La madre de Ignacio Solís, sobrino de Ramón, conserva todas las obras de su tío de las que se declara un gran seguidor. ::
El pintor de Las Cortes
22.08.10 - 00:16 - JESÚS A. CAÑAS
De su prolífica obra destaca su dedicación por mostrar con gran fidelidad la vida en la ciudad a primeros del XIXRamón Solís rescató del olvido, con sus ensayos y relatos, la época en la que Cádiz se convirtió en la cuna de la primera Constitución
Chano Fernández Ederra lloraba desconsoladamente porque no quería ser comerciante como su padre. Estar todo el día en el escritorio, rodeado de contratos y documentos, no estaba hecho para él. Chano quería viajar, conocer mundo. Sin saberlo, era un hijo de la revolución que sacudía Europa a fines del XIII y principios del XIX. Y quizás, sin ser muy consciente de ello, Ramón Solís Llorente (Cádiz, 1923-1978, Madrid) insufló vida a un protagonista de Un siglo llama a la puerta, muy parecido a él.
Alegre, extrovertido, liberal, inquieto y tolerante, como Chano, no se podía negar que Ramón Solís no tuviera don de gentes. «Tenía amigos desde el basurero hasta el alcalde», explica con resuelto acento gaditano su esposa, Rosario Jiménez-Alfaro, desde Madrid. En pleno franquismo no tuvo problemas para tratar sin tapujos conceptos democráticos como la libertad o la constitución. «Supo tener amigos en todos los lados y estoy seguro de que si hubiera vivido más años hubiera participado en la política. En los años de la dictadura estuvo entre los aperturistas y era amigo de Fraga, seguro que hubiera sido de la línea más abierta del PP» imagina con ilusión su sobrino, Ignacio Solís.
Ignacio, hijo de Carlos Solís forma parte de la familia gaditana a la que Ramón visitaba todos los veranos: «Venía a vernos a casa cargado de grandes monedas que me llenaban la mano y de historias increíbles de sus viajes por el mundo, la llegada del tío Ramón era una sensación para nosotros. Lo conocí poco porque murió cuando tenía 18 años pero soy un enamorado de su obra». Y entre Ignacio y la mujer de Ramón, la gaditana Rosario Jiménez-Alfaro construyen la compleja semblanza del intelectual.
Ahora Rosario, con quien tuvo cuatro hijos, vive en Madrid y baja poco por Cádiz, las dos ciudades que copaban el corazón de Solís. Entre dos capitales de España, la actual (Madrid) y la de principios del XIX (Cádiz) transcurrió su existencia. Era el menor de tres hermanos y al poco de nacer se trasladó a Madrid. «Sus hermanos tuvieron una vida muy determinada pero él fue polivalente», explica su sobrino. Y esa polivalencia le llevó a alternar sus estudios de Ingeniería de Montes con los de Ciencias Políticas para desarrollar una vida dedicada a la escritura. «Él con un lápiz y un papel era feliz», resume su esposa.
Pero, lo cierto es que a Solís le hacía falta algo más que eso para escribir sus trabajos. Para alcanzar el nivel de erudición del que hace alarde en El Cádiz de Las Cortes (su tesis doctoral publicada en 1958 y que le valió el premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua), el intelectual empleaba gran cantidad de fuentes y documentos. Aún recuerda -entre risas su mujer- cómo se documentó para dar vida al médico Chano Ederra, de Un siglo llama a la puerta: «La Facultad de Medicina le dejó unos libros muy antiguos que olían muchísimo a humedad».
Obra prolífica
Y así, entre investigación e investigación, fue aumentando su obra literaria, con más de 20 títulos (algunos traducidos al francés o al portugués). De su primer relato en la revista semanal Sábado en 1946 pasa a la novela La bella sirena en 1954 o al premio Bullón por Un siglo llama a la puerta, su obra más conocida y derivada de sus conocimientos de El Cádiz de Las Cortes. Entre novelas y relatos cultiva sus amistades con personalidades del Cádiz de su época como Pemán -que adapta su novela Los que no tienen paz con el título Los monos gritan al amanecer-, Fernando Portillo, Rafael Parodi o Antonio Márquez. Con ellos pasaba los tiempos «en un ultramarinos de El Balón», como recuerda Rosario, durante los veraneos en Cádiz.
Su inquietud intelectual se traslada también a su trabajo: colabora con periódicos, con el Instituto de Cultura Hispánica, trabaja para su ciudad como concejal y es nombrado secretario técnico del Ateneo de Madrid. Este puesto le llevará por medio mundo con viajes a Brasil, Egipto o Australia. Pero su amor era Cádiz. A ella, dedicó muchas de sus obras como Historia del periodismo gaditano antes de fallecer «tan joven», como se lamenta su mujer, cuando pasaba de los 54 años. Y Cádiz le dedicó una calle en las inmediaciones de la plaza Asdrúbal. Un homenaje que se antoja pequeño para el hombre que pintó el amanecer de Las Cortes en los arrecifes de Cádiz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20100822/cadiz/pintor-cortes-20100822.html
¿Un petisú?
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