PATENTE DE CORSO 03.09.17 ~ El capitán Kamiros ~
Salva
03/09/2017 21:21
2183 mensajes en el foro, registrado desde 01/03/2000
2183 mensajes en el foro, registrado desde 01/03/2000
1261
Patrullera israelí fotografiada desde el “Glaros”. Foto: Arturo Pérez-Reverte.
Arturo Pérez-Reverte en la cubierta del “Glaros” frente a Junieh, Líbano. Foto: capitán Kamiros.
"LA CARTA ESFÉRICA"
V. EL MERIDIANO CERO
Sentía nostalgia cuando alzó la vista buscando inútilmente una estrella. El resplandor de la ciudad velaba el cielo. Hizo visera hacia abajo, con una mano, y cuando sus ojos se acostumbraron pudo ver un par de ellas, débiles puntitos luminosos en la distancia. Sobre las ciudades, cuando era posible distinguir alguna, las estrellas parecían siempre amortiguadas, distintas, desprovistas de brillo y de significado. Sobre el mar, sin embargo, eran referencias útiles, caminos y compañía. Coy había pasado largas horas de guardia en alta mar acodado en un alerón, viendo desaparecer en primavera Sirio y las siete Pléyades por el cielo vespertino occidental y luego asomar en verano al otro lado de la noche, en el cielo matutino de levante. Incluso les debía la vida a las estrellas; y durante una breve e intensa etapa de su juventud, hasta le ayudaron a eludir la cárcel de Haifa. Porque cierta lúgubre madrugada de agosto, hallándose a punto de entrar en aguas libanesas a bordo del “Otago”, un pequeño carguero que navegaba sin luces de Lárnaca a Sidón para burlar el bloqueo israelí, y antes de que despuntara la farola de Ziri —un destello cada tres segundos, visible a seis millas— Coy había avistado, mientras aguardaba la aparición de Cástor y Póllux en el horizonte oriental, la silueta negra de una patrullera acechando al amparo de la línea oscura, ante la costa hacia la que se dirigían. El barco, 3.000 toneladas matriculadas en Monrovia con armador español, capitán noruego y tripulación griega y española, que oficialmente hacía de salinero entre Torrevieja, Trieste y El Pireo, había estado un rato inmóvil hasta que el capitán Raufoss, con los prismáticos nocturnos en la cara y blasfemando en vikingo entre dientes, confirmó lo de la patrullera. Después viró despacio, todo a estribor y avante poca y ni un cigarrillo encendido a bordo, para alejarse discretamente en la oscuridad, eco anónimo en el radar israelí con rumbo de vuelta al cabo Greco. Y la agudeza visual de Coy, entonces joven segundo piloto con la tinta del título fresca, se había visto recompensada por Raufoss con una botella de malta Balvenie y una palmada en la espalda de la que se estuvo resintiendo una semana. Sigur Raufoss había sido su primer capitán como oficial: ancho, sanguíneo, pelirrojo, excelente marino. Como la mayor parte de los de su nacionalidad, carecía de la arrogancia de los capitanes ingleses y los superaba en competencia profesional. No se fiaba de los prácticos sin canas en el pelo, era capaz de meter su barco por el ojo de una aguja, y nunca estaba sobrio amarrado ni ebrio navegando. Coy hizo con él trescientos siete días de mar en el Mediterráneo, y después cambió de barco justo a tiempo, dos viajes antes de que al capitán Raufoss se le acabara la suerte. Llevando chatarra suelta de Valencia a Marsella, al “Otago” se le había corrido la carga en medio de un mistral de invierno, fuerza 10 en el golfo de León. Dio la vuelta yéndose al fondo con quince hombres dentro, sin dejar otro rastro que un mensaje de emergencia captado por la radio costera de Mont Saint—Loup a través del canal 16 VHF: “Otago” en 42º 25’ N y 3º 53,5’ E. Atravesados a la mar con fuerte escora. Mayday, mayday. Después, ni un resto flotante, ni un salvavidas, ni una baliza. Nada. Sólo el silencio, y el mar impasible que esconde sus secretos desde hace siglos.
BEIRUT OESTE - PUEBLO Julio 1982

Patrullera israelí fotografiada desde el “Glaros”. Foto: Arturo Pérez-Reverte.
Arturo Pérez-Reverte en la cubierta del “Glaros” frente a Junieh, Líbano. Foto: capitán Kamiros.
"LA CARTA ESFÉRICA"
V. EL MERIDIANO CERO
Sentía nostalgia cuando alzó la vista buscando inútilmente una estrella. El resplandor de la ciudad velaba el cielo. Hizo visera hacia abajo, con una mano, y cuando sus ojos se acostumbraron pudo ver un par de ellas, débiles puntitos luminosos en la distancia. Sobre las ciudades, cuando era posible distinguir alguna, las estrellas parecían siempre amortiguadas, distintas, desprovistas de brillo y de significado. Sobre el mar, sin embargo, eran referencias útiles, caminos y compañía. Coy había pasado largas horas de guardia en alta mar acodado en un alerón, viendo desaparecer en primavera Sirio y las siete Pléyades por el cielo vespertino occidental y luego asomar en verano al otro lado de la noche, en el cielo matutino de levante. Incluso les debía la vida a las estrellas; y durante una breve e intensa etapa de su juventud, hasta le ayudaron a eludir la cárcel de Haifa. Porque cierta lúgubre madrugada de agosto, hallándose a punto de entrar en aguas libanesas a bordo del “Otago”, un pequeño carguero que navegaba sin luces de Lárnaca a Sidón para burlar el bloqueo israelí, y antes de que despuntara la farola de Ziri —un destello cada tres segundos, visible a seis millas— Coy había avistado, mientras aguardaba la aparición de Cástor y Póllux en el horizonte oriental, la silueta negra de una patrullera acechando al amparo de la línea oscura, ante la costa hacia la que se dirigían. El barco, 3.000 toneladas matriculadas en Monrovia con armador español, capitán noruego y tripulación griega y española, que oficialmente hacía de salinero entre Torrevieja, Trieste y El Pireo, había estado un rato inmóvil hasta que el capitán Raufoss, con los prismáticos nocturnos en la cara y blasfemando en vikingo entre dientes, confirmó lo de la patrullera. Después viró despacio, todo a estribor y avante poca y ni un cigarrillo encendido a bordo, para alejarse discretamente en la oscuridad, eco anónimo en el radar israelí con rumbo de vuelta al cabo Greco. Y la agudeza visual de Coy, entonces joven segundo piloto con la tinta del título fresca, se había visto recompensada por Raufoss con una botella de malta Balvenie y una palmada en la espalda de la que se estuvo resintiendo una semana. Sigur Raufoss había sido su primer capitán como oficial: ancho, sanguíneo, pelirrojo, excelente marino. Como la mayor parte de los de su nacionalidad, carecía de la arrogancia de los capitanes ingleses y los superaba en competencia profesional. No se fiaba de los prácticos sin canas en el pelo, era capaz de meter su barco por el ojo de una aguja, y nunca estaba sobrio amarrado ni ebrio navegando. Coy hizo con él trescientos siete días de mar en el Mediterráneo, y después cambió de barco justo a tiempo, dos viajes antes de que al capitán Raufoss se le acabara la suerte. Llevando chatarra suelta de Valencia a Marsella, al “Otago” se le había corrido la carga en medio de un mistral de invierno, fuerza 10 en el golfo de León. Dio la vuelta yéndose al fondo con quince hombres dentro, sin dejar otro rastro que un mensaje de emergencia captado por la radio costera de Mont Saint—Loup a través del canal 16 VHF: “Otago” en 42º 25’ N y 3º 53,5’ E. Atravesados a la mar con fuerte escora. Mayday, mayday. Después, ni un resto flotante, ni un salvavidas, ni una baliza. Nada. Sólo el silencio, y el mar impasible que esconde sus secretos desde hace siglos.
BEIRUT OESTE - PUEBLO Julio 1982
