ANEXO a la PATENTE DE CORSO 14.04.19 ~ Inoportuno
La Derrota
15/04/2019 10:20
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PATENTE DE CORSO 02.12.2007 Arturo Pérez-Reverte
Abordajes callejeros y otras situaciones - 752
Soy el hombre más cortés del mundo –sostiene Heinrich Heine en sus Cuadros de viaje–. «No he sido grosero nunca, incluso en esta tierra llena de insoportables bellacos que vienen a sentarse al lado de uno, a contarle sus cuitas e incluso a declamarle sus versos…» Aunque esa cita figura como epígrafe en una de mis primeras novelas, no llego a tanto. Pero es cierto que, sin tener la delicadeza de don Enrique, nunca soy descortés con nadie que me aborde por la calle, en un café o en donde sea, declamación de versos incluida. Cada vez, haciéndome cargo de las circunstancias, cierro el libro que leo o interrumpo la conversación que mantengo, me pongo en pie si la situación lo exige, saludo y firmo lo que haga falta. Hasta con nombre ajeno, cuando me confunden con otro. Sin pegas. También me hago cientos de fotos con esos malditos teléfonos móviles con cámara que ahora todo cristo lleva encima. Por supuesto, si alguien trae una novela mía, la dedico con gusto y sincero agradecimiento. Todo eso también lo hago cuando me interrumpen ocupado en otras cosas, incluso aunque no esté de humor para la vida social. Pues todo hay que decirlo: la peña, en su espontánea buena voluntad, no siempre es capaz de calcular la oportunidad del abordaje. Una cosa es que te digan que son lectores tuyos y que firmes la servilletita del café, y eso ocurra cuando estás solo y relajado en un lugar tranquilo, leyendo el periódico. Otra, que pretendan hacerse fotos contigo llamando la atención en un sitio donde quieres pasar inadvertido, o mientras una mujer te pide el divorcio, o cuando un amigo te cuenta que tiene cáncer y le queda un telediario. Por ejemplo. Aun así, trago. O suelo tragar. Es precio de la vida y del oficio. Además, la gente –ser lector de libros ya es un filtro razonable– suele ser comedida, y a menudo agradable.
A veces, sin embargo, la inoportunidad desarma tu cortesía. Una vez, en Valencia, tuve que decirle que no –sonriendo cortés y sin detenerme– a una señora que exigía autógrafo y conversación mientras yo iba con mucha prisa porque llegaba tarde a una cita de trabajo, y se quedó atrás, llamándome de todo. En otra ocasión, un amable turista encajó mal que me negara a fotografiarme con flash a su lado frente al altar mayor de la catedral de Granada, sin que mi explicación –«Éste no es lugar adecuado»– lo convenciera en absoluto. Aun así, sólo una vez mandé al individuo literalmente a hacer puñetas. Ocurrió hace poco, en la calle Mayor de Madrid. Yo estaba parado en la acera, hablando por teléfono, y un transeúnte daba vueltas alrededor, esperando a que terminase para decirme algo. Como mi conversación se prolongaba, el hombre, impaciente, empezó a darme toquecitos en el hombro. Lo miré, sonreí, hice un ademán indicando el teléfono y seguí mi conversación. El tipo esperó unos treinta segundos y volvió a tocarme el hombro. Dejé de hablar y lo miré inquisitivo. «Tú eres Reverte, ¿verdad?», dijo entonces el fulano. Compuse otra sonrisa de excusa –esta vez me salió algo crispada–, seguí hablando por teléfono, y el prójimo, tras esperar un poco más, volvió a tocarme en el hombro. «Te sigo mucho», dijo. Ahí fue, lo admito, donde ya no pude contenerme: «Pues deje de seguirme –dije– y váyase a hacer puñetas».
En cualquier caso, nada de eso puede compararse con lo que me ocurrió hace algún tiempo, en el hoy desaparecido Gran Bar de Cartagena. Había entrado un momento en los servicios de hombres, yendo a situarme cara a la pared, donde uno se sitúa en tales lugares. El mingitorio vecino, separado del mío por un pequeño panel de mármol, estaba ocupado por un individuo, y allí nos aliviábamos ambos, codo con codo, cada uno ocupado en su asunto. De pronto, a media faena, el fulano se volvió a mirarme y exclamó: «¡Anda la hostia, si es Pérez-Reverte!». Imaginen mi situación. Aun así, con cierta presencia de ánimo, hice lo que pude: sin desatender la delicada operación en que me hallaba, sonreí y, algo cortado, dije buenos días. Mi vecino de toilette debía de ser un lector entusiasta, porque no satisfecho con el intercambio verbal, se aplicó unas sacudidas monumentales en el instrumento para acabar pronto, dijo «tanto gusto» y me tendió, por encima del panel de mármol, una mano franca. No sé qué habrían hecho ustedes en mi lugar. Yo tenía ambas manos ocupadas, por supuesto, donde pueden imaginar. Pero en la estrechez de aquello, no había escapatoria. Además, la sonrisa del fulano era feliz, resplandeciente de puro sincera. De verdad se alegraba de verme allí. Así que, resignado, liberé la diestra lo mejor que pude, y con ella estreché la de aquel hijo de puta.
Vida Social - 05/05/96
Pues resulta que estaba el arriba firmante en un bar, a la hora del aperitivo. Y, bueno, decidí realizar una breve incursión a los servicios de caballeros. Estos eran pequeños, impecables, con tres urinarios puestos uno junto al otro. Recuerdo que, antes, la mayor parte de estos artilugios tenían una separación entre ellos; una especie de tabique de mármol o porcelana que preservaba parcialmente, respecto a eventuales usuarios vecinos, la intimidad del sujeto actuante. Tampoco es que la gente volviera la cabeza o se asomara a indagar las características anatómicas del prójimo; pero eso daba cierto relajo al acto, ya de por sí incómodo para algunos entre quienes me cuento, de abrirse la bragueta en lugar público y presencia de desconocidos.
Ahora no. Ahora resulta que, ignoro si por economizar o por imperativos del diseño, los discretos artilugios semejantes a púlpitos de mármol o porcelana de otros tiempos, con su correspondiente y púdico tabique, han liado paso en muchas ocasiones a una especie de recipientes de formas redondeadas que, sin duda para ganar espacio, se sitúan a un palmo uno de otro, obligándote a una intimidad forzosa con tu vecino de asunto, cuando se tercia. De modo que, a poco que te descuides y desvíes la mirada a derecha o izquierda, te encuentras con una amplia panorámica de cuanto ocurre en los urinarios adyacentes. Comprimido además, codo con codo u hombro con hombro, y arriesgándote a que el menor movimiento mal coordinado, un empujón inoportuno, una tos del vecino, te haga, con perdón, mear fuera del tiesto.
Pero hay un aspecto social que puede empeorar, si cabe, el vidrioso asunto de la micción en lugares públicos: cuando el vecino de urinario te da conversación. Tu entras a un sitio donde procuras estar el menor tiempo posible y comportarte como si no vieras a nadie, aparte del lógico "buenos días" o similar, y puede tocarte en suerte un fulano locuaz. Un tipo con ganas de hablar. En una situación que para algunos, como quien esto teclea, ya es violenta de por sí, eso ya puede ser la leche. Fue exactamente lo que me ocurrió el día de marras, y es lo que iba a contar.
Entré en los urinarios de caballeros del bar, les decía, que eran tres de los modernos, de esos que ni tienen tabique medianero ni tienen nada. El del centro estaba ocupado por un individuo más o menos de mi edad, corpulento, con cazadora, así que me situé en el de su derecha, que me pareció más espacioso que el de la izquierda, embarazado por una máquina que al principio pensé era de tabaco pero que, tras un vistazo, se reveló como expendedora de preservativos de alegres colores. Mi vecino de mingitorio permanecía inmóvil, atento a lo suyo que, por su actitud y el sonido constante que emergía de su zona de acción, imaginé iba para largo. Me situé a su lado, dispuesto a realizar las operaciones oportunas, y en ese momento se volvió hacia mí, sonriente. "Ya has ligado, Arturete" , pensé, dispuesto a cerrar la cremallera de mis tejanos y batirme en oportuna y diplomática retirada. Pero me equivocaba. En el tono más natural del mundo, mi vecino movió campechano la cabeza, y dijo:
—Dichosa cerveza. Llevo media hora meando.
Tras lo cual se quedó mirándome, siempre sonriente, en espera sin duda de que yo expresara mi simpatía por su situación con una respuesta comprensiva, adecuada. Busqué desesperadamente una palabra o una actitud que no sonaran a desaire; pero en semejante situación, con las dos manos en la bragueta y el ruidillo del chorro de mi vecino como sonido de fondo, la cosa no era fácil. y más cuando, por decirlo de algún modo, la situación acababa de cortar en seco, nunca mejor dicho, el impulso que me había llevado hasta allí. Así que, mientras intentaba concentrarme en el asunto, miré fijamente un azulejo blanco de la pared, en uno de cuyos ángulos ponía Roca en minúsculas letras azules, y emití una especie de gruñido que igual podía ser una afirmación que una negación, y que en cualquier caso no comprometía a nada. Pero eso fue un error. Porque, alentado seguramente por lo que consideró una muestra de simpatía, mi vecino insistió:
—Jodía cerveza.
y mientras seguía con lo suyo, incontenible, echó un vistazo animoso, solidario, al silencio que yo tenía entre manos a la altura de mi bragueta. y cuando al rato acabó por fin lo suyo, y se fue tras despedirse como si acabáramos de hacer la mili juntos, yo aún seguía allí, desesperado, inmóvil, mirando la pared y sin echar ni gota. Con cara de gilipollas.
Abordajes callejeros y otras situaciones - 752
Soy el hombre más cortés del mundo –sostiene Heinrich Heine en sus Cuadros de viaje–. «No he sido grosero nunca, incluso en esta tierra llena de insoportables bellacos que vienen a sentarse al lado de uno, a contarle sus cuitas e incluso a declamarle sus versos…» Aunque esa cita figura como epígrafe en una de mis primeras novelas, no llego a tanto. Pero es cierto que, sin tener la delicadeza de don Enrique, nunca soy descortés con nadie que me aborde por la calle, en un café o en donde sea, declamación de versos incluida. Cada vez, haciéndome cargo de las circunstancias, cierro el libro que leo o interrumpo la conversación que mantengo, me pongo en pie si la situación lo exige, saludo y firmo lo que haga falta. Hasta con nombre ajeno, cuando me confunden con otro. Sin pegas. También me hago cientos de fotos con esos malditos teléfonos móviles con cámara que ahora todo cristo lleva encima. Por supuesto, si alguien trae una novela mía, la dedico con gusto y sincero agradecimiento. Todo eso también lo hago cuando me interrumpen ocupado en otras cosas, incluso aunque no esté de humor para la vida social. Pues todo hay que decirlo: la peña, en su espontánea buena voluntad, no siempre es capaz de calcular la oportunidad del abordaje. Una cosa es que te digan que son lectores tuyos y que firmes la servilletita del café, y eso ocurra cuando estás solo y relajado en un lugar tranquilo, leyendo el periódico. Otra, que pretendan hacerse fotos contigo llamando la atención en un sitio donde quieres pasar inadvertido, o mientras una mujer te pide el divorcio, o cuando un amigo te cuenta que tiene cáncer y le queda un telediario. Por ejemplo. Aun así, trago. O suelo tragar. Es precio de la vida y del oficio. Además, la gente –ser lector de libros ya es un filtro razonable– suele ser comedida, y a menudo agradable.
A veces, sin embargo, la inoportunidad desarma tu cortesía. Una vez, en Valencia, tuve que decirle que no –sonriendo cortés y sin detenerme– a una señora que exigía autógrafo y conversación mientras yo iba con mucha prisa porque llegaba tarde a una cita de trabajo, y se quedó atrás, llamándome de todo. En otra ocasión, un amable turista encajó mal que me negara a fotografiarme con flash a su lado frente al altar mayor de la catedral de Granada, sin que mi explicación –«Éste no es lugar adecuado»– lo convenciera en absoluto. Aun así, sólo una vez mandé al individuo literalmente a hacer puñetas. Ocurrió hace poco, en la calle Mayor de Madrid. Yo estaba parado en la acera, hablando por teléfono, y un transeúnte daba vueltas alrededor, esperando a que terminase para decirme algo. Como mi conversación se prolongaba, el hombre, impaciente, empezó a darme toquecitos en el hombro. Lo miré, sonreí, hice un ademán indicando el teléfono y seguí mi conversación. El tipo esperó unos treinta segundos y volvió a tocarme el hombro. Dejé de hablar y lo miré inquisitivo. «Tú eres Reverte, ¿verdad?», dijo entonces el fulano. Compuse otra sonrisa de excusa –esta vez me salió algo crispada–, seguí hablando por teléfono, y el prójimo, tras esperar un poco más, volvió a tocarme en el hombro. «Te sigo mucho», dijo. Ahí fue, lo admito, donde ya no pude contenerme: «Pues deje de seguirme –dije– y váyase a hacer puñetas».
En cualquier caso, nada de eso puede compararse con lo que me ocurrió hace algún tiempo, en el hoy desaparecido Gran Bar de Cartagena. Había entrado un momento en los servicios de hombres, yendo a situarme cara a la pared, donde uno se sitúa en tales lugares. El mingitorio vecino, separado del mío por un pequeño panel de mármol, estaba ocupado por un individuo, y allí nos aliviábamos ambos, codo con codo, cada uno ocupado en su asunto. De pronto, a media faena, el fulano se volvió a mirarme y exclamó: «¡Anda la hostia, si es Pérez-Reverte!». Imaginen mi situación. Aun así, con cierta presencia de ánimo, hice lo que pude: sin desatender la delicada operación en que me hallaba, sonreí y, algo cortado, dije buenos días. Mi vecino de toilette debía de ser un lector entusiasta, porque no satisfecho con el intercambio verbal, se aplicó unas sacudidas monumentales en el instrumento para acabar pronto, dijo «tanto gusto» y me tendió, por encima del panel de mármol, una mano franca. No sé qué habrían hecho ustedes en mi lugar. Yo tenía ambas manos ocupadas, por supuesto, donde pueden imaginar. Pero en la estrechez de aquello, no había escapatoria. Además, la sonrisa del fulano era feliz, resplandeciente de puro sincera. De verdad se alegraba de verme allí. Así que, resignado, liberé la diestra lo mejor que pude, y con ella estreché la de aquel hijo de puta.
Vida Social - 05/05/96
Pues resulta que estaba el arriba firmante en un bar, a la hora del aperitivo. Y, bueno, decidí realizar una breve incursión a los servicios de caballeros. Estos eran pequeños, impecables, con tres urinarios puestos uno junto al otro. Recuerdo que, antes, la mayor parte de estos artilugios tenían una separación entre ellos; una especie de tabique de mármol o porcelana que preservaba parcialmente, respecto a eventuales usuarios vecinos, la intimidad del sujeto actuante. Tampoco es que la gente volviera la cabeza o se asomara a indagar las características anatómicas del prójimo; pero eso daba cierto relajo al acto, ya de por sí incómodo para algunos entre quienes me cuento, de abrirse la bragueta en lugar público y presencia de desconocidos.
Ahora no. Ahora resulta que, ignoro si por economizar o por imperativos del diseño, los discretos artilugios semejantes a púlpitos de mármol o porcelana de otros tiempos, con su correspondiente y púdico tabique, han liado paso en muchas ocasiones a una especie de recipientes de formas redondeadas que, sin duda para ganar espacio, se sitúan a un palmo uno de otro, obligándote a una intimidad forzosa con tu vecino de asunto, cuando se tercia. De modo que, a poco que te descuides y desvíes la mirada a derecha o izquierda, te encuentras con una amplia panorámica de cuanto ocurre en los urinarios adyacentes. Comprimido además, codo con codo u hombro con hombro, y arriesgándote a que el menor movimiento mal coordinado, un empujón inoportuno, una tos del vecino, te haga, con perdón, mear fuera del tiesto.
Pero hay un aspecto social que puede empeorar, si cabe, el vidrioso asunto de la micción en lugares públicos: cuando el vecino de urinario te da conversación. Tu entras a un sitio donde procuras estar el menor tiempo posible y comportarte como si no vieras a nadie, aparte del lógico "buenos días" o similar, y puede tocarte en suerte un fulano locuaz. Un tipo con ganas de hablar. En una situación que para algunos, como quien esto teclea, ya es violenta de por sí, eso ya puede ser la leche. Fue exactamente lo que me ocurrió el día de marras, y es lo que iba a contar.
Entré en los urinarios de caballeros del bar, les decía, que eran tres de los modernos, de esos que ni tienen tabique medianero ni tienen nada. El del centro estaba ocupado por un individuo más o menos de mi edad, corpulento, con cazadora, así que me situé en el de su derecha, que me pareció más espacioso que el de la izquierda, embarazado por una máquina que al principio pensé era de tabaco pero que, tras un vistazo, se reveló como expendedora de preservativos de alegres colores. Mi vecino de mingitorio permanecía inmóvil, atento a lo suyo que, por su actitud y el sonido constante que emergía de su zona de acción, imaginé iba para largo. Me situé a su lado, dispuesto a realizar las operaciones oportunas, y en ese momento se volvió hacia mí, sonriente. "Ya has ligado, Arturete" , pensé, dispuesto a cerrar la cremallera de mis tejanos y batirme en oportuna y diplomática retirada. Pero me equivocaba. En el tono más natural del mundo, mi vecino movió campechano la cabeza, y dijo:
—Dichosa cerveza. Llevo media hora meando.
Tras lo cual se quedó mirándome, siempre sonriente, en espera sin duda de que yo expresara mi simpatía por su situación con una respuesta comprensiva, adecuada. Busqué desesperadamente una palabra o una actitud que no sonaran a desaire; pero en semejante situación, con las dos manos en la bragueta y el ruidillo del chorro de mi vecino como sonido de fondo, la cosa no era fácil. y más cuando, por decirlo de algún modo, la situación acababa de cortar en seco, nunca mejor dicho, el impulso que me había llevado hasta allí. Así que, mientras intentaba concentrarme en el asunto, miré fijamente un azulejo blanco de la pared, en uno de cuyos ángulos ponía Roca en minúsculas letras azules, y emití una especie de gruñido que igual podía ser una afirmación que una negación, y que en cualquier caso no comprometía a nada. Pero eso fue un error. Porque, alentado seguramente por lo que consideró una muestra de simpatía, mi vecino insistió:
—Jodía cerveza.
y mientras seguía con lo suyo, incontenible, echó un vistazo animoso, solidario, al silencio que yo tenía entre manos a la altura de mi bragueta. y cuando al rato acabó por fin lo suyo, y se fue tras despedirse como si acabáramos de hacer la mili juntos, yo aún seguía allí, desesperado, inmóvil, mirando la pared y sin echar ni gota. Con cara de gilipollas.