ANEXO al 30.03.14 ~ Moros de la morería ~
La Derrota
30/03/2014 00:46
1232 mensajes en el foro, registrado desde 14/10/2001
laderrota arroba gmail punto com
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Arturo Pérez-Reverte
«… Opiniones que no han variado un ápice, pues sigo más a gusto entre la indiada y la morisma que en un pub de Oxford o una sauna letona, aprecio al inmigrante que viene a trabajar honradamente para mejorar su vida, y me niego a mezclar las churras con las merinas. Pero, en lo tocante a las churras aprovechadas o con mala fe, que las hay a manadas, también tengo mis propias ideas, resumibles en leña al gorrino hasta que hable inglés, lo mismo si el gorrino es rifeño como si es de Zamora. …»
17-9-1995 Y al Sur, con el moro
«… Respecto a Marruecos, echarle un vistazo a los libros de Historia produce depresión aguda. Es increíble cómo, sometidos a un régimen feudal, privados de buen número de libertades, teóricamente inferiores en cuanto a capacidad económica, militar, e influencia internacional, los marroquíes han ido venciendo en todos y cada uno de sus conflictos con España (el último pulso que les ganamos fue la expulsión de los moriscos). Son duros de pelar, valientes, apuestan fuerte dejándose la piel en ello, tienen una de las más exquisitas diplomacias del mundo, y Hassan II posee una tenacidad, una astucia y un coraje fuera de lo común. A todo eso, España se limitó siempre a oponer mulas de varas que nos costaban cinco mil soldaditos muertos cada vez, o negociadores pasteleros, mangantes y flojos de vareta que se ponían a tartamudear, y lo siguen haciendo, en cuanto un negociador marroquí los mira a los ojos y dice: tres con las que tú llevas.…»
24 de octubre de 1999 Negros, moros, gitanos y esclavos
Donde se explica que el racismo aparece lustroso en la explotación económica de las personas.
22 de julio de 2001 Moros en la costa
Sobre lugares y hechos de siglos de fluida convivencia hispano - norteafricana.
16.06.2002 La sonrisa del moro
«… A fin de cuentas, si uno llega a una casa y se encuentra la puerta abierta, y la señora también se abre de piernas, y el marido no rechista por miedo a que lo llamen celoso y dice barra libre, cha, pues uno va y se calza a la señora, y al marido de la señora y de paso vacía el frigorífico. Sobre todo si la otra opción que te exploten en un bancal por cuatro duros miserables descontándote del sueldo esa covacha donde vives con veinte más, como animales. Y cuando lo piensas, a quien verdad te gustaría borrarle la sonrisa es a los empresarios sin escrúpulos que con su avaricia persuaden a los inmigrantes de que es más rentable el hachís en Torrevieja que un invernadero de Lorca. También a los cantamañanas que con discursos oportunistas los convencen de que esto es jauja, y que aquí todo el que llega puede aprovecharse de los derechos sin respetar las normas locales y las obligaciones. Y en especial a esas presuntas autoridades que, por debilidad, oportunismo y miedo al qué dirán, carece huevos y de sentido común para poner límites razonables a un desmadre que hace tiempo se les va de las manos. Y al final, cuando todo se ido de verdad al carajo, pagarán el pato los de costumbre: el inocente que pasaba por allí, el pobre inmigrante a quien, camino de la tomatera, apalea un tropel de energúmenos con bates de béisbol. Lo de siempre. Nada nuevo en esta España triste y falsa hasta la náusea, feudo de demagogos, de sinvergüenzas y de cobardes.»
05.03.2006 Cartas náuticas y cabezas de moros
«… Pensaba en eso esta mañana, a causa de un asunto que, tal vez, algún simple creerá que nada tiene que ver con las cartas náuticas: aquella idiotez propuesta por algunos políticos aragoneses de que al escudo de Aragón se le quiten las cuatro cabezas de moros que ostenta desde la Edad Media. Afortunadamente la cosa no prosperó del todo, o de momento, pues creo que ese escudo deja de presidir el salón de plenos de las cortes regionales, sustituido por un grupo escultórico –del magnífico y llorado Pablo Serrano– hecho de círculos concéntricos que no llegan a cerrarse, que simbolizará, puesto allí, el espíritu del debate libre y democrático, etcétera. Dejo a juicio de cada cual aceptar que haya relación entre una cosa y otra: escudo de Aragón y cartas náuticas…»
12.01.14 Lanzada a moro muerto
«… La de veces que nuestros abuelos, o nosotros mismos, escurrimos el bulto como podíamos, por las causas que fueran -falta de ocasión, prudencia, cobardía, necesidad-, y en un momento determinado, dándose circunstancias oportunas, restregamos la lanza en el moro destripado por otro, o fallecido de muerte natural, para pasearnos luego presumiendo de la sangre obtenida con tan poco riesgo y mínimo costo. Para congraciarnos con quien hiciera falta. Y, por lo general, con quien suele hacer falta congraciarse es con el bando vencedor. Una vez, naturalmente, tenemos claro cuál es ese bando …»
Explicando ciertos hispánicos –incluso humanos– comportamientos muy gráficamente con cuatro palabras.
Está todo muy bien explicado, lo del asunto «moro», hace cuatro años en el siguiente artículo:
PATENTE DE CORSO 24.10.10 ~ Los moros de la profesora
Te lo voy a explicar en corto, chaval. Sin irnos por las ramas. Esa maestra, profesora, docente o como quieras llamarla, es imbécil. Tonta del culo, vaya. En el mejor de los casos «suponiendo que no prevarique a sabiendas, prisionera del qué dirán», une a su ignorancia el triste afán de lo políticamente correcto. La cuestión no es que te haya reprendido en clase de Historia por utilizar la palabra moros al hablar de la Reconquista, y exija que la sustituyas por andalusíes, magrebíes, norteafricanos o musulmanes. Lo grave es que a una profesora así le encomienden la educación histórica de chicos de ambos sexos de catorce o quince años. Que la visión de España y lo español que muchachos de tu generación tengan el resto de su vida dependa de cantamañanas como ésa. Tienes dos opciones. La primera, que desaconsejo, es tu suicidio escolar. Mañana, en clase, dile que no tiene ni puta idea de moros, ni de Historia, ni de lengua española, ni de la madre que la parió. Te quedarás a gusto, desde luego; y las churris te pondrán ojitos por chulo y por malote. Pero en lo que se refiere a esa asignatura y al curso, puedes ir dándote por jodido. Así que lo aconsejable es no complicarte la vida. Ésa es la opción que recomiendo.
Tu maestra, por muy estúpida que sea, tiene la sartén por el mango. Así que traga, colega, mientras no haya otro remedio; que ya tendrás ocasión, en el futuro «todos pasan tarde o temprano por delante de la escopeta» de ajustar cuentas, real o figuradamente. Así que agacha las orejas y llama a los moros como a ella le salga del chichi. Paciencia y barajar. Por lo demás, duerme tranquilo. Por muy maestra que sea, eres tú quien tiene razón. No ella. En primer lugar, porque el habla la determinan quienes la usan. Y no hay nadie en España, en conversación normal, excepto que sea político o sea gilipollas «a menudo se trata de un político que además es gilipollas», que no llame moros a los moros. Ellos nos llaman a los cristianos arumes o rumís, y nada malo hay en ello. Lo despectivo no está en las palabras, sino en la intención con que éstas se utilizan. La buena o mala leche del usuario. Lo que va, por ejemplo, de decir español a decir español de mierda. La palabra moro, que tiene diversas acepciones en el diccionario de la Real Academia, pero ninguna es peyorativa, se usa generalmente para nombrar al individuo natural del norte de África que profesa la religión de Mahoma; y es fundamental para identificar a los musulmanes que habitaron en España desde el siglo VIII hasta el XV. Desterrarla de nuestra lengua sería mutilar a ésta de una antiquísima tradición con múltiples significados: desde las fiestas de moros y cristianos de Levante hasta el apellido Matamoros, y mil ejemplos más. Así que ya lo sabes. Fuera de clase, usa moro sin cortarte un pelo. Como español, estás en tu derecho. Aparte del habla usual, te respaldan millones de presencias de esa palabra en textos escritos.
Originalmente se refiere a los naturales de la antigua región norteafricana de Mauretania, que invadieron la península ibérica en tiempos de los visigodos. Viene del latín maurus, nada menos, y se usa con diversos sentidos. Caballo moro, por ejemplo, se aplica a uno de pelaje negro. En la acepción no bautizado se extiende incluso a cosas «vino moro» o personas de otros lugares «los moros de Filipinas». Hasta Gonzalo de Berceo aplicaba la palabra a los romanos de la Antigüedad para oponerlos a judíos y a cristianos. De manera que basta echar cuentas: la primera aparición en un texto escrito data de hace exactamente mil ochenta y dos años, y después se usa en abundancia. «Castellos de fronteras de mauros», dice el testamento de Ramiro I, en 1061. Por no hablar de su continuo uso en el Poema de Mío Cid, escrito a mediados del siglo XII: «Los moros yazen muertos, de bivos pocos veo; los moros e las moras vender non los podremos». Y de ahí en adelante, ni te cuento. «Las moras no se dejan ver de ningún moro ni turco», escribió Cervantes en el Quijote. La palabra moro está tan vinculada a nuestra historia, nuestra sociedad, nuestra geografía, nuestra literatura, que raro es el texto, relación, documento jurídico antiguo u obra literaria clásica española donde no figura. También la usaron Góngora, Quevedo, Calderón, Lope de Vega y Moratín, entre otros autores innumerables. Y tan vinculada está a lo que fuimos y somos, y a lo que seremos, que sin ella sería imposible explicar este lugar, antiquísima plaza pública cruce de pueblos, naciones y lenguas, al que llamamos España. Imagínate, en consecuencia, la imbécil osadía de tu profesora. El atrevimiento inaudito de pretender cargarse de un plumazo, por el artículo catorce y porque a ella le suena mal, toda esa compleja tradición y toda esa memoria.
Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias lectores.
PS. A vueltas con los términos y lo correcto, a mí me suena bastante peor subsahariano que negro. Por lo de SUB …
«… Opiniones que no han variado un ápice, pues sigo más a gusto entre la indiada y la morisma que en un pub de Oxford o una sauna letona, aprecio al inmigrante que viene a trabajar honradamente para mejorar su vida, y me niego a mezclar las churras con las merinas. Pero, en lo tocante a las churras aprovechadas o con mala fe, que las hay a manadas, también tengo mis propias ideas, resumibles en leña al gorrino hasta que hable inglés, lo mismo si el gorrino es rifeño como si es de Zamora. …»
17-9-1995 Y al Sur, con el moro
«… Respecto a Marruecos, echarle un vistazo a los libros de Historia produce depresión aguda. Es increíble cómo, sometidos a un régimen feudal, privados de buen número de libertades, teóricamente inferiores en cuanto a capacidad económica, militar, e influencia internacional, los marroquíes han ido venciendo en todos y cada uno de sus conflictos con España (el último pulso que les ganamos fue la expulsión de los moriscos). Son duros de pelar, valientes, apuestan fuerte dejándose la piel en ello, tienen una de las más exquisitas diplomacias del mundo, y Hassan II posee una tenacidad, una astucia y un coraje fuera de lo común. A todo eso, España se limitó siempre a oponer mulas de varas que nos costaban cinco mil soldaditos muertos cada vez, o negociadores pasteleros, mangantes y flojos de vareta que se ponían a tartamudear, y lo siguen haciendo, en cuanto un negociador marroquí los mira a los ojos y dice: tres con las que tú llevas.…»
24 de octubre de 1999 Negros, moros, gitanos y esclavos
Donde se explica que el racismo aparece lustroso en la explotación económica de las personas.
22 de julio de 2001 Moros en la costa
Sobre lugares y hechos de siglos de fluida convivencia hispano - norteafricana.
16.06.2002 La sonrisa del moro
«… A fin de cuentas, si uno llega a una casa y se encuentra la puerta abierta, y la señora también se abre de piernas, y el marido no rechista por miedo a que lo llamen celoso y dice barra libre, cha, pues uno va y se calza a la señora, y al marido de la señora y de paso vacía el frigorífico. Sobre todo si la otra opción que te exploten en un bancal por cuatro duros miserables descontándote del sueldo esa covacha donde vives con veinte más, como animales. Y cuando lo piensas, a quien verdad te gustaría borrarle la sonrisa es a los empresarios sin escrúpulos que con su avaricia persuaden a los inmigrantes de que es más rentable el hachís en Torrevieja que un invernadero de Lorca. También a los cantamañanas que con discursos oportunistas los convencen de que esto es jauja, y que aquí todo el que llega puede aprovecharse de los derechos sin respetar las normas locales y las obligaciones. Y en especial a esas presuntas autoridades que, por debilidad, oportunismo y miedo al qué dirán, carece huevos y de sentido común para poner límites razonables a un desmadre que hace tiempo se les va de las manos. Y al final, cuando todo se ido de verdad al carajo, pagarán el pato los de costumbre: el inocente que pasaba por allí, el pobre inmigrante a quien, camino de la tomatera, apalea un tropel de energúmenos con bates de béisbol. Lo de siempre. Nada nuevo en esta España triste y falsa hasta la náusea, feudo de demagogos, de sinvergüenzas y de cobardes.»
05.03.2006 Cartas náuticas y cabezas de moros
«… Pensaba en eso esta mañana, a causa de un asunto que, tal vez, algún simple creerá que nada tiene que ver con las cartas náuticas: aquella idiotez propuesta por algunos políticos aragoneses de que al escudo de Aragón se le quiten las cuatro cabezas de moros que ostenta desde la Edad Media. Afortunadamente la cosa no prosperó del todo, o de momento, pues creo que ese escudo deja de presidir el salón de plenos de las cortes regionales, sustituido por un grupo escultórico –del magnífico y llorado Pablo Serrano– hecho de círculos concéntricos que no llegan a cerrarse, que simbolizará, puesto allí, el espíritu del debate libre y democrático, etcétera. Dejo a juicio de cada cual aceptar que haya relación entre una cosa y otra: escudo de Aragón y cartas náuticas…»
12.01.14 Lanzada a moro muerto
«… La de veces que nuestros abuelos, o nosotros mismos, escurrimos el bulto como podíamos, por las causas que fueran -falta de ocasión, prudencia, cobardía, necesidad-, y en un momento determinado, dándose circunstancias oportunas, restregamos la lanza en el moro destripado por otro, o fallecido de muerte natural, para pasearnos luego presumiendo de la sangre obtenida con tan poco riesgo y mínimo costo. Para congraciarnos con quien hiciera falta. Y, por lo general, con quien suele hacer falta congraciarse es con el bando vencedor. Una vez, naturalmente, tenemos claro cuál es ese bando …»
Explicando ciertos hispánicos –incluso humanos– comportamientos muy gráficamente con cuatro palabras.
Está todo muy bien explicado, lo del asunto «moro», hace cuatro años en el siguiente artículo:
PATENTE DE CORSO 24.10.10 ~ Los moros de la profesora
Te lo voy a explicar en corto, chaval. Sin irnos por las ramas. Esa maestra, profesora, docente o como quieras llamarla, es imbécil. Tonta del culo, vaya. En el mejor de los casos «suponiendo que no prevarique a sabiendas, prisionera del qué dirán», une a su ignorancia el triste afán de lo políticamente correcto. La cuestión no es que te haya reprendido en clase de Historia por utilizar la palabra moros al hablar de la Reconquista, y exija que la sustituyas por andalusíes, magrebíes, norteafricanos o musulmanes. Lo grave es que a una profesora así le encomienden la educación histórica de chicos de ambos sexos de catorce o quince años. Que la visión de España y lo español que muchachos de tu generación tengan el resto de su vida dependa de cantamañanas como ésa. Tienes dos opciones. La primera, que desaconsejo, es tu suicidio escolar. Mañana, en clase, dile que no tiene ni puta idea de moros, ni de Historia, ni de lengua española, ni de la madre que la parió. Te quedarás a gusto, desde luego; y las churris te pondrán ojitos por chulo y por malote. Pero en lo que se refiere a esa asignatura y al curso, puedes ir dándote por jodido. Así que lo aconsejable es no complicarte la vida. Ésa es la opción que recomiendo.
Tu maestra, por muy estúpida que sea, tiene la sartén por el mango. Así que traga, colega, mientras no haya otro remedio; que ya tendrás ocasión, en el futuro «todos pasan tarde o temprano por delante de la escopeta» de ajustar cuentas, real o figuradamente. Así que agacha las orejas y llama a los moros como a ella le salga del chichi. Paciencia y barajar. Por lo demás, duerme tranquilo. Por muy maestra que sea, eres tú quien tiene razón. No ella. En primer lugar, porque el habla la determinan quienes la usan. Y no hay nadie en España, en conversación normal, excepto que sea político o sea gilipollas «a menudo se trata de un político que además es gilipollas», que no llame moros a los moros. Ellos nos llaman a los cristianos arumes o rumís, y nada malo hay en ello. Lo despectivo no está en las palabras, sino en la intención con que éstas se utilizan. La buena o mala leche del usuario. Lo que va, por ejemplo, de decir español a decir español de mierda. La palabra moro, que tiene diversas acepciones en el diccionario de la Real Academia, pero ninguna es peyorativa, se usa generalmente para nombrar al individuo natural del norte de África que profesa la religión de Mahoma; y es fundamental para identificar a los musulmanes que habitaron en España desde el siglo VIII hasta el XV. Desterrarla de nuestra lengua sería mutilar a ésta de una antiquísima tradición con múltiples significados: desde las fiestas de moros y cristianos de Levante hasta el apellido Matamoros, y mil ejemplos más. Así que ya lo sabes. Fuera de clase, usa moro sin cortarte un pelo. Como español, estás en tu derecho. Aparte del habla usual, te respaldan millones de presencias de esa palabra en textos escritos.
Originalmente se refiere a los naturales de la antigua región norteafricana de Mauretania, que invadieron la península ibérica en tiempos de los visigodos. Viene del latín maurus, nada menos, y se usa con diversos sentidos. Caballo moro, por ejemplo, se aplica a uno de pelaje negro. En la acepción no bautizado se extiende incluso a cosas «vino moro» o personas de otros lugares «los moros de Filipinas». Hasta Gonzalo de Berceo aplicaba la palabra a los romanos de la Antigüedad para oponerlos a judíos y a cristianos. De manera que basta echar cuentas: la primera aparición en un texto escrito data de hace exactamente mil ochenta y dos años, y después se usa en abundancia. «Castellos de fronteras de mauros», dice el testamento de Ramiro I, en 1061. Por no hablar de su continuo uso en el Poema de Mío Cid, escrito a mediados del siglo XII: «Los moros yazen muertos, de bivos pocos veo; los moros e las moras vender non los podremos». Y de ahí en adelante, ni te cuento. «Las moras no se dejan ver de ningún moro ni turco», escribió Cervantes en el Quijote. La palabra moro está tan vinculada a nuestra historia, nuestra sociedad, nuestra geografía, nuestra literatura, que raro es el texto, relación, documento jurídico antiguo u obra literaria clásica española donde no figura. También la usaron Góngora, Quevedo, Calderón, Lope de Vega y Moratín, entre otros autores innumerables. Y tan vinculada está a lo que fuimos y somos, y a lo que seremos, que sin ella sería imposible explicar este lugar, antiquísima plaza pública cruce de pueblos, naciones y lenguas, al que llamamos España. Imagínate, en consecuencia, la imbécil osadía de tu profesora. El atrevimiento inaudito de pretender cargarse de un plumazo, por el artículo catorce y porque a ella le suena mal, toda esa compleja tradición y toda esa memoria.
Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias lectores.
PS. A vueltas con los términos y lo correcto, a mí me suena bastante peor subsahariano que negro. Por lo de SUB …