi tres mil fulanos muertos y heridos, los malos tuvieron que rendirse, evacuar Montevideo y regresar a Inglaterra con el rabo entre las piernas. «Jamás creí –escribiría después el general Gower– que los rioplatenses fueran tan implacablemente hostiles.»
Así que ya ven. Este año tocó Trafalgar. Vale. Pero en el 2006 y el 2007 toca Buenos Aires. No se puede ganar siempre.



PATENTE DE CORSO 11.06.2006 - Parejas bonaerenses

El gesto de ternura es natural, sereno. Una mano acariciando la del otro casi con descuido. No furtiva, sino discreta. Los miro con atención y agrado. Es bueno que la gente se quiera, me digo. Son dos treintañeros correctísimos, el aire educado. Uno de ellos –el que acaricia la mano del otro–, muy bien parecido. Visten ropa deportiva pero buena, con un puntito de clase. El cabello lo llevan muy corto. Sobre la mesa, junto a los cafés y las medias lunas, hay un libro cuyo título no alcanzo a distinguir y una guía turística de la ciudad. Hablan bajo, en francés, y observan a la gente que pasea por la Recoleta, entre el café La Biela y la terraza. Es la segunda pareja de homosexuales que veo esta mañana, y la duodécima, o así, en los cinco días que llevo en Buenos Aires. Los he visto paseando por San Telmo, sentados en una taberna de la Boca, siguiendo admirados y atentos, en un local nocturno de Florida, las evoluciones de los tanguistas sobre el escenario. Gente mesurada, observo. Sin estridencias. Y eso me gusta. Una mariquita escandalosa incomoda tanto como un macho brutal y cervecero dando voces en la barra de un bar. Cosa de gustos. Se lo hago notar a Fernando Estévez, mi editor local y mi amigo desde hace diez años. Os estáis homosexualizando mucho por aquí, chaval, le digo. Aunque en plan bien. Cada año veo más parejas así. Gente agradable y guapa. O quizá guapa de puro agradable.

Fernando, que es heterosexual y bellísima persona, me mira inquieto, sin comprender. Por fin observa a la pareja, me ve sonreír, y sonríe a su vez, bonachón. Es lindo verlos así, tranquilos, ¿no?, dice. Le respondo que sí, que es lindo y tranquilizador. Además, de ese modo se despejan un poco las calles de Venecia, añado. Que ya están muy concurridas. Así que celebro que también aquí se apechugue con el asunto. Entonces Fernando me cuenta lo que sabe, poniéndome al día. En los últimos tiempos, Buenos Aires, esta ciudad bella y asombrosa –eso sí, a doce malditas horas de avión de Madrid–, se ha convertido en destino grato para parejas homosexuales con poder adquisitivo razonable. La guía GayBA 2006 señala centenar y medio de lugares amistosos, incluidos restaurantes, bares, salas de baile, milongas y una emisora de radio. También acaba de salir Guapo, una revista con ambiciones –en Argentina, la palabra guapo todavía define al bien plantado, animoso y valiente–, y aunque aquí no hay un barrio gay concreto como en Nueva York, París o Madrid, está prevista la construcción de un hotel de cinco estrellas especializado –el grupo es español, por cierto– en San Telmo, barrio popular lleno de tradición y vinculadísimo al tango: baile que, por historia y por estética, fue siempre uno de los grandes mitos del público homosexual. Además, ésta es una ciudad de precios adecuados para los visitantes, con oferta cultural abrumadora –librerías, bibliotecas, exposiciones, música, museos– y una vida nocturna llena de posibilidades y entretenimiento. Sin contar el hecho incuestionable de que en ningún lugar de América se ven tantos hombres y mujeres atractivos por metro cuadrado, y de que los argentinos son buena gente, parlanchines, amables y hospitalarios, excepto –ni siquiera los porteños son perfectos– cuando hablan de fútbol o de política. Por eso el número de turistas homosexuales en Buenos Aires se ha triplicado, dicen, en los últimos años; y ahora supone el veinte por ciento del turismo total. En su mayor parte son norteamericanos y europeos. ¿Y las mujeres?, pregunto. ¿Qué hay de ellas? Fernando encoge los hombros. También vienen mucho, responde; pero ésas arrastran más complejos que los hombres. Procuran pasar inadvertidas, quizá porque todavía les cuesta mostrar su homosexualidad. El machismo social, o el temor a éste, hacen que a dos señoras se les haga más cuesta arriba pedir, en un hotel, una cama de matrimonio. ¿Comprendes? Aunque todo se andará.

Mientras Fernando Estévez me cuenta todo eso, sigo observando a los dos hombres sentados en la mesa cercana. Al fin, cuando uno de ellos me mira, le sostengo la mirada porque no parezca rechazo descortés, y al cabo de un instante la aparto, para que tampoco piense –cada cual tiene sus opciones– que tocamos la misma tecla. Y me gustaría poder decirle de algún modo que, pese a todo, está bien. Que me alegra infinito que él y su compañero estén hoy aquí, juntos, serenos y afortunados. Haciendo, en la parte que les toca, más hermosa esta mañana de sol en la querida Buenos Aires.



PATENTE DE CORSO 03.07.11 ~ Noche de tango en La Ideal

Confitería La Ideal, calle Suipacha, Buenos Aires. Anoche estuve calzándome una botella de Luigi Bosca en el Torcuato Tasso, un elegante lugar que no conocía, en la calle Defensa, escuchando a la gente joven del grupo Violent Tango, y hoy retorno -cuatro años no es nada- a mis clásicos entrañables: este viejo local en el corazón de la ciudad, con su magnífica y centenaria decoración, en cuya planta baja puedes pagar 160 pesos por una copa de vino infame y un espectáculo tanguero, tan depresivo y cutre que el Príncipe Gitano cantando In the ghetto en La Trompeta a finales de los 70 parecía, a su lado, Frank Sinatra en las Vegas. El caso es que aguanto un rato razonable en la planta baja de La Ideal gracias a que una de las tanguistas faldicortas, que es china o se operó hace poco, le pone arte al frote porteño con su pareja; pero cuando el cantante, cabeza afeitada y traje de chaqueta gris perla, se hace el simpático micrófono en mano con la docena de clientes que ocupamos las mesas en torno a la pista de baile -«¿Cuántos norteamericanos tenemos aquí? ¿Y cuántos brasileiros?»-, pongo pies en polvorosa antes de que me incluya en los pormenores, o la china me saque a bailar Garufa.

Decido refugiarme en el primer piso, donde las cosas son diferentes. Allí funciona una escuela de tango, y los sábados el viejo salón se cuaja de noctámbulos que bailan tango y milonga de toda la vida. A la señora de la puerta no la impresiona que yo sea un súbdito de la madre patria rajándose del cantante calvo, y me saca otros 16 mangos por subir. A cambio, elijo mesa con buena vista y observo a la peña mientras disfruto cual roedor en incunable. Fiel a mi memoria, como la última vez, una variopinta nómina de aficionados cumple el ritual tanguero: se mueven al compás de la música, observan a los bailarines, se invitan unos a otros con la familiaridad, formal y al mismo tiempo natural, de quienes se saben viejos miembros de una grata cofradía. A los compases de Danzarín o de La última grela, las parejas salen a la pista, los hombres se paran ante las mesas y aguardan inmóviles mientras ellas se ponen en pie, pasan una mano por los hombros del varón y extienden la derecha sobre la mano izquierda de éste; y tras unos instantes de inmovilidad para que la música circule por sus venas e imprima el ritmo adecuado, los dos se alejan lentos, majestuosos, enlazados entre las otras parejas que danzan.

Me gusta imaginarles historias. Clasificarlos por su aspecto y maneras: el maduro elegante, el joven aprendiz, la joven que nunca niega un baile, el matrimonio que acude cada fin de semana. Algunos vienen vestidos expresamente para el tango, faldas cortas ellas y medias oscuras caladas, como la madura de buen tipo que aún tiene rastros de una cercana belleza, que baila muy junta, apasionada, con el hombre todavía joven y pintón. O el abuelete de piel amarillenta que acude trajeado y de corbata con una señora flaca que parece la suya, o tal vez no, y se mueve muy bacán, con artrítico donaire, dando un paso atrevido pierna por alto de vez en cuando, y del que piensas: le queda un tango y seguramente lo está bailando ahora. O la señora embarazada de muchos meses, con cara de llamarse Margot o Malena. O la abuela pellejuda y amojamada, con un vestido corto hasta la indecencia: una especie de gran pañuelo de seda bajo el que asoman dos canillas flacas y largas, y que por alguna extraña razón me recuerda a mi tía Pura que saliera de la tumba para marcarse un tango vestida sólo con el liviano sudario.

Todos bailan de maravilla, y envidio el arte. Si yo hubiera tangueado así alguna vez, concluyo, me habría comido a las minas de dos en dos. Y al que esta noche más envidio es al gordo: ciento veinte kilos en canal, menos de treinta años, camisa y pantalón negros que perfilan unas formas paquidérmicas. Parece salido del tango El gordo triste, de Ferrer y Piazzolla, aunque de triste no tenga nada: su sonrisa es tranquila, dulcísima, y baila con una señora que por la apariencia debe de ser su madre; pero luego va sacando una por una a todas las mujeres del recinto. Ninguna se niega, pues resulta asombroso ver cómo baila. Con qué sobria elegancia mueve los pies calzados para la coyuntura con zapatos de dos colores mientras se marca un tango tras otro, sereno, canchero, seguro de sí. Hasta guapo, parece. Y observándolo pienso que seguramente fue objeto de rechifla en el colegio, y que algunas chicas lo mirarán por la calle con burla o indiferencia. Ignorantes, todas, de que con música de tango este joven gordo y desgarbado se transforma en el bailarín más elegante de la noche porteña; y que cada sábado, en el salón de arriba de la Confitería Ideal, consigue sin esfuerzo aparente lo que yo no lograría en mi vida: abrazar a cualquier mujer, hermosa o no, y que todas las guapas goteen agua de limón, clup, clup, clup, locas por bailar con él.



PATENTE DE CORSO 07.07.13 ~ El maître impecable ~1044

El Fervor, en Buenos Aires, a un paso de mi hotel y de la Recoleta. Tengo una cita para comer con una señora cincuentona, ya algo ajada, antigua gloria secundaria de la escena y la tele argentinas. Una propuesta por su parte para un espectáculo de teatro musical sobre una novela mía. A las primeras cortesías compruebo, asombrado, que viene con una copa de más. O más de una. Y a tales horas. Habla fuerte, ríe con estridencia y la lengua no siempre responde con precisión. Mi primer impulso es largarme, pero hay cosas que no pueden hacerse. Que llevan su método. Marcelo, el maître, nos conduce a la mesa que tengo reservada. Profesional impecable, ni siquiera pestañea cuando la señora pide un vino seco y afrutado. «Me temo que no será posible -responde-. En nuestra bodega sólo hay secos, por una parte, y afrutados, por la otra. De la variedad mixta no nos queda». La señora se decide por un afrutado; y yo, que a esas alturas no sé dónde meterme, le dirijo a Marcelo una mirada de angustia que acoge con un leve entornar de ojos afirmativo, tranquilizador.

Pedimos ensalada y pescado, Marcelo se retira, la señora parlotea sobre el proyecto en voz demasiado alta y yo hago como que la escucho, muerto de vergüenza, mirando el reloj de soslayo. Mientras un camarero sirve el vino -afrutado, confirma la señora chasqueando ruidosamente la lengua- me levanto y, con pretexto de lavarme las manos, me acerco al maître. «Habrá observado -le digo en voz baja- que la señora no se encuentra bien». Sin mover un músculo de la cara, Marcelo asiente: «No se preocupe, don Arturo. Queda entre nosotros». Su tono indica que ha reconocido a mi acompañante, pese a la edad y al estado etílico. «Quiero pedirle un favor -le digo-. Haga que nos sirvan con la mayor rapidez posible para acabar pronto». Marcelo me tranquiliza con una leve sonrisa profesional. Reprimo el impulso de darle unas palmadas de afecto en el hombro y regreso a la mesa, donde la señora se ha calzado, en sólo un par de tragos, media botella del maldito afrutado. Sin respirar, casi.

Aún no ha puesto la copa sobre el mantel cuando aparece el primer camarero con una ensalada de remolacha y apio. La señora pincha una rodaja de remolacha y la proyecta directamente sobre la porción de puño de camisa blanca que asoma por la manga derecha de mi chaqueta. Luego, excusándose, torpe, intenta limpiarme con su servilleta y extiende la mancha a la chaqueta misma, inspirándome el anhelo urgente de que me trague en el acto la tierra. Más tientos al vino. Más parloteo sobre el proyecto. Asiento a ratos, sin prestar atención a lo que dice, mientras empiezo a pensar que la prójima lleva en el cuerpo algo más que alcohol. Por encima de su hombro miro a Marcelo, que vigila de lejos la mesa con perfecta calma profesional. Alzo una ceja en su dirección, y treinta segundos después un camarero retira la remolacha y otro sirve el lenguado. La señora pincha trozos en el tenedor, liquida lo que queda de vino y habla con la boca llena de un modo repugnante, proyectando trocitos de pescado sobre el mantel. Se ríe, la maldita, exactamente igual que Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Reprimo el ansia desaforada de dejarla allí y salir corriendo. No he pasado tanta vergüenza en mi vida.

El maître sigue observando de lejos, fiel como un doberman. Al tercer trocito de pescado que cae sobre mi chaqueta -esta vez en la manga izquierda- alzo otra vez las cejas en dirección al maître y hago con el dedo en el aire, discretamente, ademán de firmar la cuenta. Once segundos después tengo la cuenta sobre la mesa, firmo el recibo, dejo una propina monstruosa que Marcelo retira como lo más natural del mundo, me levanto con un suspiro de alivio, balbuceo excusas, conduzco, o casi arrastro, a la señora hacia la puerta. Allí la meto en un taxi, la veo largarse, miro el reloj. Toda la comida ha durado exactamente veinticinco minutos. Exhausto, vuelvo al restaurante para disculparme con Marcelo, y veo que aguarda junto a la barra. Antes de que yo abra la boca, comenta: «Espero que todo haya ido bien». Asiento, le estrecho la mano. «¿Quiere comer algo?», pregunta, afable. Respondo que no, que perdí el apetito. «¿Aceptaría una copa?», sugiere. «Me vendrá bien», respondo. Entonces abre una botella de estupendo Malbec y me sirve él mismo. «Fue un gusto atenderlo», comenta. Lo miro a los ojos. «Gracias, amigo mío», murmuro. Entonces, al fin, se permite una ancha sonrisa. «No, señor. Al contrario», dice. Y después se aleja tranquilo, imperturbable, caminando entre las mesas.



2017.06.18 - Perros de la Recoleta - PATENTE DE CORSO

Desde hace casi treinta años, la Recoleta es mi barrio cuando viajo a Buenos Aires. Y cada día, haga lo que haga, camino cinco minutos desde mi hotel hasta el lugar donde, invariablemente, desayuno tres medias lunas con un vaso de leche tibia mientras hojeo los diarios o un libro junto a las sombras gratas de Borges y Bioy Casares. Ese lugar es el café La Biela, en su esquina formidable desde la que, a través de los ventanales, puedo contemplar el espectáculo diario de lo que más me alegra el corazón cuando estoy en esta ciudad: los perros de las casas vecinas a los que sus cuidadores sacan a pasear en grupos, atraillados y pacíficos, y sueltan un rato para que jueguen en el césped que hay ante los grandes magnolios. Esos perros de la Recoleta son perros felices, chuchos bien, que tuvieron la fortuna de caer en casas donde se les cuida e incluso mima, a diferencia de los otros infelices que vagan por los barrios más humildes de la ciudad, o son abandonados en cualquier sitio cuando dejan de ser graciosos cachorros. Al menos éstos que veo pasar ante La Biela están a salvo, dentro de lo que cabe. Y eso alivia un poco mi tristeza cuando pienso en sus camaradas con menos suerte en el mismo Buenos Aires, en España, en tantos lugares del mundo donde la infamia del ser humano desprecia, o maltrata, su lealtad y su nobleza.
En el último viaje, sin embargo, esos ratos felices de la Recoleta se han visto empañados por una pérdida. Si es cierto que sigo desayunando en La Biela, ya no puedo ocupar mi mesa habitual en la Munich, que durante tres décadas fue el lugar al que estuve yendo a comer o cenar, solo o con mis amigos. El restaurante Munich –para los asiduos, la Munich– había nacido en 1930 en forma de lechería, que doce años después se transformó en restaurante de estilo alemán. Lo descubrí en 1982, cuando fui a cubrir la guerra de las Malvinas, y desde entonces casi no hubo día en Buenos Aires que no pasara por allí. Ahora, sin embargo, ya no existe. Lo vendieron sus dueños y, según me cuentan, proyectan construir allí un edificio de doce plantas, clavando un clavo más, uno de muchos, en el ataúd de uno de los barrios más personales y elegantes de la ciudad.

Murió la Munich, como digo. Cerró hace unos meses tras una triste agonía a la que tuve el desconsuelo de asistir. Sus dueños, pendientes de la venta que ya negociaban, la dejaban fenecer como en el tango, y así la vi en mis últimas visitas: sola, fané y descangallada. Durante el último año se había desplomado la calidad de la comida, todo era un enorme descuido, y sólo me ataba al lugar la profesionalidad perfecta de los viejos camareros de chaqueta blanca; que, aunque se les debían varios sueldos, hacían cuanto estaba en sus manos por ser fieles a lo que habían sido. Los clientes de toda la vida, familias en domingo, señores bien vestidos, señoras a las que podía uno llamar señoras sin que le diera la risa floja, seguían acudiendo al restaurante de ambiente tirolés de cabezas de ciervo, manteles blancos y manteca en platitos de aluminio. Pero ya ni el bife era el bife, ni los riñones o criadillas merecían la pena, la omelette de alcauciles estaba para devolverla a la cocina, y las espinacas a la crema brillaban por su ausencia. José Manuel, el viejo, seco y perfecto maître asturiano, jubilado justo cuando empezaba el declive, ya me lo había anunciado: «Vienen otros tiempos, don Arturo. Por suerte yo no voy a estar aquí para verlos». Al despedirnos, me regaló una taza de café con el nombre de la Munich. «A saber dónde acabarán las otras», dijo.

Ahora he vuelto a la ciudad, y al Alvear, y a La Biela, y a caminar unas cuadras hasta la librería Cúspide y las otras –cada vez menos– que aún no desaparecieron del barrio. Y al pasar ante la Munich, cerrada, me he detenido un momento, a recordar. La vieja placa de bronce sigue atornillada junto a la puerta, y por un momento lamenté no tener veinte años menos para venir de noche con un destornillador y jugármela robando esa placa que a nadie importa ya. Lo malo de vivir demasiado, o casi, es que asistes al final de muchas personas y de muchas cosas a las que da pereza sobrevivir. Tu mundo se desvanece y el paisaje se despuebla. Eso es lo que pienso, parado ante la placa que soy demasiado viejo para robar. Miro a mi alrededor, desolado, y entonces tengo la suerte de ver que un grupo de perros atraillados pasa por la vereda, moviendo el rabo. Y me consuelo pensando que al menos, en esta ciudad que tanto amo, todavía hay perros felices, hay libros en las librerías, el Puentecito permanece abierto en Barracas y Gardel sigue cantando en Buenos Aires.

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