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ANEXO al 04.07.10 ~ Abuelo ~

La Derrota
29/06/2010 09:39
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09.04.2006 - Librería del Exilio

Ya tengo la solución, me temo. Y me lo temo porque sospecho que no hay otra. Se nos ocurrió el otro día a Antonio Méndez y a mí –igual llevábamos dos copas encima, que todo puede ser– cuando charlábamos en su librería de la calle Mayor de Madrid, ese pequeño reducto que resiste al invasor a modo de alcaldía de Móstoles, pueblecito de Astérix, Numancia de libros y decencia: algo insólito en los tiempos que corren. Antonio y yo acabábamos de leer en los periódicos la última gilipollez infraculta –ahora no recuerdo cuál era, porque es imposible recordarlas todas– en boca de un ministro, o ministra, o alguien así. Ministra, creo.

El caso es que, como cada vez que abrimos un periódico o ponemos la radio o la tele, los dos estábamos calientes. Estos cantamañanas indocumentados, concluía yo, nos van a endiñar otra vez a la derecha. Por pringados, frívolos, torpes y torpas. Y así vamos, colega. De oca a oca y tiro porque me toca. De Guatemala a Guatepeor. Fue entonces cuando le conté a Antonio la anécdota de mi abuelo, que era un señor con biblioteca y cosas así. Un caballero de cuando los había, con maneras, que usaba sombrero para poder quitárselo delante de las señoras y de los curas, aunque era republicano y a estos últimos los despreciaba; porque una cosa no impide la otra, y a fin de cuentas, tras acompañar a mi abuela cada domingo y fiesta de guardar hasta la puerta de la iglesia, se quedaba allí a fumarse un truja hasta que su legítima salía tras el ite, misa est. Cuando entraba en su biblioteca y me veía inclinado sobre los grabados de uno de los muchos libros de historia, geografía o literatura que tenía allí –mi favorito entonces era La leyenda del Cid, de Zorrilla–, mi abuelo solía decir: «Aprende francés, Arturín, que es muy triste irse al exilio sin conocer el idioma. Acuérdate del pobre Goya». Tenía la teoría, nunca desmentida por los hechos, de que, voluntariamente o a la fuerza –para buscarse la vida o para salvar el pellejo–, una de cada dos o tres generaciones de españoles termina siempre haciendo las maletas. Y para él, europeo formado en lo clásico, Francia era el país decente que pillaba más cerca.

El caso, terminé de contarle a mi amigo el librero, es que hice caso a mi abuelo: hablo un francés de puta madre. Y te juro por mis muertos, insistí, que a mí no me trincan vivo estos analfabetos cuando sea ancianete y esté indefenso. Quiero envejecer sereno, y no blasfemando en arameo cada vez que enchufe la tele; ni maltratado de palabra, obra u omisión por semejante gentuza. Y creo que la cosa tiene mal arreglo. A fin de cuentas, un político no es sino reflejo de la sociedad que lo alumbra y tolera. En democracia, cada colectividad tiene lo que se busca y merece. Y sin democracia, también. Así que a ver si a ti y a mí nos toca la bonoloto y ahorramos para un ático al otro lado de la muga. París no está nada mal, fíjate. Me refiero al París del centro, claro. Nos ha jodido. Allí todavía quedan, por lo menos para veinte o treinta años más, cafés venerables y cómodos, librerías en cada esquina, y la gente se habla de usted, dice por favor, pase primero silvuplé, y cosas por el estilo. Así que no es mala solución. Como Quevedo, ya sabes, pero desayunando croissants en la Torre de Juan Abad. Con pocos pero doctos libros juntos, etcétera. Y esto de aquí, que lo disfrute quien lo soporte. ¿Imaginas? ¿Meses y años sin oír hablar de estatutos ni derechos históricos, ni de La Coruña con ele o sin ele, ni de diputados y diputadas electos y electas?

Fue entonces cuando a Antonio se le ocurrió la idea. Una librería, dijo. A medias. Podríamos llamarla Librería del Exilio, puesta en una buena calle de allí. La rue Bonaparte, por ejemplo, que a ti te gusta el nombre y sale en el Club Dumas. La cosa era tan tentadora, que en cinco minutos hicimos el plan: una librería con café enfrente, para cruzar la calle y desayunar mirando el escaparate. Y dentro, en las estanterías, autores españoles, para que el personal harto de tanto cuento y tanta murga pueda refugiarse en ellos y sobrevivir: Séneca, Jorge Manrique, Cervantes, Quevedo, Clarín, Ortega, Unamuno, Valle-Inclán, Miguel Hernández, Baroja. Nombres que hoy apenas encuentras en las librerías. Con muchas fotos colgadas en las paredes, de quienes en su día tomaron las de Villadiego: Goya, Moratín, Sender, Machado… Iban a faltar paredes. Podríamos, además, conmemorar innumerables centenarios. En España, cada día es aniversario de una barbaridad, o de una estupidez.






Frases de abuelo, historias de padre:


«Mi abuelo, que era un caballero de modales y casta a la vieja usanza, tenía una pésima visión histórica de los españoles. Tal vez porque nació hace un siglo, entre desastres coloniales, honra sin barcos y al runrún de las burbujas dejadas en Cavite y Santiago de Cuba por los navíos que los acorazados yanquis nos hundían sin el menor complejo, a cañonazos. «Lo que los españoles hacemos como nadie -decía mi venerable ancestro- es salir en los cuadros de Goya».
El garrote y la navaja - 13 de junio de 1993




«… Aquella grasa me costó muchas collejas de mis padres y mis abuelos, pero les aseguro que la echo de menos. O igual lo que en realidad echo de menos es tener padres y abuelos que dieran collejas, y estar en edad de recibirlas.…»
Tostadas de nata - 13 de julio de 1997


«Colecciono combates navales desde niño, cuando mi abuelo y mi padre me contaban Salamina, Actium, Lepanto o Trafalgar, veía en el cine películas como Duelo en el Atlántico, Bajo diez banderas, Hundid el Bismarck, La batalla del Río de la Plata o El zorro de los océanos –John Wayne haciendo de marino alemán, nada menos–, o leía sobre el último zafarrancho del corsario Emden con el crucero Sidneyfrente a las islas Cocos.…»
12 de Octubre de 2008 - Un Gudari de Cartagena - 797



La semana pasada fuimos de cementerios y esta semana aparece :



«Está en la calle Mayor de la ciudad mediterránea donde nací. Y en sus mesas, viendo pasar gente y vida, se sentaban mi padre y mi abuelo a tomarse el aperitivo y fumar un cigarro. Los dos dejaron el tabaco hace tiempo, cuando cambiaron la calle Mayor, por una lápida donde pone Familia Pérez-Reverte; así que ahora soy yo quien va a sentarse allí cuando vuelvo a mi ciudad; y como ellos hacían, permanezco inmóvil durante horas, mirando.…»
El Gran Bar - 07. 07. 1998



«… Incluso pienso que antes el sombrero estaba para eso; para utilizarlo con perfecta cortesía en el momento adecuado, como cuando mi abuelo se tocaba el ala con el pulgar y el índice y un elegante gesto de cabeza al ver de lejos a un conocido.…»
Bajo el ala del sombrero - 15  de octubre de 2000









«… Quién me iba a decir a mí -oh témpora!, oh mores!- que iba a terminar añorando, con cuarenta y seis tacos, no ya los zapatos veraniegos de rejilla, el pantalón de raya fina, el panamá de paja y la honesta camisa blanca de manga corta de mi abuelo, sino la racial y tripona silueta de ese otro ibérico varón que éramos antaño, con pelo a lo Manolo Escobar, zapatos de puntera, la maricona colgando de la muñeca, y aquella camisa desabotonada a medias, entre la que relucía una gruesa cadena de oro con la Virgen del Carmen.…»
Somos feos -20 de julio de 1997




«… Decía mi abuelo, con cinismo republicano y elegante, que en sus tiempos la boina se llevaba para que los obreros se la quitaran delante del patrón, y el sombrero para que los caballeros se lo quitaran delante de las señoras.…»
Bajo el ala del sombrero - 19 de enero 2003



«… Mi abuelo estuvo comprando el mismo tipo de sombrero panamá durante toda su vida. Y resulta que yo no puedo escribir seis meses seguidos con el mismo boli.…»
El armario del Tío Gilito - 17 de febrero de 2002





«… Zapatos que saben envejecer con dignidad, de esos a los que se refería mi abuelo cuando comentaba que la ropa, para llevarla bien -aparte de cómo sea cada cual, que ése es otro asunto debe tener tres cualidades: buena, usada sin ser vieja, y ligeramente pasada de moda.…»
01.06.03 ~ El eco de los propios pasos



«… La belleza enigmática, viajera con origen y destino desconocidos, que mi abuelo, viejo caballero hábil en el eufemismo y sus matices, definía como una mujer con un pasado.…»
8 de octubre de 2000 - El expreso de Milán







Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias jóvenes

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