Foro sobre Arturo Pérez-Reverte
Un lugar de encuentro donde "discutir" sobre la obra del escritor Arturo Pérez Reverte

Salva escribió el día 01/12/2013 a las 09:55
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El jefe que mostró a Pérez-Reverte cómo encarar una entrevista .


El jefe que mostró a Pérez-Reverte cómo encarar una entrevista

01.12.13 - 02:03 -

En tantas décadas dando lecciones de periodismo, José Monerri tuvo un discípulo ahora mundialmente conocido: Arturo Pérez-Reverte. «Llegó en 1972 y enseguida nos soltó que quería ser corresponsal de guerra. Monerri dijo que le parecía bien y le encargó la página de las farmacias de guardia», recordó Tito Conesa, otro profesional que se enorgullece de haber estado bajo sus órdenes. Fue José Monerri quien le fichó como redactor y le enseño «todo lo que era necesario saber para empezar, desde cosas tan aparentemente sencillas como lo que era una letra negrita o una entradilla hasta lo que es enfrentarse a la actualidad, porque daba libertad y permitía ser muy creativo». Otra anécdota define su personalidad, según Conesa. «Al poco de llegar, envió a Pérez-Reverte a entrevistar al alcalde. Le dijo: No debes ser tú quien le tenga miedo, sino él a ti, al verte aparecer con tu libreta», recordó.

http://www.laverdad.es/murcia/v/20131201/cartagena/jefe-mostro-perez-reverte-20131201.html

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LOS PRINCIPIOS DE ARTURO PÉREZ-REVERTE

26.11.11 - JOSÉ MONERRI
ABABOL - Literatura

Desde los cinco años quiso ser periodista y pasó por este oficio como un ciclón. Desde el inicio buscó como escenario el extranjero

Salió del colegio y se plantó directamente en el segundo piso del inmueble de la plaza de Castellini, picoesquina con Puerta de Murcia, donde se encontraba la delegación de La Verdad. Me lo enviaba su madre, María Dolores Gutiérrez Olivares. Se trataba de Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez -porque su madre, que ha tenido mucho que ver en el nacimiento de la criatura a la que quiere apasionadamente- así lo decidió, para que aprendiera Periodismo. Espigado, todo nervio, acentuada nuez y gafas circulares. Emprendedor, inquieto y con grandes reflejos intelectuales. Ese es Arturo Pérez-Reverte, que pasó por el Periodismo como un ciclón, enfrentándose ya desde sus años jóvenes al reportaje que tenía como escenario el extranjero: Libia, en ruta petrolífera con Escombreras, a bordo del Puertollano. Fue su supersónico aprendizaje en La Verdad, con entrevistas o pasando la noche en el Ferré Vandellós conviviendo con su tripulación.

Recuerdo a ese joven entonces imberbe, ahora con barba gris quizá para expresar más la gravedad en aquellos 51 años recién cumplidos, entre los miembros de la Real Academia Española de la Lengua cuyo sillón T ocupa tras vencer su candidatura impulsada por Gregorio Salvador, Antonio Muñoz Molina y Eduardo García Enterría. Ante su ímpetu periodístico, con sentido de humor cartagenero, le dije: «Bien; empieza por hacerte las farmacias de guardia y el movimiento de buques». Aceptó la broma. Ahora tiene todavía presente -porque lo ha recordado en uno de sus sustanciosos artículos- que la primera entrevista que le encargué fue la de que se presentase al alcalde y le preguntase sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos.

Cartagena, en su alma

Lo rememora así: «Y cuando abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político era demasiado para un novato de dieciséis años, y que tenía miedo de meter la pata haciéndolo mal, el veterano me miró despacio y con mucha fijeza, se echó hacia atrás en el respaldo de la silla, al otro lado de la mesa llena de máquinas de escribir, maquetas, fotos y papeles, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca. ¿Miedo?... Mira, zagal. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti». Confiesa que me recuerda, que me considera uno de los viejos maestros de la vida, y le consta que correspondo a su cariño con esa lealtad incuestionable de quien sabe responder con entrañable sinceridad a ese sentimiento.

Arturo es un cartagenero de pura cepa, lo que no le encasilla ante su aguda mirada al mundo entero. Nació en una institución tan querida en la ciudad cual es el Hospital de Caridad, pero a los diez meses ya estaba viviendo en el Poblado de Escombreras, ya que su padre, el inolvidable Pepín, era empleado de la Refinería de petróleos. Quizá su primera travesura fuera que a tan temprana edad subiera a gatas una escalera hasta el rellano donde, con el natural susto, fue recogido, indemne, por supuesto. Estudió en el Colegio del Poblado, con doña Micaela, para pasar al colegio de la Sagrada Familia, de los Maristas, donde admiraba al hermano José Luis Vallejo, buen poeta, y exacerbaba los ánimos del hermano Severiano, con sus ocurrencias. Ya antes, en el Poblado, se había erigido en jefe entre los de su edad, donde se vestían de guerreros y filmaban películas. En El Rosalar, siguió con esa afición, contando con la colaboración de sus amigos, entre los que se contaban los hijos de José Luis Moreno y los de Ruscalleda. Arturo era el mayor. Se iban al monte -en la partida también había chicas-, donde filmaban películas de guerra. Hubo ocasiones en que se hacía de noche, y regresaban a la luz de las linternas. Y es que Arturo quería ser periodista desde los 5 años, como recordaba su madre. «Era muy calladico, pero con mucha memoria. Recitaba poesías desde su infancia».

Acabado el Bachiller se presentó en el periódico. Su labor fue dinámica, brillante y hasta aventurera, como ese reportaje en un petrolero a Libia, que mereció páginas enteras en un diario que, dirigido por Venancio Luis Agudo Ezquerra, había abierto diversas delegaciones llegando a Alicante y Albacete. Estudiando en la Universidad conoció a Blanca, una oscense que acabaría siendo su esposa, y de ese matrimonio cuenta con una hija, llamada Carlota, nacida en Madrid y que es licenciada en Historia y Arqueología Marítima. Pero Arturo guarda muy celosamente su vida familiar, cosa que respetamos y aplaudimos.

El Arturo que se había iniciado en La Verdad, acabada su licenciatura en la Facultad, se incorporó al diario Pueblo, en donde realizó sus reportajes desde los puntos más conflictivos del mundo, o esa forma de fascinar a todos los telespectadores entre bombas, ruinas, cadáveres y miserias. Por fin llegó el novelista triunfante de forma avasalladora. ¿Hemos perdido un periodista y ganado un novelista? Nada de eso. Arturo seguirá siendo un periodista de cuerpo entero porque lo lleva en la masa de la sangre. Lo que ocurre es que nos encontramos con la buena nueva de un gran novelista, que se ha colocado en vanguardia con toda presteza, gracias a su inteligencia, audacia, fácil expresión literaria y sinceridad. Porque Arturo, sencillo y un tanto introvertido, posee la sinceridad que le hace ser coherente consigo mismo, hasta el punto de que vive lo que escribe. Y ahí quizá radique su éxito. Pronto vio que lo suyo estaba en la novela, cimentada en sus muchas horas de lectura que le proporcionaron una impresionante solidez cultural. Y allí se centró, cobrando el éxito que su autodidacta formación cultural le otorgaba. Porque Arturo -y él lo ha reconocido- se ha forjado solo, impulsado por su inteligencia nada común y sus reflejos. Por eso, se le han abierto las puertas del cine, de la televisión y de la traducción a más de 30 idiomas.

Este Arturo se ha convertido en una figura internacional. Ha recibido numerosas distinciones, pero yo me quedo con la Medalla de oro de la Región y que en Cartagena -la tiene metida en su alma- se le busque esa calle prometida por la alcaldesa, y que se le nombre Hijo predilecto.


«¿Miedo? Mira, zagal. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo, quien debe tenerte miedo es el alcalde a tí», le dije en La Verdad

http://ababol.laverdad.es/literatura/2851-los-principios-de-arturo-perez-reverte-


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