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ANEXO al 24.10.10 ~ ¡Ay! vaya morito, morito guapo ~

La Derrota
20/10/2010 10:31
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laderrota arroba gmail punto com
moro, ra.
(Del lat. Maurus).

1. adj. Natural del África septentrional frontera a España. U. t. c. s.
2. adj. Perteneciente o relativo a esta parte de África.
3. adj. Que profesa la religión islámica. U. t. c. s.
4. adj. Se dice del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta el XV. U. t. c. s.
5. adj. Perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo.
6. adj. Se dice del musulmán de Mindanao y de otras islas de Malasia. U. m. c. s.
7. adj. Dicho de un caballo o de una yegua: De pelo negro con una estrella o mancha blanca en la frente y calzado de una o dos extremidades.
8. adj. coloq. Dicho del vino: Que no está aguado, en contraposición al bautizado o aguado.
9. adj. coloq. Dicho de una persona, especialmente un niño: Que no ha sido bautizado.
10. adj. Cuba. Dicho de una persona mulata: De tez oscura, cabello negro lacio y facciones finas.
11. m. trigo moro.
moro de paz.
1. m. moro marroquí que servía de intermediario para tratar con los demás moros en los presidios españoles de África.
2. m. Persona que tiene disposiciones pacíficas y de quien nada hay que temer o recelar.
moro de rey.
1. m. Soldado de a caballo del ejército regular del Imperio marroquí.
moro mogataz.
1. m. Soldado indígena al servicio de España en los antiguos presidios de África.
moros y cristianos.
1. m. pl. Fiesta pública que se ejecuta vistiéndose algunos con trajes de moros y fingiendo lid o batalla con los cristianos.
a más moros, más ganancia.
1. expr. Era u. en las guerras españolas con los moros para despreciar los riesgos, afirmando que a mayor dificultad es mayor la gloria del triunfo.
como moros sin señor.
1. loc. adv. U. para referirse a una reunión o junta de personas en que reina gran confusión y desorden.
haber moros en la costa.
1. loc. verb. coloq. U. para recomendar precaución y cautela.
haber moros y cristianos.
1. loc. verb. coloq. Haber gran pendencia, riña o discordia.
moros van, moros vienen.
1. expr. coloq. U. para indicar que a alguien le falta poco para estar enteramente borracho.


Los que más encajan en las explicaciones que don Arturo expone en el artículo de hoy son:




Morito, paisa - 6 de marzo 1994
De vez en cuando se salen de una curva y se matan quince, y por la cuneta se desparraman las sandalias, la cazuela del cuscús y la bicicleta para el sobrino Hassanito. Antes iban siempre así, quemando etapas hacia el norte, o rumbo a Algeciras por vacaciones. Ahora muchos se quedan aquí: albañiles, basureros, peones en los campos o los invernaderos del sur. Buena parte de ellos son ilegales, pero temo decepcionar a los lectores. Hoy no me pide el cuerpo hacer demagogia barata sobre el pobre morito que se ahoga en el Estrecho y el malvado español que le restriega su opulencia por el morro. Eso se lo dejo a los cantamañanas que tienen la Verdad sentada en el hombro y siempre saben quiénes son los buenos y quiénes son los malos de todas las películas.
Pero volvamos al moro. A quien, por cierto, nadie se atreve a llamar en público por ese hermoso y antiguo nombre histórico, sino con los eufemismos norteafricano, musulmán, magrebí -que es moro dicho de otra forma y cosas así, que suena todo mucho más solidario y menos xenófobo. Aunque de puertas adentro todos los sigamos llamando moros. Como mi amigo Ángel, que fue timador callejero durante casi cuarenta años de su vida, y suele quejarse amargamente, entre caña y caña de cerveza, de la cantidad de morisma que se tropieza ahora en su antiguo oficio, desplazando a los manguis nacionales en modalidades como distribución de chocolate, tirones de bolsos y atracos a punta de navaja.
Yo, fíjense, estoy de acuerdo con Ángel. En esto de que me atraquen soy de lo más xenófobo, y prefiero que me ponga la navaja en el cuello un chorizo nacional antes que uno de afuera. Sobre todo por el idioma. Así que me parece muy bien que a los magrebíes, norteafricanos, moros, o lo que sea, que deciden resolver por su cuenta y a las bravas la distribución de riqueza norte-sur, los agarre la policía por el pescuezo y los reexpida a Tánger. Donde -allí sí- me parece de perlas que atraquen a sus turistas. Porque los turistas, sobre todo algunos que conozco, están exactamente para eso. Para ser atracados e ir a quejarse y complicarles la vida a los cónsules y a los secretarios de embajada, que suelen ser bastante capullos.
Pero la mayor parte de los moros que uno se cruza por la calle no son así. Vienen, lejos de su tierra, a buscar una vida mejor a costa de soledad y de humillación. Los vemos con sus raídas chaquetas y sus gorros de lana, oliendo a hambre, a miedo y miseria. Soñando con volver a su tierra conduciendo un flamante coche de segunda mano, con regalos para deslumbrar a la familia y los vecinos, con esa bicicleta de Hassanito que a veces se queda tirada en la cuneta.
Uno se los cruza como fantasmas solitarios el día de Aid al Fatr, la noche del Cordero que es su Nochebuena, con la certeza de que esa noche darían lo poco que poseen, el jergón en el semisótano, los cuatro ahorros y la mitad de sus sueños, por estar en Xauen con la familia, rodeados de padres, críos, parientes y vecinos, con calor en el corazón, y no en esta tierra fría, hostil, donde para comer hay que ser el morito bueno que dice sí, jefe, sí, paisa. Donde te basta mirar a los ojos de cualquier arrumi, de cualquier cristiano, de cualquier español, para leer en ellos el desprecio y la desconfianza. Donde, ya en la misma frontera, los policías se dirigen a ti con el más grosero tuteo, como si en Marruecos los hombres fueran siervos o delincuentes, y las mujeres fueran putas.
Sin embargo llevamos la misma sangre, hecha de historia y de siglos, de mutuo conocimiento, guerras, matanzas, olivos y sal mediterránea. Buena parte de los españoles, incluido el arriba firmante, estamos más en nuestra casa, el sol nos calienta más los huesos y el corazón, en un cafetín de Tetuán o un mercado de Nador que en la plaza mayor de Bruselas o en los cafés de Viena. Ustedes piensen lo que quieran, pero a menudo me reconozco en mi paisa, el moromierda, más que en esos bastardos anglosajones que se ponen ciegos de alcohol para destrozar bares, o esos alemanes que se me antojan marcianos, o esos mingafrías escandinavos que se suicidan porque se aburren.
Prefiero Marruecos a esa Europa pulcra y bien afeitada que trabaja por sentido del deber, que procrea sin pasión, que mata sin odio. Nada de todo eso vale la mirada de Mohamed, o Cherif, cuando, con sólo tres palabras pronunciadas en su lengua -la Paz, hermano-, consigues que el rostro se le ilumine en una sonrisa radiante y agradecida.



   «… Nadie llama a las cosas por su nombre. Nadie se atreve a decir que la educación de verdad, la auténtica, siempre ha sido férrea y medieval; teniendo como muy honorable alternativa, para el incapaz o para el que encontraba excesivo el esfuerzo, la de aprender un digno oficio. Pero ahora, lo que cuenta es que te digan que tu Luisito o tu Vanessa trabaja en equipo, que es muy sociable y será un ciudadano ejemplar que no insultará a los negros de color ni a los moros magrebíes, ni fumará en los restaurantes, y votará cada cuatro años. Y te vas tan contento, con el culito hecho agua de limón, olvidando que eso no se llama educación escolar, sino urbanidad y sensatez social: algo que antes se aprendía en la casa de cada uno. Y que con ese sistema, que favorece al lerdo más que al afanado y vountarioso, a su vástago y a ella les están dando el timo de la estampita.…»
Evoluciona defectuosamente - 03 de octubre de 1999



Negros, moros, gitanos y esclavos - 24 de octubre de 1999
   No, no digan nada. Ya sé que los meapilas del qué dirán y el no vayan a creer ustedes, o sea, toda esa panda de soplagaitas de la puntita nada más, aconseja escribir africanos de color, magrebíes, colectivo de raza romaní, y trabajadores inmigrantes, para no herir la sensibilidad de los capullos políticamente correctos. Pero resulta que no me sale de los higadillos; así que lo escribo como me da la gana. Y pongo negros, moros, gitanos y esclavos, porque hoy he recibido noticias de un amigo que me cuenta cosas. Y vengo a la tecla algo caliente.
Mi amigo vive allí donde la tierra seca que Dios maldijo —y ojalá haya Dios, para pedirle responsabilidades— anda en los últimos años cubierta de plásticos con tomateras, y frutas tempranas o como se llamen, y cosas así. Una tierra de cuarenta grados bajo un sol asesino, donde nadie que esté en su sano juicio se atreve a arrimar el hombro; de modo que los patronos tienen que buscar mano de obra entre los parias de la vida, porque el resto dice que para ellos verdes las han segado, y que vaya a la tomatera la madre que te alumbré. Pero desde el otro lado del Estrecho, o sea, desde el culo del mundo, miles de desgraciados miran hacia arriba y ven la tele y dicen, anda tú, allí atan los rottweiler con longaniza, y quiero tener un coche blanco, y una casa blanca, y un sueño blanco. Más que nada para comer caliente. Incluso para comer, aunque sea frío. Y los que no se ahogan por el camino les llegan a los mentados patronos como agua de mayo; así que los amontonan en barracones y les exprimen el tuétano. Bueno, bonito y, sobre todo, barato. Mano de obra extranjera, se llama el eufemismo. Y entonces a todos los que se benefician del asunto se les llena la boca con la solidaridad, y lo buenos chicos que son, y lo mucho que se les estima y se les quiere. Pero en cuando protestan, piden justicia, o sacan los pies del tiesto poniéndose en huelga para sacar dos duros más, entonces les sacuden hasta en el cielo de la boca. Se fumiga a los indóciles y se renuevan las existencias.
Mi amigo tiene una teoría, que comparto. No es un problema de racismo, sino de esclavitud. A casi nadie le importa que sean moros o negros, porque eso está asumido gracias —algo bueno habían de tener— a los telefilmes norteamericanos. La cuestión, como siempre, se basa en esa unidad monetaria todavía llamada peseta. Un español con DNI gana setecientas a la hora recolectando lechugas. Una mujer con el mismo DNI gana veinte duros menos. En cuanto a los gitanos, ellos sí son considerados una raza inferior; pero están censados y votan, y además les va el acople y se reproducen como conejos pariendo futuros votantes; así que el alcalde del pueblo los compensa regalándoles el agua y la luz, y en vísperas de las elecciones municipales les construye unas viviendas a unos, los decentes, y les hace la vista gorda a los otros, los que trapichean con polvillos blancos o marrones en determinadas chabolas y no quieren mudarse ni a La Moraleja. Así que esa gitana marchosa que se levanta a las siete de la mañana con su flor en el pelo para recoger tomates, que por la tarde va al almacén a arreglarlos, y que por la noche toca palmas y canta, y en el Seat 1430 le echa un alegre casquete a su gitano —que a menudo no curra, porque es un faraón y para algo está ella—, cobra quinientas pesetas.
Debajo de la pirámide están los ucranianos, y los sudacas. Y los moros. A veces ser rubio o hablar español significa veinte o cuarenta duros más que las doscientas pesetas que cobra el moro por echar una hora en la tomatera; que hasta en la miseria hay clases. Al moro, que es la chusma de esa galera, lo alojan usureros que cobran un huevo de la cara por barracones infectos, y lo dejan pudrirse en los descampados; y después, cuando ya están viejos y no rinden, o cuando protestan, siempre hay alguien que manda a su sobrino y unos amiguetes a romperles la crisma, o de pronto se acuerda de que son ilegales y convence a los picoletos de que los quiten de en medio. Y luego, cuando van a la panadería o al supermercado, se niegan a dejarlos entrar porque ofenden la sensibilidad de la señora del Range Rover o porque, dicen, son peligrosos y a veces venden hachís. Y a ver cómo puñeta no van a ser peligrosos, mis primos. Denles media hora y unos cócteles molotov, y podrán comprobar lo peligrosos que pueden llegar a ser ellos, cualquiera, usted, yo mismo, cuando te explotan miserablemente y te mantienen sujeto a la esclavitud y el desprecio.



«… También puntualizaré que la mentada referencia canina tiene solera: entre el XVI y el XIX era expresión habitual: simple toma y daca para quienes, como dije, dispensaron siempre motes despectivos a todo enemigo o vecino, reservándonos a los españoles lo de grasientos moros -Turner nos dibujó con turbantes en Trafalgar, quizás a mucha honra-, fanáticos papistas, demonios del Mediodía y cosas así. Algo que, con las obligadas actualizaciones, sigue haciendo la prensa amarilla de Su Majestad.»
Sobre ingleses y perros - 07  de enero de 2001




Pinchos magrebíes - 05 de agosto de 2001
    Hay que ver la de tiempo libre que tiene la gente. En los últimos tiempos he recibido varias cartas afeándome el uso que hago de palabras políticamente incorrectas. Lo de negro, por ejemplo. Cuando me refiero a un negro diciendo que es negro -a mí me han llamado blanco en África toda la vida- resulta que soy xenófobo. Escribir que algo es una merienda de negros, por ejemplo, o que esa negra está para chuparse los dedos, o hablar de la trata de negros, me asegura media docena de cartas poniéndome de racista para arriba. Hasta decir cine negro o lo veo todo negro es peyorativo, argumentan; y pasarlas negras, sin ir más lejos, se asocia de modo racista con pasarlas putas. Por eso también debería evitar la palabra negro como sinónimo de cosas malas o negativas. Así que diferencie, cabrón. No influya negativamente en la juventud, llámelos subsaharianos, sugieren unos. De color, sugieren otros. Afroamericanos, si son gringos. Etcétera. Y a veces, esos días en que uno se pone a escribir sintiéndose asquerosamente conciliador, intento contentarlos a todos y a mí mismo -negro me sigue pareciendo la forma más natural y corta- y escribo, verbigracia, subsaharianos de color negro; pero entonces, encima de que me queda un poco largo y rompe el ritmo de las frases, algunos piensan que me lo tomo a cachondeo y las cartas se vuelven más explosivas todavía. Estoy desconcertado, la verdad. ¿Naomi Campbell es o no es una pedazo de negra?... ¿El halcón maltés es una película de cine subsahariano de color?... No sé a qué atenerme.
    Y lo de moro, ésa es otra. Debería usted decir norteafricano o magrebí, apuntan graves. Lo de moro suena a despectivo, a reaccionario. Hasta un erudito lector me lo calificaba el otro día de término franquista: los moros que trajo Franco y todo eso. Sin embargo, ahí debo reconocer que, por muy buena voluntad que le eche, se me hace cuesta arriba prescindir de una palabra tan hermosa, antigua y documentada. Moro viene por vía directa del latín maurus, habitante de la Mauritania; figura en las Etimologías de San Isidoro y en Gonzalo de Berceo, y si hay una palabra vinculada a la historia de España, y que la define, es ésa. Ganada a los moros en 1292 reinando Sancho IV el Bravo, leemos -los que leen- en los muros de Tarifa. Olvidar esa palabra sería ignorar lo que en las ciudades españolas aún significa morería, por ejemplo. O lo que la palabra morisco supuso en los siglos XVI y XVII. De cualquier manera, ahora que todo el mundo anda rescribiendo el pasado a su aire, tampoco tendría nada de particular que revisáramos la historia y la literatura españolas, empezando por el xenófobo y franquista cantar del Cid, sustituyendo la palabra moro por otra más moderna. Las coplas de Jorge Manrique perderán algún verso bellísimo; pero ganaríamos, además de corrección política, palabras como pincho magrebí, que es aséptica y original, en vez de la despectiva pincho moruno. Y reconozco que decir fiestas de norteafricanos y cristianos en Alcoy también tiene su cosita.
    En cuanto a lo demás, pues lo mismo. Fíjense en lo de maricón, por ejemplo. A ver qué cuesta decir, en vez de eso es una mariconada, eso es una homosexualidad. O para decirle a un amigo no seas maricón, decir no seas sexualmente alternativo, Paco. Ya sé, opondrán algunos, que no hay palabras malas ni buenas, sino por la intención y el uso. Y la responsabilidad de que haya menguados que las utilicen sólo en sentido despectivo no es atribuible a las palabras en sí, que suelen ser nobles, antiguas y hermosas, capaces además de adaptarse a todo con los límites que imponen el sentido común y la decencia de cada cual. Pero en los tiempos que corren, si no quieres que te llamen cacho cerdo -me extraña que ahí no protesten las protectoras de animales por la asociación peyorativa- tienes que hilar muy fino. En este mundo artificial que nos estamos rediseñando entre todos, el café debe ser sin cafeína, la cerveza sin alcohol, el tabaco sin nicotina, los insultos no deben ser insultantes y las palabras han de significar lo menos posible. Además, ojo con quienes se sienten aludidos aunque nadie les dé vela en el entierro. No vean qué cartas recibo cuando llamo agropecuario a un político cateto. Qué tiene contra el campo y la ganadería, me dicen. So fascista. O si le digo subnormal a alguien. Ofende a los minusválidos, me reprochan, olvidando que imbécil, tonto o idiota expresan lo mismo, y que las palabras son vivas y ricas, utilizables como insulto o como muchas otras cosas sin que eso las aprisione o las limite en un determinado contexto. Lo mejor fue cuando hablé de sopladores de vidrio refiriéndome a unos perfectos soplapollas, y protestó uno que soplaba vidrio de verdad. O cuando califiqué a otro de payaso, y acto seguido recibí una indignada carta de un respetable oenegé llamada -cito sin ánimo de ofender- Payasos sin Fronteras.



16.06.2002 - La sonrisa del moro
EI otro día, en el mercadillo de Torrevieja, a las siete de la tarde y hasta la bandera de gente, un moro me ofreció hachís. Vaya por delante que el hecho en sí no me molestó en absoluto. No consumo, pero no impongo. Quiero decir que no me pongo estrecho cuando alguien me propone algo fumable, inyectable, esnifable, una señora o lo que sea. Sólo digo no, gracias, otro día, y sigo mi camino. Me habían ofrecido hachís muchas veces antes, pero siempre de modo discreto, en voz baja, colega, un susurro cómplice, un gesto furtivo, chocolate bueno, paisa, ketama pura, etcétera. Pero esta vez fue diferente. Vi el grupo de lejos cuando me acercaba: media docena, todos moros jóvenes, sanos, camisas de marca, cadenas de oro, buenos relojes. O mis primos han tenido mucha suerte desde que bajaron de la patera, me dije, o se lo montan de cojón de pato. Cuando estuve cerca no me cupo duda. Es mucha mili, y conoces al pájaro por la mota. En ésas uno me miró, y me puso proa.
Seamos justos. Yo acababa de amarrar un velero y mi aspecto era, según ciertos estereotipos, de los que se fuman canutos a pares: barbudo, tejanos raídos, una camisa lavada doscientas veces. Quizás hasta parecía guiri. El caso es que el morapio se me acercó. Pero no en plan clandestino, sino al contrario. Vino partiéndose de risa por algún chiste de los colegas, y en voz alta, con sonrisa provocadora, me cortó el paso y preguntó a grito pelado si quería hachís. Lo que me fastidió no fue la propuesta, sino la sonrisa insultante, la chulería y el descaro con que la hizo, en mitad del gentío y sin ningún complejo, consciente de la impunidad con que actuaban él y sus compadres, en un país donde que te vendan chocolate a plena luz del día es lo de menos. Y ya ven. Esto lo confiesa el arriba firmante, que en los diez años que llevo tecleando esta página dejé bien claro, muchas veces y para solaz del buzón de lectores de El Semanal, mi punto de vista sobre inmigrantes, invernaderos almerienses y subnormales neonazis incluidos. Opiniones que no han variado un ápice, pues sigo más a gusto entre la indiada y la morisma que en un pub de Oxford o una sauna letona, aprecio al inmigrante que viene a trabajar honradamente para mejorar su vida, y me niego a mezclar las churras con las merinas. Pero, en lo tocante a las churras aprovechadas o con mala fe, que las hay a manadas, también tengo mis propias ideas, resumibles en leña al gorrino hasta que hable inglés, lo mismo si el gorrino es rifeño como si es de Zamora. Y en ese contexto debo reconocer que, en aquel mercadillo torrevejense, y a falta de un guardia que obliga al berberisco del chocolate a vender de manera más discretas -por lo visto ese día libraban todos, para jolgorio de camellos y carteristas-, me habría encantado partirle yo mismo la cara a aquel hijo de la gran puta, aún a riesgo de que luego me llamaran xenófobo y racista y toda la parafernalia. Que por cierto, me importa un huevo. Pero como aquel jambo y sus colegas sumaban seis, todos vigorosos y bien alimentados, y uno mismo es ya un barco camino del desguace casi, opté por la vía pacífica y me la envainé sin rechistar. Seguí caminando sin despegar los labios, y como el tío continuaba plantado enfrente, cortándome el paso, me limité empujarlo con el hombro para apartarlo. Y se apartó. Pero fui frustradísimo, lo confieso. Tragándome las ganas borrarle la sonrisa provocadora de la jeta.
Esa fue la bonita anésdota callejera. Y fíjense lo que les digo: en el fondo no culpo al fulano. A fin de cuentas, si uno llega a una casa y se encuentra la puerta abierta, y la señora también se abre de piernas, y el marido no rechista por miedo a que lo llamen celoso y dice barra libre, cha, pues uno va y se calza a la señora, y al marido de la señora y de paso vacía el frigorífico. Sobre todo si la otra opción que te exploten en un bancal por cuatro duros miserables descontándote del sueldo esa covacha donde vives con veinte más, como animales. Y cuando lo piensas, a quien verdad te gustaría borrarle la sonrisa es a los empresarios sin escrúpulos que con su avaricia persuaden a los inmigrantes de que es más rentable el hachís en Torrevieja que un invernadero de Lorca. También a los cantamañanas que con discursos oportunistas los convencen de que esto es jauja, y que aquí todo el que llega puede aprovecharse de los derechos sin respetar las normas locales y las obligaciones. Y en especial a esas presuntas autoridades que, por debilidad, oportunismo y miedo al qué dirán, carece huevos y de sentido común para poner límites razonables a un desmadre que hace tiempo se les va de las manos. Y al final, cuando todo se ido de verdad al carajo, pagarán el pato los de costumbre: el inocente que pasaba por allí, el pobre inmigrante a quien, camino de la tomatera, apalea un tropel de energúmenos con bates de béisbol. Lo de siempre. Nada nuevo en esta España triste y falsa hasta la náusea, feudo de demagogos, de sinvergüenzas y de cobardes.


«… Pensaba en eso esta mañana, a causa de un asunto que, tal vez, algún simple creerá que nada tiene que ver con las cartas náuticas: aquella idiotez propuesta por algunos políticos aragoneses de que al escudo de Aragón se le quiten las cuatro cabezas de moros que ostenta desde la Edad Media. Afortunadamente la cosa no prosperó del todo, o de momento, pues creo que ese escudo deja de presidir el salón de plenos de las cortes regionales, sustituido por un grupo escultórico -del magnífico y llorado Pablo Serrano- hecho de círculos concéntricos que no llegan a cerrarse, que simbolizará, puesto allí, el espíritu del debate libre y democrático, etcétera. Dejo a juicio de cada cual aceptar que haya relación entre una cosa y otra: escudo de Aragón y cartas náuticas. Yo la estimo evidente. Cuando uno se sitúa ante una carta marina clásica -hace tiempo dediqué una novela al asunto y lo tengo muy claro-, resulta imposible sustraerse a la magia del papel impreso, a las líneas trazadas y a todas las fascinantes referencias que contiene. Durante siglos, hombres sabios y valerosos, conscientes de que los barcos se pierden menos en el mar que en la tierra, midieron, sondaron, dibujaron cada braza, cada perfil de costa. Nos advirtieron de los peligros, sumando sobre el papel la experiencia, el sufrimiento, la incertidumbre y la lucha de quienes navegaron aquellos lugares difíciles y vivieron para contarlo. Una carta náutica de buen papel impreso, además de ser la referencia más segura, no se apaga con los fallos electrónicos, ni está sujeta a la moda o los caprichos aleatorios de la técnica moderna. No depende más que de la interpretación inteligente de su rico contenido: está ahí como estuvo siempre. Hace posible que el navegante no se limite a ir de un sitio a otro con prisas e irresponsabilidad, sino que recorra antes el camino con la imaginación; y después, mientras navega, que registre cada momento con la precisión y el gozo de quien transita derrotas que otros trazaron. Que navegue sobre su propia memoria, y de ella obtenga, heredado de quienes lo precedieron, el orgullo de sentirse marino. Se ha escrito que las cartas náuticas no son simples pliegos de papel, sino libros de Historia y novelas de aventuras. Hay que ser en extremo imbécil para renunciar a ellas. «
05.03.2006 - Cartas náuticas y cabezas de mor

«… Hace décadas que para los sucesivos titulares y titularas de Cultura y de Educación españoles, las batallas tienen mala prensa. Da igual que sin ellas la Historia sea incomprensible. Mejor olvidarlas, para no contaminar de violencia militarista a nuestros futuros analfabetos. Además, en innumerables batallas y durante ocho siglos, aquí –era lo que había– se escabecharon moros. Figúrense. Genocidio, etcétera. Santiago y cierra España. Para qué les voy a contar. …»
15.07.07 - El día que cobraron los gabachos


«… En otros niveles, imaginen el percal. Ahí entran a saco lectores más elementales, incluidos algunos que blasonan, osados, de su ignorancia. Uno me reprocha que llame moros a los moros, otro confunde almohades –que eran norteafricanos– con andalusíes, y otro, desconociendo que la palabra Hispania la usaban los romanos, critica «que hable de tres reyes españoles cuando en 1212 España todavía no existía» y propone el delicioso término «reyes de naciones ibéricas».…»
26.09.10 ~ Las 17 Navas de Tolosa






Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias tripulación.

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