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PATENTE DE CORSO 27.12.15 ~ Gervasio en Vukovar ~

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27/12/2015 09:13
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GERVASIO EN VUKOVAR

Estoy dándole a la tecla, como cada día. Ganándome el jornal. Estoy en ese momento difícil de empezar un capítulo de la novela que llevo por la mitad. Dándole vueltas a un escenario y a un personaje. Y en ese momento compruebo, con una maldición, que olvidé desconectar el teléfono. Y que suena. Me dispongo a apagarlo cuando cometo el error de mirar quién llama. Es Gervasio Sánchez, el fotógrafo, viejo camarada de lugares incómodos. Así que respondo a la llamada. Y ahí está el buenazo de Gerva, que me suelta de buenas a primeras: «Te llamo desde Vukovar, Arturo. Desde el vestíbulo del hotel Dunav». Y entonces me olvido de la novela y del capítulo por empezar, y me siento, y escucho. Y recuerdo la noche del sábado 21 al domingo 22 de septiembre de 1991 en Vukovar, Croacia, antigua Yugoslavia. Con él, Márquez y los otros.

Me cuenta Gerva que ha vuelto allí donde vivimos aquello, el peor asedio de aquella guerra, el Stalingrado croata. El lugar donde todos los hombres y jóvenes con los que durante muchos días difíciles convivimos, fotografiamos y filmamos -Grüber, Sexymbol, Ivo, el pequeño Rado-, fueron asesinados cuando la ciudad cayó en manos serbias, incluidos prisioneros, enfermos y heridos. Y añade Gerva que ha vuelto allí veinticuatro años después para hacer fotos de lo que Vukovar es ahora; porque, asegura, revisitar la geografía del horror que tiene en la memoria es su manera de no ir al psiquiatra para que arreglen lo que se le quedó dañado en el interior. «Todos no tenemos la suerte de poder escribir novelas para soportar el peso de las mochilas llenas de fantasmas», me dice.

Cuando Gerva habla de estas cosas siempre se pone algo cursi, porque pese a la mucha mili que lleva en las abolladas cámaras sigue siendo un sentimental y un osito de peluche. Así que le pregunto si ha llorado mucho, y dice que sí, que a ratos. Que acaba de entrar en el hotel Dunav y en pocos segundos ha vuelto al pasado. Ha visto en la recepción el espectro del soldado que nos pasó las botellas de rakia y de whisky, ha vuelto a sentir temblar el edificio, ha visto a los muertos de ese día y los muertos de los días siguientes tirados por todas partes, y también el agujero en la cabeza de la mujer a la que mataron mientras conducía un automóvil, los rostros asustados de los heridos que nos miraban cuando nos íbamos por el camino de los maizales, el último camino, sabiendo que estaban sentenciados a muerte. «Y te he visto a ti, cabrón -añade-, durmiendo tirado en el suelo del vestíbulo».

Mientras Gerva me cuenta todo eso, yo también vuelvo a verlo a él, y a los compañeros del tiempo en que aún no había teléfonos móviles y aún éramos jóvenes, aquella noche en que nos cayó encima de todo; tanto, que tuvimos que refugiarnos en el sótano del hotel Dunav, en los urinarios que apestaban a suciedad, Márquez con su cámara, Mayte Lizundia, Alberto Peláez con su equipo de la tele mexicana, y el buen Gerva con sus cámaras colgadas del cuello y su chaleco antibalas de segunda mano. Había otra gente muy asustada, cuyo nombre no recuerdo; y el alcohol que circulaba, y el hedor, y los cebollazos que caían afuera, y los gemidos de terror de esos cuyos nombres no recuerdo, le daban igual a Márquez, que dormía a pierna suelta abrazado a su Betacam; pero a mí no me dejaban pegar ojo. Así que decidí irme arriba, al vestíbulo. Busqué una columna que me protegiera un poco y me tumbé detrás. Y estaba sobando como un obispo cuando Gerva, cosa muy propia de un pelmazo como él, vino arrastrándose a tirarme de un pie para decirme que bajara otra vez, que allí arriba me iban a reventar los hijoputas de afuera. Y yo lo mandé a tomar por saco -«Vete a mamar, Gerva», fue exactamente lo que le dije-. Pero él, que era y sigue siendo una especie de Teresa de Calcuta con cámaras fotográficas, insistió una y otra vez; y como no me dejé convencer y le dije que prefería palmar allí arriba, tranquilo, que abajo rebozado de meados, vómitos, mierda y cagaditas de rata en el arroz, decidió quedarse conmigo, por no dejarme solo. Y los dos estuvimos allí acurrucados, uno junto al otro en el vestíbulo del Dunav, iluminados por el resplandor de los cebollazos serbios que caían en la calle. Y fue entonces cuando el buenazo de Gerva dijo su gran frase, las palabras inmortales que recogí en Territorio comanche y que recordaré toda mi vida, y que a pesar del horror de aquellos días siempre recuerdo con una carcajada: «Si esta noche me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca».

XLSemanal, 27 de Diciembre de 2015



BOSNIA, 20 AÑOS DESPUÉS

Publicado el 13 diciembre 2015 por Gervasio Sánchez

Wikipedia dice que la guerra de Bosnia-Herzegovina finalizó un día como mañana de hace 20 años con la firma de los Acuerdos de Dayton en París. Aquel 14 de diciembre de 1995 el bosnio-musulmán Alija Izetbegovic, el serbio Slobodan Milosevic y el croata Franjo Tudjman aceptaron un protocolo que ponía fin a tres años y media de guerra que provocó 100.000 muertos, casi dos millones de desplazados y refugiados, un 40% de la población bosnia, decenas de miles de mujeres violadas, el cerco salvaje de ciudades, incluida la capital Sarajevo.



BIENVENIDO AL INFIERNO
Sarajevo está cubierto de sangre y desesperación. Un ejército profesional acosa la ciudad sin respiro y aplica una receta impecable: el bombardeo sistemático. No se puede romper un cerco infernal formado por varios anillos de aprovisionamiento. La gran avenida de siete kilómetros que une el aeropuerto con el centro neurálgico de la ciudad es hoy la más desértica del mundo. Se le conoce como la avenida de los francotiradores.
Fotografía de Gervasio Sánchez


¿Pero acabó la guerra hace 20 años? A primera vista sí. Las armas se silenciaron, los sitiados pudieron salir de sus escondrijos, los niños acudieron a los colegios sin el temor de ser alcanzados por los francotiradores o las esquirlas de los proyectiles. A las pocas semanas los mercados ya ofrecían todo tipo de productos a precios lógicos. Aunque la inmensa mayoría no tenía dinero para comprar.

Los depósitos de cadáveres empezaron a recibir otro tipo de víctimas: ajustes de cuentas entre mafiosos que se habían enriquecido durante la guerra, muertos de accidentes de tráfico o de explosiones de minas antipersonas.



LA BIBLIOTECA NACIONAL
La Biblioteca Nacional fue destruida en agosto de 1992. Construida a finales del siglo XIX en estilo hispano-morisco para albergar el gobierno municipal, se convirtió en 1946 en una de las bibliotecas más importantes de Yugoslavia. La sala principal es un caos de hierros retorcidos y montañas de escombros. En las estanterías las cenizas de los libros resisten las embestidas de las corrientes de aire que circulan por la sala. Es sólo apariencia pues al tocarlos se desmoronan para siempre.
Fotografía de Gervasio Sánchez


La biblioteca de Sarajevo, destruida por bombas incendiarias durante agosto de 1992, sufrió varias restauraciones. La última concluyó en junio de 2014, a tiempo para conmemorar el primer centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Desde el edificio, que entonces realizaba la función de ayuntamiento, salió el 28 de junio de 1914 Francisco Fernando, el príncipe heredero del imperio austro-húngaro, unos minutos antes de morir en un atentado que propició el inicio de las hostilidades.

En realidad, la guerra de Bosnia todavía no ha acabado. Las fronteras establecidas entre los antiguos enemigos siguen ejerciendo de fría demarcación entre los que quieren una república independiente, los bosnios musulmanes, y los que desean pertenecer a Serbia o a Croacia, las potencias limítrofes.



EL DISPARO CERTERO
EL cadáver yace abandonado en la avenida de los francotiradores desde hace horas. Los coches pasan a toda velocidad. Ninguna ambulancia se ha atrevido a recogerlo. Temen los disparos de los francotiradores. El registro servirá para conocer su identidad. El día es más peligroso que la noche. La población confía en la repentina calma y sale a comprar lo poco que queda en los mercados. Los sitiadores no entienden de intervalos, de tiempos muertos.
Fotografía de Gervasio Sánchez


Una guerra no acaba por imposición diplomática. Si fuera así, el mundo en que vivimos estaría más cerca de la paz eterna que de la guerra diaria. Desde hace 20 años se buscan a los desaparecidos, se exhuman los restos, se guardan durante años en bodegas y se entregan a los familiares después de la identificación.

En Bosnia se empezó a enterrar a las víctimas en 2003, hace ya 12 años. En el cementerio de Potoçari, muy cerca de Srebrenica, ya hay 6.377 restos enterrados. El conteo de las víctimas sigue año tras año. Quizá la guerra acabe el día que no haya más restos que enterrar, dentro de diez o quince años. Quizá.

Hace un cuarto de siglo, Yugoslavia era un país subdesarrollado con un pie muy cerca de la Europa comunitaria. Su capital humano y sus estructuras económicas estaban preparadas para hacer un cómodo tránsito de una economía autogestionaria a una de mercado. Tenía una ventaja añadida: estaba más cerca de Alemania, la locomotora económica, que la había reconvertido en su patio trasero. Centenares de miles de yugoslavos vivían en Alemania y mandaban remesas económicas a sus familias. La mano de obra barata yugoslava también era utilizada en su propio territorio.



LA ÚNICA COMIDA
Niños, mujeres y ancianos se sitúan cada mañana en la cola del Edificio de la Cruz Roja Internacional. Reciben la única comida caliente del día. Los bombardeos, las temperaturas de hasta 15 grados bajo cero y las largas esperas no son obstáculos para que miles de ciudadanos hambrientos se arriesguen a salir a la calle en busca de una comida. El cerco ha equilibrado la economía doméstica de toda la población. La alternativa es morir de inanición.
Fotografía de Gervasio Sánchez


Hoy Yugoslavia no existe y, en su lugar, han fructificado siete países después de cinco guerras afectados por problemas estructurales muy profundos. Las guerras acabaron pero las inversiones nunca llegaron. Cuando se transita por la amplia extensión de Bosnia pero también de Serbia, Macedonia, Montenegro o Kosovo es como si el tiempo se hubiera paralizado hace tres décadas. Eslovenia y Croacia se han beneficiado de grandes inversiones europeas y han conseguido recomponer una imagen apoyándose en el turismo.

La guerra de Bosnia espoleó la imagen del Sarajevo épico durante los horrendos años del cerco salvaje gracias a la valentía de sus resistentes, los civiles que no aceptaron abandonarla durante los 44 meses que duró. Más de 10.000 resistentes murieron , otros 50.000 fueron heridos. Uno de cada seis muertos fue un niño. Pero los centenares de miles de bombas que fueron lanzadas sobre sus habitantes no consiguieron su objetivo: la claudicación.



TUMBA DE UNA FAMILIA
Los cinco miembros de esta familia han muerto en la explosión de una misma granada que ha destrozado su casa. Mirela y Mirza tenían cinco y tres años cuando murieron. La dotación del cañón o del mortero consiguió una buena cosecha de muerte. Verdugos y víctimas están separados por una larga distancia que les impide verse las caras. Miles de personas murieron en Sarajevo en los nueve meses de 1992, el primer año del cerco que duró tres años y medio hasta diciembre de 1995.
Fotografía de Gervasio Sánchez


Muchos habitantes se enfrentaron a las bombas con sus mejores vestidos. “Si me matan que me pille con las ropas del domingo”, se decía a menudo. Las dificultades para conseguir agua para lavarse eran mastodónticas. Pero, al mismo tiempo, algunas personas, incluidos los más pequeñines, pasaban horas haciendo cola para llenar una botella o una cazuela en fuentes bombardeadas con regularidad. En los meses que pasé viviendo en casas particulares nunca me faltó el agua para lavarme. Aunque protestaba nunca me hacían caso y, al llegar a casa, siempre tenía un balde de agua caliente.

Hubo personas que no salieron de su casa durante el cerco. Pasaron tres años y medio entre las cuatro paredes de la habitación más segura, quemando los muebles para calentarse, releyendo los periódicos amarillos y fumando como carreteros. Otros muchos salieron lo justo a la calle. A recoger la ayuda humanitaria o conseguir leña para calentar la casa.



JUEGOS DE NIÑOS
Un 51% de los niños encuestados por UNICEF afirma haber presenciado la muerte de una persona. Un 81% ha pensado en algún momento que lo iban a matar. Un 72% ha sido testigo del bombardeo de su casa. Mueren niños porque son niños los que hacen la cola del pan, llenan los depósitos de agua o trajinan durante horas por las calles de la ciudad más peligrosa del mundo. Mueren porque deben atravesar puentes batidos por los francotiradores para acudir a los pocos colegios que permanecen abiertos.
Fotografía de Gervasio Sánchez



La muerte de la madre de la traductora Alma ocurrió en diciembre de 1992. Aquella mañana no llegó a su cita con los periodistas en el hotel Holiday Inn. Los reporteros acudieron a su casa y ella gritó mientras corría hacia la calle: “mi madre ha muerto. Tengo que conseguir un ataúd”. Su madre pasó gran parte de la mañana tirada en el suelo de la habitación. Por suerte tapada por un sábana. Pero ella consiguió la madera necesaria para enterrarla. Fue su grito de dignidad, el antídoto contra la desesperación.

http://blogs.heraldo.es/gervasiosanchez/?p=3588

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