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Almirante González-Aller

La Derrota
28/10/2014 12:43
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Artículos de Arturo Pérez-Reverte en el dominical XLSemanal, dedicados o en los que se menciona al almirante González-Aller. D.E.P.




PATENTE DE CORSO 25 de junio de 2000
Marinos ilustrados

    Hace años, a causa de un artículo publicado en esta misma página pecadora, cierto almirante y capitán general prohibió a la fuerza bajo su mando asistir a cualquier acto donde yo estuviera, e incluso dirigirme la palabra. Y si no me hizo fusilar no fue por falta de ganas, sino porque ese tipo de cosas ahora quedan feas, y hay que dar muchas explicaciones, y además Defensa tiene pocas balas y hay que irlas contando y justificar en qué se gastan, y no están los tiempos para alegremente, hala, fusilar a tontas y a locas. Quiero decir con esto que en mi vida he conocido a almirantes y generales y gente así que eran auténticas mulas de varas, entre otras cosas porque no es el uniforme lo que hace a la gente, sino la gente la que hace al uniforme. Y en ese contexto, debo añadir que también he conocido a mucha gente que honra el suyo. Mi amigo Charlie el ex espía, por ejemplo, que ahora es coronel de un regimiento. 0 el páter Paco Nistal, que es capitán y capellán de los cascos azules en los Balcanes. 0 la soldado Loreto, y tantos otros.

    Pensaba en eso el otro día, cuando asistí a una amena conferencia de José Ignacio González Aller sobre la marina española en la época de los Austrias y el desastre de la empresa de Inglaterra. González Aller es historiador, almirante, y hasta hace nada director del museo naval de Madrid, y lo acompañaba otro marino y escritor, Álvaro Delgado Cal, capitán de navío, responsable del museo naval de Cartagena. Y allí, sentado entre el público, compartiendo las desgracias de Medina Sidonia frente a sus adversarios Howard, Drake y Hawkins, y naufragando mentalmente con los infelices buques españoles en las costas de Irlanda, viendo el reflejo de lo que ahora somos en lo que en otro tiempo fuimos, o viceversa, me dije una vez más que en efecto, que hay militares y marinos que leen, y que escriben, y que saben, y que estudian, y que justamente por todo eso honran el uniforme que visten. Hombres a quienes la palabra cultura no les hace echar mano a la pistola, sino a un libro, y que resultan dignos sucesores de aquellos que esta infeliz España tuvo en otro tiempo: los grandes marinos ilustrados del XVIII, por ejemplo, cuando en un siglo donde el hombre todavía acariciaba la esperanza del progreso y de la libertad, navegaban, descubrían, estudiaban y escribían. Hombres de mar y guerra, pero también de ciencia y de cultura, que se llamaban Jorge Juan, Ulloa, Tofiño, Mazarredo. Gente honrada por las academias inglesas y francesas de la época; respetada hasta por los enemigos, que cuando los capturaban o mataban los trataban como a iguales. Marinos ilustres corno Churruca, Alcalá Galiano, Valdés, en un siglo en el que España, una vez más, estuvo a punto de levantar cabeza y abrir la ventana para que entrase el aire limpio, y también, otra vez más, la rueda de nuestra maldición giró cabeza abajo, y llegaron el sinvergüenza de Godoy, y el fanático cura Merino, y el imperdonable, abyecto canalla que se llamó Fernando VII; y todo se fue una vez más al diablo. Y aquellos hombres de ciencia, aquellas cabezas ilustradas, pensantes, tan necesarias, murieron con su siglo, peleando en Trafalgar tras haber vivido a media paga en este país miserable, o fueron luego sospechosos y marginados justamente por cultos y liberales, y se extinguieron en el olvido y la pobreza, o tuvieron que exiliarse, paradójicamente ventajas de saber quien fue Temístocles, en la Francia y la Inglaterra contra las que habían combatido. Enemigos que, una vez más, resultaron ser más nobles, acogedores y generosos que la propia e ingrata patria.

    Por eso consuela comprobar que aún hay hombres que ponen el pie sobre la huella de aquellos otros. Que la vieja estirpe de los marinos ilustrados españoles, hombres de mar y ciencia, no ha desaparecido del todo bajo la estupidez y la ignorancia, bajo las banderas, del color que sean, enarboladas por tantos cerriles analfabetos que ignoran, incluso, lo que dicen defender. Consuela comprobar que esos libros cuyos viejos lomos acaricio en la biblioteca, las Observaciones de Jorge Juan y Ulloa, la Historia de la marina real, la Táctica naval, la Relación del último viaje, la Biblioteca marítima, no son restos muertos de un naufragio, una tradición o una época, sino eslabones de una cadena larga y digna que hombres cultos, que viven su tiempo y también sueñan, que libran la más noble de las batallas peleando a bordo de museos y bibliotecas, y saben mirar hacia atrás con lucidez y esperanza, aún mantienen engrasada y viva. Ojalá esta pobre España ágrafa y brutal, patio navajero, ruin, de toque de corneta, sable y paredón, a la que ni siquiera el diseño moderno logra barnizar el alma negra, hubiera tenido miles de hombres como ésos en los palacios, en los castillos y en los cuarteles, en las capitanías generales y en los puentes de los barcos.




PATENTE DE CORSO 04.09.05
La Historia, la sangría y el jabugo


Hay que ver. En cuanto se toma dos vasos de sangría en los cursos de verano, cierto historiador inglés se pone a cantar por bulerías sin sentido del ridículo. Me refiero a mister Kamen, don Henry, quien cree que vivir en Cataluña, como vive, y que allí algunos le aplaudan las gracias mientras trinca una pasta de subvenciones, cursos y conferencias, lo convierte en árbitro del putiferio hispano. Así que, tras contar nuestra Historia a su manera, ahora critica cómo la cuentan otros, lamentando que España –a excepción de Cataluña, donde, insisto, mora y nunca escupe– no tenga tan buenos historiadores como él.

Uno, que modestamente tiene sus lecturas, le sigue la pista a mister Kamen y está familiarizado con sus dogmas hechos de frases despectivas sobre este o aquel punto de la historia de España; con sus afirmaciones sin más fundamento que el ambiguo terreno de las notas a pie de página; con su acumulación de citas ajenas; con sus habituales «fuentes manuscritas completamente nuevas» descubiertas en archivos nunca visitados por español alguno, que tanto recuerdan las falsas exclusivas de los diarios sensacionalistas ingleses. Etcétera. En su último libro, Imperio, donde las palabras «nación española» aparecen entre comillas, dedica setecientas once páginas a afirmar que eso de que España conquistó el mundo es un cuento chino, que quienes hicieron el trabajo fueron subcontratas de italianos, belgas, holandeses, alemanes, negros e indios, y que los españoles –«los castellanos», matiza– se limitaron a poner el cazo. En materia cultural, quienes animaron América fueron los holandeses, y a la literatura del Siglo de Oro, cerrada e indolente, no la afectó para nada el humanismo italiano. También afirma que es dudoso que el español fuese la primera lengua de todo el imperio, que Nordlingen la ganaron los alemanes, San Quintín los valones, Lepanto los genoveses, y Tenochtitlán y Otumba los tlaxcaltecas. De postre, las relaciones históricas de los siglos XV, XVI y XVII son propaganda escrita por castellanos a sueldo, Nebrija compuso su gramática española para hacerle la pelota a Isabel la Católica, y Quevedo era, como todo el mundo sabe, un ultranacionalista y un facha.

La última del caballero me honra personalmente. En un reciente artículo de prensa, sostiene que en España nadie, excepto un novelista llamado Benito Pérez Galdós y otro llamado Pérez-Reverte, ha escrito nada sobre la batalla de Trafalgar. Sólo esas dos novelas, dice Kamen, y ningún libro de Historia. «Habrá este año un buen libro académico sobre Trafalgar –dice–, pero se publicará fuera de España». Debería consultar el hispanista los clásicos de Ferrer de Couto, Marliani, Pelayo Alcalá Galiano, Conte Lacave y Lon Romero, por ejemplo. Y si los encuentra desfasados, puede completarlos con el Trafalgar de Cayuela y Pozuelo, Trafalgar y el mundo atlántico de Guimerá, Ramos y Butrón, Trafalgar de Víctor San Juan, Trafalgar de Agustín Rodríguez González, Los navíos de Trafalgar de Mejías Tavero, o la obra monumental, definitiva, La campaña de Trafalgar, del almirante González-Aller. Aparecidos todos antes de la publicación del artículo de Kamen. Mas lo que caiga.
Para el notorio hispanista anglosajón, todo eso no existe. Y además le parece mal que unos aficionados como Pérez Galdós y el arriba firmante –marcando humildemente las distancias con don Benito, matizo yo– hayamos tocado el asunto. Trafalgar es cosa de historiadores, dice, y no de novelistas. De novelistas españoles, ojo. Pues no pone pegas a novelistas anglosajones como O’Brian, Forester, Alexander Kent o Dudley Pope, que –ellos sí–, rigurosos, veraces, pueden escribir cuanto quieran sobre heroicos marinos ingleses que luchan por su nación –esa la escribe Kamen sin comillas– y por la libertad del mundo frente a españoles cobardes, sucios y crueles a los que, encima, durante los abordajes, siempre les huele el aliento a ajo. A diferencia de las inglesas, tan objetivas siempre, Kamen apunta que en las novelas españolas «los buenos son españoles y malos todos los demás», lo que prueba que no se ha enterado de nada, ni con Galdós ni conmigo. De Cabo Trafalgar critica además «el insólito lenguaje», pero eso es lógico: hasta para un hispanista de campanillas, traducir «inglezehihoslagranputa» tiene su intríngulis.
Así que una sugerencia: siga trincando, disfrute de la sangría y el jabugo, y no me toque los cojones. Don Henry.



PATENTE DE CORSO 02.07.2006 Arturo Pérez-Reverte
Los torpedos del almirante

El almirante José Ignacio González-Aller, Sisiño para los amigos, es un marino atípico porque tiene un fuerte ramalazo –en el buen sentido de la palabra– de militar ilustrado como los de antes: aquellos que a veces se sentaban en las academias científicas, o de la lengua y la Historia. Quiero decir que es un marino leído. Me recuerda a algunos antiguos colegas suyos, capaces de hacer compatible el amor a la patria con leer libros. De vez en cuando, y quizá por eso mismo, se pronunciaban por aquí y por allá, no para poner a la gente a marcar el paso –ése era un registro diferente, el de los espadones iletrados y malas bestias–, sino para hacer a sus conciudadanos más cultos y libres, obligando a reyes infames a jurar y respetar constituciones. Por lo general, esos mílites optimistas vieron pagados su cultura y su patriotismo con el exilio en Francia o Inglaterra, donde hubo espacio y tiempo para reflexionar, entre nieblas, sobre la ingrata índole de esta madrastra, más que madre, llamada España. De ellos hay uno que al almirante y a mí nos parece entrañable, pues encarna como pocos la tragedia nacional: Cayetano Valdés, comandante del navío Pelayo en la batalla de San Vicente y del Neptuno en la de Trafalgar, quien, reinando ese puerco con patillas que fue nuestro rey don Fernando VII, conoció la prisión en España y el exilio en Londres por mantenerse fiel a la constitución de 1812.

Pero ésa es otra historia, y de quien quiero hablarles es de mi amigo el almirante González-Aller. Le adeudo, como lector, su magnífica recopilación de la correspondencia de Felipe II sobre la empresa de Inglaterra, en los cinco tomos de la obra –todavía inacabada– La batalla del Mar Océano; y, por supuesto, la reciente, monumental e indispensable Campaña de Trafalgar: dos grandes volúmenes con todos los documentos españoles sobre el desastre naval de 1805. Pero mi deuda afectiva es aún mayor, y data de cuando hace nueve años lo conocí como director del Museo Naval de Madrid, por donde yo husmeaba a la caza de cartas náuticas, tesoros hundidos y rubias a las que contarles las pecas hasta el Finisterre. Su delicadeza y su hombría de bien me sedujeron en el acto, y desde entonces le guardo un aprecio especial y un respeto fraguados en largas conversaciones, mantenidas sobre todo en torno a ese corte de la línea por dos puntos frente al cabo Trafalgar, el 21 de octubre de 1805. Muchas veces discutimos juntos aquel combate, en público y en privado, reproduciendo los movimientos sobre una mesa, sobre el suelo, en una pared o en la imaginación. Y siempre me conmovieron la profunda ciencia, la lucidez, la objetividad y el melancólico patriotismo, rozando la emoción, del buen almirante a la hora de recordar a los enemigos y a los amigos: a sus compañeros de antaño, peleando con el valor de la desesperanza, por su honor y sus conciencias.

Les estoy hablando de un abuelete –él no me perdonará el epíteto– sabio y un hombre de bien, respetado por los antiguos enemigos, los eruditos ingleses y franceses que se honran con su opinión y con su trato. Un hombre dedicado al estudio y la memoria, a quien los jóvenes marinos, como cualquier aficionado a la historia naval de este país desmemoriado, deberían acudir en peregrinaje, con los oídos y la inteligencia atentos. Y si por suerte ganan su confianza y consiguen llevarlo al portalón de los recuerdos personales, descubrirán que, tras esa ternura y bonhomía, late también otro hombre distinto –aunque tal vez se trate del mismo– que brota a ráfagas peligrosas como relámpagos: el capitán de corbeta frío y eficaz que, hace treinta años, en plena Marcha Verde, al mando del submarino S-34 Cosme García, en navegación silenciosa frente a los puertos de Agadir y Casablanca, con diez torpedos a proa y un ojo pegado al periscopio, aguardó durante dos semanas al acecho, sumergido y emergiendo con cautela cada noche, la ocasión de echar a pique cualquier buque de guerra enemigo que se le pusiera a tiro. Y cuando lo hago recordar aquello –me encanta provocarlo, pues cuenta las cosas como nadie–, veo que se enciende una llama de excitación y de nostalgia en sus ojos, y le tiembla la voz, y se yergue como el joven oficial que fue en otro tiempo. La última vez, durante un pequeño homenaje que le hicimos varios amigos ante un cocido de Lhardy, concluyó con un puñetazo sobre la mesa. «¡Éramos marinos de guerra!», exclamó. «¡Y a mucha honra!»



PATENTE DE CORSO 17.09.2006 Arturo Pérez-Reverte
Ejercicio de memoria histórica

Después de la publicación, hace un par de meses, de un artículo sobre mi amigo el almirante González-Aller, donde mencionaba la admiración que compartimos por don Cayetano Valdés, marino ilustrado, veterano de Trafalgar y exiliado en Inglaterra por sus ideas liberales, algunos lectores se han interesado por el personaje. Así que tal vez sea buen momento para hablar del comandante del Neptuno. Que merece un recuerdo, porque era un hombre íntegro, sabio, valiente –virtud hoy socialmente incorrecta, pero que a algunos todavía nos impresiona–, y sobre todo porque su figura simboliza, con estremecedora fidelidad, con quién la honradez y la decencia se juegan los cuartos en España desde los tiempos de Viriato. Y siempre con la misma infame paga.

Don Cayetano empezó de guardiamarina como se empezaba entonces, a la edad de nuestros expertos en videoconsolas: trece años. Y entró en fuego a los quince, primero en el gran asedio de Gibraltar y luego en el combate naval de cabo Espartel. Pero nuestros marinos no eran entonces sólo carne de cañón, sino también hidrógrafos, astrónomos y científicos; así que, cañonazos aparte, el joven navegó en la expedición de Malaspina y en la exploración del estrecho de Fuca bajo las órdenes de un compañero que luego moriría en Trafalgar: Dionisio Alcalá Galiano. El nuevo conflicto con Inglaterra lo encontró al mando del navío Pelayo en San Vicente, donde los ingleses se pasaron por la piedra a la escuadra del almirante Córdova; aunque don Cayetano salvó los muebles, pues acudió a lo más recio del cañoneo, a tiempo de salvar al Santísima Trinidad, que ya había arriado bandera ante cuatro navíos ingleses, entre ellos el Captain de Nelson. Aún tomó parte Valdés en la defensa de Cádiz y en diversos episodios navales, y la siguiente guerra con Gran Bretaña lo puso al mando del Neptuno, con el que en la escabechina de Trafalgar acudió de nuevo –ya era una costumbre suya– en socorro del Trinidad. Rodeado de enemigos, esta vez no pudo llegar hasta él y repetir hazaña. El Neptuno, eso sí, peleó con mucha decencia hasta arriar bandera con Valdés herido, 43 tripulantes muertos y 47 heridos a bordo.

Durante la guerra de la Independencia, hombre íntegro, negándose a lamerles las botas a los gabachos, Valdés fue gobernador y capitán general de Cádiz durante el asedio, funciones que desempeñó con perfectos coraje y competencia. Después, el retorno de aquel bellaco llamado Fernando VII –el rey más vil de la historia de España, que ya es decir– y su aplastamiento de las libertades trajeron malos tiempos para el marino. Encarcelado en Alicante, se negó a pedir clemencia al rey. Alguien con mi biografía, dijo más o menos, no pide esa clase de mariconadas. Y al cabo, cuando el estallido constitucional y la nueva invasión franchute a favor de Fernando VII –vaya siglo apasionante y terrible, nuestro XIX–, Valdés se trasladó a Cádiz para organizar la defensa, formando parte de la regencia. Confinado el Borbón en Cádiz –lástima de guillotina que nunca tuvimos– Valdés, general en jefe, se comportó con exquisita caballerosidad con la familia real. Y era tal su prestigio que, cuando el monarca recobró el poder, y traicionando una vez más su palabra aplastó de nuevo las libertades, el buen don Cayetano fue apresado simbólicamente por los franceses para evitar que el rey lo sentenciara a muerte, y ellos mismos lo llevaron a Gibraltar, de donde pasó al exilio. Y diez años estuvo en Londres el héroe de San Vicente y Trafalgar, entre gente rubia, brumas y nostalgias, encontrando en sus antiguos enemigos la admiración y el respeto que le negaban en su triste patria.

Y en fin. La historia de España, esa que nadie enseña ya en los colegios, está llena de nombres como el de Cayetano Valdés. Nombres de todos los bandos y colores, olvidados, traicionados, asesinados. Ésa, y no esta murga inútil, demagógica, oportunista, con la que últimamente nos enfrentan y aburren, es nuestra verdadera y larguísima memoria histórica. La memoria exacta de nuestra perra estirpe, llena de pagos semejantes dados a gente así. Como aquel superviviente de Baler, penúltimo de Filipinas, al que, ya anciano, fueron a buscar a su casa en el año 36, pegándole un tiro aunque se colgó, el pobre abuelo, sus viejas medallas. Tiro que no recuerdo ahora si se lo pegaron los rojos o los nacionales. Los unos o los otros. Y la verdad es que me importa un carajo quién se lo pegó. En realidad siempre son, o siempre somos, los mismos.



PATENTE DE CORSO 27.01.13
~ Una carta de 1588 ~ 1021

Estuve ayer leyendo de nuevo la carta de Francisco de Cuéllar, superviviente de la Gran Armada de Felipe II, en la que cuenta su naufragio y penalidades en la costa norte de Irlanda después del fracaso del intento de invasión de Inglaterra en 1588. El texto se lo debo al almirante Sisiño González-Aller, historiador de Marina, queridísimo amigo desde que lo conocí como director del Museo Naval de Madrid, cuando yo documentaba allí mis novelas La carta esférica y Cabo Trafalgar. El almirante tiene una obra monumental, La batalla del Mar Océano, sólo publicada en sus cinco primeros volúmenes -el Ministerio de Defensa lleva desde el ministro Trillo desentendiéndose de la publicación del resto-, donde recoge cuanta correspondencia y documentos de la época se conocen sobre el fracaso de la gran expedición contra Inglaterra. Una de esas cartas, la del capitán Cuéllar, comandante del San Pedro -galeón español destrozado en la costa irlandesa-, es una auténtica joya: un riguroso documento histórico que parece un relato de aventuras. Pero como se trata del documento número 7127 clasificado por el almirante, y pertenece a la parte inédita de la obra, temo que nunca lleguemos a verlo impreso. Felipe II y la Gran Armada, a estas alturas. A ver qué ministro se gasta un euro en eso. No fastidie, almirante. Esto es España, con su memoria siempre arrojada al basurero del olvido. Y más ahora, con el fácil pretexto de los tiempos que corren. Etcétera.

Y sin embargo, menudo relato. Veinte folios que bastan para contar, con más viveza y exactitud que el mejor libro de Historia, cómo el arrogante sueño de Felipe II, su proyecto de derribar a Isabel I con un desembarco que sublevara a los católicos ingleses, fue aniquilado por los combates, los temporales y la mala suerte. En su carta cuenta Cuéllar los pormenores del naufragio en pleno temporal -«No teníamos remedio ni socorro ninguno, si no era de Dios»- y cómo miles de náufragos españoles que iban a bordo de las naves deshechas en playas y acantilados van siendo arrastrados por el mar, vivos y muertos -«Desnudos en cueros, sin ningún género de ropa sobre sí, tiritando de frío, que le hacía cruel»-, en aquellos parajes septentrionales e inhóspitos, asesinados por los lugareños que les roban hasta los harapos, y por las tropas inglesas que recorren la costa ahorcando sin compasión a los supervivientes: «Y se los comían cuervos y lobos sin que viniese quien diera sepultura a ninguno».

Estremece hasta erizar la piel la narración del capitán Cuéllar, que todo lo describe de modo admirable: lo desolado del paisaje frío y hostil, la crueldad de irlandeses e ingleses, la espantosa soledad de los españoles dispersos que huyen por los montes buscando amparo, heridos, ateridos de frío, acosados como animales -«Volví a llamar a mi compañero por ver si dormía y halléle muerto»-. Pero también, entre lo espantoso de la tragedia -«Todo destruido y doce españoles ahorcados dentro de la iglesia por mano de los ingleses que en nuestra busca andaban»- brillan también, a ratos, los destellos de humanidad de algunos campesinos irlandeses que, reconociendo a católicos como ellos entre los fugitivos, los amparan y socorren incluso después de robarles lo poco que llevan encima: «No me hicieron mal, porque había uno de ellos que sabía latín». Y no falta tampoco el rasgo épico: cuando ante la proximidad de las tropas inglesas huyen los lugareños irlandeses, un pequeño grupo de nueve españoles supervivientes, hartos de vagar por aquella tierra desolada, deciden no seguirlos y se atrincheran entre los muros de un pequeño castillo desierto donde resisten diecisiete días, resueltos a vender caro lo que resta de sus pobres vidas; porque «para no vernos en más, era mejor acabar de una vez honradamente».

No sé a ustedes; pero a mí, ese relato de hace cinco siglos me estremece como si fuera de hace cinco días. Empañan los ojos esos infelices perdidos en tierra hostil, intentando sobrevivir a la desgracia de ser españoles -eso los llevó a buscar fortuna a bordo de aquellas naves y a naufragar en aquella costa peligrosa y desolada-. Cuando pienso en ellos, no puedo evitar asociarlos con quienes, cinco siglos después, vagan ahora por sus particulares costas inhóspitas, intentando sobrevivir a la estupidez y la arrogancia de quienes los embarcaron en la última pomposa Gran Armada. Con el desastre que, como inevitable maldición histórica, esta España enferma de sí misma se obstina, de siglo en siglo y sin aprender nunca -la mala memoria es lo que tiene-, en seguir destrozando a cada temporal, estúpida y suicida, contra la misma roca.

XLSemanal, 27 de Enero de 2013

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