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A SANGRE FRíA - 1995

La Derrota
20/01/2007 04:51
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En el año 95 del pasado siglo la colaboración de Arturo Pérez-Reverte en El Semanal se presentaba bajo el genérico de: A SANGRE FRIA

Aquí van tres que no tengo completamente fechados


CUESTIONES DE HONOR - El Semanal 1995
Hace un par de semanas puse la tele y me encontré al ex presidente Suárez acudiendo a un juzgado, porque alguien dijo que trincó trescientos kilos de Banesto, cuando Mario Conde y todo eso. Suárez llegó, dijo que eso era una bola como el sombrero de un picador, miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Supongo que a estas alturas todo habrá quedado en eso. Algo de lo que el arriba firmante se alegraría infinito; pues la persona de Adolfo Suárez, Ucedés aparte, me cae bastante bien. Tanto por esa pinta que tiene, con su perfil de torero grave y veterano, como por los morlacos que lidió, como por ese silencio magnífico en el que ha sabido atrincherar, cual muy pocos en este país, su digna salida del Gobierno y su decoro como político jubilado.
Y pensaba yo: ojalá que no. Deseo que éste de verdad no tenga nada que ver, y que en talcaso no me lo llenen de mierda como a los demás. Porque no sé qué carajo iba a quedar entonces como referencia política decente de los últimos veinte años. Y en ésas me decía: hay que fastidiarse. En un país donde los partidos de oposición ganan esgrimiendo titulares de periódicos en vez de programas de gobierno, donde tantos jueces se acojonan o se muestran implacables según el tipo de repercusión social
del asunto, donde todo el mundo tiene una piedra en la mano para el linchamiento previo, cualquiera puede permitirse acusar a otro de cualquier cosa, mentarle la madre o llamarlo maricón de playa, así, por el morro, y si cuela cuela. Y si no, oye, pues vale, pues me alegro. Pero empuerca, que algo queda.
Insisto en que ignoro si Adolfo Suárez fue más o menos honrado que otras joyas del oficio. Pero, aparte la simpatía personal —que es asunto mío porque me da la gana que su careto me sea simpático—, mucho me guardaría de cuestionar su honorabilidad si no tuviera un buen legajo de papeles con todo allí, incluidos los afotos del antedicho en el momento de trincar. Y aun así, averiguaría antes en qué condiciones, y para qué. A fin de cuentas, con todos sus errores y todos sus defectos, que los tuvo, incluida la cuerda de mercachifles, correveidiles y meapilas que nutrió parte de sus huestes, don Adolfo Suárez hizo una transición que le salió bordada. Faena que remató levantándose a defender la democracia, encarnada en un anciano general a quien un torpe teniente coronel intentaba zancadillear y tirar al suelo. Y eso merece un respeto.
Yo, entre nosotros, a lo de Gutiérrez Mellado no le doy mucho mérito. Sospecho que más que impulso democrático lo que lo cabreó y puso tan flamenco fue que allí entró un teniente coronel con escopeta y no se le cuadró. O sea, que al abuelo le saltó el automático. El mérito de verdad se lo adjudico al de Ávila. Y cuando los sesientencoño empezaron a agujerear el techo, don Adolfo se quedó erguido, chuleta, de perfil ante España y ante la Historia y ante los anales de la vergüenza torera, mientras todo el personal, incluido el actual presidente del Gobierno y numerosos prohombres de su partido y la actual oposición —salvo Carrillo, que fumaba al fondo, a lo suyo—, se lanzaba a bucear bajo la moqueta en plena cagalera. Y a mí, que soy muy primitivo, pues qué quieren que les diga. Esas cosas me impresionan.
Por eso, dejando ya la anécdota de Suárez aparte, a veces uno lamenta que ciertas antiguas costumbres, como el duelo, hayan caído en desuso. Antes, alguien te miraba mal y podías mandarle los padrinos, y la cosa se solventaba a pistoletazos o sable, y al menos tenías una oportunidad real de volarle al otro los cuernos.
Ahora, un fulano afirma, es un suponer, que lo que a ti te gusta es tocarles el culito a los nenes en las guarderías, y tú demuestras que es mentira, que lo que te gusta de verdad, por ejemplo, es ir los jueves a un meublé con la señora de ese fulano, y aquí no pasa absolutamente nada, ni nadie rectifica, y todo queda como así, en el aire. Si por una parte vas y planteas demanda judicial para recuperar tu honor, resulta que el honor anda muy devaluado —hasta los políticos juran por su honor, háganse idea— y el juez te toma a pitorreo. O, como en este país la Dura Lex sed Lex (Duralex) a menudo se parece a la bonoloto, depende de qué juez te toque en suerte para que te restituyan la honra o por el contrario quedes como paidófilo para los restos. Y tampoco es cosa de que vayas y le des una estiba al otro fulano, pues no puedes andar a bofetadas, como los gañanes. Además puedes romperle algo, y entonces sí que los jueces te empapelan vivo. O rompértelo él a ti. Con lo que, además de la fama, te llevas un par de hostias.


LOS ARTISTAS DEL SPRAY - Publicado en El Semanal, en 1995.
Un día palmaré en la carretera. Esta vez no pienso echarle la culpa a nadie, porque tenemos unas carreteras y unas autovías excelentes. Lo malo es que lo que ganas en seguridad lo pierdes en aburrimiento. O por lo menos a mí me pasa. Será cosa de los años y el metabolismo, pero la facilidad en la conduccción implica menos necesidad de maniobra, la atención se relaja y entra el sueño, y ya no soy capaz de advertir los coches de afotos de Picolandia que hace unos días, por fin, me cazaron de marrón total (20 km/h de exceso, a un talego el km = 20.000). Así que para retrasar el fatal desenlace, el arriba firmante recurre a dos tácticas de supervivencia: paro a echar un sueño y/o tomar un café, o me distraigo leyendo las chorradas escritas en los carteles indicadores del MOPT.
No me refiero al texto oficial, por supuesto. Nada tengo que objetar que se me advierta de que estoy a ciento veinte kilómetros de San Roque o entrando en Las Pedroñeras, capital del ajo manchego y universal. Todo eso es útil y necesario. Lo que me revienta son los rotulistas espontáneos, empeñados en utilizar esa señalización rutera para reivindicaciones y mensajes propios. porque viajar en automóvil por España es hacer un recorrido increíble por un museo nacional de la estupidez a base de spray, pintura y rotulador.
Echen un vistazo, si no. Uno lleva cincuenta kilómetros, verbigracia, preguntándose cuánto le queda para, no sé, San Serenín de la Sierra, y cuando por fin pasa ante un cartel indicador, la cosa es ilegible porque un capullo partidario de la inmersión lingüística del andaluz ha pintado encima Zan Zerenín de la Zierra. O en vez de kilómetros ha puesto la distancia en leguas, o millas naúticas. O ha escrito que don Cosme es un ladrón o un corrupto, cosa que puede ser muy cierta en el pueblo del tal don Cosme; pero que a mí, que voy de Madrid a Reus, me importa un carajo.
Muchas de esas reivindicaciones o consignas resultan, no lo dudo, legítimas. E imagino que, planteadas en los lugares apropiados, despertarían sin duda mi solidaridad, en vez del estado de cabreo en que me sumen cada vez que saltan a la cara. Una pintada en un monumento, en un edificio o en un lugar de utilidad pública siempre es detestable porque afea las cosas, y se borra mal, y da una impresión de desaliño y de suciedad muy poco agradable. Y además -esto ya es opinión más personal, pero la comparto conmigo mismo- creo que no sirve para nada. Pero si además destruye el servicio original del soporte sobre el que se escribe, carteles indicadores de carreteras nacionales que utilizan los ciudadanos tras haberlas pagado, y muy caras, con el dinero de sus impuestos, la cosa ya entra en el terreno de la agresión directa. Así que los del spray podrían guardárselo donde les quepa. Y creo sospechar exactamente dónde les cabe.
El otro día, sin ir más lejos, viajé de Cartagena a Orense, por carretera. Y el viaje se convirtió en una sucesión alucinante de tachones, pintadas, burdas modificaciones y hasta insultos en los carteles indicadores. Un tal FRC, o algo así, pretende declararle la guerra a Murcia. Por La Mancha hay de todo, incluidos mensajes de los quintos del 93 y la abyecta afirmación de que una tal Isabel es ligera de cascos. En otro tramo, los vecinos de un pueblecito cercano deciden incorporar su localidad al cartel de la autovía bajo los de Valladolid y La Coruña, a la que por otra parte un integrista riguroso convierte en A Coruña tachando la L con un borrón enorme, aunque el cartel está en Arévalo. En el límite entre Castilla y León, grandes chorreones de pintura roja sobre la palabra Castilla. Más arriba. áspera división de opiniones entre Bierzo gallego o Bierzo leonés. Un poco más lejos han sustituido con enormes y burdas X todas las jotas de un cartel que informa al turista (que no suele ser nativo de Galicia) sobre el carácter monumental de Monforte. Y de postre, durante ciento y pico kilómetros, alguien parece muy interesado en nacionalizar lingüísticamente los avisos de peligro por hielo; con objeto, imagino, de que todos los que no leemos gallego nos rompamos los cuernos al tomar las curvas.
Hay gente que se pasa mucho, tanto en A Coruña, como en Gasteiz, Truxillo, Garnata y Lleida. Uno comprende que, en los tiempos que corren, y con tanto cacique local sacando partido del río revuelto y subiéndose a los trenes baratos, el tenue paso que va del honesto nacionalismo a la gilipollez galopante resulta difuso, y fácil de franquear. Pero no hay que mezclar las ovejas churras con las merinas. A mí déjenme conducir tranquilo.



UNA DE INFANTAS
Lo malo de esta página de El Semanal es que debes teclearla dos o tres semanas antes de que se publique, y nunca sabes qué diablos puede haber pasado entre una cosa y otra. Imagínense que uno va y dice, por ejemplo, que el Titanic es un barco insumergible, estupendo, de pata negra, y el domingo correspondiente el comentario sale junto a la noticia de que el Titanic se ha ido a pique con mil quinientos pasajeros. Esto viene a cuento porque hoy -quiero decir hace tres semanas- la infanta Elena todavía es soltera; pero cuando esto se publique, o sea, el domingo 26 de marzo, y a menos que en la catedral de Sevilla alguien se haya levantado a decir que tiene un impedimento -que no creo-, o que hayan proclamado la III República, la infanta Elena y Jaime de Marichalar serán, presumo, marido y mujer amén de duques de Lugo.
Vaya por delante que a uno le gusta que se casen las infantas, si les apetece; porque las infantas son gente educada, que saben estar, y además son unas señoras, y no como otras principitas aficionadas que yo me sé, chocholocos que terminan liándose con macrós de discoteca y con guardaespaldas. Y en el improbable caso de que las infantas de España no fueran como son, tampoco encontraría nada objetable a que se casaran a su aire, por la iglesia, por lo civil o por el rito malayo, si tal fuera su gusto. Esto puede parecer una perogrullada, pero conviene matizarlo en vista de la cantidad de opiniones, debates, comentarios, juicios y chorradas que desde el anuncio de la boda nos ha venido endilgando el personal que vive de darle a la mojarra en la radio, en la tele y en la letra impresa. Pero el gremio a la gilipollez nupcial se lo lleva cierto comentarista que, al anunciar su retransmisión de la boda, lo hizo matizando que procuraría hacer un trabajo profesional y objetivo, incluyendo todas las opiniones, a favor y en contra.
Y es que este país es la leche, que comentaba el otro día, entre caña y caña, mi compadre el novelista andaluz Antonio Hernández (el de Sangrefría y Nana para dormir francesas, que el día que encuentre un editor como Dios manda se va a forrar). Ahora resulta que la objetividad consiste en buscar a quien le ponga pegas a que una infanta de España se case, y además de blanco y en la catedral de Sevilla, y llevarlo a su programa para que lo diga. Así todo queda más equilibrado, más compensadito, y a uno no lo acusan de monárquico o de vayaustéasaber, en este patio de Monipodio donde todo el mundo le tiene tanto miedo a las etiquetas y al qué van a decir, cielos, si me ven con esta pinta.
Pero lo grave del asunto no es que haya idiotas de ese calibre; sino que, seguro, encuentran contertulios dispuestos a asumir alegremente el papel. Algo así como desde mi punto de vista me parece excesivo lo de la catedral, oiga, en estos tiempos de crisis. La casa real debería dar ejemplo de austeridad: una cosita en plan Rocío Jurado y Ortega Cano, como mucho. O un gesto solidario con el pueblo: una parroquia marginal, con el cura en zapatillas de deporte bajo la sotana. Porque los Reales Alcázares son un despilfarro, y más con Roldán y el Gal y todo eso. Además, sé de buena tinta que ella de quien estuvo enamorada fue del príncipe de Bel Air. Y el traje de novia es discutible, porque ha costado una pasta con la que se podrían construir escuelas en Las Hurdes. Además, a quién se le ocurre casarse en España en estas fechas, o en este siglo. Y a todo esto, con la hípìca ya se sabe: ¿consta que ella sea virgen?
Decía Loewenstein, me parece, que el análisis del hecho termina por destruir el concepto. Aquel fulano, que era un economista serio, se refería, lógicamente, al análisis serio, científico, con argumentos de rigor en la mano. Imagínense entonces lo que va a quedar de los hechos y de los conceptos en esta pobre España, donde además de la tierra quemada que nos está dejando toda esta cuerda de pícaros y de mangantes, cualquier imbécil o cualquier analfabeto con acceso a firma, cámara o micrófono, tiene cuajo suficiente para pontificar sobre lo divino y lo humano con una frivolidad y un aplomo que dan escalofríos. Aquí pegas un patada en el suelo y te salen de bajo la alfombra veinte líderes de opinión expertos en derecho internacional, politólogos, licenciados en antiterrorismo, censores de las monarquías, magos de las finanzas, críticos de fino paladar sobre cine, televisión, arte y literatura, dispuestos a puntualizar muy serios, y como quien no dice todo lo que sabe, si las infantas deben casarse de organdí, raso o tul ilusión, en la catedral de Sevilla o en el 13 de la rue del Percebe.
Hay que joderse.

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