Foro sobre Arturo Pérez-Reverte
Un lugar de encuentro donde "discutir" sobre la obra del escritor Arturo Pérez Reverte

Salva escribió el día 03/10/2018 a las 08:32
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DOSSIER DE PRENSA: « SABOTAJE »




























Pérez-Reverte lleva su espía a París: Cuando Falcó intentó sabotear a Picasso

DAVID GISTAU
París
3 oct. 2018 |02:09



Pérez-Reverte, el lunes, ante la casa de Paris donde Picasso pintó el Guernica. /JEOSM

•La misión de la tercera entrega del popular personaje del escritor es que no se exhiba el Guernica en la Exposición de 1937

•Por la novela desfilan la Dietrich, Malraux y Hemingway, quien recibe una paliza: "Tengo cuentas pendientes con él", dice el académico

Ante el edificio de tres plantas del 7, rue des Grands-Augustins, un anciano con una gorra calada se ha quedado encerrado en el patio porque no conoce el código de apertura de la reja. Al carecer los presentes de las habilidades de Falcó para profanar cerraduras con una ganzúa, la operación de rescate requiere vocear a los vecinos y se resuelve, por tanto, sin la sutileza y la clandestinidad características de las novelas de espías "canónicas", en las cuales se encuadra, según dice Arturo Pérez-Reverte, Sabotaje, esta tercera entrega de las correrías de su despiadado y al mismo tiempo seductor agente secreto. Uno que pasa del coito al asesinato sin emocionarse demasiado ni al amar ni al matar y sin desprenderse de la boca el mégot de un cigarrillo inglés.

El incidente del anciano a mediodía impide abstraerse en la contemplación del edificio que albergó el estudio de Picasso durante la concepción, por encargo de la República, del Guernica, cuadro que juega un papel importante en la novela a partir del mismo título, pues Picasso y no otro es el objetivo del sabotaje para tratar de impedirle contribuir con su arte a la propaganda republicana. La otra trama alude a un aviador combatiente en España y al mismo tiempo practicante del turismo de guerra intelectual que se parece sospechosamente a André Malraux aunque el autor le haya cambiado el nombre, como a otros personajes reconocibles, para poder tomarse con ellos licencias ficticias.

Sin embargo, a Marlene Dietrich no le cambia el nombre ni cuando Falcó le encasqueta un besazo de tornillo a la puerta de los servicios de un cabaret, lo cual se nos antoja una licencia descomunal, sobre todo porque no hay bofetada posterior. Bueno, sí la hay, hablaremos de ella dentro de un par de párrafos.

El estudio de Picasso estuvo ubicado en pleno Barrio Latino, cerca de Saint-Germain y de la calle Fleurus donde recibía Gertrude Stein. Es decir, en el núcleo mismo de la Generación Perdida, cuya impronta es visible en ese París de Pérez-Reverte que parece orbitar alrededor de cafés como Les Deux Magots y donde el carisma de los novelistas americanos, muchos de los cuales ya se marcharon, ha sido sustituido por la angustia de los refugiados cuyo mundo, como el de Zweig, está desapareciendo porque provienen de la Europa en la que se ya se ha abatido la ola parda -Pérez-Reverte augura otra para Europa: "Lo pardo siempre está ahí"- de la que tantos todavía se sienten a salvo mientras hacen vida hedonista y cabaretera en la Ciudad de la Luz. Quienes ya combaten en España y exportan sus asesinatos y sus conspira-ciones no son tan ingenuos.

Fresca la lectura de Sabotaje, lo que más asombra es que Pérez-Reverte haya logrado alterar la percepción que tenemos de nuestra Guerra Civil. Un conflicto del cual se narraron los paseos, la crueldad castiza, las moscas sobre los cadáveres de los civiles reventados, los milicianos en mono y alpargatas, el frío del Ebro y la vanidad de los intelectuales que no pisan el frente pero llevan pistolón de atrezo de repente se convierte en una sofisticada trama de espionaje internacional donde los combatientes piden cócteles, juegan al bacará en casinos mundanos y viven aventuras galantes. Es la Guerra Civil en smoking, la de los espías, la de los mensajes cifrados y las siluetas en la noche, lo cual no impide que, de vez en cuando, un charco de sangre se extienda junto a la cabeza de un hombre abatido. Pérez-Reverte se vincula a Somerset Maugham, a Graham Greene, a Ambler y a Chandler, pero su Falcó también trae los aromas y la amenidad de esas películas de espías de smoking y en blanco negro donde el malvado solía ser Peter Lorre y sólo Humphrey Bogart se mostraba capaz de batir las plusmarcas sexuales de Falcó, de quien llegamos a saber incluso qué técnicas mentales usa para retrasar la eyaculación.



"He conocido Falcós que torturan y salen un momento a tomarse un vino"

También llama la atención una apuesta arriesgada de Pérez-Reverte, la de situar a su personaje en el bando nacional. No sólo para completarle esa maldad redimida por el encanto, sino, también, para desafiar intelectualmente el maniqueísmo primario en esa España que sólo sabe expresarse "con tuits" y que trata de borrar del relato la correspondencia de la crueldad. Existe, también, la reflexión genérica, atemporal, acerca de la guerra: "He conocido Falcós para quienes quitar una vida no supone ningún problema, que torturan y salen un momento a tomarse un vino". Según el autor, el Guernica no supo contar la guerra porque Picasso jamás la vio. A diferencia de Goya. Para el final hemos guardado la auténtica aberración imperdonable que contiene esta novela: Hemingway recibe una paliza. "Tengo cuentas pendientes con él", dice Pérez-Reverte, quien no le perdona la fanfarronería. Esto, querido Arturo, era para haberlo resuelto en el ring, siempre que los asaltos no los cronometrara Scott Fitzgerald.

http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2018/10/03/5bb3b023e5fdea5b478b4581.html



Pérez-Reverte: «Todos los héroes son hoy día republicanos y demócratas»

Llega a las librerías «Sabotaje», la nueva novela protagonizada por Lorenzo Falcó, el espía franquista cuya misión es impedir a Picasso pintar el «Guernica»

VIDEO:



https://www.abc.es/cultura/libros/abci-perez-reverte-todos-heroes-republicanos-y-democratas-201810030200_noticia.html
Arturo Pérez-Reverte, durante el recorrido por los escenarios de «Sabotaje» en París - ABC

Jesús García Calero

Una misión imposible: impedir que Pablo Picasso pinte el «Guernica» en mayo de 1937. La ficción permite intentarlo. Y Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ha tenido la ocasión perfecta. Su personaje Lorenzo Falcó, el espía franquista que ya ha protagonizado las novelas «Falcó» y «Eva», viaja a París en la tercera entrega: «Sabotaje» (Alfaguara). El genio malagueño está a punto de entregar el cuadro estrella del pabellón de la República en la Exposición Internacional. El «héroe» recibe órdenes, debe intentar ese sabotaje que hoy parece políticamente tan incorrecto.

El desafío al que Pérez-Reverte se enfrentó desde el comienzo de la serie Falcó fue «conseguir que el lector se tragase a un protagonista que es un torturador, un asesino, un tipo violento e inmoral, un mercenario sin ideología definida». Para lograrlo, tiró de oficio: «Conseguí que fuera simpático, encantador, guapo, seductor y elegante. Era una apuesta y funcionó», dice a los periodistas durante una visita a los escenarios de la novela en París.

La idea de un espía en plena Guerra Civil española ya era un campo de minas en estos tiempos de memoria histórica y desenterradores vocacionales. Pero que el «héroe» sea un agente del Movimiento Nacional «es más que un riesgo asumido, es una provocación -explica sonriendo Pérez-Reverte-. Todos los héroes son hoy en día republicanos, demócratas, feministas avant la letre; todos son animalistas y además buenos -añade con sorna-. Yo quería hacer un perfecto hijo de puta y para eso lo doté de los elementos necesarios, y también lo introduje en el bando fascista. Para que fuese completa la negatividad».

La única cuestión amable, si es que puede usarse ese adjetivo, radica en que «no es un fascista ideológicamente. Trabaja para ellos pero no es de ellos, hace su propia guerra. Es un mercenario y una herramienta de los fascistas». Y la herramienta está afilada, sacude y hiere con desparpajo en una modulación incesante de tensión, sigilo y fuerza desatada, a veces letal. Todos los rasgos de Falcó, tanto en la elegancia y los gestos mundanos de la época como en la violencia, son fidedignos.

Pérez-Reverte domina ya ese escenario, describe un París sin clichés, muy creíble. Cuenta cómo ha leído todo, libros, clásicos del género, revistas de moda, almanaques, guías de viajes para preparar su inmersión en el mundo de Falcó, años treinta. Modelos y maneras en el saludo, los resortes y hasta los precios de los menús son exactos, surgen de una documentación precisa y enciclopédica. Y la mirada al mundo en guerra, salvando las distancias, y a la violenta y peligrosa naturaleza de los hombres puestos al límite está basada en hechos reales. El autor ha sido testigo, reportero en muchas batallas, para saber cómo licuar la sangre con la prosa.

La zona gris, nadie se salva

En «Sabotaje», la más trepidante de las tres novelas de Falcó, nada es sagrado o intocable. El afan desmitificador es continuo y divertido. Ni el «Guernica», que nos parece hoy un altar del antibelicismo, queda a salvo. Gracias a la trama recupera su naturaleza de objeto propagandístico y carísimo. Ni tampoco Picasso, genio del arte, tacaño épico y gracioso antes que patriota idealista, aparte de ser un mujeriego irrestricto.

Esto es adrede: «He intentado devolver todo a un contexto real -explica el escritor-, he querido llevarlos a la zona gris: a Picasso, al «Guernica», a la República misma. En esa zona las cosas nunca están tan claras como en la historia que nos han contado. Cuestionar al propio Picasso, sus motivos, es importante. Picasso no pintó el cuadro por patriotismo, ni por demócrata, sino por dinero, porque además le pagaron muchísimo dinero».

¿A qué se debe el empeño? «El mundo real nunca es blanco o negro -asevera-. Nunca fue azul o rojo como nos lo han pintado siempre. Los dos bandos tenían ambigüedades, contradicciones, crueldades, cometían barbaridades. Visto desde fuera está clarísimo: República buena, franquismo malo. Nadie lo duda. Pero cuando te acercas a los seres humanos, a los intereses y las ambiciones, las lujurias y los rencores, los ajustes de cuentas, los asesinatos, todo eso deja de estar tan claro. Ahí es donde se mueven mis novelas. Es un desafío interesante, incluso estimulante, no solo para mí, también para el lector», concluye.

¿Pero el «Guernica» le gusta? «No está mal -dice con convicción-. Hay cuadros de Picasso que me gustan más. Pero hay una cosa clara, Picasso nunca vio una guerra. Lo dice Falcó y lo dije en “El Pintor de batallas”. El Guernica no es un cuadro de guerra, es una alegoría que Picasso hace. Hay más guerra en el cuadro de Paul Nash “Estamos construyendo un mundo nuevo” de 1918, un paisaje desolado de árboles desmochados entre trincheras. Lo que pasa es que el “Guernica” tiene una carga simbólica alegórica espectacular que lo ha hecho inmortal». Y señala detalles, como que Picasso no dejó el París ocupado por los nazis. Siguió trabajando en su estudio de la Rue des Grands Augustins, sin interrupción. Resulta inquietante recordarlo.

Intelectuales, fama y foto

En «Sabotaje» los lectores hallarán a viejos amigos con los nombres cambiados. Además de Picasso hay un fanfarrón que nos recuerda tanto a Hemingway, y otro intelectual digamos intachable, trasunto de Malraux al que Falcó hará la vida imposible por muchas razones. Les cambia los nombres para cambiar su peripecia libremente. A Hemingway le pega Falcó una sucia paliza en los servicios. ¿Por qué? «Se la debía, tengo cuentas pendientes con él -alardea un tanto-. Es un novelista formidable. Para mí su mejor libro es “París era una fiesta”. Pero era un fanfarrón. Yo he hecho más guerra que Hemingway, sé lo que es la guerra. Ese presumir de cómo se comía las balas sin pelar, de cómo enseñaba a los milicianos a manejar el fusil no me gusta. Eso y besar a Marlene Dietrich en un cabaret son los momentos que más placer me han dado», se deleita Pérez-Reverte.

Tantas anécdotas esconden una crítica al papel de los intelectuales «que no pisaban el frente, que iban de visita para hacerse fotos. En los dos bandos», denuncia. «Toda guerra tiene un problema, y las civiles más, y es que se apropian de ella los intelectuales. La guerra la hicieron los desgraciados, en ambos bandos, y el intelectual se adueña de ella, pasa a la memoria histórica. No tenemos los rostros de los combatientes en el Ebro o en Belchite, tenemos los de Alberti, Miguel Hernández, de Sanchez Mazas o Dioniso Ridruejo. Al final es una injusticia histórica. Ocurre en todos los países del mundo. Cuando estaba en Sarajevo allí iba a hacerse la foto Henri-Levy, Susan Sontag o incluso Juan Goytisolo».

La falsa seguridad

Otro aspecto queda claro en «Sabotaje»: vivimos sin ser conscientes de que nuestro mundo nunca ha dejado de estar en guerra. En el café Les Deux Magots, Pérez-Reverte advierte a los periodistas: «Los que estaban refugiados en París creían que estaban a salvo, aunque lo que acechaba en Alemania era muy gordo. La gente vivía una ficción parecida a la que vivimos ahora. Mucho cuidado porque en el café en el que estamos nosotros, en 2018, el día menos pensado te vienen los nazis y te hacen una noche de los cristales rotos, o dos. Auschwitz siempre está ahí».

No queremos ver las luces de alarma. «Nos comportamos como si fuersemos invulnerables, eternos, inatacables, hasta que llega Mohamed Atta. Europa ha tenido 50 años de un oasis extraordinariamente peculiar. Pero se ha terminado. Las luces se están apagando. La clase media desaparece, los ricos son más ricos, los pobres están cabreados, viene una crisis más gorda que la anterior y no la queremos ver».

Puede parecer fácil, pero no lo es: una novela de espías que nos inquieta y nos abre los ojos mientras nos entretiene. Tal vez vivimos en esa falsa seguridad de la Unión Europea, que sería un nombre magnífico para una compañía de seguros.



Fiesta y pelea del escritor fanfarrón

Entre los habitantes reconocibles de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte destaca Gatewood, trasunto de Ernest Hemingway, que tiene un encuentro de alta tensión con Falcó. El protagonista salda cuentas en un rincón oscuro con el escritor y fanfarrón profesional. El autor afirma sobre la pelea que «se la debía, porque tenía cuentas pendientes con él, aunque me parece un gran novelista».

En el estudio de Pablo Picasso

Falcó tendrá que colarse en el estudio parisiense de Pablo Picasso, donde el artista ultima el «Guernica», alegato contra el bombardeo de la localidad y gran acto propagandista para la repaública en la Exposición Internacional de París. Cómo puede cumplir la misión de sabotear el cuadro sin cambiar la historia es uno de los más interesantes momentos de la novela.

Intelectuales y cámaras

Uno de los personajes más puteado por las actividades de Falcó será Leo Bayard, un comprometido intelectual que organizó una escuadra aérea en apoyo del esfuerzo bélico republicano y de su propia fama. Anda buscando financiación para un documental propagandístico. Vamos, un retrato vivo de André Malraux. No queda bien parado ese afán de protagonismo.

Memoria histórica, guerra real

La presencia de intelectuales que no pisaron las trincheras del frente y que se adueñaron de la memoria histórica de la guerra indigna a Pérez-Reverte, que recuerda que Alberti paseaba con una pistola al cinto por Valencia y se fotografiaba con milicianos. Ocurrió en los dos bandos, denuncia el escritor, y es una injusticia histórica.

https://www.abc.es/cultura/libros/abci-perez-reverte-todos-heroes-republicanos-y-democratas-201810030200_noticia.html



Pérez-Reverte: “Picasso no pintó el ‘Guernica’ por patriotismo, sino por dinero”

Un recorrido junto al escritor por los escenarios parisinos de la nueva novela de la serie protagonizada por Falcó, agente franquista sin escrúpulos

Silvia Ayuso
París - 3 OCT 2018 - 00:00 CEST



Arturo Pérez-Reverte en París el 1 de octubre. Jeosm

Que nadie busque lo que no hay en Lorenzo Falcó. Bajo la seductora sonrisa y los impecables modales del hijo díscolo de una familia andaluza adinerada, el agente estrella del servicio de espionaje franquista que protagoniza la última saga de Arturo Pérez-Reverte es un ser “sin conciencia, sin ética y sin remordimientos”. Un mercenario, insiste el autor, para quien matar no es más que una “herramienta de trabajo” que pone al servicio del mejor postor, que resulta ser el bando de los malos en una guerra que dejó unas heridas que no han cerrado aún del todo en España. “Quería hacer un perfecto hijo de puta”, sonríe el escritor al presentar en París Sabotaje, la última parte de la trilogía que comenzó en España recién iniciada la Guerra Civil, continuó en Tánger y, ahora, se traslada a la capital francesa.

Hace frío en París y Pérez-Reverte se cierra bien la chaqueta antes de emprender un paseo por algunos de los lugares en los que se desarrolla la trama de Sabotaje, como el histórico café Les Deux Magots, punto de paso casi obligado de buena parte de la intelectualidad del siglo XX y donde Falcó recala tras visitar el estudio donde Pablo Picasso pinta el Guernica, unas calles más abajo. O su puente parisino favorito, el pont des Arts, desde donde Pérez-Reverte obliga al espía a tirarse a las aguas del Sena para huir de sus enemigos.

El escritor retrata una Ciudad de la Luz donde, a la habitual ebullición de artistas e intelectuales, se añadía en ese mayo de 1937 en que se sitúa la trama una explosiva mezcla de idealistas y republicanos en el exilio, fascistas que admiraban y colaboraban sin complejos con la Alemania de Hitler o la Italia de Mussolini y espías, muchos espías, de todos los servicios secretos de una Europa que no era consciente de la catástrofe hacia la que caminaba a marchas forzadas. Una situación no tan distinta, advierte Pérez-Reverte, de la actual.

“Me interesa mucho remarcar esa falsa seguridad de los que estaban aquí refugiados. Lo que venía era muy gordo y no todo el mundo lo sabía ver”, explica sentado en uno de esos falsos refugios de entonces y ahora, el Deux Magots, ante las fotos de dos invitados a su novela, Picasso y Ernest Hemingway. “Entre el París del 37 y la Europa de 2018 he querido, sin forzar, establecer algunos vínculos. Como ahora, pensaban que estaban a salvo, que no iba a pasar nada. Y no, la ola parda siempre está ahí, sea parda, azul, verde, amarilla o color butano. Y siempre llega. Quería, aunque tampoco con eso cambie la mentalidad de nadie, decir: ‘Cuidado con las certezas, con las seguridades y con las tranquilidades”.

Falcó, extraficante de armas, conquistador irreductible y mortífero para los enemigos de sus patrones —“no es un fascista ideológicamente, trabaja para ellos pero no es de los suyos, hace su propia guerra”, precisa el autor—, viaja a París para cumplir, una vez más, órdenes de la inteligencia falangista: desacreditar a un héroe del bando republicano, el intelectual y aviador Leo Bayard (inspirado sin complejos en André Malraux) y, a la par, evitar como sea que Picasso muestre en la Exposición Universal el Guernica que está pintando por encargo de la República. Una doble misión que le ha permitido a Pérez-Reverte recrear “sin caer en los tópicos” una ciudad y una época que, una vez eliminada la pátina de romanticismo y heroicidades —y Falcó alias Pérez-Reverte es un maestro en arrancarla a mordiscos— transpira un mensaje recurrente en las novelas del reportero de guerra reconvertido en escritor de éxito: “El mundo real nunca es blanco o negro, no es azul o rojo, es una gama de grises”. Y no todos son héroes ni actúan por motivos meramente altruistas, empezando por un Picasso que “no pintó el Guernica por patriotismo ni por democracia; lo pintó por muchísimo dinero”.

Una paliza

Hacer navegar a Falcó por esa paleta de grises también le ha permitido a Pérez-Reverte darse licencias como ajustar cuentas con un Hemingway al que oculta, con muy poco celo, tras el personaje del borrachuzo escritor Gatewood. “Como no me cae bien Hemingway, sí como escritor, pero no como persona, decidí que en esta novela Falcó le diese una paliza en los lavabos de un cabaret de Pigalle”, el mismo lugar donde transcurre otra de sus escenas favoritas: un fugaz encuentro entre el canalla agente y una Marlene Dietrich que, ella sí, aparece con nombre y apellido reales en esta ficción de espías que tantos placeres le ha dado a su autor.

Aun así, por el momento, la de París será la última aventura de Falcó. Pérez-Reverte tiene otros proyectos en mente y el pese a todo irresistible agente secreto falangista tendrá que “hibernar” por un tiempo aún indefinido. Pero no es, promete, un punto final. “Cierro la trilogía pero el personaje, tengo proyectos para él”, asegura. Y conflictos, con una Guerra Civil inacabada y una Mundial por empezar, hay de sobra para revivir a Falcó en nuevos escenarios y aventuras.


Una injusticia histórica

Arturo Pérez-Reverte no se cansa de repetir que las de Falcó no son obras sobre la Guerra Civil, sino “novelas canónicas de espías” que tienen como escenario el conflicto español. Lo que no quita que le sirvan al escritor, que como periodista vivió muchas guerras, para denunciar lo que considera una “injusticia histórica”. “El problema que tiene toda guerra, y las civiles más, es que al final se apropian de ella los intelectuales”, señala el autor, que no duda en reflejar esta situación en Sabotajea través de algunos personajes en los que, tras un nombre ficticio, se esconden individuos reales y fácilmente identificables, más allá de Hemingway.

“Y cuando hay una guerra como la española, protagonizada por los desgraciados de ambos bandos, incultos, campesinos, o gente que realmente tenía fe, como el comunista, el socialista o el falangista, una vez pasado el conflicto o incluso durante, es el intelectual el que se adueña de la historia”.

Todo ello cuando “había intelectuales que no pisaban el frente más que para hacerse fotos. Gente que se paseaba por la retaguardia con pistola, y en los bares y los cafés”. “En ambos bandos”, subraya acerca de una “injusticia” que, dice, pervive.

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