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ANEXO al 23.09.18 ~ Unas pocas mariconadas ~

La Derrota
24/09/2018 12:47
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laderrota arroba gmail punto com

Gracias Salva por acercarlo.
Unas pocas mariconadas, las citadas en el texto y un par más.



19/01/97 - Parejas Venecianas - Arturo Pérez-Reverte

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.

Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los ví cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adoslescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura. Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.




YO TAMBIÉN SOY MARICÓN
Arturo Pérez-Reverte. Publicado en El Semanal el 23 de Abril de 2000.

“Me dan asco los maricones”, declaró uno de los acusados, para justificar haberle pateado el cráneo a un individuo hasta dejarlo listo de papeles para la UCI, por el simple hecho de verlo salir de un bar frecuentado por homosexuales. El fiscal, que sin duda se muestra implacable en otras facetas de su digno oficio, se había limitado a lavarse las manos con una multa de 270.000 pesetas. Quizá consideraba que salir de un bar gay, además de una mariconada, constituye una provocación por parte de la víctima. El caso es que fue la acusación particular la que apretó las tuercas, y a los apaleadores se les ha aplicado por primera vez un artículo del Código Penal que considera agravante cometer un delito por motivos de discriminación religiosa, étnica, sexo, orientación sexual y cosas de ésas. Por suerte a nadie se le ocurrió aplicar como atenuante la imbecilidad de los agresores. Habrían salido absueltos.

Decía Bartolo Cagafuego - un amigo mío - que en España no hay más justicia que la que uno compra. Por eso alegra comprobar que también a veces hay jueces con vergüenza torera, capaces de hacer compatible la dura Lex sed Lex con palabras como honradez, compasión y sentido común. Recuerdo el caso citado hace días por mi vecino el rey de Redonda, glosando la ausencia de ensañamiento, según sentencia judicial, de un fulano que le asestó siete mil puñaladas a la víctima, porque según los jueces al fiambre sólo le dolieron las primeras quince. El caso es que hoy traigo yo la judicatura a cuento porque en ocasiones brilla la luz en las tinieblas. O sea, que a esos cretinos tan machotes y viriles que le dieron las suyas y las del pulpo al homosexual a la puerta del bar, se los han calzado como Dios manda. Y hoy dedico esta página a tirar cohetes y decir que me alegro.

Y es que, como dice mi ávido lector el notario de Pamplona, yo también soy un poco maricón. No porque me gusten los señores, sino porque no me gustan los hijos de puta que se erigen en justicieros y Mister Proper de su calle o de su barrio y se juntan en grupitos para darse valor miserable en los linchamientos. Quiero decir que soy maricón solidario, y a mucha honra. No simpatizo con la locuela emplumada y escandalosa que va por el mundo exigiendo que le partan la cara - y a veces encantada de que se la partan-, pero desprecio infinitamente más al semental estúpido, al supermacho castigador que marca paquete en función inversamente proporcional a la consistencia de su deprimente masa encefálica. Un imbécil es un imbécil con pluma o sin ella, y la tele y la radio, por ejemplo, son un buen muestrario en los últimos tiempos: cada programa tiene su maricón. Eso me parece bien; lo malo es que cada programa, por aquello de la audiencia, compite a veces por demostrar quién tiene al más maricón. Y eso crea cierto barullo. Y lo que es peor, una imagen que no siempre es representativa, ni justa.

Pero, en fin. En lo que se refiere al homosexual de toda la vida, al gay normal, de infantería, de andar por casa, al que es ingeniero, o bombero, o albañil, y tiene su orientación o su opción sexual definida hacia el mismo sexo, ya de modo asumido y satisfactorio o - lo que es frecuente - como condena a la infelicidad y la soledad más terribles, me gusta dejar siempre clara mi buena voluntad, cuando la vida me lo pone cerca. El deseo sincero de que tenga serenidad y felicidad, en un mundo difícil donde hace sólo tres siglos, a los putos los quemaba en la hoguera la Santa Inquisición - por cierto: no sé si el Vaticano, tan dado últimamente a pedir perdón y envainársela por cosas viejas y prescritas, tiene intención de pronunciarse al respecto uno de estos días, por cosas mucho más actuales y vigentes -. Hace poco, con ocasión del rodaje de Gitano, tuve ocasión de compartir cervezas y paseos por Granada, con alguien cuya sinceridad e inteligencia dieron pie a que yo atendiera con interés, amistad y respeto. Lo que más me conmovió fue la intensa y lúcida tristeza que acompañaba cada una de sus reflexiones. Y sólo de pensar que a ese fulano bueno y sensible lo agarren unas malas bestias para darle una paliza, me quema la sangre y me da - lo siento, pero me da - impulsos de matar. Como me los da ver un campo de exterminio nazi, un violador, un limpiador étnico, un perro abandonado, o un delfín agonizante en una red.

Pero, qué diablos. No todo es tristeza, frustración y acoso. O al menos ese tipo de acoso. Sin ir más lejos, uno de los tíos más deseados por las señoras es un gay como la copa de un pino, público y confeso, que se llama Rupert Everett. Hasta Madonna ha querido salir sobándolo en el vídeo de la nueva versión de American Pie, e incluso una bellísima jovencita, a la que conozco bien, ha visto ocho veces La boda de mí mejor amigo. Imagino la quina que estarán tragando algunos, con mi primo. Eso sí que revienta.



PATENTE DE CORSO 19.04.09
Arturo Pérez Reverte ~ Ese rojo maricón ~ 824 

Ayer vi de nuevo Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, cuyo estreno me entusiasmó hace veinte años. Al poner el deuvedé temía que la película hubiera envejecido mal; pero lo cierto es que disfruté mucho. Las canciones son deliciosas, la historia está admirablemente contada, Ángela Molina sigue extraordinaria y guapísima, Ángel de Andrés Pérez borda su papel de pianista bruto y tierno, y Manuel Bandera está soberbio interpretando el personaje de Mario, inspirado sin rodeos en el inmenso, entrañable Miguel de Molina. Y como las cosas encajan unas con otras de manera misteriosa, hoy abro el periódico y me entero de que en Madrid hay una exposición, abierta hasta mayo, titulada: Miguel de Molina. Arte y provocación. No he ido a verla todavía, porque quiero escribir esta página con la película recién vista. En caliente. Para agradecer a Jaime Chávarri que hiciera lo que hizo, y para recordar a Miguel de Molina. Y no es un recuerdo cualquiera. Ni casual. Se lo dice a ustedes alguien que, cada vez que viaja por carretera, lleva puestos en el cedé del coche Ojos verdes, Don Triquitraque y La bien pagá. Entre muchas otras. 

La historia de Miguel de Molina es tan española, tan de aquí, que duele con sólo teclearla. Una historia de talento roto, quebrada y trágica como la de aquella generación partida por la guerra civil, maltratada por un bando vencedor que demostró, en sus infames representantes, una falta absoluta de compasión y de decencia. Miguel de Molina era el artista más notable de su tiempo, y con él se ensañaron los nuevos amos de España, poniendo en ello toda la chulería arrogante, despiadada, de quienes se sabían impunes y poderosos. Al chiquillo que había empezado fregando el burdel de María la Limpia en Algeciras, al artista original y personalísimo que arrasaba en tablaos y escenarios, que nada tuvo que ver con la política, no le bastaba, para el favor de la nueva gentuza –la que arrebató el poder a la anterior gentuza–, haber sido obligado a echar flores desde una tribuna y saludar brazo en alto el desfile de los vencedores, junto a Jacinto Benavente y otros artistas. Tenía, además, que trabajar para empresarios que le pagaban tres veces menos de lo que había cobrado durante la República. Purgar así haber animado con su arte a los soldados rojos en los hospitales de guerra, lo mismo que habría animado a los nacionales de haber caído al otro lado. Era la España eterna, de siempre: conmigo o contra mí. El caso es que Miguel de Molina se negó a renovar un contrato, y lo pagó muy caro. Al terminar una función, tres individuos que se identificaron como policías –uno de ellos, el conde de Mayalde, sería luego alcalde de Madrid– lo llevaron a un descampado, lo forzaron a beber aceite de ricino y le dieron una paliza, arrancándole el pelo y algún diente. Y mientras el infeliz preguntaba por qué le pegaban, los otros respondían: «Por rojo y maricón». 

Y luego, el exilio. Al artista enorme, ídolo de las radios y los escenarios, que había visto y oído nacer Ojos verdes en un café de Barcelona una noche de conversación entre él, Rafael de León y Federico García Lorca, le negaron los permisos para actuar, persiguiéndolo con saña allí por donde iba. La mano del franquismo era larga, entonces. Después de triunfar en Argentina, presiones de la embajada española lo forzaron a irse a México, donde también se le hizo la vida imposible –Jorge Negrete y Cantinflas lo putearon con muchas ganas– y terminó regresando a la Argentina de Perón. Allí escribió un poema –Cuando te duela España– que más o menos empieza diciendo: «Esquiva los cuchillos / de los recuerdos», y termina: «Que el pan es uno solo / en cualquier tierra». Y no volvió, claro. Regresó más tarde a España un par de veces, temporalmente –los periódicos lo machacaron a gusto por homosexual y republicano–, pero en realidad no volvió nunca. Se quedó allá, en Argentina, negándose durante mucho tiempo a ser entrevistado. Sin querer saber nada de su patria ni de los periodistas –yo fui uno de ellos, en 1978– que llamaron a su puerta. Cuando en el año 92, cincuenta y dos después de echarlo a palos, España le concedió la Orden de Isabel la Católica, a él ya le daba igual. Estaba fuera de plazo, y así lo dijo: «Esa reparación me llega demasiado tarde». Murió a los pocos meses, a punto de cumplir los 85 años, y está enterrado en Buenos Aires, en el cementerio de la Chacarita. Málaga reclamó sus restos el año pasado, pero yo creo que ni Málaga ni España lo merecen. A buenas horas, mangas verdes, habría dicho él. Mejor que lo dejen en paz donde está. Allí donde lo confinamos a palos, entre todos. Donde pudo quedarse. Nada resume mejor su vida que La bien pagá, aquella copla con la que una vez triunfó en los escenarios: «Ná te pido, ná te debo / me voy de tu vera, olvídame ya». Miguel de Molina, como tantos. Como siempre. La puerca España.


PATENTE DE CORSO 26.02.12 ~ `Guerra para mi cuerpo´ ~ 973

Acaba de morirse, en Las Palmas y en la miseria, Francisco Morera García, alias Paco España. Muchas veces se llamó a sí mismo maricón, no homosexual ni gay. Eran otros tiempos. Se lo llamó a él y a otros, cantando, bailando, en verso y en prosa. En alguna ocasión fui testigo. La mayor parte de ustedes no sabrán quién era, porque llevaba siglos retirado de los escenarios marginales que en otro tiempo frecuentó. Tuvo su momento de gloria en los 70, cuando la Transición aún no transitaba, con Franco a punto de criar malvas. Cuando se daba cierta tolerancia, dentro de un orden, y la policía ya no apaleaba a la peña hasta hacerla escupir sangre por ser de la acera de enfrente. Despuntaban tiempos libres y más sanos, con nuevas oportunidades; pero la gloria de Paco España fue limitada y efímera. Excepto entre los del ambiente y algunos noctámbulos del Madrid canalla de entonces, apenas llegó a ser nadie. Y ha palmado siendo menos que nadie. A los 67 tacos de almanaque adobados con alcohol que se extinguieron con él, apenas he visto dedicar, en el más extenso de los casos, unas pocas líneas. Así que me van a disculpar si por mi parte le dedico algunas líneas más. Tengo una deuda rara con él. O con mi memoria.

El antro se llamaba Gay Club, y estaba muy cerca del diario Pueblo, donde yo, con veintipocos, acababa de estrenarme como reportero. A menudo, al cerrar la edición, unos cuantos frikis con pocas ganas de dormir -Pepe Molleda, El Pequeño Letrado, la fotógrafa Queca, Rosa Villacastín- íbamos allí a tomar copas, o a empezar un recorrido golfo que seguía con El Príncipe Gitano en los tugurios de la Gran Vía y terminaba al alba, mojando tostadas en café entre putas y camioneros en el mercado de Legazpi. Por aquella época el espectáculo del Gay Club se llamaba Loco, loco cabaret, y actuaban las transexuales Brigitte Saint John y Coccinelle, Víctor Campanini, David Vilches y el transformista Patrik -Me debes un beso-, entre otros. La estrella indiscutible, sin embargo, era Paco España con su peluca, su bata de cola y su abanico. Sobre todo, con su agresivo descaro. Su manera exagerada de ponerse el mundo por peineta y proclamar a gritos que había una España marginal, clandestina, reprimida por la Iglesia, el Estado y la sociedad bienpensante. Una España que también aspiraba a levantar la cabeza y ser tal como era. A no seguir confinada en cines sórdidos o urinarios públicos. A escapar de la amargura, la burla ajena, la soledad y la desgracia.

Paco España, en aquel momento y en Madrid, abanderaba todo eso. Era de aquellos transformistas que adoraban la copla española y que, cuando ésta parecía a punto de morir intoxicada de su propia caspa, supieron convertirla en símbolo de sí mismos. Cuando Paco salía al escenario gritando «¡Guerra para mi cuerpo!» y taconeaba desgarrado y racial dispuesto a cantar Mi vida privada o La Tomate, abanicándose con el estilo de su admirada Lola Flores, el público aullaba y aplaudía hasta el delirio. «No puedo con la gente -cantaba- que tiene hipocresía», y el antro se venía abajo, sobre todo cuando había policías de la secreta en el local, y Paco tenía que salir maquillado pero con pantalones y sin peluca, para cantar: «Me conocen por detrás, dijo un niño de Barbate», o, abanicándose los bajos: «La Tomate, qué ganas tiene de chocolate». A veces, después del espectáculo, se reunía con nosotros en un garito de la calle Huertas, a charlar un rato. Supe así que había empezado de niño en la radio, imitando a Joselito. Era gracioso y descarado, con un fondo de ternura tímida que afloraba con el alcohol. Contaba buenas historias y sabía ponerse bravo cuando algún imbécil lo tomaba por la mariquita blanda que no era. Lo recuerdo, sobre todo, como una buena persona.

Luego me fui a otros reportajes y otros lugares. Tan lejos, que de la muerte de Franco tardé en enterarme tres días. Y una vez, durante un regreso, Paco España ya no estaba, o cerraron el Gay Club; no recuerdo bien. Sé que le perdí la pista y sólo supe de él más tarde. Había hecho teatro, me dijeron, y lo vi en una breve aparición en Un hombre llamado Flor de Otoño, la película de Pedro Olea. Nada más. Ahora sé que su representante lo engañó, quitándoselo todo, y que acabó arruinado y alcohólico, rodando, como las mujeres trágicas de las coplas que le oí cantar, de mostrador en mostrador. Por eso hoy, para ofrecerle algo más que las pocas líneas que a su muerte se han dedicado, comparto con ustedes su memoria. Mi carcajada afectuosa cuando lo recuerdo taconeando por el escenario, pararse a mi lado, tocarme el hombro con el abanico y decir: «Vete lavando, que esta noche serás mía».





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