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ANEXO al 21.11.10 ~ Manolo estuvo aquí

La Derrota
20/11/2010 12:41
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Los turistas que no deben o saben estar en los lugares. Esas rubias vacas de Arkansas que pastan hamburguesas en las escaleras de la Plaza de España de Roma. O aquellos que pintarrajean muros venerables; tenemos muy poco respeto. Y se deriva fundamentalmente de la ignorancia y de la ligereza con que tratamos a las personas y a las cosas.



Manolo estuvo aquí - 26 de 12 de 1993
   Lo vi escrito con rotulador gureso, hace unos días en uno de los muros de El Escorial: Manolo y Miriam estuvieron aquí el 6-8-93. Ignoro quiénes son los tales Manolo y Miriam, y por qué el hecho de que estuvieran allí y no en otro lugar merecía ser inmortaliuzado ensuciando estupidamente una fachada de piedras venerables. Sin embargo, basta echar un vistazo alrededor para comprobar que la cantidad de personas armadas con rotulador, spray u objeto inciso-punzante, el hecho de estar en tal o cual sitio, o en un sitio cualquiera, les parece solemnidad suficiente como para que el resto de los mortales nos enteremos de su nombre o de sus opiniones.

   Nada tengo contra la libertad de expresión, ya que además soy periodista. Ni tampoco contra la libertad de afirmación personal. Pero amo algunos edificios, algunas calles, algunas viejas piedras y algunos paisajes por conservarse tal como son y tal como fueron. Por eso me fastidia sobremanera, cuando voy a su encuentro, encontrarme sobreimpresos, a golpe de spray o rotulador, los nombres, los pensamientos o las chorradas de individuos, a menudo anónimos, que maldito lo que me importan. Hay un ministro francés de la Francia que propuso en fecha reciente subvencionar una exposisición sobre grafitis y pintadas callejeras, desde el metro hasta los monumentos históricos, argumentando que también eso es arte y cultura. Y recuerdo haber oído en la radio glosar semejante gilipollez a un representante de cierto ayuntamiento español de la España, jaleando tímidamente la idea, prudente pero dispuesto a no parecer, por si acaso, menos moderno y dinámico que el franchute. Claro, sí. Reconozco que la contracultura también es una forma de cultura, farfullaba el fulano. Y ahí quedó la cosa.

   Lo peor, se dice uno cuando escucha a semejantes sopladores de vidrio, no es la barbarie de los ignorantes o estúpidos, a quienes siempre es posible educar o inspirar sentido común. Lo malo ante este tipo de cosas es la demagogia de whisky de medianoche y coro de cantamañanas que se apunta a un bombardeo con tal de salir en la foto, por si las moscas. La cultura, creo, es un todo común que no se parcela en patrimonio de unos o de otros, y lo que atenta físicamente contra cualquiera de sus manifestaciones no se llama cultura, sino barbarie. No hay justificación alguna para el hecho de que unas piedras, un edificio, un cuadro, un lugar, hayan sobrevivido a los siglos y a los hombres, y de pronto llegue alguien con su spray y nos cuente con letras de dos palmos que a él Felipe González se la machaca, que Volkswagen está en lucha, que José Antonio presente, que si los curas y frailes supieran, que a Blackshit la sociedad le importa un carajo, o que el imbécil de Manolo y su prójima estuvieron aquí. Todas ésas son opiniones, pero no son cultura. Y que las pongan en mi conocimiento utilizando la fachada de la catedral de Burgos, un fresco románico, el Parque Güel o el pedestal de Felipe III, es algo que me repatea el hígado. En este tipo de cosas, soy absolutamente conservador. Incluso reaccionario: suelo reaccionar con un profundo cabreo.

   Lo que me deja atónito es la cantidad de gente que permite que ocurran esas cosas y no reacciona. Los respetables líderes del ejercicio intelectual, por ejemplo, que tan agudamente explican y justifican. Los jueces que consideran el asunto poco importante para sus togas. Los cagamandurrias que salen por la radio, o por donde sea, diciendo que sí, que claro, que hay muchos tipos de cultura. Y los cómplices pasivos: quienes vemos a Manolo manejar el rotulador o el spray, y no se lo quitamos de las manos con buenas razones o con una buena estiba de palos, por miedo a que nos llamen entrometidos, intransigentes o violentos. Éste es el país del miedo a que te llamen algo. Como si fuera lo mismo confundir la velocidad con el tocino.

   No se trata de que le pidan a uno el carnet de identidad cuando va a comprar un bote de pintura, ni de que la benemérita aplique la ley de fugas a los virtuosos de la rotulación callejera y clandestina. Pero sí me encantaría, por ejemplo, tropezarme un día a Manolo con lejía y estropajo de alambre, dale que te pego a la fachada de El Escorial. Sentenciado a un mes de trabajos forzados en una imaginaria -y deseable- brigada de limpieza por haber sido sorprendido, in fraganti, en el acto de comunicar al mundo que acaba de honrar el lugar con su presencia.




«… Además, resulta cómodo en los tiempos que corren. Ahora que la cultura se ha hecho democrática y todos tenemos derecho a orinar amontonados en su portal, y el nivel Maribel de ésta se calcula en función de los ocho segundos que el visitante permanece ante La batalla de San Romano, del número de autocares aparcados ante la columna Trajana o de la longitud de las colas de turistas que, por decreto, desfilan este año ante los Goya del museo del Prado, la ausencia de ambición turística puede ser, incluso, satisfactoria y práctica. Te sientas en el rincón escogido, lees, piensas, miras. Da igual no verlo todo. En vez de correr de un lado a otro, empujando a la gente cámara en mano, procuras exprimir discretamente el rincón que elegiste o te cayó en suerte, agotándolo hasta la última pincelada o la última piedra. No hay museo, real o metafórico, que pueda visitarse en una hora. Ni siquiera en una vida. Y a menudo las mejores salas, los mejores lugares, están vacíos. Así, además, no te empujan y subes pocos escalones. Te cansas y te cabreas menos. «
10.02.08 ~ El turista apático



Algunas veces ocurren milagros:

«… Hace unos días volví a esa plaza, como suelo. Y después di un paseo por dentro del Panteón, bajo el artesonado de aquella cúpula fantástica, con su ojo luminoso derramando, sobre el recinto, la luz de los dioses, o de Dios. Me gusta, en horas tranquilas y de poco público, escuchar el sonido de mis zapatos sobre el mármol mientras hago el recorrido habitual: una vuelta al recinto y una parada ante la madonna que preside la tumba de Rafael. Pero esta vez era imposible captar el ruido de los zapatos, ni otro que el clamor ensordecedor de cientos de turistas parloteando a voz en grito. Tan turistas como yo mismo, supongo. Soy parte de la multitud como lo es cualquiera. La diferencia estriba en que ese día, en el Panteón, yo iba solo y estaba callado, sin gritarle a nadie que me hiciera una foto ni dejando restos de comida y vasos de plástico en el suelo. Además vestía pantalón largo, camisa y chaqueta. Quiero decir que no iba en chanclas por el centro de Roma restregándole pantorrillas y axilas peludas a la gente, ni me acompañában morsas luciendo tatuajes, piercings y sudorosas lorzas de tocino. Además, como me ducho cada día, mi contribución al hedor de transpiración colectiva que llenaba el recinto era, supongo, escasa. Se trataba, en fin, de circunstancias en las que -háganse cargo de mi estado de ánimo- resulta fácil odiar a la Humanidad. Uno de esos momentos en que, si de pronto apareciese sobre la bóveda el ángel Exterminador entre trompetas del Juicio Final, algunos, incluso sabiendo que nos íbamos al carajo con el resto de la peña, soltaríamos una carcajada vengativa mientras encendíamos un pitillo. A fin de cuentas, para lo que sirve la cultura es para eso: para no gritar cuando se cae el avión.

Entonces ocurrió el milagro. Entre aquel gentío había un grupo de quince o veinte hombres y mujeres; belgas, me parece. Y de pronto, improvisando, un par de ellos empezaron a cantar algo suave y armónico, de aire sacro y extraordinaria belleza. Debían de pertenecer a un coro profesional o aficionado; porque, sonriéndose unos a otros, el resto del grupo unió sus voces, y así se elevaron bajo la inmensa cúpula, por encima del griterío de la gente. Que, sorprendida al principio y admirada después, enmudeció poco a poco, hasta que el hermoso cántico sonó limpio, bellísimo, conmovedor, entre el más respetuoso de los silencios; creando un momento extraordinario, mágico, que se prolongó durante un par de minutos. Después, cuando se extinguieron las voces, de nuevo relampaguearon los flashes de las cámaras, resonaron los clics de los teléfonos móviles, y el griterío ensordecedor volvió a adueñarse del recinto. Entonces miré hacia lo alto, hacia el ojo impasible de la cúpula. Hoy, pensé, no vendrá el ángel de la espada. Sería demasiado injusto. Una vez más nos hemos salvado.»
10.09.1996 - Milagro en el Panteón




Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias tripulación.

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