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ANEXO al 31.10.10 ~ Memoria históricar ~

La Derrota
28/10/2010 09:53
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laderrota arroba gmail punto com
Aunque aparezca un amigo, aunque aparezca un libro y su recomendación, este artículo de hoy lo vamos a asimilar a otros sobre la Guerra Civil Española: a memoria histórica.
Cronológicamente se suceden hoy en el Anexo, fragmentos de artículos en los que películas, historias oídas, novelas, historias familiares y fotos ayudan a recordar nuestra última gran contienda civil.



18.04.10 ~ La película maldita
«… Aquí, sin embargo, los republicanos que encarcelan y fusilan son individuos normales, creíbles, con motivos para hacer lo que hacen. Con toques de humanidad e ideología propia: como cuando el jefe de los milicianos dice que, si hubiera llevado medalla religiosa al cuello, al llegar a la edad de la razón se la habría quitado. O cuando el miliciano violador de Luisa –soberbia escena, resuelta con dos planos del rostro de la Montenegro– actúa bajo el resentimiento de haber sido engañado, y porque está borracho.
Pero aún hay más, en esta película asombrosa y compleja para quien se enfrente a ella con lucidez, sin estereotipos de buenos y malos: la crítica feroz a los contemporizadores, a los que miraban para otro lado. Al egoísmo de la derecha burguesa y capitalista, incluida sin reparos entre los principales responsables del conflicto. Sin olvidar el retrato, atrevidamente surrealista, de una clase política ciega que divide a los españoles, llevándolos a una matanza atribuida con mucha ecuanimidad al «odio y desconocimiento mutuo». Paradójicamente, la derecha conservadora queda peor que el bando contrario: cuando los oradores de izquierdas agitan al pueblo, éste se muestra como pobre, oprimido, inculto y desesperado. Eso enlaza con los personajes y actitudes de los milicianos que aparecerán después. Y si no los justifica, los hace creíbles. Humanos. …»


06.09.09 ~ La camisa blanca
«… La señora que me refirió la historia tiene hoy 84 años. Cumplía doce el día que acompañó a su madre al ayuntamiento de la ciudad en donde vivía: una ciudad en guerra, con bombardeos nocturnos, miedo, hambre y colas de racionamiento. Como casi toda España, por esas fechas. Era el año 37, y el edificio estaba lleno de hombres con fusiles y correajes que entraban y salían, o estaban parados en grupos, liando tabaco y fumando. A la niña todo aquello le pareció extraño y confuso. La madre tenía que hacer un trámite burocrático y la dejó sola, sentada en un banco del primer piso, en el rellano de la escalera. Estando allí, la niña vio subir a cuatro hombres. Tres llevaban brazaletes de tela con siglas, cartucheras y largos mosquetones, uno de ellos con la bayoneta puesta. A la niña la impresionó el brillo del acero junto a la barandilla, la hoja larga y afilada en la boca del fusil, que se movía escalera arriba. Después miró al cuarto hombre, y se impresionó todavía más. …».



04.01.09 ~ Treinta y seis aguafiestas
« La última es finísima. Buscando los restos de doce republicanos asesinados en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la llamada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y tras comprobar que allí nadie había sido fusilado, sino que todos eran hombres –muchos muy jóvenes– muertos en combate, los bienintencionados desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa. De haber sido los doce republicanos asesinados, la historia habría salido redonda: homenaje a las víctimas, malvados nacionales y demás parafernalia. Incluso con soldados leales a la República, el asunto habría tenido por dónde agarrarse. Pero se daba la incómoda circunstancia de que los muertos, enterrados en fosa común en el mismo campo de batalla, pertenecían tanto al ejército nacional como al republicano. Eran de los dos bandos, mezclados en la barbarie de la guerra y la tragedia de la muerte. Españoles sepultados juntos, como debía y debe ser. Como lección y homenaje, deliberado o casual, de sus enemigos y compañeros. Así que imaginen el papelón. Nuestro gozo en un pozo, colega. Esto no hay quien lo venda al telediario. Treinta y seis aguafiestas jodiendo el invento.…»



12 de Octubre de 2008 - Un Gudari de Cartagena
«… Háganse idea. Un crucero de combate, blindado, de 13.000 toneladas, con cuatro torres dobles de 203 milímetros, capaces de enviar proyectiles de 113 kilos a 29 kilómetros de distancia, enfrentado a un bacaladero –el ex Vendaval, incautado por el gobierno vasco– de 1.200 toneladas, dotado con sólo un cañón de 101,6 a proa y otro igual a popa. El comandante del Nabarra era un marino mercante asimilado a teniente de navío, que había pasado toda su vida profesional en los bacaladeros de la empresa pesquera PYSBE, y que al estallar la contienda civil decidió seguir la suerte que corrieran los barcos de ésta. Y al verse encima al Canarias, que lo batía desde 7.000 metros de distancia con toda su artillería, decidió pelear. Puesto a ser hecho prisionero y fusilado, dijo tras reunir a sus oficiales en el puente, prefería hundirse con el barco. Todos estuvieron de acuerdo. Así que se pusieron a ello.…»



15.10.2006 - La guerra civil que perdió Bambi
«En mi familia perdieron la guerra. Mi padre hizo poco para ganarla, pues la pasó en artillería antiaérea, jugando al ajedrez entre bombardeo y bombardeo. Pero mi tío Lorenzo, que se alistó con dieciséis años y volvió de sargento y con agujero de bala a los diecinueve, se comió el Ebro y Belchite. Quiero decir con eso que, por nacer doce años después de la guerra, tuve información oral fresca: combates, represión, cárceles, paseos a manos de milicianos o falangistas, y cosas así. Soy de Cartagena, donde la cosa estuvo cruda. Tuve además, como casi todos los españoles, a parientes en ambos bandos; y allí lucharon y también fueron fusilados por unos y otros, en aquella macabra lotería que fue España.
Poseo, por tanto, elementos casi de primera mano sobre esa parte de la memoria que ahora tanto agitan. Y nunca me tragué lo de buenos y malos: ni cuando niño las hordas rojas, ni de mayor los fascistas de fijador, brillantina y correaje. Tuvimos de unos y otros, naturalmente. Y a la guerra siguió una dictadura infame, ajena a la caridad. Pero hay un par de puntualizaciones necesarias. Una es que, españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos. Otra, que casi todos se vieron envueltos en aquello muy a su pesar; y que, entusiastas y héroes aparte –a ambos lados los hubo con igual coraje y motivos–, la mayor parte estuvo en las trincheras de modo aleatorio, según donde tocó. La prueba es que hubo más deserciones –pasarse, decían– por volver al pueblo con la familia, que por ideología nacional o republicana. …»



08 de junio de 2003 - Esa vieja guerra nuestra
«… La mula cuenta la historia de Juan Castro Pérez, cabo acemilero de la Tercera Bandera de la Falange de Canarias. Uno de los miles de españoles, carne de cañón, que se vieron atrapados en la charcutería de 1936, tanto en un bando como en el otro, y cuya guerra particular, en este caso, consiste en mantener camuflada entre sus bestias otra mula que ha encontrado en el campo de batalla, con la que confía quedarse para arar la tierra en su pueblo cuando acabe la guerra. Juan Eslava, que ya había tocado el asunto -adelantándose a la moda, ahora que caigo- hace años con su novela Señorita, revisa esta vez nuestra barbarie civil con esa mirada que tanto me gusta de él: la ironía, el humor inteligente, la ternura por los míseros peones del sangriento ajedrez nacional; por esos pobres soldaditos llevados y traídos por los de siempre, que lo mismo intercambian tabaco y noticias de su pueblo con el enemigo que se destrozan con la crueldad y la violencia que marcan todas nuestras tragedias. Siempre en el marco desolador de la incultura, la ausencia de pensamiento crítico, la fuerza bruta militar, el dominio del clero, la reacción derechista, el caos de la izquierda y la oposición entre la España urbana y la rural, elementos que marcaron trágicamente la España de la primera mitad del siglo XX, y que todavía colean.…»



14 de julio de 1996 - La guerra que todos perdimos
«… Esa guerra civil no la presencié, pero me la contaron cuando niño, mientras aún estaban frescas las heridas, la huella de la metralla en los muros de los edificios; cuando todavía había hombres y mujeres en las cárceles, y en el exilio, y cuando el general Franco aún firmaba sentencias de muerte. De las veladas alrededor de la mesa de camilla de mi abuelo recuerdo historias de bombardeos, y de ejecuciones públicas para después, ante los cadáveres, hacer desfilar a las tropas a fin de que tomasen buena cuenta de ello. De héroes y de gentuza, mezclados unos con otros; indiferenciados bajo el mono azul de miliciano, la boina de requeté o la camisa azul de Falange. Relatos escalofriantes de amigos, vecinos y parientes detenidos de madrugada. Sacados de su casa en pijama mientras la mujer y los hijos imploraban en la escalera: juzgados en tribunales sumarísimos, fusilados ante un paredón bajo la bendición de un cura con el yugo y las flechas bordado en la sotana, o asesinados a la luz de los faros de un camión en cualquier carretera. Esas viejas carreteras españolas -las monótonas autovías también nos borraron esa memoria- donde muchos años después aún me estremecía al ver los pequeños monumentos conmemorativos de lugares donde hombres de toda condición e ideología fueron asesinados con las luces del alba, un nombre, una fecha, a veces una cruz y a veces, unas flores secas. …»



16 de julio de 1996 - Nacionales malos, rojos buenos
«…   A ver si lo dice alguien de una puñetera vez. Esas dos películas, saludadas por la crítica como dos joyas sobre la guerra civil española, son maniqueas, indocumentadas, llenas de lugares comunes y manipulaciones fáciles, poco creíbles, poco probables, y suponen un insulto a la inteligencia y a la memoria. Además, están mal interpretadas. En algún caso, porque los actores son tan infames que cuando te largan un discurso libertario, camaradas, solidaridad y muerte al fascismo, suena tan falso que no se lo creen ni ellos. También porque los mismos guiones cantan a postizo, a pastel, desde la primera página. Ni Ken Loach ha visto, ni es capaz de imaginar a un anarquista español ni por el forro, ni Vicente Aranda -con todo el respeto que me merece el veterano maestro- puede creerse a sus putas redimidas por la revolución, a Miguel Bosé en plan Durruti, ni todo ese libertarismo chungo, elemental, que nos endilgan en el filme; que a mí lo que me parece es un insulto descarado a las mujeres que de verdad dieron la cara entre el 36 y el 39.…»



22 de mayo de 1994 - La colilla en la boca
«… No sé por qué fusilaron al tipo de la colilla. El pie de foto no especifica dónde le dieron matarile; si era rojo, nacional, o sólo un pobre diablo atrapado, como casi todos, entre los unos y los otros. Quizá había matado a un cura o al alcalde de su pueblo, o votó Frente Popular, o tal vez no se presentó voluntario para salvar la República. Tal vez disparó sus cinco cartuchos uno tras otro, y después dejó el fusil, encendió el pitillo y se puso en pie en la trinchera con los brazos en alto, resignado a la suerte que llevaba escrita en la frente desde hacía siglos. Que quizás el cigarro se lo dio uno de los que le apuntan con los fusiles en la foto: estás listo, paisano, anda, echa un pito que es el último. Tira palante. Estoy mirando esa instantánea -como se decía antes- y sin querer la asocio con otra imagen, ésta en movimiento: la de los republicanos fugitivos que, al llegar a la frontera, cogen un puñado de tierra española y pasan al otro lado con ella en el puño cerrado, en alto. Y me digo: pobre gente, cuántos sueños, y cuántas ilusiones, y cuánta amargura, y cuánta derrota hay detrás de ese puño en alto, de esos brazos que se levantan y de esa colilla indiferente, resignada, en la comisura de la boca de un hombre que ya nació camino del paredón.…»


Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias pasantes.
Gracias Esgrimista por los fragmentos.

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