13-10-96 La Dama de Beirut
La Derrota
22/01/2007 08:49
1232 mensajes en el foro, registrado desde 14/10/2001
laderrota arroba gmail punto com
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La dama de Beirut 13-10-96
Perdió un brazo siendo guerrillera tupamara y sobrevivió de milagro a un intento de suicidio al arrojarse bajo las ruedas del metro. En Territorio comanche la describí como guapa, dura y valiente. Bebía como un cosaco y durante mucho tiempo fue una leyenda en el Mediterráneo Oriental. Y el otro día, revisando papeles, encontré su último teléfono en una vieja agenda perdida. De pronto se agolparon los recuerdos, y me apresuré a marcar ese número con la esperanza de encontrar al otro lado de la línea su voz ronca, quemada de alcohol y tabaco y noches en vela, y amores, y guerras, y vida llena de emociones y aventura. Hubiera querido oiría, con su denso acento uruguayo, diciéndome como tantas veces hola, niño, chulito, cómo te va; que era lo que me decía siempre cuando nos encontrábamos viniendo de una guerra vieja o yéndonos hacia otra nueva. Así que descolgué el teléfono.
Marqué el número, pero allí sólo había el zumbido de un fax. Ahora, mientras tecleo estas líneas, tengo ante los ojos el número de ese fax que posiblemente ya no sea suyo, y no estoy muy seguro de querer comprobarlo. O tal vez no estoy seguro de querer volver a verla. Imagino que mi temor consiste en alterar la imagen que conservo de ella. O tal vez lo que temo es yerme en sus ojos, con cuarenta y cinco años y algunas canas, tan diferente al muchacho flaco que, con una mochila y apenas doscientos dólares en el bolsillo, llamó hace un cuarto de siglo a la puerta de su casa en Beirut.
Aglae Masini fue mi juventud, mis primeras guerras, mí memoria. Su casa libanesa supuso el primer refugio en tierra extraña. Era inteligente, humana, fascinante, con un sentido del humor lúcido y mordaz, y un valor físico a toda prueba. Ella como corresponsal y yo como reportero del mismo periódico, trenzamos peripecias entre guerrillas palestinas y bombardeos israelíes, recorrimos las llanuras de la Bekaa hasta Siria, subimos a las montañas del Chuf, paseamos por los zocos de Sidón y Tiro, bebimos café espeso viendo los rojos atardeceres sobre el Mediterráneo desde las montañas cubiertas de cedros. Escandalizamos a la buena sociedad beirutí de la época porque ella era cuarentona y atractiva, y yo un jovenzuelo casi imberbe. Sus amantes juraban degollarme, pero lo cierto es que nunca tuvimos relación sentimental alguna. Me adoptó, simplemente, como se adopta a un huérfano o a un chucho abandonado. La llamaba Mamá y ella a mí Hijo, o Niño. Un par de veces intentó casarme con jóvenes amigas suyas, millonarias libanesas cristianas de ajustados leotardos de tigre y lujosos Mercedes tapizados de piel blanca, que en la cama -cuentan- decían procacidades en exquisito francés. Y cuando venían los cazabombarderos israelíes salíamos a tumbar nos en su terraza con una botella de whisky, a verlos evolucionar en el cielo entre los misiles antiaéreos mientras oíamos música en el tocadiscos. Y un caluroso día que estábamos muy borrachos, ella en sujetador y yo con la cabeza apoyada en su estómago, cantando canciones de la guerrilla tupamara, un Mirage israelí pegó un cebollazo tan cerca que Aglae se puso de pie insultando al piloto, porque le había rayado un disco de Víctor Jara. Y ese día le dije: si un día tengo una hija la llamaré Aglae, como tú.
Después nos fuimos al golpe de Estado contra Makarios, y nos escapamos por los pelos de los paracaidista turcos en el hotel Ledra Palace de Nicosia, y a Glefkos, que era un griego guapo que ella se había ligado en un combate, le volaron los huevos. Y, bueno, todas esas cosas. Y yo me fui a otros sitios y otras guerras africanas y americanas, y ella siguió allí, y empezó lo del Líbano en serio, y un día que ella estaba ciega por los gases de las bombas me mandaron a relevaría a Beirut, y allí estuve yendo once años uno tras otro, y en ese tiempo ella se fue alejando entre la marejada de la vida, o tal vez me alejé yo, y me hice adulto, supongo. Y hará seis o siete años la vi por última vez en un restaurante árabe, sexagenaria y cansada, arrastrando la nostalgia de sus paraísos perdidos, de sus guerras mediterráneas, dura y sola, absorta, perdida en los años lejanos de su propia memoria. Y hablamos de nada en concreto, y Luego la dejé irse sin tener el valor de decirle lo que significó en mi vida y lo mucho que la quise, y que la quiero.
¿Saben una cosa? Creo que nunca pondré ese maldito fax. Me avergonzaría decirle que tuve una hija, y no la llamé Aglae.
Perdió un brazo siendo guerrillera tupamara y sobrevivió de milagro a un intento de suicidio al arrojarse bajo las ruedas del metro. En Territorio comanche la describí como guapa, dura y valiente. Bebía como un cosaco y durante mucho tiempo fue una leyenda en el Mediterráneo Oriental. Y el otro día, revisando papeles, encontré su último teléfono en una vieja agenda perdida. De pronto se agolparon los recuerdos, y me apresuré a marcar ese número con la esperanza de encontrar al otro lado de la línea su voz ronca, quemada de alcohol y tabaco y noches en vela, y amores, y guerras, y vida llena de emociones y aventura. Hubiera querido oiría, con su denso acento uruguayo, diciéndome como tantas veces hola, niño, chulito, cómo te va; que era lo que me decía siempre cuando nos encontrábamos viniendo de una guerra vieja o yéndonos hacia otra nueva. Así que descolgué el teléfono.
Marqué el número, pero allí sólo había el zumbido de un fax. Ahora, mientras tecleo estas líneas, tengo ante los ojos el número de ese fax que posiblemente ya no sea suyo, y no estoy muy seguro de querer comprobarlo. O tal vez no estoy seguro de querer volver a verla. Imagino que mi temor consiste en alterar la imagen que conservo de ella. O tal vez lo que temo es yerme en sus ojos, con cuarenta y cinco años y algunas canas, tan diferente al muchacho flaco que, con una mochila y apenas doscientos dólares en el bolsillo, llamó hace un cuarto de siglo a la puerta de su casa en Beirut.
Aglae Masini fue mi juventud, mis primeras guerras, mí memoria. Su casa libanesa supuso el primer refugio en tierra extraña. Era inteligente, humana, fascinante, con un sentido del humor lúcido y mordaz, y un valor físico a toda prueba. Ella como corresponsal y yo como reportero del mismo periódico, trenzamos peripecias entre guerrillas palestinas y bombardeos israelíes, recorrimos las llanuras de la Bekaa hasta Siria, subimos a las montañas del Chuf, paseamos por los zocos de Sidón y Tiro, bebimos café espeso viendo los rojos atardeceres sobre el Mediterráneo desde las montañas cubiertas de cedros. Escandalizamos a la buena sociedad beirutí de la época porque ella era cuarentona y atractiva, y yo un jovenzuelo casi imberbe. Sus amantes juraban degollarme, pero lo cierto es que nunca tuvimos relación sentimental alguna. Me adoptó, simplemente, como se adopta a un huérfano o a un chucho abandonado. La llamaba Mamá y ella a mí Hijo, o Niño. Un par de veces intentó casarme con jóvenes amigas suyas, millonarias libanesas cristianas de ajustados leotardos de tigre y lujosos Mercedes tapizados de piel blanca, que en la cama -cuentan- decían procacidades en exquisito francés. Y cuando venían los cazabombarderos israelíes salíamos a tumbar nos en su terraza con una botella de whisky, a verlos evolucionar en el cielo entre los misiles antiaéreos mientras oíamos música en el tocadiscos. Y un caluroso día que estábamos muy borrachos, ella en sujetador y yo con la cabeza apoyada en su estómago, cantando canciones de la guerrilla tupamara, un Mirage israelí pegó un cebollazo tan cerca que Aglae se puso de pie insultando al piloto, porque le había rayado un disco de Víctor Jara. Y ese día le dije: si un día tengo una hija la llamaré Aglae, como tú.
Después nos fuimos al golpe de Estado contra Makarios, y nos escapamos por los pelos de los paracaidista turcos en el hotel Ledra Palace de Nicosia, y a Glefkos, que era un griego guapo que ella se había ligado en un combate, le volaron los huevos. Y, bueno, todas esas cosas. Y yo me fui a otros sitios y otras guerras africanas y americanas, y ella siguió allí, y empezó lo del Líbano en serio, y un día que ella estaba ciega por los gases de las bombas me mandaron a relevaría a Beirut, y allí estuve yendo once años uno tras otro, y en ese tiempo ella se fue alejando entre la marejada de la vida, o tal vez me alejé yo, y me hice adulto, supongo. Y hará seis o siete años la vi por última vez en un restaurante árabe, sexagenaria y cansada, arrastrando la nostalgia de sus paraísos perdidos, de sus guerras mediterráneas, dura y sola, absorta, perdida en los años lejanos de su propia memoria. Y hablamos de nada en concreto, y Luego la dejé irse sin tener el valor de decirle lo que significó en mi vida y lo mucho que la quise, y que la quiero.
¿Saben una cosa? Creo que nunca pondré ese maldito fax. Me avergonzaría decirle que tuve una hija, y no la llamé Aglae.