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ANEXO al 30.05.10 ~ Cuentos infantiles ~

La Derrota
25/05/2010 10:05
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Se agradece un poquito de humor con la que está cayendo ahí afuera. Un divertido ejercicio de corrección política. Un resumido compendio de cagaditas de pollo en el arroz.
El tema de la interpretación de los cuentos infantiles está siempre relacionado con el de la educación en don Arturo.




Caperucita o Nakimoto, ésa es la cuestión. En todo caso, pintoresca polémica la surgida estos días en tomo a la declaración de cierto director general sobre si Caperucita es más traumático para los tiernos infantes que Bola de Dragón Z. Creo que se llama así. En todo caso, una de esas atrocidades en dibujos animados que los japoneses se sacan periódicamente de la manga del quimono. Por lo visto hay mucha escabechina y mucho bang-bang. Y al antedicho programador lo acusan de fomentar la violencia infantil y acaban mentándole a la madre. El hombre contraataca y dice que menos lobos, Caperucita.
Analicemos el asunto. Lo cierto es que aún no he tenido el gusto, mas deduzco que la tal bola del dragón debe de ser uno de los eventos mitológico-futuristas al uso, con Heidi —siempre ella, cielos, con esa mueca lateral que se perpetúa de generación en generación, de personaje en personaje— travestida de Terminator con lanzallamas luchando junto a los caballeros del futuro contra las perversas fuerzas del Mal. Seres televisivos, personajes y peripecias que sólo los más jóvenes —me refiero a los menores de doce años— saben identificar con ojo avezado e infalible, de expertos que se las saben todas. Los demás, rebasada esa línea de sombra, somos incapaces de captar los matices y confundimos héroes y seriales en una especie de cacao maravillao de dibujos animados, con errores de bulto de los que sólo nos saca la serena frialdad analítica de los enanos.
Uno llega a casa, por ejemplo, y en patético intento de congraciarse con el pequeño canalla establecido frente al televisor, le dice: —¿Qué tal le van las cosas a Sella?... A lo que el vástago responde, enarcando una ceja con desdén: —Papi, Sella es un caballero del Zodíaco. Este es Tadamichi Kuribayasi el proxeneta galáctico. Que no te enteras. Y acto seguido hace zapping a la videoconsola de Supermario mientras el padre se encamina, hecho polvo, hacia el diccionario para comprobar las acepciones de la palabra proxeneta.
Esta introducción viene a cuento para establecer que la simpatía que uno puede sentir por Akira, la Gran Bola esa o cualquier variante animada nipona es mínima. Dicho lo cual, podernos ajustar cuentas con su rubia oponente sin miedo a que nos tachen de parciales en la materia.
Caperucita Roja dista de ser una historia por encima de toda sospecha. Y menos en los tiempos que corren, cuando ya no hay lectores inocentes y hasta el más balbuceante pequeñajo posee una cultura audiovisual y una mala leche que para sí quisieran muchos tradicionales malvados — pobres diablos— de nuestras rancias películas de miedo y violencia en blanco y negro.
Sin ir más lejos. Aparte las conocidas connotaciones de que si Caperucita a esas horas y en el bosque vaya usted a saber, se me ocurren otras razones que ponen de manifiesto el carácter poco edificante del supuesto cuento infantil. Verbigracia: en la historia de la niña de las trenzas hay violencia, y no poca. El lobo se come a la abuelita. Si esto no es violencia, que baje Dios y lo vea. El reprobable gesto incluye, además, desprecio de sexo y abuso de la invalidez de una pobre anciana, además del acto indudablemente violento de zampársela. Después, el lobo reincide con la propia Caperucita, lo cual, por mucha hambre que tenga, no deja de ser traumático.
Pero aún hay más. Resulta que toda la historia es maniquea y sesgada — me encanta lo de sesgada, me lo he apropiado sin complejos de algunas admirables lumbreras de la oratoria nacional—. Y lo es, decía, porque sólo plantea el punto de vista caperucil, y no el del lobo, a priori tan presunto y respetable como el que más, pero de quien se perpetua una imagen pérfida. Acto seguido, al pobre depredador —que sólo cumple con su obligación de depredar— le rajan la barriga para liberar a la pequeña y a su abuela. Se desprende,aunque no vaya explícito en el cuento, que el lobo pierde la vida en el acto, lo que supone, de hecho, incitar a las criaturas a que destripen lobos como si tal cosa, por más que se trate de una especie amenazada de extinción- Y para más inri, quien realiza la operación es un cazador, aunque otras versiones aluden a un leñador .En cualquier caso, se presenta como salvador y como héroe a un individuo — ¿furtivo, con licencia, votante del Centro Democrático y Social?— dedicado a la destrucción parcial de la flora o la fauna. Y en cuanto a la propia Caperucita, habría que precisar cuál es la exacta naturaleza de su ambigua relación con el lobo. O sea.
Oscuro asunto, como pueden ver. Vidrioso, violento y antiecológico. Quizá, después de todo, la rutinaria gilipollez de Nakimoto y sus secuaces sea menos perniciosa para las ya perversas mentes infantiles que los saltitos por el bosque de esa niña con trenzas a la que nuestros vástagos le adjudican, desde hace mucho tiempo, las facciones de Leticia Sabater o de Sharon Stone.
Que ésa es otra.




«… Pero no hace falta irse tan lejos como a la guerra. Sobre el terreno abonado de aquí mismo nos llueve de eso cada día. El tiempo de las tortuguitas y los conejitos golosos que devoran frutos sabrosos, de las caperucitas bondadosas y los lobos malos terminó hace mucho tiempo. Esta sociedad desquiciada e infame, sus equívocos valores y sus mitos, moldea monstruos a su imagen y semejanza. Nunca ningún niño obtuvo tanta información como nuestros hijos con sólo sentarse un rato ante el televisor. Información incontrolada, rica y variopinta, donde los viejos tabúes de la tribu se hacen polvo, y donde las fronteras entre realidad y ficción, entre mundos reales y mundos virtuales, se difuminan.
Así que deseo a los expertos que analicen a gusto las causas de que los delitos juveniles sean cada vez más violentos. Y mientras establecen sus conclusiones, los adultos podemos ir atándonos los machos, pero bien. Porque, con congresos o sin ellos, los niñatos del futuro van a ser la leche. A fin de cuentas, cada cual tiene los gobiernos, la televisión y los hijos que se merece.»








La doctrina la fijó en lo que respecta a los cuentos infantiles en el deliciosamente ácido 18.02.07 Tiempo de emperadores desnudos

Es una lástima que a los niños de ahora no les demos a leer con más frecuencia aquellos viejos y extraordinarios cuentos clásicos de Andersen, Perrault o los hermanos Grimm, en vez de tanta imbecilidad cibertelevisiva o de esos relatos políticamente correctos, insultos descarados a la inteligencia infantil, del tipo el pirata Chapapata y la gallina Cucufata, Wolfi el lobo bueno y generoso, la habichuela Noelia y cosas así, con los que algunos profesores y padres se tragan el camelo de que los niños leen y lo que leen les aprovecha.

Frente a tanta chorrada vacía de contenido, historias de toda la vida, hermosas y duras al mismo tiempo como pueden serlo El patito feo o La niña de las cerillas, y sobre todo El soldadito de plomo con su trágico relato de amor, envidia, heroísmo, dignidad y muerte –el cuento que a algunos más nos hizo llorar de niños–, son extraordinarias introducciones para que las criaturas se vayan familiarizando con la vida y sus circunstancias. Para que se vacunen, vaya. O empiecen a hacerlo. Y me refiero a la vida de verdad: la vida real.

Uno de esos cuentos, por ejemplo, El traje nuevo del emperador, es una extraordinaria lección para interpretar el presente y prevenir el futuro; una herramienta de lo más eficaz para que nuestras criaturas, por lo menos las más espabiladas, adviertan lo que tenemos, y se preparen ante lo que les viene encima; que en vista del panorama va a ser de agárrate que vienen curvas. En realidad, el cuento del genial Andersen es para niños sólo en apariencia, pues contiene la mejor parábola sobre lo políticamente correcto que he leído nunca: el mejor y más afinado diagnóstico sobre la estupidez, la mentira y la infamia gregaria del mundo cobarde en que vivimos. La ilustre veteranía del relato prueba que la cosa no es de ahora; lo que ocurre es que, nunca como hoy, tantos millones de imbéciles estuvimos de acuerdo en mostrarnos de acuerdo en aquello en lo que ni siquiera creemos, o vemos. Ése es el aire de nuestro tiempo. Por no hablar de la España de cada día. De cada telediario.

Supongo que recuerdan el asunto. Dos pícaros redomados convencen al emperador de que pueden tejerle un traje con una tela maravillosa, que sólo verán los inteligentes, pero que para los tontos será absolutamente invisible. Durante la confección, los ministros y personalidades que asisten al evento no ven la tela, por supuesto, pues tal tela no existe; pero para que nadie los tome por tontos fingen admirarla como algo exquisito y de confección soberbia. El propio emperador, que tampoco es capaz de ver tela ninguna ni por el forro –«¿Seré idiota, o es que no sirvo para emperador?», se pregunta–, permite que le hagan pruebas con toda candidez; y mientras los dos estafadores hacen el paripé de probarle esto y coserle aquello, el muy hipócrita admira ante el espejo las supuestas vestiduras, alabándolas con entusiasmo, y recompensa generosamente a los sastres chungos. Por fin, el día del estreno del traje nuevo, el emperata sale a la calle en solemne procesión, llevándole la cola los cortesanos y pelotilleros de plantilla; y todos los súbditos, faltaría más, por aquello de qué dirán y el no vayan a creer que yo, etcétera, se deshacen en elogios y alabanzas del traje, poniéndolo de sublime para arriba, sin que nadie se atreva a reconocer que no ve un carajo. Hasta que, por fin, un niño inocente –en ese tiempo aún quedaban algunos– se parte de risa y grita que el emperador va desnudo. Entonces todo cristo cae en la cuenta de la superchería, y los mismos que alababan con descaro el traje se lanzan a la rechifla general: juas, juas, juas. Cosa que por otra parte es muy propia de la infame condición humana, siempre dispuesta a arrastrarte por la calle, como al Chipé, con el mismo entusiasmo con el que diez minutos antes te jaleaba y sacaba a hombros por la puerta grande. Pero lo más ilustrativo del cuento viene luego: cuando el emperador, que cae en la cuenta, al fin, de que ha estado haciendo el panoli, y que su estupidez de juzgado de guardia no se manifiesta en no ver el traje, sino precisamente en pretender verlo, decide que ya no puede volverse atrás, así que piensa: «Pase lo que pase, hay que aguantar hasta el fin». E, impertérrito, sigue su camino con paso majestuoso, aún más altivo que antes, tieso como un don Tancredo y desnudo como la madre que lo parió. O más. Y mientras, a su espalda, los ministros, chambelanes y cortesanos, fieles a su puerco oficio, siguen detrás, obedientes, sosteniéndole con todo respeto una cola que no existe.










Gracias don Arturo, gracias Salva, gracias niños perdidos.







Sobre lobos y japoneses - 20 de junio de 1993
18.02.07 Tiempo de emperadores desnudos
18 de septiembre de 1994. Jovencitos sin piedad

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