Discurso de mi vida - Alonso de Contreras - Libro Primero
La Derrota
09/04/2008 10:12
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Alonso de Contreras
Discurso de mi vida desde que salí a servir al rey, de edad de catorce años, que fue el año de 1597, hasta el fin del año de 1630, por primero de octubre, que comencé esta relación
Índice
Libro primero
Del nacimiento, crianza y padres del capitán Alonso de Contreras, caballero del hábito de San Juan, natural de Madrid
Capítulo 1
De mi infancia y padres
Comencé a ser soldado
Capítulo 2
Que trata hasta la segunda vuelta a Malta
Viaje a Malta
Vuelta a Sicilia
Viaje a Levante con galeones
Huida a Nápoles
Junta con los valencianos en Nápoles
Capítulo 3
En que trata hasta el milagro de la isla de Lampedosa
Vuelta a Malta con Betrián
Presa de la bandera
Pelea con la xelma
Que no jugasen
Toma de La Mahometa
Lengua del armada del turco
Llegada a Ríjoles y aviso de la armada
Ermita de la Lampedosa
Capítulo 4
En que se sigue viajes de Levante y sucesos hasta Estampalia
Toma de la galeota en los secos de los Gelves
Día de San Gregorio
Libertad a los capuchinos
Rescate que hice en Atenas del turco
Capítulo 5
En que se sigue hasta que vine a Malta otra vez de Levante
Llegada a Estampalia
Presa de la fragata que llevaba el cura de Estampalia
Cuando me quisieron casar en Estampalia
Caza de[l] jefer genovés
Solimán de Catania, jefer genovés
Salida del Archipiélago
Desdicha en Puerto Solimán
Presa en la Tortosa
Azotes que di al compadre de Brazo de Mayna
Traída del judío de Salónique
Presa de la húngara amiga de Solimán de Catania
Libro segundo
En que se da cuenta de mi venida a España y peregrinos sucesos que me sucedieron
Capítulo 6
Que cuenta cómo salí de Malta y fui a España, donde fui alférez
Fui alférez
Prisión de los valientes
Jornada a la putería de Córdoba
Capítulo 7
En que se sigue los sucesos de alférez
Segunda jornada
Cueva de armas de Hornachos
Herida del capitán
Badajoz con el Corregidor
Capítulo 8
En que se cuenta la pérdida del señor Adelantado de castilla en La Mahometa, donde yo estuve
Muerte del Adelantado de Castilla en La Mahometa, 1605
Casamiento
Capítulo 9
Cómo me fui a España y en ella me levantaron era rey de los moriscos, donde tuve mucho trabajo
Herida al escribano en El Escorial
Ermitaño
Prisión siendo ermitaño
Capítulo 10
En que se sigue el levantamiento de testimonio sobre que era rey
Tormento que me dieron
Huida de Madrid
Vuelta de Madrid a Valencia
Capítulo 11
En que se dice de la salida que hice de Madrid para Flandes y sucesos de la muerte de[l] rey de Francia
Muerte del rey de Francia, Enrique Cuarto, 1610, a catorce de mayo
Salida de Flandes en hábito de peregrino
Prisión en Borgoña
Tercera jornada
Prisión en Madrid
Veneno en Roma que me dieron
Capítulo 12
Cómo, llegado a Malta, volví a España y fui capitán de infantería española, y otros sucesos
Veneno que me dieron en Osuna
Capítulo 13
En que cuento el viaje que hice a las Indias y los sucesos de él
Capítulo 14
Cómo socorrí la fuerza de la mámora, y otros sucesos
Muerte de don Fernando Carrillo, presidente de Indias
Capítulo 15
Donde [cuento] que levanté otra compañía de infantería en Madrid, en Antón Martín, y otros sucesos
Gobierno de la Pantanalea
Hablado al Papa Urbano VIII
[Nota preliminar : edición digital a partir del Ms. 7460 de la Biblioteca Nacional, Madrid, y cotejada con la edición crítica de Henry Ettinghausen, Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral, 1988, cuya consulta recomendamos. Seguimos los criterios de fijación textual de dicha edición crítica.]
Libro primero
Del nacimiento, crianza y padres del capitán Alonso de Contreras, caballero del hábito de San Juan, natural de Madrid
Capítulo 1
De mi infancia y padres
Nací en la muy noble villa de Madrid, a 6 de enero de 1582. Fui bautizado en la parroquia de San Miguel. Fueron mis padrinos Alonso de Roa y María de Roa, hermano y hermana de mi madre. Mis padres se llamaron Gabriel Guillén y Juana de Roa y Contreras. Quise tomar el apellido de mi madre andando sirviendo al rey como muchacho, y cuando caí en el error que había hecho no lo pude remediar, porque en los papeles de mis servicios iba el Contreras, con que he pasado hasta hoy, y por tal nombre soy conocido (no obstante que en el bautismo me llamaron Alonso de Guillén), y yo me llamo Alonso de Contreras.
Fueron mis padres cristianos viejos, sin raza de moros ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio, como se verá en el discurso adelante de esta relación. Fueron pobres y vivieron casados como lo manda la Santa Madre Iglesia veinticuatro años, en los cuales tuvieron dieciséis hijos, y cuando murió mi padre quedaron ocho, seis hombres y dos hembras, y yo era el mayor de todos. En el tiempo que murió mi padre yo andaba a la escuela y escribía de ocho renglones; y en este tiempo se hizo en Madrid una tela para justar a un lado de la Puente Segoviana, donde se ponían tiendas de campana, y como cosa nueva iba todo el lugar a verlo. Juntéme con otro muchacho, hijo de un Alguacil de Corte, que se llamaba Salvador Moreno, y fuimos a ver la justa, faltando de la escuela. Y a otro día, cuando fui a ella, me dijo el maeso que subiese arriba a desatacar a otro muchacho, que me tenía por valiente; yo subí con mucho gusto y el maestro tras mí, y echando una trampa, me mandó desatacar a mí, y con un azote de pergamino me dio hasta que me sacó sangre, y esto a instancia del padre del muchacho, que era más rico que el mío, con lo cual, en saliendo de la escuela, como era costumbre nos fuimos a la plazuela de la Concepción Jerónima, y como tenía el dolor de los azotes, saqué el cuchillo de las escribanías y eché al muchacho en el suelo, boca abajo, y comencé a dar con el cuchillejo. Y como me parecía no lo hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas, y diciendo todos los muchachos que le había muerto, me huí y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada.
Este día había falta de pan y mi madre nos había dado a cada uno un pastel de a cuatro, y estándole comiendo llamaron a la puerta muy recio, y preguntando quién era, respondieron «La justicia», a lo cual me subí a lo alto de la casa y metí debajo de la cama de mi madre. Entró el alguacil y buscóme y hallóme, y sacándome de una muñeca, decía «¡Traidor, que me has muerto mi hijo!». Lleváronme a la Cárcel de Corte, donde me tomaron la confesión. Yo negué siempre y a otro día me visitaron con otros veintidós muchachos que habían prendido, y haciendo el relator relación que yo le había dado con el cuchillo de las escribanías dije que no, sino que le había dado otro muchacho, con lo cual entre todos los muchachos nos asimos en la sala de los alcaldes a mojicones, defendiendo cada uno que el otro le había dado, que no fue menester poco para apaciguarnos y echarnos de la sala. En suma, se dio tan buena maña el padre que en dos días probó ser yo el delincuente, y viéndome de poca edad hubo muchos pareceres, pero al último me salvó el ser menor y me dieron una sentencia de destierro por un año de la Corte y cinco leguas, y que no lo quebrantase so pena de destierro doblado, con lo cual salí a cumplirlo luego y el señor alguacil se quedó sin hijo, porque murió al tercero día.
Pasé mi año de destierro en Ávila, en casa de un tío mío que era cura de Santiago de aquella ciudad. Y acabado me volví a Madrid, y dentro de veinte días que había llegado, llegó también el Príncipe Cardenal Alberto, que venía de gobernar a Portugal y le mandaban ir a gobernar los estados de Flandes. Mi madre había hecho particiones de la hacienda y, sacado su dote, había quedado que repartir entre todos ocho hermanos seiscientos reales. Yo la dije a mi madre «Señora, yo me quiero ir a la guerra con el cardenal», y ella me dijo «Rapaz que no ha salido del cascarón y quiere ir a la guerra... Ya le tengo acomodado a oficio con un platero». Yo dije que no me inclinaba a servir oficio, sino al Rey, y no obstante me llevó en casa del platero que había concertado sin mi licencia. Dejóme en su casa y lo primero que hizo mi ama fue darme una cantarilla de cobre, no pequeña, para que fuese por ella de agua a los Caños del Peral. Díjela que yo no había venido a servir, sino a aprender oficio, que buscase quien fuese por agua. Alzó un chapín para darme y yo alcé la cantarilla y tirésela, aunque no pude hacerla mal porque no tenía fuerza y eché a huir por la escalera abajo y fui en casa de mi madre, dando voces que por que había de ir a servir de aguador. A lo cual llegó el platero y me quería aporrear; salí fuera y carguéme de piedras y comencé a tirar. Con que llegó gente, y sabido el caso, dijeron por qué me querían forzar la inclinación; con esto se fue el platero y quedé con mi madre, a quien dije «Señora, vuesa merced está cargada de hijos; déjeme ir a buscar mi vida con este príncipe». Y resolviéndose mi madre a ello, dijo «No tengo qué te dar». Dije «No importa, que yo buscaré para todos, Dios mediante». Con todo, me compró una camisa y unos zapatos de carnero, y me dio cuatro reales y me echó su bendición, con lo cual, un martes 7 de septiembre 1597, al amanecer, salí de Madrid tras las trompetas del Príncipe Cardenal.
Llegamos aquel día a Alcalá de Henares, y habiendo ido a una iglesia donde le tenían gran fiesta al Príncipe Cardenal, había un turronero entre otros muchos, con unos naipes en la mano. Yo, como aficionadillo, desaté de la falda de la camisa mis cuatro reales y comencé a jugar a las quínolas. Ganómelos, y tras ellos la camisa nueva, y luego los zapatos nuevos, que los llevaba en la pretina. Díjele si quería jugar la mala capilla. En breve tiempo dio con ella al traste, con que quedé en cuerpo, primicias de que había de ser soldado. No faltó allí quien me lo llamó y aún rogó al turronero me diese un real, el cual me lo dio, y un poco de turrón de alegría, con que me pareció que yo era el ganancioso. Aquella noche me fui a palacio, o a su cocina, por gozar de la lumbre, que ya refriaba. Pasé entre otros pícaros, y a la mañana tocaron las trompetas para ir a Guadalajara, con que fue menester seguir aquellas cuatro leguas mortales. Compré de lo que me quedó del real unos buñuelos, con que pasé mi carrera hasta Guadalajara. Rogaba a los mozos de cocina se doliesen de mí y me dejasen subir un poco en el carro largo donde iban las cocinas. No se dolían, como no era de su gremio.
Llegamos a Guadalajara y yo fuime a palacio, porque la noche antes me había sabido bien la lumbre de la cocina, donde me comedí, sin que me lo mandasen, en ayudar a pelar y a volver los asadores, con lo cual ya cené aquella noche, y pareciéndole a maestre Jaques, cocinero mayor del Príncipe Cardenal, que yo había andado comedido y servicial, me preguntó de dónde era. Yo se lo dije y que me iba a la guerra. Mandó que me diesen bien de cenar, y a otro día que me llevasen en el carro, lo cual hicieron bien contra su voluntad. Yo continué a trabajar en lo que los otros galopines, aventajándome, con que maestro Jaques me recibió por su criado. Con que vine a ser dueño de la cocina y de los carros largos que iban delante y con el Príncipe, donde me vengué de algunos pícaros, haciéndolos ir a pie un día, pero luego se me pasó la cólera.
Caminamos a Zaragoza, donde hubo muchas fiestas, y de allí a Montserrate y Barcelona, que pude llevar cuatro y seis personas sin que me costase blanca; todo esto hace el servir bien. En Barcelona estuvimos algunos días, hasta que nos embarcamos en veintiséis galeras, la vuelta de Génova. Y en Villafranca Jenica nos regaló mucho el Duque de Saboya. De allí pasamos a Saona y antes de llegar tomamos un navío, no sé si de turcos, o moros, o franceses, que creo había guerra entonces. Parecióme bien el ver pelear con el artillería. Tomóse.
Comencé a ser soldado
En Saona estuvimos algunos días, hasta que fuimos a Milán, donde nos estuvimos algunos días, y de allí tomamos el camino de Flandes, por Borgoña, donde hallamos muchas compañías de caballos y de infantería española que hicieron un escuadrón bizarro; y como vi algunos soldados que me parecían eran tan mozos como yo, me resolví de pedir licencia a mi amo maestre Jaques, el cual me había cobrado voluntad, y no sólo me dio licencia, pero me dijo que me había de aporrear, con que me indigné e hice un memorial para su Alteza, haciéndole relación de todo, y cómo le seguía desde Madrid, y que su cocinero no me quería dar licencia, que yo no quería servir si no era al Rey. Díjome que era muchacho y yo respondí que otros había en las compañías, y otro día hallé el memorial con un decreto que decía: «Siéntesele la plaza no obstante que no tiene edad para servirla», con que quedó mi amo desesperado. Y como no lo podía remediar me dijo que él no podía faltarme, que hasta que llegásemos a Flandes acudiese por todo lo que fuera menester. Yo lo hice y socorrí a más de diez soldados, y a mi cabo de escuadra en particular. Senté la plaza en la compañía del capitán Mejía, y caminando por nuestras jornadas, ya que estábamos cerca de Flandes, mi cabo de escuadra, a quien yo respetaba como al rey, me dijo una noche que le siguiera, que era orden del capitán, y nos fuimos del ejército, que no era amigo de pelear. Cuando amaneció estábamos lejos cinco leguas del ejército. Yo le dije que dónde íbamos; dijo que a Nápoles, con lo cual me cargó la mochila y me llevó a Nápoles, donde estuve con él algunos días, hasta que me huí en una nave que iba a Palermo.
Capítulo 2
Que trata hasta la segunda vuelta a Malta
Llegué en breve tiempo y luego me recibió por paje de rodela el capitán Felipe de Menargas, catalán. Servíle, con voluntad, de paje de rodela y él me quería bien. Ofrecióse una jornada para Levante, donde iban las galeras de Nápoles, su General, don Pedro de Toledo, y las galeras de Sicilia, su General, don Pedro de Leyba. Iban a tomar una tierra que se llama Petrache. Tocó embarcar la compañía de mi capitán en el galera Capitana de César Latorre, de la escuadra de Sicilia. Llegamos a Petrache, que está en la Morea, y echamos la gente en tierra, haciendo su escuadrón firme. La gente suelta o volante emprendieron entrar con sus escalas por la muralla; aquí fueron las primeras balas que me zurrearon las orejas, porque estaba delante de mi capitán, con mi rodela y jineta. Tomóse la tierra, pero el castillo no. Hubo muchos despojos, y esclavos, donde aunque muchacho me cupo buena parte, no en tierra, sino en galera, porque me dieron a guardar mucha ropa los soldados, como a persona que no me lo habían de quitar, pero luego que llegamos a Sicilia, de lo ganado hice un vestido con muchos colores, y un soldado de Madrid, que se me había dado por paisano, de quien yo me fiaba, me sonsacó unos vestidos de mi amo el capitán, diciendo eran para una comedia. Yo pensé decía verdad y que me había de llevar a ella, con lo cual cargó con toda la ropa, que era muy buena, lo mejor que tenía mi amo en los baúles, porque él lo escogió, junto con unos botones de oro y un cintillo. A otro día vino el sargento a casa y dijo al capitán cómo se habían ido cuatro soldados y el uno era mi paisano. Quedéme cortado cuando lo oí, y no dándome por entendido supe cómo las galeras de Malta estaban en el puerto y fuime a embarcar en ellas. Y llegado a Mesina escribí una carta al capitán, mi amo, dándole cuenta del engaño de mi paisano, que yo no le había pedido licencia de temor.
Viaje a Malta
Con que pasé mi viaje hasta Malta, y en la misma galera unos caballeros españoles trataron de acomodarme con el recibidor del Gran Maestre, un honrado caballero que se llamaba Gaspar de Monreal, que se holgó mucho de que le sirviese. Hícelo un año, con gran satisfacción suya, y al cabo de él le pedí licencia para irme a ser soldado a Sicilia, que el capitán mi amo me solicitaba con cartas, diciéndome cuánta satisfacción tenía de mi persona.
Vuelta a Sicilia
Diome licencia el comendador Monreal, con harto pesar suyo, y envióme bien vestido. Llegué a Mesina, donde estaba el Virrey, duque de Maqueda. Senté la plaza de soldado en la compañía de mi capitán, donde serví como soldado y no como criado ni paje. De ahí a un año el Virrey armó en corso una galeota y mandó que los soldados que quisieran ir en ella les darían cuatro pagas adelantadas; fui uno de ello[s] y fuimos a Berbería (era el capitán de ella Ruipérez de Mercado). Y no habiendo topado nada en Berbería, a la vuelta topamos otra galeota poco menos que la nuestra en una isla que llaman la Lampadosa. Entramos en la cala, donde se peleó muy poco, y la rendimos, cautivando en ella un corsario, el mayor de aquellos tiempos, que se llamaba Caradalí, y junto con él otros noventa turcos. Fuimos bien recibidos en Palermo del Virrey y, con la nueva presa, se engolosinó, que armó dos galeones grandes: uno se llamaba Galeón de Oro y otro Galeón de Plata. Embarquéme en Galeón de Oro y fuimos a Levante, donde hicimos tantas presas que es largo de contar, volviendo muy ricos, que yo, con ser de los soldados de a tres escudos de paga, traje más de trescientos ducados de mi parte, en ropa y dinero. Y después de llegados a Palermo mandó el Virrey nos diesen las partes de lo que se había traído. Tocóme a mí un sombrero lleno hasta las faldas de reales de a dos, con que comencé a engrandecerme de ánimo, pero dentro de pocos días se había jugado y gastado con otros desórdenes.
Viaje a Levante con galeones
Tornóse a enviar los dos galeones a Levante, donde hicimos increíbles robos en la mar y en la tierra, que tan bien afortunado era este señor Virrey. Saqueamos los almagacenes que están en Alegandreta, puerto de mar donde llegan a estos almagacenes todas las mercadurías que traen por tierra de la India, de Portugal, por Babilonia y Alepo. Fue mucha la riqueza que trujimos.
En el discurso de estos viajes no dormía yo, porque tenía afición a la navegación y siempre practicaba con los pilotos, viéndoles cartear y haciéndome capaz de las tierras que andábamos, puertos y cabos, marcándolas, que después me sirvió para hacer un derrotero de todo el Levante; Morea y Natolia, y Caramania, y Soria, y África, hasta llegar a cabo Cantín en el mar Océano; islas de Candía, y Chipre, y Cerdeña y Sicilia, Mallorca y Menorca; costa de España desde cabo de San Vicente, costeando la tierra, Sanlúcar, Gibraltar hasta Cartagena, y de ahí a Barcelona y costa de Francia hasta Marsella, y de ahí a Génova, y de Génova a Liorna, río Tíber y Nápoles, y de Nápoles toda la Calabria hasta llegar a la Pulla y golfo de Venecia, puerto por puerto, con puntas y calas donde se pueden reparar diversos bajeles, mostrándoles el agua. Este derrotero anda de mano mía por ahí, porque me lo pidió el Príncipe Filiberto para verle y se me quedó con él.
Llegamos a Palermo con toda nuestra riqueza, de que el Virrey se holgó mucho y nos dio las partes que quiso. Y con la libertad de ser levantes del Virrey y dinero que tenía no había quien se averiguase con nosotros, porque andábamos de hostería en hostería y de casa en casa. Una tarde fuimos a merendar a una hostería, como solíamos, y en el discurso de la merienda dijo uno de mis compañeros, que éramos tres «Trae aquí comida, bujarrón». El hostelero le dijo que mentía por la gola, con que sacó una daga y le dio de suerte que no se levantó. Cargó toda la gente sobre nosotros con asadores y otras armas, que fue bien menester el sabernos defender. Fuímonos a la iglesia de Nuestra Señora de Pie de Gruta, donde estuvimos retraídos hasta ver cómo lo tomaba el Virrey. Y sabido que había dicho que nos había de ahorcar si nos cogía, dije «Hermanos, más vale salto de matas que ruego de buenos».
Huida a Nápoles
Y recogiendo nuestra miseria cada uno, lo hicimos moneda, e hice que nos trujeran nuestros arcabuces, sin que supieran para qué; y traídos, como la iglesia está a la orilla de la mar, en el mismo puerto, yo me valí de mi marinería y puse los ojos en una faluca que estaba cargada de azúcar, y a medianoche les dije a las camaradas «Ya es hora que vuestras mercedes embarquen». Dijeron que seríamos sentidos. Yo dije «No hay dentro de la faluca más del mozo que la guarda». Y entrando dentro y tapando la boca al muchacho, zarpamos el ferro, diciéndole que callase, que lo mataríamos. Tomamos nuestros remos y comenzamos a salir de la cala; y al pasar por el castillo, dijeron «¡Ah de la barca!». Respondimos en italiano «Barca de pescar», con que no nos dijeron más. Puse la proa a la vuelta de Nápoles, que hay trescientas millas de golfo, y siendo Dios servido, llegamos sin peligro en tres días. Vino el guardián del puerto por la patente; contamos la verdad y que temerosos de que el duque de Maqueda no nos ahorcase nos habíamos huido, como esta dicho. Era Virrey el conde de Lemos viejo y había hecho capitán de infantería a su hijo, el señor don Francisco de Castro, que después fue Virrey de Sicilia y hoy conde de Lemos, aunque fraile. Quísonos ver el conde, y, viéndonos de buena traza y galanes, mandó sentásemos la plaza en la compañía de su hijo y que la faluca se enviase a Palermo, con la mercaduría de azúcar que tenía. Llamábannos en Nápoles los levantes del duque de Maqueda y nos tenían por hombres sin alma.
Junta con los valencianos en Nápoles
A pocos días que estuvimos allí en buena reputación y en una casa de camaradas los tres, sin admitir otras camaradas, una noche vino a nuestra casa un soldado de la misma compañía, valenciano, con otro; dicen eran caballeros. Y nos dijeron «Vuestras mercedes se sirvan de venir con nosotros, que nos ha sucedido aquí, en el cuartel de los florentines, un pesar». Nosotros, por no perder la opinión de levantes, dijimos «Vamos, voto a Cristo», y dejamos el ama sola en casa. Yendo por el camino hallamos un hombre que debía de estar haciendo el amor; y quedándose atrás el valenciano, oímos dar una voz. Volvimos a ver lo que era y venía el valenciano con una capa y un sombrero, y díjonos «No se quejará más el bujarrón». Yo le dije qué era aquello; dijo «Un bujarrón que le he enviado a cenar al infierno y me ha dejado esta capa». Yo me escandalicé cuando tal oí, y arrimándome a una de mis camaradas, le dije «Por Dios, que venimos a capear y no me contenta esto». Respondió «Amigo, paciencia por esta vez, no perdamos con éstos la opinión». Yo dije «Reniego de tal opinión». Y llegando a una casa donde vendían vino, que al parecer era donde les habían hecho el mal, entramos por un postigo y, diciendo y haciendo, comenzaron a dar tras el patrón y dando cuchilladas a las garrafas de vidrio, que eran muchas y asimismo a las botas de vino a coces, de suerte que las destampañaron y corría el vino como un río; el dueño, de la ventana, dando voces. Salimos por el postigo a la calle, y de la ventana dieron a una camarada de las mías con un tiesto, que lo derribaron redondo y quedó sin sentido; y a las grandes voces que daban llegó la ronda italiana y comenzamos a bregar y menear las manos; el caído no se podía levantar, que era lo que sentía. Últimamente, nos apretaron con las escopetas de manera, y con las alabardas, que a uno de los valencianos le pasaron una muñeca de un alabardazo y prendieron juntamente con el que estaba en tierra. Nosotros nos retiramos hacia nuestro cuartel y la ronda, llevando los presos, toparon con el muerto, a quien quitaron la capa el valenciano. Dieron aviso al cuerpo de guarda principal de los españoles y salió luego una ronda en busca de mi camarada y de mí y del otro valenciano. Y habiéndonos despedido del valenciano, nos íbamos a casa por la miseria que había para irnos, cuando vimos la ronda, con cuerdas encendidas, a nuestra puerta. Yo dije «Amigo, cada uno se salve, pues no me quisistes creer cuando la capa». Y echando por una callejuela me fui hacia el muelle, y en una posada que está junto al aduana llamé a donde estaba un caballero del Hábito de San Juan, que había venido de Malta a armar un galeón para ir a Levante, amigo mío, que se llamaba el capitán Betrián, y vístome se espantó. Contéle la verdad, y escondióme y tuvo veinte días hasta que estuvo de partencia, y aquella noche me embarcó y metió en la cámara del bizcocho, donde sudé harto hasta que estuvimos fuera de Nápoles, que me sacó fuera y me llevó de buena gana hasta Malta. Y el valenciano y mi camarada, a quien derribaron con el tiesto, los ahorcaron dentro de diez días. De las otras camaradas no supe jamás.
Capítulo 3
En que trata hasta el milagro de la isla de Lampedosa
Vuelta a Malta con Betrián
En Malta se holgó el comendador Monreal de verme y al cabo de algunos días que estuvimos allí nos partimos para Levante, con el galeón y una fragata. Estuvimos más de dos meses sin hacer presa y un día, yendo a tomar puerto en cabo Silidonia, hallamos dentro un bizarro caramuzal que era como un galeón. Embestimos con él y los turcos se echaron en la barca a tierra por salvar la libertad. Ordenó el capitán fuésemos tras ellos, con ofrecimiento de diez escudos por cada esclavo. Había un pinar grande y yo fui uno de los soldados que saltaron a tierra en seguimiento de los turcos. Llevaba mí espada y una rodela, y sin pelo de barba.
Presa de la bandera
Embosquéme en el pinar y topé con un turco como un filisteo, con una pica en la mano y en ella enarbolada una bandera naranjada y blanca. Llamando a los demás, yo enderecé con él y le dije «Sentabajo, perro». El turco me miró y rió diciéndome «Bremaneur casaca cocomiz», que quiere decir «Putillo, que te hiede el culo como un perro muerto». Yo me emperré y embracé la rodela y enderecé con él, con que ganándole la punta de la pica le di una estocada en el pecho que di con él en tierra y, quitando la bandera de la pica, me la ceñí. Y estaba despojando cuando llegaron dos soldados franceses diciendo «A la parte». Yo me levanté de encima del turco y embrazando mi rodela les dije que lo dejaran, que era mio, o que los mataría. Ellos les pareció que era de burla y comenzamos a darnos muy bien, sino que llegaron otros cuatro soldados con tres turcos que habían tomado y nos metieron en paz, con lo cual nos fuimos todos juntos al galeón sin que despojásemos al herido de cosa alguna. Contóse todo al capitán, el cual, tomada la confesión al turco, dijo que yo solo era el dueño de todo. Los franceses casi se amotinaban, porque yo sólo era español en todo aquel galeón y había de franceses más de cien. Y así hubo de dejar el capitán el caso hasta Malta, delante de los señores del Tribunal del Armamento. Tenía el turco encima cuatrocientos cequíes de oro; el caramuzal estaba cargado de jabón de Chipre. Metieron gente dentro y envióse a Malta, y nosotros nos quedamos a buscar más presas, y fuimos la vuelta de las cruceras de Alejandría.
Pelea con la xelma
Y de parte de tarde descubrimos un bajel al parecer grandísimo, como lo era; tomámosle por la juga por no perderle; y así nos encontramos a medianoche, y con el artillería lista le preguntamos «¿Qué bajel?». Respondió «Bajel que va por la mar». Y como él venía listo también, porque de un bajel no se le daba nada, a causa que traía más de cuatrocientos turcos dentro y bien artillado, dionos una carga que de ella nos llevó al otro mundo diecisiete hombres, sin algunos heridos. Nosotros le dimos la nuestra, que no fue menos. Abordámonos y fue reñida la pelea, porque nos tuvieron ganado el castillo de proa y fue trabajoso el rechazarlos a su bajel. Quedámonos esta noche hasta el día con lo dicho, y amaneciendo nos fuimos para él, que no huyó, pero nuestro capitán usó de un ardid que importó, dejando en cubierta no más de la gente necesaria y cerrados todos los escotillones, de suerte que era menester pelear o saltar a la mar. Fue reñida batalla, que les tuvimos ganado el castillo de proa muy gran rato, y nos echaron de él, con que nos desarrizamos y le combatíamos con el artillería, que éramos mejores veleros y mejor artillería.
Aquí vi dos milagros este día que son para dichos: y es que un artillero holandés se puso a cargar una pieza descubierto y le tiraron con otra de manera que le dio en medio de la cabeza, que se la hizo añicos, y roció con los sesos a los de cerca, y con un hueso de la cabeza dio a un marinero en las narices, que de nacimiento las tenía tuertas. Y después de curado, quedaron las narices tan derechas como las mías, con una señal de la herida. Otro soldado estaba lleno de dolores que no dejaba dormir en los ranchos a nadie, echando por vidas y reniegos. Y aquel día le dieron un cañonazo o bala de artillería raspándole las dos nalgas, con lo cual jamás se quejó de dolores en todo el viaje, y decía que no había visto mejores sudores que el aire de una bala.
Pasamos adelante con nuestra pelea aquel día a la larga, y viniendo la noche trató el enemigo de hacer fuerza para embestir en tierra, que estaba cerca, y siguiéndole nos hallamos todos dos muy cerca de tierra, con una calma, al amanecer, día de Nuestra Señora de la Concepción, y el capitán mandó que todos los heridos subiesen arriba a morir, porque dijo «Señores, o a cenar con Cristo o a Constantinopla». Subieron todos, y yo entre ellos, que tenía un muslo pasado de un mosquetazo y en la cabeza una grande herida que me dieron al subir en el navío del enemigo, con una partesana, el día antes cuando ganamos el castillo de proa. Llevábamos un fraile carmelita calzado por capellán y díjole el capitán «Padre, échenos una bendición, porque es el día postrero». El buen fraile lo hizo, y acabado mandó el capitán a la fragata que nos remolease hasta llegar al otro bajel, que estaba muy cerca; y abordándonos fue tan grande la escaramuza que se trabó que, aunque quisiéramos apartarnos, era imposible, porque había echado un áncora grande, con una cadena, dentro del otro bajel, porque no nos desasiéramos. Duró más de tres horas y al cabo de ellas se conoció la victoria por nosotros, porque los turcos, viéndose cerca de tierra, se comenzaron a echar a la mar, y no veían que nuestra fragata los iba pescando. Acabóse de ganar, con que después de haber aprisionado los esclavos se dio a saquear, que había mucho y rico. Y eran tantos los muertos que había dentro que pasaban doscientos cincuenta, y no los habían querido echar a la mar porque nosotros no lo viéramos. Echámoslos nosotros y vi aquel día cosa que para que se vea lo que es ser cristiano; digo que entre los muchos que se echaron a la mar muertos, hubo uno que quedó boca arriba, cosa muy contrario a los moros y turcos, que en echándolos muertos a la mar, al punto meten la cara y cuerpo hacia abajo y los cristianos hacia arriba. Preguntamos a los turcos que teníamos esclavos que como aquél estaba boca arriba, y dijeron que siempre lo habían tenido en sospecha de cristiano y que era renegado bautizado, y cuando renegó era ya hombre, de nación francesa.
Reparamos nuestro bajel y el preso, que todos dos lo habían menester, y tomamos la vuelta de Malta, donde llegamos en breve tiempo.
Que no jugasen
Y como la presa era tan rica, mandó el capitán nadie jugase, porque cada uno llegase rico a Malta. Mandó echar los dados y naipes a la mar y puso graves penas quien los jugase, con lo cual se ordenó un juego de esta manera: hacían un círculo en una mesa, como la palma de la mano, y en el centro de él otro círculo chiquito como de un real de a ocho, en el cual todos los que jugaban cada uno metía dentro de este círculo chico un piojo y cada uno tenía cuenta con el suyo y apostaban muy grandes apuestas, y el piojo que primero salía del círculo grande tiraba toda la apuesta, que certifico la hubo de ochenta cequíes. Como el capitán vio la resolución, dejó que jugasen a lo que quisiesen. Tanto es el vicio del juego en el soldado.
En Malta puse pleito por mi esclavo que tomé en tierra en cabo Silidonia, y habiéndose hecho de una parte y otra lo necesario, dieron sentencia los señores del Armamento: que los cuatrocientos cequíes entrasen en el número de la presa y que a mí se me diesen cien ducados de joya por el prisionero y la bandera, con facultad que la pusiese en mis armas por despojo si quería, lo cual hice con mucho gusto, y entregué la bandera a una iglesia de Nuestra Señora de la Gracia.
Tocóme con las partes y galima que hice más de mil quinientos ducados, los cuales se gastaron brevemente. Y viendo que las galeras de la Religión estaban de partencia para Levante a hacer una empresa, me embarqué en ellas por venturero, y en veinticuatro días fuimos y vinimos, habiendo tomado una fortaleza que está en la Morea, que se llama Pasaba, de la cual se trujeron quinientas personas entre hombres y mujeres y niños, el gobernador y mujer, hijos y caballo, y treinta piezas de artillería de bronce, que se espantó el mundo, sin perder un hombre. Verdad es que pensaron era la armada de cristianos que estaba en Mesina junta.
Luego, el mismo año, que fue 1601, fueron las mismas galeras a Berbería a hacer otra empresa. Embarquéme venturero como el viaje pasado y fuimos y tomamos una ciudad llamada La Mahometa. Fue de esta suerte.
Toma de La Mahometa
Llegamos a vista de la tierra la noche antes que hiciéramos esta empresa y caminamos muy poco a poco hasta la mañana, que estuvimos muy cerca. Mandó el general que todos nos pusiésemos turbantes en la cabeza y desarbolaron los trinquetes, de suerte que parecíamos galeotas de Morato Raez -y ellos lo pensaron- enarboladas banderas y gallardetes turquescos y con unos tamborilillos y charamolas, tocando a la turquesca. De esta manera llegamos a dar fondo muy cerca de tierra. La gente de la ciudad, que está en la misma lengua del agua, salió casi toda, niños y mujeres y hombres. Estaban señalados trescientos hombres para el efecto, que no fueron perezosos a hacerlo, y con presteza embistieron con la puerta y ganaron, con que quedó presa; yo fui uno de los trescientos. Cogimos todas las mujeres y niños y algunos hombres, porque se huyeron muchos. Entramos dentro y saqueamos, pero mala ropa, porque son pobres bagarinos; embarcáronse setecientas almas y la mala ropa. Vino luego socorro de más de tres mil moros, a caballo y a pie, con que dimos fuego por cuatro partes a la ciudad y nos embarcamos. Costónos tres caballeros y cinco soldados que se perdieron por codiciosos, con que nos volvimos a Malta contentos, y gasté lo poquillo que se había ganado, que las quiracas de aquella tierra son tan hermosas y taimadas que son dueñas de cuanto tienen los caballeros y soldados.
Lengua del armada del turco
De allí a pocos días me ordenó el señor Gran Maestre Viñancur fuese a Levante con una fragata a tomar lengua de los andamentos de la armada turquesca, por la práctica que tenía de la tierra y lengua. Llevaba la fragata, entre remeros y otros soldados, treinta y siete personas, de que yo era capitán, y para ello me dieron mi patente firmada y sellada del Gran Maestre. Fui a Levante y entré en el Archipiélago. Tuve noticia de unas barcas cómo la armada había salido de los castillos afuera y que quedaba en una isla que se llama el Tenedo, y que iba la vuelta de Jío. Yo me entretuve hasta ver que llegase a Jío, y sabiendo que estaba allí, aguardé a ver si iba a Negroponte, que está en la Morea, fuera del Archipiélago; porque si no sabía la certidumbre si iba a tierra de cristianos o se quedaba en sus mares, no hacía nada. Y es a saber que todos los años el General de la Mar sale de Constantinopla a visitar el Archipiélago, que son muchas islas habitadas de griegos, pero los corregidores son turcos, y de camino recoge su tributo, que es la renta que tiene, y hace justicia y castiga y absuelve; además, que todas aquellas islas le tienen guardado su presente, conforme es cada una, y tiene la habitación y muda los corregidores. Trae consigo la real con otras veinte galeras que están en Constantinopla, la escuadra de Rodas, que son nueve, las dos de Chipre y una de las dos de Alejandría, dos de Trípol de Suria, una de Egipto, otra de Nápoles de Romania, tres de Jío, otras dos de Negroponte, otra de la Cábala, otra de Mitilín. Éstas no son del Gran Turco, solas las de Constantinopla y las de Rodas, que las demás son de los gobernadores que gobiernan estas tierras que [he] nombrado. Acuérdome de las dos de Damiata, que es por donde pasa el Nilo, y en él están estas dos galeras y juntas hace su visita, como digo, en el Archipiélago. Y cuando ha de salir de él y venir a tierra de cristianos se juntan las de Berbería, Argel, Bizerta, Trípol y otras que arman para hacer cuerpo de armada, como lo hicieron este año; pero si no llegan a despalmar y tomar bastimentos a Negroponte, no hay pensar vayan a tierras de cristianos. Supe de cierto despalmaban y tomaban bastimentos en Negroponte y fuime a aguardar a Cabo de Mayna, y del dicho cabo descubrí la armada, que era de cincuenta y tres galeras con algunos bergantinillos. Partíme para la isla de la Sapiencia, que está enfrente de Modón, ciudad fuerte de turcos, y cerca de Navarín; de allí me vine al Zante, ciudad de venecianos en una isla fértil, y estuve hasta saber había partido de Navarín, y atravesé a la Chefalonia, también isla de venecianos, y de allí me vine de golfo a la Calabria, que hay cuatrocientas millas.
Llegada a Ríjoles y aviso de la armada
Tomé el primer terreno y di aviso cómo la armada venía, y costeando la tierra fui dando aviso hasta llegar a Ríjoles, donde tuve noticia cierta iba a saquear, como lo había hecho otro general, su antecesor, que se llamaba Cigala.
Fui bien recibido del gobernador de Ríjoles, que era un caballero del Hábito de San Juan que se llamaba Rotinel, el cual se previno llamando gente de su distrito y caballería, y fue menester darse buena prisa porque la armada estuvo dada fondo en la fosa de San Juan, distante de Ríjoles quince millas, al tercer día; y por los caballos que iban y venían de la fosa de San Juan a Ríjoles supimos cómo la armada echaba gente en tierra. El gobernador les hizo una emboscada que les degolló trescientos turcos y tomó prisión sesenta, con que se embarcaron sin hacer daño ninguno. Y a mí me mandó el gobernador me metiese en mi fragata y atravesase el foso y diese aviso a las ciudades Tabormina y Zaragoza y Agusta, que están en la costa de Sicilia, enfrente de la fosa de San Juan, distante veinte millas; lo cual hice atravesando por medio de su armada, y habiendo hecho lo que se me ordenó pasé a Malta y di aviso de lo referido y estúvose con cuidado, aunque la armada vino a la isla del Gozo, donde tenemos una buena fortificación, y como estaban ya con aviso, cuando el enemigo quiso desembarcar, la caballería que hay en aquella isla no se lo consintió, ni que hiciesen agua. Este fin tuvo este año la armada del turco en nuestras tierras. Pasáronse algunos días con las quiracas, y enviáronme a Berbería a reconocer la Cántara, que es una fortaleza que está en Berbería cerca de los Gelves, y es cargador de aceite, y se tenía nueva cargaban dos urcas para Levante.
Ermita de la Lampedosa
Salí del puerto de Malta con mi fragata bien armada camino de Berbería, y a medio camino hay una isla que llaman la Lampedosa, donde cogimos a Caradalí, aquel corsario. Tiene un puerto capaz para seis galeras y hay una torre encima del puerto muy grande, desierta. Dicen está encantada y que en esta isla fue donde se dieron la batalla el rey Rugero y Bradamonte, para mí fábula. Pero lo que no lo es: hay una cueva que se entra a paso llano; en ella hay una imagen de Nuestra Señora con un Niño en brazos, pintada en tela sobre una tabla muy antigua y que hace muchos milagros; en esta cueva hay su altar en que está la imagen, con muchas cosas que han dejado allí de limosnas cristianos, hasta bizcocho, queso, aceite, tocino, vino y dinero. Al otro lado de la cueva hay un sepulcro, donde dicen está enterrado un morabito turco que dicen es un santo suyo y tiene las mismas limosnas que nuestra imagen, más y menos, y mucho ropaje turquesco; sólo no tiene tocino. Es cosa cierta que esta limosna de comida la dejan los cristianos y turcos porque cuando llegan allí, sí se huye algún esclavo, tenga con qué comer hasta que venga bajel de su nación y le lleve, si es cristiano o turco. Hémoslo visto porque con las galeras de la Religión se nos ha huido moros y quedádose allí hasta que ha venido bajel de moros y se embarca en él, y en el ínter come de aquel bastimento. Saben si son bajeles de cristianos o moros los que quedan allí en esta forma: la isla tiene la torre dicha, donde suben y descubren a la mar, y en viendo bajel, van de noche entre las matas y al puerto, y en el lenguaje que hablan es fácil de conocer si es de los suyos; llaman y embárcanlo. Esto sucede cada día. Pero adviértese que ni él ni ninguno de los bajeles no se atreverá a tomar el valor de un alfiler de la cueva, porque es imposible salir del puerto; y esto lo vemos cada día. Suele estar ardiendo de noche y día la lámpara de la Virgen sin haber alma en la isla, la cual es tan abundante de tortugas de tierra que cargamos las galeras cuando vamos allí, y hay muchos conejos. Es llana como la palma; bojea ocho millas.
Toda esta limosna, que es grande, no consiente la imagen la tome ningún bajel de ninguna nación, si no son las galeras de Malta y lo llevan a la Iglesia de la Anunciada de Trápana. Y si otro lo toma no hay salir del puerto.
Capítulo 4
En que se sigue viajes de Levante y sucesos hasta Estampalia
Yo seguí mi viaje la vuelta de Berbería aquella noche, y amanecí en el seco, diez millas largo, donde estaba una galeota de diecisiete bancos, que no me holgué de verla. La cual, como me vio, enarboló un estandarte verde con tres medias lunas que llegaba al agua. Mi gente comenzó a desmayar y el patrón dijo «Ay de mí, que somos esclavos, que es la galeota de Cayte Mamí de Trípol». Yo le reñí y dije «Ea, hijos, que hoy tenemos buena presa». Paré y no navegué, por prevenirme; puse mi moyana en orden y enllenéla de clavos y balas y saquillos de piedra, y dije «Déjame, que esta galeota es nuestra; cada uno tenga su espada y rodela a su lado, y los soldados con sus mosquetes», que llevaba ocho que eran españoles, de quien me fiaba. Comencé a caminar hacia la galeota. Ella se estaba queda y hacía bien, porque yo ya no podía huir, aunque hubo pareceres de ello, pero era mi total ruina, además de la infamia. Díjelos «Amigos, ¿no veis que de aquí a tierra de cristianos hay ciento veinte millas y que este bajel es reforzado y a cuatro paladas nos a[l]canzará y les damos valor en huir? Dejáme hacer a mí, que yo también tengo vida. Mirá, en llegando a abordar esprolongaremos y daremos la carga de mosquetería; ellos se meterán abajo a recibirla». Y cuando se levantasen a darnos la suya, les daría con la moyana que estaba a mi cargo y los arrasaría.
Toma de la galeota en los secos de los Gelves
Parecióles bien, y arbolando nuestras banderas fui con el mayor valor a embestirla, que se quedaron atónitos; y vista mi resolución, ya que estábamos cerca, se puso en huida. Seguíla más de cuatro horas, no pudiéndola alcanzar, y mandé que no bogasen y que comiese la gente. La galeota hizo lo mismo sin apartarse. Torné a dar caza y ellos a recibirla, hasta la tarde, que hice lo mismo de no caminar y él hizo también lo mismo. Estúverne quedo toda la tarde y la noche, con buena guarda, por ver si se iría con la oscuridad, y yo hacer mi viaje a La Cántara. Antes de amanecer di de almorzar a la gente, y vino puro por lo que se podía ofrecer, y amanecido me los hallé a tiro de arcabuz. Puse la proa sobre ellos y los iba alcanzando y tiré la mosquetería. Ellos apretaron los puños en huir, yo en seguir, que no los quise dejar hasta que lo hice embestir en tierra, debajo de la fortaleza de los Gelves, donde saltaron en tierra, el agua a la cintura, porque esto todo es bajo y, aunque me tiraron algunas piezas, no por eso dejé de dar un cabo a la galeota, y saqué fuera, donde no me alcalzaba la artillería. Habían quedado dentro dos cristianos, que eran esclavos, el uno mallorquín y el otro siciliano de Trápana. Hubo algunas cosillas, como escopetas y arcos y flechas y alguna ropa de vestir. Quitéle las velas y la bandera, y el buque, con hartas cosillas que no quise por no cargar la fragata, lo mandé quemar. Partíme de allí la vuelta de La Cántara y no había en el cargador bajel ninguno. Olvidóseme decir de dónde era la galeota; y era de Santa Maura, que venía de Berbería [a] armar para andar en corso.
De La Cántara me fui a Trípol el Viejo y, en una cala que está doce millas, me metí desarbolado todo un día y noche, y a otro día al amanecer, pasaba un garbo cargado de ollas, con diecisiete moros y moras. No se me escapó ninguno y metílos en mi fragata, y eché a fondo el garbo, aunque le quité una tinaja llena de azafrán y algunos barraganes. Di la vuelta a Malta donde fui bien recibido. Dióseme lo que me tocaba de los esclavos, que los toma la Religión a sesenta escudos, malo con bueno, y del monte mayor me tocó a siete por ciento. Gastóse alegremente con amigos y la quiraca, que era la que mayor parte tenía en lo que ganaba con tanto trabajo.
Día de San Gregorio
En este tiempo se llegó el día de San Gregorio que está fuera de la ciudad seis millas, donde va toda la gente y el Gran Maestre, y no queda quiraca en el lugar. Yo había de ir, y de celos que tenía no quise ir, ni que fuera la quiraca. Y este día, después de comer, estando con la tal quiraca tratando nuestros celos, oí disparar una pieza del castillo de San Telmo, cosa nueva, y al punto otra. Salí a la calle y daban voces que se huían los esclavos del horno de la Religión, donde hacen el pan para toda ella. Partí al punto al burgo, donde tenía mi fragata, y pensando hallaría mi gente, fue en balde porque se habían ido a San Gregorio. Tomé luego de los barqueroles que andan ganando a pasar gente y armé la fragata, no metiendo más que la moyana y medias picas. Salí del puerto en seguimiento de los esclavos, que iban en una buena barca y llevaban por bandera una sábana. Llegando cerca, les dije que se rindiesen, y con poca vergüenza me dijeron que llegase. Eran veintitrés y llevaban tres arcos con cantidad de flechas y dos alfanjes y más de treinta asadores. Tornéles a decir que mirasen los había de echar a fondo, que se rindiesen, que no los harían mal, que obligados estaban a buscar la libertad. No quisieron, diciendo querían morir, pues les había quitado la libertad. Di fuego a la moyana y perniquebré a cuatro de ellos, y abordando me dieron una carga de flechazos que me mataron a un marinero e hirieron dos. Entré dentro y maniatados los metí en la fragata, y la barca que truje de remolco. Acerté a estropear uno de ellos, y era el cabo, y se iba muriendo de las heridas, y antes que acabase lo ahorqué de un pie y colgado de él entré en el puerto, donde estaba toda la gente de la ciudad en las murallas y el Gran Maestre que había venido al sentir la artillería. Llevaban más de doce mil ducados de plata y joyas de sus dueños que, aunque huían del horno, no había más que cuatro de él, que los demás eran de particulares. Valióme lo que yo me sé. Salté en tierra, besé la mano al Gran Maestre y estimó el servicio y mandó que se me diese doscientos escudos. Pero si yo no me hubiera pagado de mi mano, no tocara ni un real, porque cargaron aquellos señores dueños de los esclavos, que eran todos consejeros, y aún me puso pleito uno por el que ahorqué a que se le pagase. No tuvo efecto, que se quedó ahorcado y la quiraca satisfecha de no haber ido a la fiesta, porque gozó todo lo que hurté en la barca, de que hoy día tiene una casa harto buena y labrada a mi costa.
Libertad a los capuchinos
De allí a pocos días se ofreció que venían a Malta tres padres capuchinos de Sicilia, y se habían embarcado en un bajel cargado de leña y salió un bergantín y los cautivó. Súpolo el Maestre y a medianoche me envió a llamar y mandó en todo caso saliese del puerto en busca del bergantín, aunque fuese hasta Berbería. Hícelo, y llegado a Sicilia, a la Torre del Pozal, tomé lengua cómo el bergantín iba a La Licata. Seguíle y allí me dijeron había ido a Surgento, y allí me dijeron había ido hacia Marzara, y allí me dijeron que había ido hacia el Marétimo, isla, la vuelta de Berbería, que hay un castillejo del rey. Dijéronme que había más de siete horas se había partido a Berbería. Resolvíme seguirle. La gente se amotinó contra mí porque no llevaba el bastimento necesario, y era verdad, pero yo me fiaba en que estaba en el camino la Madre de Dios de la Lampedosa, a quien le quitáramos todo el bastimento, y al morabito, con intención de pagárselo, y así se lo dije a todos, con que se quietaron. Hice vela la vuelta de Berbería, en nombre de Dios, y a menos de cuatro horas la guarda de arriba descubrió el bajel.
Apreté a remo y vela porque no me faltase el día y ganábale el camino a palmos. El bergantín se resolvió irse a una isla que se llamaba la Linosa, con parecerle se salvaría por venir la noche, pero yo me di tan buena maña que le hice embestir antes de tiempo en la isla. Huyéronseme todos los moros, que eran diecisiete, y hallé el bergantín con solos los tres frailes y una mujer y un muchacho de catorce años y un viejo. Retiréle a la mar y estuve con buena guarda hasta la mañana. Era lástima ver los padres con las esposas en las manos. Cenamos, y a la mañana envié dos hombres diligentes a lo alto de la isla a reconocer la mar y que se quedase uno de guarda y el otro bajase con lo que había. Dijo estaba limpia de bajeles la mar, con lo cual envié al bosque, que es chiquito, a pegar fuego por cuatro partes y en el aire salieron todos diecisiete moros sin faltar ninguno. Aprisionélos y metí dentro de la fragata la mitad y en el bergantín la otra mitad, con otra mitad de mi gente, con lo cual hicimos vela la vuelta de Malta, donde entramos con el gusto que se deja considerar. Valióme mis trescientos escudillos el viaje, además del agradecimiento, con que echó un remiendo la quiraca.
Dentro de pocos días me enviaron a Levante a tomar lengua. Púseme en orden y partí de Golfo Lanzado. Fue el primer terreno que tomé el Zante, seiscientas millas distantes de Malta; entré en el Archipiélago, en la isla de Cerfanto. Una mañana topé un bergantinillo chico, medio despalmado, con diez griegos; metílos en mi fragata y pregunté dónde iban tan aprestados. Dijeron que a Jío. Yo, como era bellaco, les dije que dónde tenían los turcos que traían. Dijeron y juraron que no traían a nadie. Yo dije «Pues estos tapacines ¿cuyos son?, ¿no veis que son en que comen los turcos, que vosotros no traéis éstos?» Negaron. Yo comencé a darlos tormento y no como quiera. Pasáronlo todos excepto un muchacho de quince años a quien hice desnudar y que le atasen y sentasen en una piedra baja, y dije «Dime la verdad, si no con este cuchillo te [he] de cortar la cabeza». El padre del muchacho, como vio la resolución, vino y echóse a mis pies y dijome «¡Ah, capitano!, no me mates mi hijo, que yo te diré dónde están los turcos». Este tal se había ensuciado en el tormento: miren el amor de los hijos. Fueron soldados y trajeron tres turcos, uno señor y dos criados, con su ropa o aljuba de escarlata aforrada en martas y sus cuchillos damasquinos con su cadenilla de plata. Echóse a mis pies con una barba bermeja muy bien castigada. Despedí el bergantinillo con los griegos. Pero olvidábaseme que trajeron con el turco cinco baúles de estos redondos turquescos, llenos de damasco de diferentes colores y mucha seda sin torcer encarnada y algunos pares de zapaticos de niños.
Rescate que hice en Atenas del turco
Traté de tomar lengua y éste me la dio, porque venía de Constantinopla y traía un caramuzal cargado, y de miedo de los corsarios venía en aquel bergantinillo que parecía estaba seguro, y tenía razón. Díjome cómo la armada del turco iba al mar Negro, con que descuidé y traté si quería rescatarse. Dijo que sí. Vinimos a ajustar, tras largas pláticas, en que me daría tres mil cequíes de oro y que para ello había de empeñar dos hijos en Atenas, de donde era.
Fui hacia allá y no quise entrar en el puerto, porque tiene la boca estrecha y pueden no dejar salir si quieren con veinte arcabuceros; fui a una cala que está cinco millas de la tierra. Fue necesario enviar uno de los dos criados con tiempo de tres horas, no más, para ir y venir. Hízolo y vino con él toda la nobleza de Atenas a caballo. Cuando vi tanta caballería retiréme a la mar y en una pica enarbolaron una toalla blanca, con que me aseguré y yo arbolé la de San Juan. Entraron dentro tres turcos venerables y que yo saliese a ajustar. Hícelo con uno que parecía o debía de ser el gobernador por la obediencia que le tenían. Díjome que hasta otro día no se podía juntar el dinero. Respondí que con irme estaba hecho, que bien sabía que Negroponte estaba por tierra muy poco camino y podían avisar a Morato Gancho, que era el bay de aquella ciudad y podía venir con su galera, que era de veintiséis bancos, y cogerme; que si quería asegurarme de la mar y de la tierra que yo aguardaría lo que mandase. Díjome que de la mar no podía, que de la tierra sí. Yo dije «Pues dame licencia, que me quiero ir, y llama a tus turcos que están dentro la fragata». Él, como me vio resuelto, me dijo que gustaba de ello, y así, delante de todos, alzó el dedo, diciendo: «Hala, Ylala», con lo cual es más cierto este juramento que veinte escrituras cuarentijas. Hablamos de muchas cosas, porque entendía español; adviértese que había enviado a llamar al Morato Gancho. Comimos de una ternera que se mató y en lugar de vino bebimos aguardiente de pasas de Corinto. Hicieron que subiese a caballo; yo dije que no lo había ejercitado, sino el andar por mar.
Hiciéronlo ellos y corrieron y escaramuzaron que era de ver, porque los caballos eran buenos y traían todos encima de las ancas una cubierta corta de damasco de diferentes colores y eran más de doscientos cincuenta. Trajeron el dinero en reales de a ocho segovianos nuevos, y me rogaron los tomase, que no se hallaba oro. Dije al patrón que los tomase y contase, y parecíale que tanto dinero nuevo y tan lejos de donde se hace no hubiese alguna tramoya. Vino a mí, díjomelo, mandéle cortase uno y eran el centro de cobre y el borde de plata. Quéjeme luego y juramentando por Alá que no eran sabidores de ello quisieron matar a dos venecianos mercaderes, que lo habían traído, y lo hicieran si yo no les fuera a la mano. Rogáronme tuviese paciencia mientras se volvía a la ciudad a traer el dinero, y en cuatro caballos fueron cuatro turcos como el viento. Estando en esto, asomó por la punta de la cala la galeota de Morato Gancho. Yo cuando la vi me quedé helado, y al punto se pusieron a caballo y enarbolaron una bandera blanca en un[a] lanza. La galera fue a la vuelta de ellos y la hicieron dar fondo lejos de mí casi un tiro de arcabuz, que esta ley tienen estos turcos, y desembarcado el arráez vino donde estaba yo con otros turcos. Yo me fui para él y nos saludamos, él a su usanza, yo a la mía. Fue a ver al que yo tenía esclavo, pidiéndome licencia. Yo mandé al punto le echasen en tierra con su aljuba y cuchillos como le tomé, que lo estimaron mucho. Estuvimos de buena conversación y me pidieron fuese a ver la galera. Fuimos, y al entrar me saludaron con las charamelas. Estuve un poco y luego nos salimos a tierra y pasamos en conversación hasta que vinieron con el dinero, que no tardó dos horas en ir y venir. Trajéronlo en cequíes de oro y, más, me presentaron dos mantas blancas como una seda, dos alfanjes con sus guarniciones de plata, dos arcos y dos carcajes con quinientas flechas hechos un ascua de oro, mucho pan y aguardiente y dos terneras.
Mandé sacar la seda por torcer y los zapaticos y dilos al que era mi cautivo, que me besó en pago de ello y, más, le di una pieza de damasco y otra presenté a el arráez de la galera. Diome él unos cuchillos damasquinos. Con que ya anochecía, y queriéndome yo partir me rogó cenase con él, que por la mañana me iría. Acepté y regalóme muy bien. Estando cenando envió un billete mi cautivo al arráez pidiéndole rescatase sus dos criados y que me lo rogase; hízolo con grande instancia. Envié por ellos al punto a la fragata y díjele «Veslos aquí y a tu voluntad». Estimólo mucho. Dábame doscientos cequíes. No quise recibirlos, y así me dijo «Pues llévate este cristiano que me sirve en la popa a mí». Yo le dije que lo aceptaba porque cobraba libertad. Fuime a mi fragata y a la mañana envié a pedirle licencia para zarpar. Díjome que cuando yo quisiese; hícelo y, al pasar por cerca la galera, le saludé con la moyana. Respondióme con otra pieza, con que nos fuimos cada uno su viaje.
Tomé la derrota hacia el canal de Rodas y llegué a una isla que se llama Estampalia, con buena habitación de griegos. En ésta no hay corregidor, sino es capitán y gobernador un griego con patente del General de la Mar. Yo era muy conocido en todas estas islas y estimado, porque jamás los hice mal; antes los ayudaba siempre que podía. Cuando tomaba alguna presa de turcos y no la podía llevar a Malta, daba de limosna el bajel y les vendía el trigo o arroz y lino que de ordinario eran la carga que traían, y fue tanto esto que, cuando había algunas disensiones grandes decían: «Aguardemos al capitán Alonso», que así me llamaban, para que las sentenciase, y cuando venía me hacían relación y las sentenciaba, aunque aguardasen un año, y pasaban por ella como si lo mandara un consejo real y luego comíamos juntos los unos y los otros.
Capítulo 5
En que se sigue hasta que vine a Malta otra vez de Levante
Llegada a Estampalia
Llegado que fui a Estampalia entré en el puerto. Era día de fiesta, y así como conocieron que era yo avisaron y al punto bajaron casi toda la tierra y el capitán Jorge, que así se llamaba, apellidándome «Omorfo Pulicarto» que quiere decir «mozo galán». Venían muchas mujeres casadas y doncellas, en cuerpo, con sus basquiñas a media pierna y jaquetillas coloradas con media manga casi justa y las faldas de ella redondas hasta media barriga, medias de color y zapatos y algunas chinela abierta por la punta; y algunas las traen de terciopelo de color como el vestido, también quien puede de seda y, quien no, de grana. Sus perlas, como las traemos en la garganta acá, las traen en la frente, y sus arrancadas y manillas de oro en las muñecas quien puede. Entre éstas había muchas que eran mis comadres, a quien había yo sacado de pila sus hijos.
Venían todos tristes, como llorando, y a voces me pidieron les hiciese justicia, que una fragata de cristianos había, con engaño, llevádoles el papaz, que es el cura, y que habían pedido por él dos mil cequíes. Yo dije dónde estaba o cuándo le habían cautivado. Dijeron que esta mañana y no habían oído misa, y era esta hora las dos de la tarde. Torné a preguntar «Pues ¿dónde está la fragata de cristianos que le llevó?». Dijeron que en el Despalmador, que es un islote cerca dos millas. Enderecé allá con mi fragata y muy en orden, porque era fuerza el pelear aunque eran cristianos, porque son gente que arman sin licencia, y todos de mala vida, y hurtan a moros y a cristianos como se veía, pues cautivaba el cura y lo rescataba en dos mil cequíes.
Presa de la fragata que llevaba el cura de Estampalia
En suma, yo llegué al islote con las armas en la mano y la artillería en orden. Hallé la fragata con una bandera enarbolada con la imagen de Nuestra Señora; era la fragata chica, de nueve bancos con veinte personas. Mandé al punto entrase el capitán de ella en mi fragata, que al punto lo hizo, y preguntéle dónde había armado. Dijo que en Mesina. Pedíle la patente y diómela, pero era falsa, y así luego hice entrar en mi fragata la mitad de la gente y que les echasen esposas y envié a su fragata otros tantos. Comenzaron a quejarse diciendo que ellos no tenían culpa, que Jacomo Panaro les traía engañados, que así se llamaba su capitán, diciéndoles traía licencia del Virrey, y que querían ir sirviéndome al cabo del mundo y no andar un punto con el otro, que ellos no habían sabido quería cautivar al papaz y que así como vieron entrar mi fragata en el puerto quiso huirse el capitán con el papaz y ellos no quisieron sino aguardar. Con esto me resolví a que no les echasen esposas y desembarqué al capitán en el islote, desnudo, sin sustento ninguno, para que allí pagase su pecado muriendo de hambre. Partí con las dos fragatas a la tierra y, llegado al puerto, estaban casi toda la gente de ella.
Desembarqué al papaz, y así como le vieron comenzaron a gritar y a darme mil bendiciones. Supieron cómo dejaba desnudo al capitán en la isla y sin comida; pidiéronme de rodillas enviase por él. Dije que no me enojasen, que así se castigaban los enemigos de cristianos, ladrones, que agradeciesen que no le había ahorcado. Subimos a la iglesia del lugar, dejando en guarda las fragatas, sin que subiese sino una camarada. En entrando en la iglesia se sentaron en bancos los más caballeros, si es que los había; quiero decir los más granados, que en todas partes hay más y menos. A mí me sentaron solo en una silla, con una alfombra debajo los pies, y de allí un poco, salió revestido el cura, como de Pascua, y comenzó a cantar y a responder toda la gente con «Cristo Saneste», que es dar gracias a Dios. Incensóme y después me besó en el carrillo y luego fue viniendo toda la gente, los hombres primero y luego las mujeres, haciendo lo mismo. Cierto es que había hartas hermosas, de que no me pesaba sus besos, que templaba con ellos los que me habían dado tantos barbados y bien barbados. De allí salimos y fuimos a casa del capitán, donde se quedaron a comer el papaz y la parentela. Enviaron luego a las fragatas mucho vino y pan y carne guisada y frutas de las que había en abundancia.
Cuando me quisieron casar en Estampalia
Sentámonos a comer, que había harto y bueno. Sentarónme a la cabecera de mesa; no lo consentí, sino que se sentase el papaz. Sentarónse las mujeres del capitán y su hija, que era doncella y hermosa y bien ataviada. Comióse y hubo muchos brindis, y acabada la comida dije que me quería ir a las fragatas. Levantóse el papaz con mucha gravedad y dijo: «Capitán Alonso, los hombres y mujeres de esta tierra te han cerrado la puerta y quieren, rogándotelo, seas su caudillo y amparo, casándote con esta señora hija del capitán Jorge, el cual te dará toda su hacienda y nosotros la nuestra y nos obligaremos a que el General de la Mar te dé el cargo de capitán de esta tierra, que con un presente que le hagamos y pagarle el jarache acostumbrado no habrá contradicción ninguna, y todos te seremos obedientes esclavos. Y advierte que lo hemos jurado en la iglesia y que no puede ser menos. Por Dios que nos cumplas este deseo que tenemos muchos días han.»
Yo respondí que era imposible hacer lo que me pedían porque, además de que había de tornar a Malta a dar cuenta de lo que se me había encomendado, era dar nota de mi persona y no dirían quedaba casado en tierra de cristianos y con cristiana, sino en Turquía y renegado la fe que tanto estimo. Además que aquella gente que traía quedaban en el riñón de Turquía y se podrían perder y así sería yo causa de su perdición, perdiendo su libertad. Y aunque les pareció mis razones fuertes, era tanto el deseo que tenían que dijeron me había de quedar allí. Vístoles con tal resolución, dije que fuese mi camarada a las fragatas y diese un tiento a ver cómo lo tomaba mi gente y conforme viera, haría yo.
Bajó mi camarada y contó el caso, de que todos se espantaron; y sí acá arriba me tenían amor, mucho más me tenían ellos. Con lo cual comenzaron a armarse y sacaron una moyana de cada fragata y la pusieron en un molino de viento que estaba enfrente de la puerta, poco distante, y enviaron a decir con mi camar
Discurso de mi vida desde que salí a servir al rey, de edad de catorce años, que fue el año de 1597, hasta el fin del año de 1630, por primero de octubre, que comencé esta relación
Índice
Libro primero
Del nacimiento, crianza y padres del capitán Alonso de Contreras, caballero del hábito de San Juan, natural de Madrid
Capítulo 1
De mi infancia y padres
Comencé a ser soldado
Capítulo 2
Que trata hasta la segunda vuelta a Malta
Viaje a Malta
Vuelta a Sicilia
Viaje a Levante con galeones
Huida a Nápoles
Junta con los valencianos en Nápoles
Capítulo 3
En que trata hasta el milagro de la isla de Lampedosa
Vuelta a Malta con Betrián
Presa de la bandera
Pelea con la xelma
Que no jugasen
Toma de La Mahometa
Lengua del armada del turco
Llegada a Ríjoles y aviso de la armada
Ermita de la Lampedosa
Capítulo 4
En que se sigue viajes de Levante y sucesos hasta Estampalia
Toma de la galeota en los secos de los Gelves
Día de San Gregorio
Libertad a los capuchinos
Rescate que hice en Atenas del turco
Capítulo 5
En que se sigue hasta que vine a Malta otra vez de Levante
Llegada a Estampalia
Presa de la fragata que llevaba el cura de Estampalia
Cuando me quisieron casar en Estampalia
Caza de[l] jefer genovés
Solimán de Catania, jefer genovés
Salida del Archipiélago
Desdicha en Puerto Solimán
Presa en la Tortosa
Azotes que di al compadre de Brazo de Mayna
Traída del judío de Salónique
Presa de la húngara amiga de Solimán de Catania
Libro segundo
En que se da cuenta de mi venida a España y peregrinos sucesos que me sucedieron
Capítulo 6
Que cuenta cómo salí de Malta y fui a España, donde fui alférez
Fui alférez
Prisión de los valientes
Jornada a la putería de Córdoba
Capítulo 7
En que se sigue los sucesos de alférez
Segunda jornada
Cueva de armas de Hornachos
Herida del capitán
Badajoz con el Corregidor
Capítulo 8
En que se cuenta la pérdida del señor Adelantado de castilla en La Mahometa, donde yo estuve
Muerte del Adelantado de Castilla en La Mahometa, 1605
Casamiento
Capítulo 9
Cómo me fui a España y en ella me levantaron era rey de los moriscos, donde tuve mucho trabajo
Herida al escribano en El Escorial
Ermitaño
Prisión siendo ermitaño
Capítulo 10
En que se sigue el levantamiento de testimonio sobre que era rey
Tormento que me dieron
Huida de Madrid
Vuelta de Madrid a Valencia
Capítulo 11
En que se dice de la salida que hice de Madrid para Flandes y sucesos de la muerte de[l] rey de Francia
Muerte del rey de Francia, Enrique Cuarto, 1610, a catorce de mayo
Salida de Flandes en hábito de peregrino
Prisión en Borgoña
Tercera jornada
Prisión en Madrid
Veneno en Roma que me dieron
Capítulo 12
Cómo, llegado a Malta, volví a España y fui capitán de infantería española, y otros sucesos
Veneno que me dieron en Osuna
Capítulo 13
En que cuento el viaje que hice a las Indias y los sucesos de él
Capítulo 14
Cómo socorrí la fuerza de la mámora, y otros sucesos
Muerte de don Fernando Carrillo, presidente de Indias
Capítulo 15
Donde [cuento] que levanté otra compañía de infantería en Madrid, en Antón Martín, y otros sucesos
Gobierno de la Pantanalea
Hablado al Papa Urbano VIII
[Nota preliminar : edición digital a partir del Ms. 7460 de la Biblioteca Nacional, Madrid, y cotejada con la edición crítica de Henry Ettinghausen, Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral, 1988, cuya consulta recomendamos. Seguimos los criterios de fijación textual de dicha edición crítica.]
Libro primero
Del nacimiento, crianza y padres del capitán Alonso de Contreras, caballero del hábito de San Juan, natural de Madrid
Capítulo 1
De mi infancia y padres
Nací en la muy noble villa de Madrid, a 6 de enero de 1582. Fui bautizado en la parroquia de San Miguel. Fueron mis padrinos Alonso de Roa y María de Roa, hermano y hermana de mi madre. Mis padres se llamaron Gabriel Guillén y Juana de Roa y Contreras. Quise tomar el apellido de mi madre andando sirviendo al rey como muchacho, y cuando caí en el error que había hecho no lo pude remediar, porque en los papeles de mis servicios iba el Contreras, con que he pasado hasta hoy, y por tal nombre soy conocido (no obstante que en el bautismo me llamaron Alonso de Guillén), y yo me llamo Alonso de Contreras.
Fueron mis padres cristianos viejos, sin raza de moros ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio, como se verá en el discurso adelante de esta relación. Fueron pobres y vivieron casados como lo manda la Santa Madre Iglesia veinticuatro años, en los cuales tuvieron dieciséis hijos, y cuando murió mi padre quedaron ocho, seis hombres y dos hembras, y yo era el mayor de todos. En el tiempo que murió mi padre yo andaba a la escuela y escribía de ocho renglones; y en este tiempo se hizo en Madrid una tela para justar a un lado de la Puente Segoviana, donde se ponían tiendas de campana, y como cosa nueva iba todo el lugar a verlo. Juntéme con otro muchacho, hijo de un Alguacil de Corte, que se llamaba Salvador Moreno, y fuimos a ver la justa, faltando de la escuela. Y a otro día, cuando fui a ella, me dijo el maeso que subiese arriba a desatacar a otro muchacho, que me tenía por valiente; yo subí con mucho gusto y el maestro tras mí, y echando una trampa, me mandó desatacar a mí, y con un azote de pergamino me dio hasta que me sacó sangre, y esto a instancia del padre del muchacho, que era más rico que el mío, con lo cual, en saliendo de la escuela, como era costumbre nos fuimos a la plazuela de la Concepción Jerónima, y como tenía el dolor de los azotes, saqué el cuchillo de las escribanías y eché al muchacho en el suelo, boca abajo, y comencé a dar con el cuchillejo. Y como me parecía no lo hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas, y diciendo todos los muchachos que le había muerto, me huí y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada.
Este día había falta de pan y mi madre nos había dado a cada uno un pastel de a cuatro, y estándole comiendo llamaron a la puerta muy recio, y preguntando quién era, respondieron «La justicia», a lo cual me subí a lo alto de la casa y metí debajo de la cama de mi madre. Entró el alguacil y buscóme y hallóme, y sacándome de una muñeca, decía «¡Traidor, que me has muerto mi hijo!». Lleváronme a la Cárcel de Corte, donde me tomaron la confesión. Yo negué siempre y a otro día me visitaron con otros veintidós muchachos que habían prendido, y haciendo el relator relación que yo le había dado con el cuchillo de las escribanías dije que no, sino que le había dado otro muchacho, con lo cual entre todos los muchachos nos asimos en la sala de los alcaldes a mojicones, defendiendo cada uno que el otro le había dado, que no fue menester poco para apaciguarnos y echarnos de la sala. En suma, se dio tan buena maña el padre que en dos días probó ser yo el delincuente, y viéndome de poca edad hubo muchos pareceres, pero al último me salvó el ser menor y me dieron una sentencia de destierro por un año de la Corte y cinco leguas, y que no lo quebrantase so pena de destierro doblado, con lo cual salí a cumplirlo luego y el señor alguacil se quedó sin hijo, porque murió al tercero día.
Pasé mi año de destierro en Ávila, en casa de un tío mío que era cura de Santiago de aquella ciudad. Y acabado me volví a Madrid, y dentro de veinte días que había llegado, llegó también el Príncipe Cardenal Alberto, que venía de gobernar a Portugal y le mandaban ir a gobernar los estados de Flandes. Mi madre había hecho particiones de la hacienda y, sacado su dote, había quedado que repartir entre todos ocho hermanos seiscientos reales. Yo la dije a mi madre «Señora, yo me quiero ir a la guerra con el cardenal», y ella me dijo «Rapaz que no ha salido del cascarón y quiere ir a la guerra... Ya le tengo acomodado a oficio con un platero». Yo dije que no me inclinaba a servir oficio, sino al Rey, y no obstante me llevó en casa del platero que había concertado sin mi licencia. Dejóme en su casa y lo primero que hizo mi ama fue darme una cantarilla de cobre, no pequeña, para que fuese por ella de agua a los Caños del Peral. Díjela que yo no había venido a servir, sino a aprender oficio, que buscase quien fuese por agua. Alzó un chapín para darme y yo alcé la cantarilla y tirésela, aunque no pude hacerla mal porque no tenía fuerza y eché a huir por la escalera abajo y fui en casa de mi madre, dando voces que por que había de ir a servir de aguador. A lo cual llegó el platero y me quería aporrear; salí fuera y carguéme de piedras y comencé a tirar. Con que llegó gente, y sabido el caso, dijeron por qué me querían forzar la inclinación; con esto se fue el platero y quedé con mi madre, a quien dije «Señora, vuesa merced está cargada de hijos; déjeme ir a buscar mi vida con este príncipe». Y resolviéndose mi madre a ello, dijo «No tengo qué te dar». Dije «No importa, que yo buscaré para todos, Dios mediante». Con todo, me compró una camisa y unos zapatos de carnero, y me dio cuatro reales y me echó su bendición, con lo cual, un martes 7 de septiembre 1597, al amanecer, salí de Madrid tras las trompetas del Príncipe Cardenal.
Llegamos aquel día a Alcalá de Henares, y habiendo ido a una iglesia donde le tenían gran fiesta al Príncipe Cardenal, había un turronero entre otros muchos, con unos naipes en la mano. Yo, como aficionadillo, desaté de la falda de la camisa mis cuatro reales y comencé a jugar a las quínolas. Ganómelos, y tras ellos la camisa nueva, y luego los zapatos nuevos, que los llevaba en la pretina. Díjele si quería jugar la mala capilla. En breve tiempo dio con ella al traste, con que quedé en cuerpo, primicias de que había de ser soldado. No faltó allí quien me lo llamó y aún rogó al turronero me diese un real, el cual me lo dio, y un poco de turrón de alegría, con que me pareció que yo era el ganancioso. Aquella noche me fui a palacio, o a su cocina, por gozar de la lumbre, que ya refriaba. Pasé entre otros pícaros, y a la mañana tocaron las trompetas para ir a Guadalajara, con que fue menester seguir aquellas cuatro leguas mortales. Compré de lo que me quedó del real unos buñuelos, con que pasé mi carrera hasta Guadalajara. Rogaba a los mozos de cocina se doliesen de mí y me dejasen subir un poco en el carro largo donde iban las cocinas. No se dolían, como no era de su gremio.
Llegamos a Guadalajara y yo fuime a palacio, porque la noche antes me había sabido bien la lumbre de la cocina, donde me comedí, sin que me lo mandasen, en ayudar a pelar y a volver los asadores, con lo cual ya cené aquella noche, y pareciéndole a maestre Jaques, cocinero mayor del Príncipe Cardenal, que yo había andado comedido y servicial, me preguntó de dónde era. Yo se lo dije y que me iba a la guerra. Mandó que me diesen bien de cenar, y a otro día que me llevasen en el carro, lo cual hicieron bien contra su voluntad. Yo continué a trabajar en lo que los otros galopines, aventajándome, con que maestro Jaques me recibió por su criado. Con que vine a ser dueño de la cocina y de los carros largos que iban delante y con el Príncipe, donde me vengué de algunos pícaros, haciéndolos ir a pie un día, pero luego se me pasó la cólera.
Caminamos a Zaragoza, donde hubo muchas fiestas, y de allí a Montserrate y Barcelona, que pude llevar cuatro y seis personas sin que me costase blanca; todo esto hace el servir bien. En Barcelona estuvimos algunos días, hasta que nos embarcamos en veintiséis galeras, la vuelta de Génova. Y en Villafranca Jenica nos regaló mucho el Duque de Saboya. De allí pasamos a Saona y antes de llegar tomamos un navío, no sé si de turcos, o moros, o franceses, que creo había guerra entonces. Parecióme bien el ver pelear con el artillería. Tomóse.
Comencé a ser soldado
En Saona estuvimos algunos días, hasta que fuimos a Milán, donde nos estuvimos algunos días, y de allí tomamos el camino de Flandes, por Borgoña, donde hallamos muchas compañías de caballos y de infantería española que hicieron un escuadrón bizarro; y como vi algunos soldados que me parecían eran tan mozos como yo, me resolví de pedir licencia a mi amo maestre Jaques, el cual me había cobrado voluntad, y no sólo me dio licencia, pero me dijo que me había de aporrear, con que me indigné e hice un memorial para su Alteza, haciéndole relación de todo, y cómo le seguía desde Madrid, y que su cocinero no me quería dar licencia, que yo no quería servir si no era al Rey. Díjome que era muchacho y yo respondí que otros había en las compañías, y otro día hallé el memorial con un decreto que decía: «Siéntesele la plaza no obstante que no tiene edad para servirla», con que quedó mi amo desesperado. Y como no lo podía remediar me dijo que él no podía faltarme, que hasta que llegásemos a Flandes acudiese por todo lo que fuera menester. Yo lo hice y socorrí a más de diez soldados, y a mi cabo de escuadra en particular. Senté la plaza en la compañía del capitán Mejía, y caminando por nuestras jornadas, ya que estábamos cerca de Flandes, mi cabo de escuadra, a quien yo respetaba como al rey, me dijo una noche que le siguiera, que era orden del capitán, y nos fuimos del ejército, que no era amigo de pelear. Cuando amaneció estábamos lejos cinco leguas del ejército. Yo le dije que dónde íbamos; dijo que a Nápoles, con lo cual me cargó la mochila y me llevó a Nápoles, donde estuve con él algunos días, hasta que me huí en una nave que iba a Palermo.
Capítulo 2
Que trata hasta la segunda vuelta a Malta
Llegué en breve tiempo y luego me recibió por paje de rodela el capitán Felipe de Menargas, catalán. Servíle, con voluntad, de paje de rodela y él me quería bien. Ofrecióse una jornada para Levante, donde iban las galeras de Nápoles, su General, don Pedro de Toledo, y las galeras de Sicilia, su General, don Pedro de Leyba. Iban a tomar una tierra que se llama Petrache. Tocó embarcar la compañía de mi capitán en el galera Capitana de César Latorre, de la escuadra de Sicilia. Llegamos a Petrache, que está en la Morea, y echamos la gente en tierra, haciendo su escuadrón firme. La gente suelta o volante emprendieron entrar con sus escalas por la muralla; aquí fueron las primeras balas que me zurrearon las orejas, porque estaba delante de mi capitán, con mi rodela y jineta. Tomóse la tierra, pero el castillo no. Hubo muchos despojos, y esclavos, donde aunque muchacho me cupo buena parte, no en tierra, sino en galera, porque me dieron a guardar mucha ropa los soldados, como a persona que no me lo habían de quitar, pero luego que llegamos a Sicilia, de lo ganado hice un vestido con muchos colores, y un soldado de Madrid, que se me había dado por paisano, de quien yo me fiaba, me sonsacó unos vestidos de mi amo el capitán, diciendo eran para una comedia. Yo pensé decía verdad y que me había de llevar a ella, con lo cual cargó con toda la ropa, que era muy buena, lo mejor que tenía mi amo en los baúles, porque él lo escogió, junto con unos botones de oro y un cintillo. A otro día vino el sargento a casa y dijo al capitán cómo se habían ido cuatro soldados y el uno era mi paisano. Quedéme cortado cuando lo oí, y no dándome por entendido supe cómo las galeras de Malta estaban en el puerto y fuime a embarcar en ellas. Y llegado a Mesina escribí una carta al capitán, mi amo, dándole cuenta del engaño de mi paisano, que yo no le había pedido licencia de temor.
Viaje a Malta
Con que pasé mi viaje hasta Malta, y en la misma galera unos caballeros españoles trataron de acomodarme con el recibidor del Gran Maestre, un honrado caballero que se llamaba Gaspar de Monreal, que se holgó mucho de que le sirviese. Hícelo un año, con gran satisfacción suya, y al cabo de él le pedí licencia para irme a ser soldado a Sicilia, que el capitán mi amo me solicitaba con cartas, diciéndome cuánta satisfacción tenía de mi persona.
Vuelta a Sicilia
Diome licencia el comendador Monreal, con harto pesar suyo, y envióme bien vestido. Llegué a Mesina, donde estaba el Virrey, duque de Maqueda. Senté la plaza de soldado en la compañía de mi capitán, donde serví como soldado y no como criado ni paje. De ahí a un año el Virrey armó en corso una galeota y mandó que los soldados que quisieran ir en ella les darían cuatro pagas adelantadas; fui uno de ello[s] y fuimos a Berbería (era el capitán de ella Ruipérez de Mercado). Y no habiendo topado nada en Berbería, a la vuelta topamos otra galeota poco menos que la nuestra en una isla que llaman la Lampadosa. Entramos en la cala, donde se peleó muy poco, y la rendimos, cautivando en ella un corsario, el mayor de aquellos tiempos, que se llamaba Caradalí, y junto con él otros noventa turcos. Fuimos bien recibidos en Palermo del Virrey y, con la nueva presa, se engolosinó, que armó dos galeones grandes: uno se llamaba Galeón de Oro y otro Galeón de Plata. Embarquéme en Galeón de Oro y fuimos a Levante, donde hicimos tantas presas que es largo de contar, volviendo muy ricos, que yo, con ser de los soldados de a tres escudos de paga, traje más de trescientos ducados de mi parte, en ropa y dinero. Y después de llegados a Palermo mandó el Virrey nos diesen las partes de lo que se había traído. Tocóme a mí un sombrero lleno hasta las faldas de reales de a dos, con que comencé a engrandecerme de ánimo, pero dentro de pocos días se había jugado y gastado con otros desórdenes.
Viaje a Levante con galeones
Tornóse a enviar los dos galeones a Levante, donde hicimos increíbles robos en la mar y en la tierra, que tan bien afortunado era este señor Virrey. Saqueamos los almagacenes que están en Alegandreta, puerto de mar donde llegan a estos almagacenes todas las mercadurías que traen por tierra de la India, de Portugal, por Babilonia y Alepo. Fue mucha la riqueza que trujimos.
En el discurso de estos viajes no dormía yo, porque tenía afición a la navegación y siempre practicaba con los pilotos, viéndoles cartear y haciéndome capaz de las tierras que andábamos, puertos y cabos, marcándolas, que después me sirvió para hacer un derrotero de todo el Levante; Morea y Natolia, y Caramania, y Soria, y África, hasta llegar a cabo Cantín en el mar Océano; islas de Candía, y Chipre, y Cerdeña y Sicilia, Mallorca y Menorca; costa de España desde cabo de San Vicente, costeando la tierra, Sanlúcar, Gibraltar hasta Cartagena, y de ahí a Barcelona y costa de Francia hasta Marsella, y de ahí a Génova, y de Génova a Liorna, río Tíber y Nápoles, y de Nápoles toda la Calabria hasta llegar a la Pulla y golfo de Venecia, puerto por puerto, con puntas y calas donde se pueden reparar diversos bajeles, mostrándoles el agua. Este derrotero anda de mano mía por ahí, porque me lo pidió el Príncipe Filiberto para verle y se me quedó con él.
Llegamos a Palermo con toda nuestra riqueza, de que el Virrey se holgó mucho y nos dio las partes que quiso. Y con la libertad de ser levantes del Virrey y dinero que tenía no había quien se averiguase con nosotros, porque andábamos de hostería en hostería y de casa en casa. Una tarde fuimos a merendar a una hostería, como solíamos, y en el discurso de la merienda dijo uno de mis compañeros, que éramos tres «Trae aquí comida, bujarrón». El hostelero le dijo que mentía por la gola, con que sacó una daga y le dio de suerte que no se levantó. Cargó toda la gente sobre nosotros con asadores y otras armas, que fue bien menester el sabernos defender. Fuímonos a la iglesia de Nuestra Señora de Pie de Gruta, donde estuvimos retraídos hasta ver cómo lo tomaba el Virrey. Y sabido que había dicho que nos había de ahorcar si nos cogía, dije «Hermanos, más vale salto de matas que ruego de buenos».
Huida a Nápoles
Y recogiendo nuestra miseria cada uno, lo hicimos moneda, e hice que nos trujeran nuestros arcabuces, sin que supieran para qué; y traídos, como la iglesia está a la orilla de la mar, en el mismo puerto, yo me valí de mi marinería y puse los ojos en una faluca que estaba cargada de azúcar, y a medianoche les dije a las camaradas «Ya es hora que vuestras mercedes embarquen». Dijeron que seríamos sentidos. Yo dije «No hay dentro de la faluca más del mozo que la guarda». Y entrando dentro y tapando la boca al muchacho, zarpamos el ferro, diciéndole que callase, que lo mataríamos. Tomamos nuestros remos y comenzamos a salir de la cala; y al pasar por el castillo, dijeron «¡Ah de la barca!». Respondimos en italiano «Barca de pescar», con que no nos dijeron más. Puse la proa a la vuelta de Nápoles, que hay trescientas millas de golfo, y siendo Dios servido, llegamos sin peligro en tres días. Vino el guardián del puerto por la patente; contamos la verdad y que temerosos de que el duque de Maqueda no nos ahorcase nos habíamos huido, como esta dicho. Era Virrey el conde de Lemos viejo y había hecho capitán de infantería a su hijo, el señor don Francisco de Castro, que después fue Virrey de Sicilia y hoy conde de Lemos, aunque fraile. Quísonos ver el conde, y, viéndonos de buena traza y galanes, mandó sentásemos la plaza en la compañía de su hijo y que la faluca se enviase a Palermo, con la mercaduría de azúcar que tenía. Llamábannos en Nápoles los levantes del duque de Maqueda y nos tenían por hombres sin alma.
Junta con los valencianos en Nápoles
A pocos días que estuvimos allí en buena reputación y en una casa de camaradas los tres, sin admitir otras camaradas, una noche vino a nuestra casa un soldado de la misma compañía, valenciano, con otro; dicen eran caballeros. Y nos dijeron «Vuestras mercedes se sirvan de venir con nosotros, que nos ha sucedido aquí, en el cuartel de los florentines, un pesar». Nosotros, por no perder la opinión de levantes, dijimos «Vamos, voto a Cristo», y dejamos el ama sola en casa. Yendo por el camino hallamos un hombre que debía de estar haciendo el amor; y quedándose atrás el valenciano, oímos dar una voz. Volvimos a ver lo que era y venía el valenciano con una capa y un sombrero, y díjonos «No se quejará más el bujarrón». Yo le dije qué era aquello; dijo «Un bujarrón que le he enviado a cenar al infierno y me ha dejado esta capa». Yo me escandalicé cuando tal oí, y arrimándome a una de mis camaradas, le dije «Por Dios, que venimos a capear y no me contenta esto». Respondió «Amigo, paciencia por esta vez, no perdamos con éstos la opinión». Yo dije «Reniego de tal opinión». Y llegando a una casa donde vendían vino, que al parecer era donde les habían hecho el mal, entramos por un postigo y, diciendo y haciendo, comenzaron a dar tras el patrón y dando cuchilladas a las garrafas de vidrio, que eran muchas y asimismo a las botas de vino a coces, de suerte que las destampañaron y corría el vino como un río; el dueño, de la ventana, dando voces. Salimos por el postigo a la calle, y de la ventana dieron a una camarada de las mías con un tiesto, que lo derribaron redondo y quedó sin sentido; y a las grandes voces que daban llegó la ronda italiana y comenzamos a bregar y menear las manos; el caído no se podía levantar, que era lo que sentía. Últimamente, nos apretaron con las escopetas de manera, y con las alabardas, que a uno de los valencianos le pasaron una muñeca de un alabardazo y prendieron juntamente con el que estaba en tierra. Nosotros nos retiramos hacia nuestro cuartel y la ronda, llevando los presos, toparon con el muerto, a quien quitaron la capa el valenciano. Dieron aviso al cuerpo de guarda principal de los españoles y salió luego una ronda en busca de mi camarada y de mí y del otro valenciano. Y habiéndonos despedido del valenciano, nos íbamos a casa por la miseria que había para irnos, cuando vimos la ronda, con cuerdas encendidas, a nuestra puerta. Yo dije «Amigo, cada uno se salve, pues no me quisistes creer cuando la capa». Y echando por una callejuela me fui hacia el muelle, y en una posada que está junto al aduana llamé a donde estaba un caballero del Hábito de San Juan, que había venido de Malta a armar un galeón para ir a Levante, amigo mío, que se llamaba el capitán Betrián, y vístome se espantó. Contéle la verdad, y escondióme y tuvo veinte días hasta que estuvo de partencia, y aquella noche me embarcó y metió en la cámara del bizcocho, donde sudé harto hasta que estuvimos fuera de Nápoles, que me sacó fuera y me llevó de buena gana hasta Malta. Y el valenciano y mi camarada, a quien derribaron con el tiesto, los ahorcaron dentro de diez días. De las otras camaradas no supe jamás.
Capítulo 3
En que trata hasta el milagro de la isla de Lampedosa
Vuelta a Malta con Betrián
En Malta se holgó el comendador Monreal de verme y al cabo de algunos días que estuvimos allí nos partimos para Levante, con el galeón y una fragata. Estuvimos más de dos meses sin hacer presa y un día, yendo a tomar puerto en cabo Silidonia, hallamos dentro un bizarro caramuzal que era como un galeón. Embestimos con él y los turcos se echaron en la barca a tierra por salvar la libertad. Ordenó el capitán fuésemos tras ellos, con ofrecimiento de diez escudos por cada esclavo. Había un pinar grande y yo fui uno de los soldados que saltaron a tierra en seguimiento de los turcos. Llevaba mí espada y una rodela, y sin pelo de barba.
Presa de la bandera
Embosquéme en el pinar y topé con un turco como un filisteo, con una pica en la mano y en ella enarbolada una bandera naranjada y blanca. Llamando a los demás, yo enderecé con él y le dije «Sentabajo, perro». El turco me miró y rió diciéndome «Bremaneur casaca cocomiz», que quiere decir «Putillo, que te hiede el culo como un perro muerto». Yo me emperré y embracé la rodela y enderecé con él, con que ganándole la punta de la pica le di una estocada en el pecho que di con él en tierra y, quitando la bandera de la pica, me la ceñí. Y estaba despojando cuando llegaron dos soldados franceses diciendo «A la parte». Yo me levanté de encima del turco y embrazando mi rodela les dije que lo dejaran, que era mio, o que los mataría. Ellos les pareció que era de burla y comenzamos a darnos muy bien, sino que llegaron otros cuatro soldados con tres turcos que habían tomado y nos metieron en paz, con lo cual nos fuimos todos juntos al galeón sin que despojásemos al herido de cosa alguna. Contóse todo al capitán, el cual, tomada la confesión al turco, dijo que yo solo era el dueño de todo. Los franceses casi se amotinaban, porque yo sólo era español en todo aquel galeón y había de franceses más de cien. Y así hubo de dejar el capitán el caso hasta Malta, delante de los señores del Tribunal del Armamento. Tenía el turco encima cuatrocientos cequíes de oro; el caramuzal estaba cargado de jabón de Chipre. Metieron gente dentro y envióse a Malta, y nosotros nos quedamos a buscar más presas, y fuimos la vuelta de las cruceras de Alejandría.
Pelea con la xelma
Y de parte de tarde descubrimos un bajel al parecer grandísimo, como lo era; tomámosle por la juga por no perderle; y así nos encontramos a medianoche, y con el artillería lista le preguntamos «¿Qué bajel?». Respondió «Bajel que va por la mar». Y como él venía listo también, porque de un bajel no se le daba nada, a causa que traía más de cuatrocientos turcos dentro y bien artillado, dionos una carga que de ella nos llevó al otro mundo diecisiete hombres, sin algunos heridos. Nosotros le dimos la nuestra, que no fue menos. Abordámonos y fue reñida la pelea, porque nos tuvieron ganado el castillo de proa y fue trabajoso el rechazarlos a su bajel. Quedámonos esta noche hasta el día con lo dicho, y amaneciendo nos fuimos para él, que no huyó, pero nuestro capitán usó de un ardid que importó, dejando en cubierta no más de la gente necesaria y cerrados todos los escotillones, de suerte que era menester pelear o saltar a la mar. Fue reñida batalla, que les tuvimos ganado el castillo de proa muy gran rato, y nos echaron de él, con que nos desarrizamos y le combatíamos con el artillería, que éramos mejores veleros y mejor artillería.
Aquí vi dos milagros este día que son para dichos: y es que un artillero holandés se puso a cargar una pieza descubierto y le tiraron con otra de manera que le dio en medio de la cabeza, que se la hizo añicos, y roció con los sesos a los de cerca, y con un hueso de la cabeza dio a un marinero en las narices, que de nacimiento las tenía tuertas. Y después de curado, quedaron las narices tan derechas como las mías, con una señal de la herida. Otro soldado estaba lleno de dolores que no dejaba dormir en los ranchos a nadie, echando por vidas y reniegos. Y aquel día le dieron un cañonazo o bala de artillería raspándole las dos nalgas, con lo cual jamás se quejó de dolores en todo el viaje, y decía que no había visto mejores sudores que el aire de una bala.
Pasamos adelante con nuestra pelea aquel día a la larga, y viniendo la noche trató el enemigo de hacer fuerza para embestir en tierra, que estaba cerca, y siguiéndole nos hallamos todos dos muy cerca de tierra, con una calma, al amanecer, día de Nuestra Señora de la Concepción, y el capitán mandó que todos los heridos subiesen arriba a morir, porque dijo «Señores, o a cenar con Cristo o a Constantinopla». Subieron todos, y yo entre ellos, que tenía un muslo pasado de un mosquetazo y en la cabeza una grande herida que me dieron al subir en el navío del enemigo, con una partesana, el día antes cuando ganamos el castillo de proa. Llevábamos un fraile carmelita calzado por capellán y díjole el capitán «Padre, échenos una bendición, porque es el día postrero». El buen fraile lo hizo, y acabado mandó el capitán a la fragata que nos remolease hasta llegar al otro bajel, que estaba muy cerca; y abordándonos fue tan grande la escaramuza que se trabó que, aunque quisiéramos apartarnos, era imposible, porque había echado un áncora grande, con una cadena, dentro del otro bajel, porque no nos desasiéramos. Duró más de tres horas y al cabo de ellas se conoció la victoria por nosotros, porque los turcos, viéndose cerca de tierra, se comenzaron a echar a la mar, y no veían que nuestra fragata los iba pescando. Acabóse de ganar, con que después de haber aprisionado los esclavos se dio a saquear, que había mucho y rico. Y eran tantos los muertos que había dentro que pasaban doscientos cincuenta, y no los habían querido echar a la mar porque nosotros no lo viéramos. Echámoslos nosotros y vi aquel día cosa que para que se vea lo que es ser cristiano; digo que entre los muchos que se echaron a la mar muertos, hubo uno que quedó boca arriba, cosa muy contrario a los moros y turcos, que en echándolos muertos a la mar, al punto meten la cara y cuerpo hacia abajo y los cristianos hacia arriba. Preguntamos a los turcos que teníamos esclavos que como aquél estaba boca arriba, y dijeron que siempre lo habían tenido en sospecha de cristiano y que era renegado bautizado, y cuando renegó era ya hombre, de nación francesa.
Reparamos nuestro bajel y el preso, que todos dos lo habían menester, y tomamos la vuelta de Malta, donde llegamos en breve tiempo.
Que no jugasen
Y como la presa era tan rica, mandó el capitán nadie jugase, porque cada uno llegase rico a Malta. Mandó echar los dados y naipes a la mar y puso graves penas quien los jugase, con lo cual se ordenó un juego de esta manera: hacían un círculo en una mesa, como la palma de la mano, y en el centro de él otro círculo chiquito como de un real de a ocho, en el cual todos los que jugaban cada uno metía dentro de este círculo chico un piojo y cada uno tenía cuenta con el suyo y apostaban muy grandes apuestas, y el piojo que primero salía del círculo grande tiraba toda la apuesta, que certifico la hubo de ochenta cequíes. Como el capitán vio la resolución, dejó que jugasen a lo que quisiesen. Tanto es el vicio del juego en el soldado.
En Malta puse pleito por mi esclavo que tomé en tierra en cabo Silidonia, y habiéndose hecho de una parte y otra lo necesario, dieron sentencia los señores del Armamento: que los cuatrocientos cequíes entrasen en el número de la presa y que a mí se me diesen cien ducados de joya por el prisionero y la bandera, con facultad que la pusiese en mis armas por despojo si quería, lo cual hice con mucho gusto, y entregué la bandera a una iglesia de Nuestra Señora de la Gracia.
Tocóme con las partes y galima que hice más de mil quinientos ducados, los cuales se gastaron brevemente. Y viendo que las galeras de la Religión estaban de partencia para Levante a hacer una empresa, me embarqué en ellas por venturero, y en veinticuatro días fuimos y vinimos, habiendo tomado una fortaleza que está en la Morea, que se llama Pasaba, de la cual se trujeron quinientas personas entre hombres y mujeres y niños, el gobernador y mujer, hijos y caballo, y treinta piezas de artillería de bronce, que se espantó el mundo, sin perder un hombre. Verdad es que pensaron era la armada de cristianos que estaba en Mesina junta.
Luego, el mismo año, que fue 1601, fueron las mismas galeras a Berbería a hacer otra empresa. Embarquéme venturero como el viaje pasado y fuimos y tomamos una ciudad llamada La Mahometa. Fue de esta suerte.
Toma de La Mahometa
Llegamos a vista de la tierra la noche antes que hiciéramos esta empresa y caminamos muy poco a poco hasta la mañana, que estuvimos muy cerca. Mandó el general que todos nos pusiésemos turbantes en la cabeza y desarbolaron los trinquetes, de suerte que parecíamos galeotas de Morato Raez -y ellos lo pensaron- enarboladas banderas y gallardetes turquescos y con unos tamborilillos y charamolas, tocando a la turquesca. De esta manera llegamos a dar fondo muy cerca de tierra. La gente de la ciudad, que está en la misma lengua del agua, salió casi toda, niños y mujeres y hombres. Estaban señalados trescientos hombres para el efecto, que no fueron perezosos a hacerlo, y con presteza embistieron con la puerta y ganaron, con que quedó presa; yo fui uno de los trescientos. Cogimos todas las mujeres y niños y algunos hombres, porque se huyeron muchos. Entramos dentro y saqueamos, pero mala ropa, porque son pobres bagarinos; embarcáronse setecientas almas y la mala ropa. Vino luego socorro de más de tres mil moros, a caballo y a pie, con que dimos fuego por cuatro partes a la ciudad y nos embarcamos. Costónos tres caballeros y cinco soldados que se perdieron por codiciosos, con que nos volvimos a Malta contentos, y gasté lo poquillo que se había ganado, que las quiracas de aquella tierra son tan hermosas y taimadas que son dueñas de cuanto tienen los caballeros y soldados.
Lengua del armada del turco
De allí a pocos días me ordenó el señor Gran Maestre Viñancur fuese a Levante con una fragata a tomar lengua de los andamentos de la armada turquesca, por la práctica que tenía de la tierra y lengua. Llevaba la fragata, entre remeros y otros soldados, treinta y siete personas, de que yo era capitán, y para ello me dieron mi patente firmada y sellada del Gran Maestre. Fui a Levante y entré en el Archipiélago. Tuve noticia de unas barcas cómo la armada había salido de los castillos afuera y que quedaba en una isla que se llama el Tenedo, y que iba la vuelta de Jío. Yo me entretuve hasta ver que llegase a Jío, y sabiendo que estaba allí, aguardé a ver si iba a Negroponte, que está en la Morea, fuera del Archipiélago; porque si no sabía la certidumbre si iba a tierra de cristianos o se quedaba en sus mares, no hacía nada. Y es a saber que todos los años el General de la Mar sale de Constantinopla a visitar el Archipiélago, que son muchas islas habitadas de griegos, pero los corregidores son turcos, y de camino recoge su tributo, que es la renta que tiene, y hace justicia y castiga y absuelve; además, que todas aquellas islas le tienen guardado su presente, conforme es cada una, y tiene la habitación y muda los corregidores. Trae consigo la real con otras veinte galeras que están en Constantinopla, la escuadra de Rodas, que son nueve, las dos de Chipre y una de las dos de Alejandría, dos de Trípol de Suria, una de Egipto, otra de Nápoles de Romania, tres de Jío, otras dos de Negroponte, otra de la Cábala, otra de Mitilín. Éstas no son del Gran Turco, solas las de Constantinopla y las de Rodas, que las demás son de los gobernadores que gobiernan estas tierras que [he] nombrado. Acuérdome de las dos de Damiata, que es por donde pasa el Nilo, y en él están estas dos galeras y juntas hace su visita, como digo, en el Archipiélago. Y cuando ha de salir de él y venir a tierra de cristianos se juntan las de Berbería, Argel, Bizerta, Trípol y otras que arman para hacer cuerpo de armada, como lo hicieron este año; pero si no llegan a despalmar y tomar bastimentos a Negroponte, no hay pensar vayan a tierras de cristianos. Supe de cierto despalmaban y tomaban bastimentos en Negroponte y fuime a aguardar a Cabo de Mayna, y del dicho cabo descubrí la armada, que era de cincuenta y tres galeras con algunos bergantinillos. Partíme para la isla de la Sapiencia, que está enfrente de Modón, ciudad fuerte de turcos, y cerca de Navarín; de allí me vine al Zante, ciudad de venecianos en una isla fértil, y estuve hasta saber había partido de Navarín, y atravesé a la Chefalonia, también isla de venecianos, y de allí me vine de golfo a la Calabria, que hay cuatrocientas millas.
Llegada a Ríjoles y aviso de la armada
Tomé el primer terreno y di aviso cómo la armada venía, y costeando la tierra fui dando aviso hasta llegar a Ríjoles, donde tuve noticia cierta iba a saquear, como lo había hecho otro general, su antecesor, que se llamaba Cigala.
Fui bien recibido del gobernador de Ríjoles, que era un caballero del Hábito de San Juan que se llamaba Rotinel, el cual se previno llamando gente de su distrito y caballería, y fue menester darse buena prisa porque la armada estuvo dada fondo en la fosa de San Juan, distante de Ríjoles quince millas, al tercer día; y por los caballos que iban y venían de la fosa de San Juan a Ríjoles supimos cómo la armada echaba gente en tierra. El gobernador les hizo una emboscada que les degolló trescientos turcos y tomó prisión sesenta, con que se embarcaron sin hacer daño ninguno. Y a mí me mandó el gobernador me metiese en mi fragata y atravesase el foso y diese aviso a las ciudades Tabormina y Zaragoza y Agusta, que están en la costa de Sicilia, enfrente de la fosa de San Juan, distante veinte millas; lo cual hice atravesando por medio de su armada, y habiendo hecho lo que se me ordenó pasé a Malta y di aviso de lo referido y estúvose con cuidado, aunque la armada vino a la isla del Gozo, donde tenemos una buena fortificación, y como estaban ya con aviso, cuando el enemigo quiso desembarcar, la caballería que hay en aquella isla no se lo consintió, ni que hiciesen agua. Este fin tuvo este año la armada del turco en nuestras tierras. Pasáronse algunos días con las quiracas, y enviáronme a Berbería a reconocer la Cántara, que es una fortaleza que está en Berbería cerca de los Gelves, y es cargador de aceite, y se tenía nueva cargaban dos urcas para Levante.
Ermita de la Lampedosa
Salí del puerto de Malta con mi fragata bien armada camino de Berbería, y a medio camino hay una isla que llaman la Lampedosa, donde cogimos a Caradalí, aquel corsario. Tiene un puerto capaz para seis galeras y hay una torre encima del puerto muy grande, desierta. Dicen está encantada y que en esta isla fue donde se dieron la batalla el rey Rugero y Bradamonte, para mí fábula. Pero lo que no lo es: hay una cueva que se entra a paso llano; en ella hay una imagen de Nuestra Señora con un Niño en brazos, pintada en tela sobre una tabla muy antigua y que hace muchos milagros; en esta cueva hay su altar en que está la imagen, con muchas cosas que han dejado allí de limosnas cristianos, hasta bizcocho, queso, aceite, tocino, vino y dinero. Al otro lado de la cueva hay un sepulcro, donde dicen está enterrado un morabito turco que dicen es un santo suyo y tiene las mismas limosnas que nuestra imagen, más y menos, y mucho ropaje turquesco; sólo no tiene tocino. Es cosa cierta que esta limosna de comida la dejan los cristianos y turcos porque cuando llegan allí, sí se huye algún esclavo, tenga con qué comer hasta que venga bajel de su nación y le lleve, si es cristiano o turco. Hémoslo visto porque con las galeras de la Religión se nos ha huido moros y quedádose allí hasta que ha venido bajel de moros y se embarca en él, y en el ínter come de aquel bastimento. Saben si son bajeles de cristianos o moros los que quedan allí en esta forma: la isla tiene la torre dicha, donde suben y descubren a la mar, y en viendo bajel, van de noche entre las matas y al puerto, y en el lenguaje que hablan es fácil de conocer si es de los suyos; llaman y embárcanlo. Esto sucede cada día. Pero adviértese que ni él ni ninguno de los bajeles no se atreverá a tomar el valor de un alfiler de la cueva, porque es imposible salir del puerto; y esto lo vemos cada día. Suele estar ardiendo de noche y día la lámpara de la Virgen sin haber alma en la isla, la cual es tan abundante de tortugas de tierra que cargamos las galeras cuando vamos allí, y hay muchos conejos. Es llana como la palma; bojea ocho millas.
Toda esta limosna, que es grande, no consiente la imagen la tome ningún bajel de ninguna nación, si no son las galeras de Malta y lo llevan a la Iglesia de la Anunciada de Trápana. Y si otro lo toma no hay salir del puerto.
Capítulo 4
En que se sigue viajes de Levante y sucesos hasta Estampalia
Yo seguí mi viaje la vuelta de Berbería aquella noche, y amanecí en el seco, diez millas largo, donde estaba una galeota de diecisiete bancos, que no me holgué de verla. La cual, como me vio, enarboló un estandarte verde con tres medias lunas que llegaba al agua. Mi gente comenzó a desmayar y el patrón dijo «Ay de mí, que somos esclavos, que es la galeota de Cayte Mamí de Trípol». Yo le reñí y dije «Ea, hijos, que hoy tenemos buena presa». Paré y no navegué, por prevenirme; puse mi moyana en orden y enllenéla de clavos y balas y saquillos de piedra, y dije «Déjame, que esta galeota es nuestra; cada uno tenga su espada y rodela a su lado, y los soldados con sus mosquetes», que llevaba ocho que eran españoles, de quien me fiaba. Comencé a caminar hacia la galeota. Ella se estaba queda y hacía bien, porque yo ya no podía huir, aunque hubo pareceres de ello, pero era mi total ruina, además de la infamia. Díjelos «Amigos, ¿no veis que de aquí a tierra de cristianos hay ciento veinte millas y que este bajel es reforzado y a cuatro paladas nos a[l]canzará y les damos valor en huir? Dejáme hacer a mí, que yo también tengo vida. Mirá, en llegando a abordar esprolongaremos y daremos la carga de mosquetería; ellos se meterán abajo a recibirla». Y cuando se levantasen a darnos la suya, les daría con la moyana que estaba a mi cargo y los arrasaría.
Toma de la galeota en los secos de los Gelves
Parecióles bien, y arbolando nuestras banderas fui con el mayor valor a embestirla, que se quedaron atónitos; y vista mi resolución, ya que estábamos cerca, se puso en huida. Seguíla más de cuatro horas, no pudiéndola alcanzar, y mandé que no bogasen y que comiese la gente. La galeota hizo lo mismo sin apartarse. Torné a dar caza y ellos a recibirla, hasta la tarde, que hice lo mismo de no caminar y él hizo también lo mismo. Estúverne quedo toda la tarde y la noche, con buena guarda, por ver si se iría con la oscuridad, y yo hacer mi viaje a La Cántara. Antes de amanecer di de almorzar a la gente, y vino puro por lo que se podía ofrecer, y amanecido me los hallé a tiro de arcabuz. Puse la proa sobre ellos y los iba alcanzando y tiré la mosquetería. Ellos apretaron los puños en huir, yo en seguir, que no los quise dejar hasta que lo hice embestir en tierra, debajo de la fortaleza de los Gelves, donde saltaron en tierra, el agua a la cintura, porque esto todo es bajo y, aunque me tiraron algunas piezas, no por eso dejé de dar un cabo a la galeota, y saqué fuera, donde no me alcalzaba la artillería. Habían quedado dentro dos cristianos, que eran esclavos, el uno mallorquín y el otro siciliano de Trápana. Hubo algunas cosillas, como escopetas y arcos y flechas y alguna ropa de vestir. Quitéle las velas y la bandera, y el buque, con hartas cosillas que no quise por no cargar la fragata, lo mandé quemar. Partíme de allí la vuelta de La Cántara y no había en el cargador bajel ninguno. Olvidóseme decir de dónde era la galeota; y era de Santa Maura, que venía de Berbería [a] armar para andar en corso.
De La Cántara me fui a Trípol el Viejo y, en una cala que está doce millas, me metí desarbolado todo un día y noche, y a otro día al amanecer, pasaba un garbo cargado de ollas, con diecisiete moros y moras. No se me escapó ninguno y metílos en mi fragata, y eché a fondo el garbo, aunque le quité una tinaja llena de azafrán y algunos barraganes. Di la vuelta a Malta donde fui bien recibido. Dióseme lo que me tocaba de los esclavos, que los toma la Religión a sesenta escudos, malo con bueno, y del monte mayor me tocó a siete por ciento. Gastóse alegremente con amigos y la quiraca, que era la que mayor parte tenía en lo que ganaba con tanto trabajo.
Día de San Gregorio
En este tiempo se llegó el día de San Gregorio que está fuera de la ciudad seis millas, donde va toda la gente y el Gran Maestre, y no queda quiraca en el lugar. Yo había de ir, y de celos que tenía no quise ir, ni que fuera la quiraca. Y este día, después de comer, estando con la tal quiraca tratando nuestros celos, oí disparar una pieza del castillo de San Telmo, cosa nueva, y al punto otra. Salí a la calle y daban voces que se huían los esclavos del horno de la Religión, donde hacen el pan para toda ella. Partí al punto al burgo, donde tenía mi fragata, y pensando hallaría mi gente, fue en balde porque se habían ido a San Gregorio. Tomé luego de los barqueroles que andan ganando a pasar gente y armé la fragata, no metiendo más que la moyana y medias picas. Salí del puerto en seguimiento de los esclavos, que iban en una buena barca y llevaban por bandera una sábana. Llegando cerca, les dije que se rindiesen, y con poca vergüenza me dijeron que llegase. Eran veintitrés y llevaban tres arcos con cantidad de flechas y dos alfanjes y más de treinta asadores. Tornéles a decir que mirasen los había de echar a fondo, que se rindiesen, que no los harían mal, que obligados estaban a buscar la libertad. No quisieron, diciendo querían morir, pues les había quitado la libertad. Di fuego a la moyana y perniquebré a cuatro de ellos, y abordando me dieron una carga de flechazos que me mataron a un marinero e hirieron dos. Entré dentro y maniatados los metí en la fragata, y la barca que truje de remolco. Acerté a estropear uno de ellos, y era el cabo, y se iba muriendo de las heridas, y antes que acabase lo ahorqué de un pie y colgado de él entré en el puerto, donde estaba toda la gente de la ciudad en las murallas y el Gran Maestre que había venido al sentir la artillería. Llevaban más de doce mil ducados de plata y joyas de sus dueños que, aunque huían del horno, no había más que cuatro de él, que los demás eran de particulares. Valióme lo que yo me sé. Salté en tierra, besé la mano al Gran Maestre y estimó el servicio y mandó que se me diese doscientos escudos. Pero si yo no me hubiera pagado de mi mano, no tocara ni un real, porque cargaron aquellos señores dueños de los esclavos, que eran todos consejeros, y aún me puso pleito uno por el que ahorqué a que se le pagase. No tuvo efecto, que se quedó ahorcado y la quiraca satisfecha de no haber ido a la fiesta, porque gozó todo lo que hurté en la barca, de que hoy día tiene una casa harto buena y labrada a mi costa.
Libertad a los capuchinos
De allí a pocos días se ofreció que venían a Malta tres padres capuchinos de Sicilia, y se habían embarcado en un bajel cargado de leña y salió un bergantín y los cautivó. Súpolo el Maestre y a medianoche me envió a llamar y mandó en todo caso saliese del puerto en busca del bergantín, aunque fuese hasta Berbería. Hícelo, y llegado a Sicilia, a la Torre del Pozal, tomé lengua cómo el bergantín iba a La Licata. Seguíle y allí me dijeron había ido a Surgento, y allí me dijeron había ido hacia Marzara, y allí me dijeron que había ido hacia el Marétimo, isla, la vuelta de Berbería, que hay un castillejo del rey. Dijéronme que había más de siete horas se había partido a Berbería. Resolvíme seguirle. La gente se amotinó contra mí porque no llevaba el bastimento necesario, y era verdad, pero yo me fiaba en que estaba en el camino la Madre de Dios de la Lampedosa, a quien le quitáramos todo el bastimento, y al morabito, con intención de pagárselo, y así se lo dije a todos, con que se quietaron. Hice vela la vuelta de Berbería, en nombre de Dios, y a menos de cuatro horas la guarda de arriba descubrió el bajel.
Apreté a remo y vela porque no me faltase el día y ganábale el camino a palmos. El bergantín se resolvió irse a una isla que se llamaba la Linosa, con parecerle se salvaría por venir la noche, pero yo me di tan buena maña que le hice embestir antes de tiempo en la isla. Huyéronseme todos los moros, que eran diecisiete, y hallé el bergantín con solos los tres frailes y una mujer y un muchacho de catorce años y un viejo. Retiréle a la mar y estuve con buena guarda hasta la mañana. Era lástima ver los padres con las esposas en las manos. Cenamos, y a la mañana envié dos hombres diligentes a lo alto de la isla a reconocer la mar y que se quedase uno de guarda y el otro bajase con lo que había. Dijo estaba limpia de bajeles la mar, con lo cual envié al bosque, que es chiquito, a pegar fuego por cuatro partes y en el aire salieron todos diecisiete moros sin faltar ninguno. Aprisionélos y metí dentro de la fragata la mitad y en el bergantín la otra mitad, con otra mitad de mi gente, con lo cual hicimos vela la vuelta de Malta, donde entramos con el gusto que se deja considerar. Valióme mis trescientos escudillos el viaje, además del agradecimiento, con que echó un remiendo la quiraca.
Dentro de pocos días me enviaron a Levante a tomar lengua. Púseme en orden y partí de Golfo Lanzado. Fue el primer terreno que tomé el Zante, seiscientas millas distantes de Malta; entré en el Archipiélago, en la isla de Cerfanto. Una mañana topé un bergantinillo chico, medio despalmado, con diez griegos; metílos en mi fragata y pregunté dónde iban tan aprestados. Dijeron que a Jío. Yo, como era bellaco, les dije que dónde tenían los turcos que traían. Dijeron y juraron que no traían a nadie. Yo dije «Pues estos tapacines ¿cuyos son?, ¿no veis que son en que comen los turcos, que vosotros no traéis éstos?» Negaron. Yo comencé a darlos tormento y no como quiera. Pasáronlo todos excepto un muchacho de quince años a quien hice desnudar y que le atasen y sentasen en una piedra baja, y dije «Dime la verdad, si no con este cuchillo te [he] de cortar la cabeza». El padre del muchacho, como vio la resolución, vino y echóse a mis pies y dijome «¡Ah, capitano!, no me mates mi hijo, que yo te diré dónde están los turcos». Este tal se había ensuciado en el tormento: miren el amor de los hijos. Fueron soldados y trajeron tres turcos, uno señor y dos criados, con su ropa o aljuba de escarlata aforrada en martas y sus cuchillos damasquinos con su cadenilla de plata. Echóse a mis pies con una barba bermeja muy bien castigada. Despedí el bergantinillo con los griegos. Pero olvidábaseme que trajeron con el turco cinco baúles de estos redondos turquescos, llenos de damasco de diferentes colores y mucha seda sin torcer encarnada y algunos pares de zapaticos de niños.
Rescate que hice en Atenas del turco
Traté de tomar lengua y éste me la dio, porque venía de Constantinopla y traía un caramuzal cargado, y de miedo de los corsarios venía en aquel bergantinillo que parecía estaba seguro, y tenía razón. Díjome cómo la armada del turco iba al mar Negro, con que descuidé y traté si quería rescatarse. Dijo que sí. Vinimos a ajustar, tras largas pláticas, en que me daría tres mil cequíes de oro y que para ello había de empeñar dos hijos en Atenas, de donde era.
Fui hacia allá y no quise entrar en el puerto, porque tiene la boca estrecha y pueden no dejar salir si quieren con veinte arcabuceros; fui a una cala que está cinco millas de la tierra. Fue necesario enviar uno de los dos criados con tiempo de tres horas, no más, para ir y venir. Hízolo y vino con él toda la nobleza de Atenas a caballo. Cuando vi tanta caballería retiréme a la mar y en una pica enarbolaron una toalla blanca, con que me aseguré y yo arbolé la de San Juan. Entraron dentro tres turcos venerables y que yo saliese a ajustar. Hícelo con uno que parecía o debía de ser el gobernador por la obediencia que le tenían. Díjome que hasta otro día no se podía juntar el dinero. Respondí que con irme estaba hecho, que bien sabía que Negroponte estaba por tierra muy poco camino y podían avisar a Morato Gancho, que era el bay de aquella ciudad y podía venir con su galera, que era de veintiséis bancos, y cogerme; que si quería asegurarme de la mar y de la tierra que yo aguardaría lo que mandase. Díjome que de la mar no podía, que de la tierra sí. Yo dije «Pues dame licencia, que me quiero ir, y llama a tus turcos que están dentro la fragata». Él, como me vio resuelto, me dijo que gustaba de ello, y así, delante de todos, alzó el dedo, diciendo: «Hala, Ylala», con lo cual es más cierto este juramento que veinte escrituras cuarentijas. Hablamos de muchas cosas, porque entendía español; adviértese que había enviado a llamar al Morato Gancho. Comimos de una ternera que se mató y en lugar de vino bebimos aguardiente de pasas de Corinto. Hicieron que subiese a caballo; yo dije que no lo había ejercitado, sino el andar por mar.
Hiciéronlo ellos y corrieron y escaramuzaron que era de ver, porque los caballos eran buenos y traían todos encima de las ancas una cubierta corta de damasco de diferentes colores y eran más de doscientos cincuenta. Trajeron el dinero en reales de a ocho segovianos nuevos, y me rogaron los tomase, que no se hallaba oro. Dije al patrón que los tomase y contase, y parecíale que tanto dinero nuevo y tan lejos de donde se hace no hubiese alguna tramoya. Vino a mí, díjomelo, mandéle cortase uno y eran el centro de cobre y el borde de plata. Quéjeme luego y juramentando por Alá que no eran sabidores de ello quisieron matar a dos venecianos mercaderes, que lo habían traído, y lo hicieran si yo no les fuera a la mano. Rogáronme tuviese paciencia mientras se volvía a la ciudad a traer el dinero, y en cuatro caballos fueron cuatro turcos como el viento. Estando en esto, asomó por la punta de la cala la galeota de Morato Gancho. Yo cuando la vi me quedé helado, y al punto se pusieron a caballo y enarbolaron una bandera blanca en un[a] lanza. La galera fue a la vuelta de ellos y la hicieron dar fondo lejos de mí casi un tiro de arcabuz, que esta ley tienen estos turcos, y desembarcado el arráez vino donde estaba yo con otros turcos. Yo me fui para él y nos saludamos, él a su usanza, yo a la mía. Fue a ver al que yo tenía esclavo, pidiéndome licencia. Yo mandé al punto le echasen en tierra con su aljuba y cuchillos como le tomé, que lo estimaron mucho. Estuvimos de buena conversación y me pidieron fuese a ver la galera. Fuimos, y al entrar me saludaron con las charamelas. Estuve un poco y luego nos salimos a tierra y pasamos en conversación hasta que vinieron con el dinero, que no tardó dos horas en ir y venir. Trajéronlo en cequíes de oro y, más, me presentaron dos mantas blancas como una seda, dos alfanjes con sus guarniciones de plata, dos arcos y dos carcajes con quinientas flechas hechos un ascua de oro, mucho pan y aguardiente y dos terneras.
Mandé sacar la seda por torcer y los zapaticos y dilos al que era mi cautivo, que me besó en pago de ello y, más, le di una pieza de damasco y otra presenté a el arráez de la galera. Diome él unos cuchillos damasquinos. Con que ya anochecía, y queriéndome yo partir me rogó cenase con él, que por la mañana me iría. Acepté y regalóme muy bien. Estando cenando envió un billete mi cautivo al arráez pidiéndole rescatase sus dos criados y que me lo rogase; hízolo con grande instancia. Envié por ellos al punto a la fragata y díjele «Veslos aquí y a tu voluntad». Estimólo mucho. Dábame doscientos cequíes. No quise recibirlos, y así me dijo «Pues llévate este cristiano que me sirve en la popa a mí». Yo le dije que lo aceptaba porque cobraba libertad. Fuime a mi fragata y a la mañana envié a pedirle licencia para zarpar. Díjome que cuando yo quisiese; hícelo y, al pasar por cerca la galera, le saludé con la moyana. Respondióme con otra pieza, con que nos fuimos cada uno su viaje.
Tomé la derrota hacia el canal de Rodas y llegué a una isla que se llama Estampalia, con buena habitación de griegos. En ésta no hay corregidor, sino es capitán y gobernador un griego con patente del General de la Mar. Yo era muy conocido en todas estas islas y estimado, porque jamás los hice mal; antes los ayudaba siempre que podía. Cuando tomaba alguna presa de turcos y no la podía llevar a Malta, daba de limosna el bajel y les vendía el trigo o arroz y lino que de ordinario eran la carga que traían, y fue tanto esto que, cuando había algunas disensiones grandes decían: «Aguardemos al capitán Alonso», que así me llamaban, para que las sentenciase, y cuando venía me hacían relación y las sentenciaba, aunque aguardasen un año, y pasaban por ella como si lo mandara un consejo real y luego comíamos juntos los unos y los otros.
Capítulo 5
En que se sigue hasta que vine a Malta otra vez de Levante
Llegada a Estampalia
Llegado que fui a Estampalia entré en el puerto. Era día de fiesta, y así como conocieron que era yo avisaron y al punto bajaron casi toda la tierra y el capitán Jorge, que así se llamaba, apellidándome «Omorfo Pulicarto» que quiere decir «mozo galán». Venían muchas mujeres casadas y doncellas, en cuerpo, con sus basquiñas a media pierna y jaquetillas coloradas con media manga casi justa y las faldas de ella redondas hasta media barriga, medias de color y zapatos y algunas chinela abierta por la punta; y algunas las traen de terciopelo de color como el vestido, también quien puede de seda y, quien no, de grana. Sus perlas, como las traemos en la garganta acá, las traen en la frente, y sus arrancadas y manillas de oro en las muñecas quien puede. Entre éstas había muchas que eran mis comadres, a quien había yo sacado de pila sus hijos.
Venían todos tristes, como llorando, y a voces me pidieron les hiciese justicia, que una fragata de cristianos había, con engaño, llevádoles el papaz, que es el cura, y que habían pedido por él dos mil cequíes. Yo dije dónde estaba o cuándo le habían cautivado. Dijeron que esta mañana y no habían oído misa, y era esta hora las dos de la tarde. Torné a preguntar «Pues ¿dónde está la fragata de cristianos que le llevó?». Dijeron que en el Despalmador, que es un islote cerca dos millas. Enderecé allá con mi fragata y muy en orden, porque era fuerza el pelear aunque eran cristianos, porque son gente que arman sin licencia, y todos de mala vida, y hurtan a moros y a cristianos como se veía, pues cautivaba el cura y lo rescataba en dos mil cequíes.
Presa de la fragata que llevaba el cura de Estampalia
En suma, yo llegué al islote con las armas en la mano y la artillería en orden. Hallé la fragata con una bandera enarbolada con la imagen de Nuestra Señora; era la fragata chica, de nueve bancos con veinte personas. Mandé al punto entrase el capitán de ella en mi fragata, que al punto lo hizo, y preguntéle dónde había armado. Dijo que en Mesina. Pedíle la patente y diómela, pero era falsa, y así luego hice entrar en mi fragata la mitad de la gente y que les echasen esposas y envié a su fragata otros tantos. Comenzaron a quejarse diciendo que ellos no tenían culpa, que Jacomo Panaro les traía engañados, que así se llamaba su capitán, diciéndoles traía licencia del Virrey, y que querían ir sirviéndome al cabo del mundo y no andar un punto con el otro, que ellos no habían sabido quería cautivar al papaz y que así como vieron entrar mi fragata en el puerto quiso huirse el capitán con el papaz y ellos no quisieron sino aguardar. Con esto me resolví a que no les echasen esposas y desembarqué al capitán en el islote, desnudo, sin sustento ninguno, para que allí pagase su pecado muriendo de hambre. Partí con las dos fragatas a la tierra y, llegado al puerto, estaban casi toda la gente de ella.
Desembarqué al papaz, y así como le vieron comenzaron a gritar y a darme mil bendiciones. Supieron cómo dejaba desnudo al capitán en la isla y sin comida; pidiéronme de rodillas enviase por él. Dije que no me enojasen, que así se castigaban los enemigos de cristianos, ladrones, que agradeciesen que no le había ahorcado. Subimos a la iglesia del lugar, dejando en guarda las fragatas, sin que subiese sino una camarada. En entrando en la iglesia se sentaron en bancos los más caballeros, si es que los había; quiero decir los más granados, que en todas partes hay más y menos. A mí me sentaron solo en una silla, con una alfombra debajo los pies, y de allí un poco, salió revestido el cura, como de Pascua, y comenzó a cantar y a responder toda la gente con «Cristo Saneste», que es dar gracias a Dios. Incensóme y después me besó en el carrillo y luego fue viniendo toda la gente, los hombres primero y luego las mujeres, haciendo lo mismo. Cierto es que había hartas hermosas, de que no me pesaba sus besos, que templaba con ellos los que me habían dado tantos barbados y bien barbados. De allí salimos y fuimos a casa del capitán, donde se quedaron a comer el papaz y la parentela. Enviaron luego a las fragatas mucho vino y pan y carne guisada y frutas de las que había en abundancia.
Cuando me quisieron casar en Estampalia
Sentámonos a comer, que había harto y bueno. Sentarónme a la cabecera de mesa; no lo consentí, sino que se sentase el papaz. Sentarónse las mujeres del capitán y su hija, que era doncella y hermosa y bien ataviada. Comióse y hubo muchos brindis, y acabada la comida dije que me quería ir a las fragatas. Levantóse el papaz con mucha gravedad y dijo: «Capitán Alonso, los hombres y mujeres de esta tierra te han cerrado la puerta y quieren, rogándotelo, seas su caudillo y amparo, casándote con esta señora hija del capitán Jorge, el cual te dará toda su hacienda y nosotros la nuestra y nos obligaremos a que el General de la Mar te dé el cargo de capitán de esta tierra, que con un presente que le hagamos y pagarle el jarache acostumbrado no habrá contradicción ninguna, y todos te seremos obedientes esclavos. Y advierte que lo hemos jurado en la iglesia y que no puede ser menos. Por Dios que nos cumplas este deseo que tenemos muchos días han.»
Yo respondí que era imposible hacer lo que me pedían porque, además de que había de tornar a Malta a dar cuenta de lo que se me había encomendado, era dar nota de mi persona y no dirían quedaba casado en tierra de cristianos y con cristiana, sino en Turquía y renegado la fe que tanto estimo. Además que aquella gente que traía quedaban en el riñón de Turquía y se podrían perder y así sería yo causa de su perdición, perdiendo su libertad. Y aunque les pareció mis razones fuertes, era tanto el deseo que tenían que dijeron me había de quedar allí. Vístoles con tal resolución, dije que fuese mi camarada a las fragatas y diese un tiento a ver cómo lo tomaba mi gente y conforme viera, haría yo.
Bajó mi camarada y contó el caso, de que todos se espantaron; y sí acá arriba me tenían amor, mucho más me tenían ellos. Con lo cual comenzaron a armarse y sacaron una moyana de cada fragata y la pusieron en un molino de viento que estaba enfrente de la puerta, poco distante, y enviaron a decir con mi camar