Para las nuevas amigas que puedan llegar - NOS VAN A DAR MUCHA LEÑA - Arturo Pérez-Reverte
La Derrota
28/02/2008 16:50
1232 mensajes en el foro, registrado desde 14/10/2001
laderrota arroba gmail punto com
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NOS VAN A DAR MUCHA LEÑA - Arturo Pérez-Reverte.
El Semanal 3 de septiembre de 1995.
Esto de los números especiales de El Semanal es una murga marinera. Resulta que el arriba firmante se dispone, verbigracia, a analizar pormenorizadamente la heroica visita del ministro Solana hace un par de semanas a Sarajevo —fui yo quien le disparó, si, ministro, lo confieso—, o a echar cuentas sobre los presupuestos para el sostenimiento y rotulación de la finca privada de Jordi Pujol —que ya voy teniendo ganas.,vive Dios—, cuando suena el teléfono y una agradable voz de la redactora-jefe me comunica que vamos de monográfico sobre las señoras. Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, inquiero en demanda de doctrina. O sea. ¿Elijo prototipos significativos o casos específicos? ¿En qué estrato social debato el asunto? ¿Me decanto por la opción Marta Chávarri —que se ha puesto estupenda desde la crisis conyugal— o por la soledad sonora de Lolita? ¿Pantoja y compañía? ¿Algo profundo e intelectual sobre la doctora Ochoa, Steiner y el círculo de Bloomsbury? ¿El Azur de Puig?... total. Que la redactora-jefe, que tiene otras cosas que hacer, sugiere que escriba sobre mi santa madre, y cuelga.
De modo que me voy a dar una vuelta, y estando en esas veo pasar a tres mujeres cartero. Y por la tarde, de gestiones en una notaría acompañado por Chamaca, mi ahogada, le echo la firma al documento que me presenta una dama cuyo nombre figura en la placa de la puerta. Y por la noche pongo el telediario —donde cuatro de cada cinco son hembras-- y sale una juez de veintitantos años, y recuerdo que hace unas semanas, declarando como testigo de un colega, lo hice ante otra respetable señora juez, que por cierto tenía muy mala leche. Y empiezo a darle vueltas al asunto y anda, tú. Así a lo tonto lo están copando todo nie digo: pues vale. Ya tengo artículo. ¿Se han fijado ustedes en que, desde hace tiempo, cada vez son más mujeres las que ganan las plazas a las que se accede por oposición? No sé cómo andarán los porcentajes, pero me juego la barra espaciadora del ordenador a que siete de cada diez puestos de trabajo que salen a concurso se los llevan ellas. Asómense, si no, a cualquier organismo oficial, un banco, una comisaría, un ayuntamiento. Cuando en lugar del chanchullo con el cuñado o el amiguete (o el recomendado del constructor que sacude comisiones en dinero B, o el test psicotécnico que, casualmente, nunca superan las mujeres casadas) es la justicia objetiva, la calificación y la preparación adecuada lo que cuentan, las mujeres arrasan. Por el morro.
¿Por qué? Pregúntenselo a ellas. Pero si, con la cantidad de barreras y de zancadillas que los hombres seguimos poniéndoles en el camino, siguen apoderándose de todas las plazas que salen a concurso oposición, desde barrendero municipal hasta juez de la Audiencia Nacional —me resisto a escribir esa ordinariez de jueza—, imagínense lo que podría ocurrir si las dejáramos competir con juego limpio, en auténtica igualdad de oportunidades. A veces, cuando uno está con sus congéneres y escucha la concepción del mundo que tienen algunos Rodolfos Langostinos con los que te avergüenzas de compartir sexo —compartirlo en el buen sentido, ojo—, cabe preguntarse de dónde diablos sacan, o sacamos, esa superioridad con la que a diario se perdona en este país la vida de las señoras. Porque ustedes no sé; pero buena parte de las que conoce el arriba firmante son más tenaces e inteligentes, con más curiosidad por el mundo exterior y mas resistencia al trabajo y al esfuerzo, que la mayor parte de las malas bestias que vamos por ahí haciendo posturitas en la barra de un bar, mirándoles las piernas y preguntándonos —es lo único que interesa de ellas, por lo general— si esta torda traga o no traga.
Y así, mientras ejercemos de machotes y de perfectos sopladores de vidrio, y luego nos sentamos en casa, borrachos de autosatisfacción, a ver el fútbol, ellas son las que leen, las que estudian, las que pelean con más determinación y en silencio. Las que, arrastrando el lastre de los hijos y de la casa como los chorros del oro —trampa prematura en la que cada vez caen con menos facilidad, a poco que se espabilan—, aún encuentran tiempo y coraje para librar la batalla de la dignidad y del trabajo y, encima, ganarla con una ventaja de aquí a Lima. Eso, para que luego llegue un pocamierda de tío diciéndoles oye, pequeña, mientras intenta darles palmaditas en el culo.
Así que cuando sean todas notarios y médicos, y carteros, y ministros del Interior, no les extrañe que se cobren la factura. Ojo por ojo. Si yo fuera ellas, iba a darnos leña hasta en el carnet de identidad. Y mira que me alegro.
El Semanal 3 de septiembre de 1995.
Esto de los números especiales de El Semanal es una murga marinera. Resulta que el arriba firmante se dispone, verbigracia, a analizar pormenorizadamente la heroica visita del ministro Solana hace un par de semanas a Sarajevo —fui yo quien le disparó, si, ministro, lo confieso—, o a echar cuentas sobre los presupuestos para el sostenimiento y rotulación de la finca privada de Jordi Pujol —que ya voy teniendo ganas.,vive Dios—, cuando suena el teléfono y una agradable voz de la redactora-jefe me comunica que vamos de monográfico sobre las señoras. Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, inquiero en demanda de doctrina. O sea. ¿Elijo prototipos significativos o casos específicos? ¿En qué estrato social debato el asunto? ¿Me decanto por la opción Marta Chávarri —que se ha puesto estupenda desde la crisis conyugal— o por la soledad sonora de Lolita? ¿Pantoja y compañía? ¿Algo profundo e intelectual sobre la doctora Ochoa, Steiner y el círculo de Bloomsbury? ¿El Azur de Puig?... total. Que la redactora-jefe, que tiene otras cosas que hacer, sugiere que escriba sobre mi santa madre, y cuelga.
De modo que me voy a dar una vuelta, y estando en esas veo pasar a tres mujeres cartero. Y por la tarde, de gestiones en una notaría acompañado por Chamaca, mi ahogada, le echo la firma al documento que me presenta una dama cuyo nombre figura en la placa de la puerta. Y por la noche pongo el telediario —donde cuatro de cada cinco son hembras-- y sale una juez de veintitantos años, y recuerdo que hace unas semanas, declarando como testigo de un colega, lo hice ante otra respetable señora juez, que por cierto tenía muy mala leche. Y empiezo a darle vueltas al asunto y anda, tú. Así a lo tonto lo están copando todo nie digo: pues vale. Ya tengo artículo. ¿Se han fijado ustedes en que, desde hace tiempo, cada vez son más mujeres las que ganan las plazas a las que se accede por oposición? No sé cómo andarán los porcentajes, pero me juego la barra espaciadora del ordenador a que siete de cada diez puestos de trabajo que salen a concurso se los llevan ellas. Asómense, si no, a cualquier organismo oficial, un banco, una comisaría, un ayuntamiento. Cuando en lugar del chanchullo con el cuñado o el amiguete (o el recomendado del constructor que sacude comisiones en dinero B, o el test psicotécnico que, casualmente, nunca superan las mujeres casadas) es la justicia objetiva, la calificación y la preparación adecuada lo que cuentan, las mujeres arrasan. Por el morro.
¿Por qué? Pregúntenselo a ellas. Pero si, con la cantidad de barreras y de zancadillas que los hombres seguimos poniéndoles en el camino, siguen apoderándose de todas las plazas que salen a concurso oposición, desde barrendero municipal hasta juez de la Audiencia Nacional —me resisto a escribir esa ordinariez de jueza—, imagínense lo que podría ocurrir si las dejáramos competir con juego limpio, en auténtica igualdad de oportunidades. A veces, cuando uno está con sus congéneres y escucha la concepción del mundo que tienen algunos Rodolfos Langostinos con los que te avergüenzas de compartir sexo —compartirlo en el buen sentido, ojo—, cabe preguntarse de dónde diablos sacan, o sacamos, esa superioridad con la que a diario se perdona en este país la vida de las señoras. Porque ustedes no sé; pero buena parte de las que conoce el arriba firmante son más tenaces e inteligentes, con más curiosidad por el mundo exterior y mas resistencia al trabajo y al esfuerzo, que la mayor parte de las malas bestias que vamos por ahí haciendo posturitas en la barra de un bar, mirándoles las piernas y preguntándonos —es lo único que interesa de ellas, por lo general— si esta torda traga o no traga.
Y así, mientras ejercemos de machotes y de perfectos sopladores de vidrio, y luego nos sentamos en casa, borrachos de autosatisfacción, a ver el fútbol, ellas son las que leen, las que estudian, las que pelean con más determinación y en silencio. Las que, arrastrando el lastre de los hijos y de la casa como los chorros del oro —trampa prematura en la que cada vez caen con menos facilidad, a poco que se espabilan—, aún encuentran tiempo y coraje para librar la batalla de la dignidad y del trabajo y, encima, ganarla con una ventaja de aquí a Lima. Eso, para que luego llegue un pocamierda de tío diciéndoles oye, pequeña, mientras intenta darles palmaditas en el culo.
Así que cuando sean todas notarios y médicos, y carteros, y ministros del Interior, no les extrañe que se cobren la factura. Ojo por ojo. Si yo fuera ellas, iba a darnos leña hasta en el carnet de identidad. Y mira que me alegro.