Foro sobre Arturo Pérez-Reverte
Un lugar de encuentro donde "discutir" sobre la obra del escritor Arturo Pérez Reverte

MAR...de dudas escribió el día 21/10/2018 a las 19:28
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Acabarlo y ponerse con él otra vez. Aquí dejo un detalle

12.Rouge color cereza

Se encontró con Marlene Dietrich saliendo del tocador de señoras: cabello rubio ondulado, ojos claros muy maquillados y labios en rouge color cereza. Un pequeño bolso plateado en la mano. Casi tropezaron a la entrada del pasillo, y él se detuvo con una disculpa. Fue algo inesperado, pues mientras conversaban con Gatewood no la había visto levantarse. —Perdón —murmuró Falcó.
Estaba paralizado ante ella, tan sorprendido por el encuentro a bocajarro que
ni siquiera pensó en cederle el paso. La miraba con una intensidad al mismo
tiempo estupefacta y atrevida: la que un mortal, o al menos uno como él,
dedicaría a una diosa que de repente se materializara ante sus ojos. La Dietrich
llevaba un conjunto muy sofisticado de pantalón negro ancho y chaqueta de
brocado chino y lentejuelas de plata que rutilaban con las luces de la sala, sin
apagar, pese a todo, los reflejos verdes de un collar de esmeraldas que haría la
fortuna de un ladrón de guante blanco, o de cualquier clase de guante.
—No importa —dijo ella.
Parecía de buen humor, curiosa por la situación, tal vez porque acababa de
dirigir a Falcó una ojeada valorativa de arriba abajo: una de esas miradas
rápidas, expertas, casi quirúrgicas, que a determinadas mujeres —las que
entornaban los ojos para situar al adversario— bastaban para catalogar a un
hombre. Después hizo ademán de seguir su camino, y sólo en ese momento él
fue consciente de que le entorpecía el paso.
—Discúlpeme —dijo, apartándose un poco.
La miraba con tal fijeza, tan absorto, que la Dietrich parpadeó con interés. En
esas pestañas oscuras y larguísimas, pensó Falcó, podría colgarse cualquier cosa:
una reputación, un crimen, una pasión o una vida. A menudo el cine mentía, pero
con aquella mujer era distinto. En su caso, la pantalla del cinematógrafo era
rigurosamente fiel. Se limitaba a mostrar la realidad.
—¿Qué le ocurre? —preguntó la actriz, divertida.
—Que ojalá pudiera besarla.
Lo dijo con espontánea sencillez. Con una naturalidad tan sincera como la de
un muchacho o un niño. Quizá por eso ella no pareció incómoda al escucharlo.
Apoyó la palma de la mano libre en una cadera, valorativa. Las cejas finísimas,
depiladas en forma de prolongado arco, se alzaron sobre los ojos claros que
estudiaban a Falcó con superior ironía. Y al fin, cinco lentos segundos después,
todo se conjugó en una sonrisa devastadora.
—¿Y qué se lo impide?... Hágalo.
Aquello habría paralizado de estupor a la mayor parte de los hombres, pero
Falcó no pertenecía a esa parte. Así que, con mucha sangre fría, acercó su boca a
la de la Dietrich y besó con suavidad los labios que se le ofrecían entreabiertos.
Y de ese modo, la sonrisa del hombre y la de la mujer se mezclaron un instante
en un roce cálido, fugaz, antes de que él cediera por completo el paso y ella lo
saludase con un gesto inolvidable: otro enarcar de cejas y una leve inclinación de
cabeza que le agitó un poco las ondas rubias mientras dedicaba a Falcó la última
mirada antes de seguir camino, serena, tan altiva como una reina entre
cortesanos, mientras los ocupantes de las mesas próximas, que habían
presenciado la escena, aplaudían a la actriz y al hombre apuesto que, inmóvil en
la embocadura del pasillo, recurría al pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta
para quitarse de la boca el rouge que Marlene Dietrich había dejado en ella.


La pizzera de Nápoles


http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/942/la-pizzera-de-napoles/

"Y, puestos a recordar, he rememorado también mi mejor recuerdo personal relacionado con Sophia Loren: cuando en cierta ocasión, al ir a subir a mi habitación del hotel Vesuvio de Nápoles, ella apareció en el ascensor, vestida de rojo, bellísima a sus entonces setenta y cinco años, dejándome estupefacto y paralizado como un imbécil, obstaculizándole el paso, hasta que me sonrió, y entonces reaccioné al fin apartándome a un lado con una excusa; y entonces ella pasó por mi lado, muy cerca, para alejarse por el vestíbulo del hotel, espléndida, gloriosa, eterna como en sus películas. Y por un instante sentí deseos de aullar a la luna como un coyote. Como hacía Marcelo Mastroianni mientras Mara, la chica de la piazza Navona, se quitaba las medias en Ayer, hoy y mañana."


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"Todo el mundo es como Dios lo hizo, y con frecuencia, peor". Cervantes


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