Se llama Sebastián Gormesano y es vecino de Tel Aviv. Cuando lo conocí (mis amigos Boca y Rico me acompañaban en aquella primera visita a Israel) tenía 68 años, estaba jubilado y se dedicaba a atender las taquillas en las que los visitantes del Museo de la Diáspora dejaban sus mochilas y abrigos. Un voluntario voluntarioso. A aquella sala presidida por los billetes de los judíos poderosos -juntos en la misma urna, daba igual la divisa- llegamos corriendo, tratando de resguardarnos de la lluvia, la misma que nos caló minutos antes en la Plaza del Ayuntamiento, donde mataron a Isaac Rabin, hasta que nos salvó aquel 24, el bus decorado con protectoras hamsas y el vaho humano de una mañana helada. Era enero, 5 de enero de 2005. Entramos al museo tras atravesar el campus de la Universidad de Tel Aviv. Parecía un refugio. Llegamos gritando en español atropellado Vaya cómo cae. Menuda tormenta. Esas cosas. Nos recibió un saludo entusiasta: "¡Paisanos!". Nos hablaba un hombre risueño, pequeñito, con voz algo aguda y un acento extraño. "¿Son españoles, verdad?", nos dijo, articulando palabras y con una sonrisa tan amplia que parecía imposible hacer las dos cosas a la vez. Nos acercamos, habló, le escuchamos asombrados.
Sebastián dejó España hace 500 años, escondido en los genes de sus antepasados sefardíes, esos que fueron expulsados por los Reyes Católicos. Su gente residía en Toledo, y de allí pasó a Milán, a algún sitio sin definir del sur de Italia y, al fin, a Estambul (Turquía). Eso dicen mis viejas notas. Fue en tierra turca donde nació Sebastián, donde pasó sus primeros 11 años. A esa edad, su familia se marchó a Israel, en 1948, como pioneros del nuevo Estado que nació aquel año. Aquella primera vez no hablamos de los palestinos que se quedaron sin casa. De los otros exiliados. No fue aquella una conversación política. Sebastián nos habló con pasión de la llave de su casa toledana -que nos invitó a ver si le hacíamos una visita-, y de su hijo el mayor, el orgullo de los Gormesano, primero en cinco siglos en regresar a España, aunque fuera en un viaje relámpago con su empresa farmacéutica. Dijo Sebastián que su hijo se echó una novia española, de Galicia. Dijo Sebastián que una de las mayores penas de su vida es que aquella pareja no saliera adelante. Y lo dijo muy triste.
Se le iluminó la cara cuando le explicamos que Sebastián daba nombre a una ciudad española, y se lo dejamos escrito en un papel para que sus nietos lo buscaran en Internet. Él nos enseñó la base de datos en la que podíamos descubrir si teníamos antepasados judíos (no fue el caso, que se supone que venimos de Flandes), y nos coló en el museo sin pagar la entrada. Se dejó fotografiar con nosotros, al pie de la escalera que subía a las salas, donde estaba esa maqueta de Santa María la Blanca, la gran sinagoga de Toledo. Nos regaló cariño y, sobre todo, una sensación cálida, extraña, confortable, de hogar y paisanaje en tierra extraña. La conexión reencontrada cinco siglos después. Y todo por el mismo idioma, conservado de generación en generación. Pulcro, delicado, de acento más suave, de palabras hermosísimas hoy perdidas.
En 2006 regresé al museo, camino de una fundación en honor a Rabin, en busca de un experto en terrorismo. Busqué a Sebastián, claro. Le llevaba un regalo, Sefarad, de Antonio Muñoz Molina. Pero se había jubilado. En un país obsesionado con la seguridad, nadie se atrevió a darme su dirección o su teléfono. Fue una decepción. Así que me di media vuelta. El libro lo dejé, queriendo, olvidado en un banco de piedra, en un rincón, bajo una higuera, en el cuarto judío de la Jerusalén vieja.
Ahora que he vuelto para quedarme, he buscado a Sebastián. Y lo he encontrado. En su casa de campo cerca de Tel Aviv. Al sol, con los nietos, viviendo sin prisas. Le volví a llevar Sefarad. Le gustó, aunque “el escritor escribe moderno, como habláis ahora los españoles”. Entonces le dije que probara con los clásicos, con Lope, con Calderón, con Cervantes. Sus hijos y nosotros le alimentamos el recuerdo en librerías de viejo y bibliotecas públicas que aún atesoran libros en castellano. Los nietos, que no sabían ni una palabra de español, se están animando con los juegos del abuelo. Así hasta que un día me dice: “He hecho un descubrimiento muy sabroso. Mi hijo Sami me ha traído un libro de la Steimatzky [una cadena de librerías israelí, que a veces tiene títulos extranjeros] que se llama El capitán Alatriste”. Cómo no. Claro. ¿Cómo se me había olvidado? Qué gran fallo… ¿Y le gustó? “Pues claro, hermosa, este capitán habla ladino, como yo. Y tiene más aventuras. ¿Me las puedes cuando vayas a España?”. Y así, desde entonces, mercadeamos entre España e Israel con los alatristes de don Sebastián.
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