Foro sobre Arturo Pérez-Reverte
Un lugar de encuentro donde "discutir" sobre la obra del escritor Arturo Pérez Reverte

Trinidad escribió el día 22/07/2010 a las 20:43
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Reportaje RAE en la revista Qué leer
Buenas vecinos.

Los compañeros del foro de Alatriste transcribimos un reportaje sobre la RAE publicado el mes pasado en la revista Qué leer. Por si lo queréis leer os lo copio aquí con su respectivo enlace al foro.

UN DÍA EN LA REAL ACADEMIA
Arturo Pérez-Reverte fue nuestro guía
Antonio G. Iturbe - Qué leer - junio de 2010

Acaba de publicarse la versión manual de la "Nueva gramática de la lengua española" (Espasa), que substituye a la anterior de 1931 en un trabajo coordinado por Ignacio Bosque que ha llevado once años. Con esa excusa argumental y aprovechando la invitación del académico Pérez-Reverte, nos colamos con él en la catedral de la lengua castellana.

La Real Academia se fundó en 1713 por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, que según reza en la leyenda bajo el retrato colgado en la RAE fue Marqués de Villena, duque de Escalona, Grande de España de primera clase (por lo visto, hay Grandes de España de segunda, puede que incluso de tercera), caballero de la insigne orden del Toisón de Oro, virrey y capitán general de los reinos de Navarra, Aragón, Cataluña, Sicilia y Nápoles, y Mayordomo Mayor de Su Alteza Real el rey don Felipe V. Un hombre de alcurnia tan ensortijada como el pelucón siglo XVIII con el que sigue presidiendo la solemne sala de actos de la Real Academia, donde deben leer públicamente los nuevos miembros su discurso de ingreso.

A los periodistas de a pie, la Real Academia les suena, en general, a solemnidad catedralicia y legajos soporíferos. Que los 41 académicos actuales sumen entre todos 3.070 años, más que el Partenón, y la media de edad de un académico de la RAE sea de 75 años, no ayuda a aliviar esa imagen de reserva de dinosaurios.

Durante una cena amistosa que desde hace varios años reúne en el Restaurante Calvet de Barcelona, cerca de las Navidades, a varios periodistas culturales de la Ciudad Condal con Arturo Pérez-Reverte (periodista en la reserva, novelista de éxito y académico de pro), el padre putativo de Alatriste empezó a contar lo mucho que se trabajaba, lo útil que era y lo gratificante que resultaba su tarea en la Academia. Por respeto y afecto, nadie se choteó. Pero, como Pérez-Reverte tiene más mili que la cabra de la Legión, leyó la sorna en las miradas de los gacetilleros con la misma claridad que si leyera el Marca. En otros tiempos, Pérez-Reverte hubiera lanzado una andanada verbal como un tiro de kalashnikov, pero lo que disparó fue un amable ofrecimiento a aquel hatajo de incrédulos a ejercer de guía en su visita a la sede de la RAE.

Gacetilleros entre académicos

Quizá porque todavía no ha reparado en ello ningún político, en este país turístico donde lo enseñamos todo, desde el último pedrusco presuntamente talayótico de Menorca hasta el retrete de Alfonso XIII en el Palacio de Oriente, justamente lo único que no se enseña es la sede de la Real Academia. Es un lugar vedado al público, alejado de los mirones, hordas de colegios y japoneses con teleobjetivos que son la envidia de Nacho Vidal. La cuestión es que una visita a ese santo sepulcro de la lengua española era una invitación irresistible.

La Real Academia tiene su sede en el barrio de los Jerónimos, a tiro de tridente de la fuente de Neptuno, en el número 4 de la calle de Felipe IV. El edificio, diseñado por el arquitecto Miguel Aguado de la Sierra, es sólido, regio, de columnas rotundas y neoclásicas. El 1 de abril de 1894 tuvo a bien inaugurarlo Alfonso XIII, si bien su alteza real estuvo ese día más pendiente de comerse las uñas que otra cosa, y tuvo que hacer titánicos esfuerzos para fingir algún interés en aquella visita donde le mostraban habitaciones llenas de butacones tapizados y libros vetustos que le parecían todos iguales. Cosa comprensible si se tiene en cuenta que Alfonso XIII tenía entonces siete años y lo acompañaba al acto su madre, la reina regente María Cristina, que fue la que cortó el bacalao institucional.

Nuestra visita se produce también una mañana de primavera, 116 años después. No hay carruajes en la puerta ni criados vestidos con librea, pero nos han recordado educadamente que hay que llevar corbata. Como en los casinos de antes (ahora ya no, que los principales clientes de los casinos son chinos con bermudas y chancletas). Nos reunimos con Arturo Pérez-Reverte, que va impecablemente vestido con un traje que tiene aspecto de haber sido confeccionado a medida, y penetramos en el sanctasantórum.

Los empleados de la Academia que están en la puerta lo saludan con el reconocimiento cálido a los habituales y con el respeto debido a los académicos. El escritor saluda igualmente con atención, y además lo hace llamándolos por su nombre. Puede que ese detalle se les pase a otros académicos, pero él ha sido monaguillo antes que obispo. Pérez-Reverte vuelve a ser por un momento el curtido corresponsal de guerra que, cuando llega a un hotel de Dubrovnik o del Líbano bombardeado, lo primero que hace es ganarse al conserje, al vigilante o al recepcionista, porque al final te soluciona muchas más cosas un cabo espabilado que un general cargado de medallas. Y si lo conocen bien es porque él, además de amable, es de los que cumplen religiosamente con las reuniones de los jueves y trabaja activamente en las comisiones. No sucede con todos los académicos; algunos acuden a veces, otros de tanto en tanto y alguno, como por ejemplo Ana María Matute, no ha puesto jamás los pies sobre sus recias alfombras.

Colgados de la Academia

La visita se inicia en un sitio estratégico, quizá el lugar más importante para saber quién es quién en la Academia: el perchero. La saleta de guardarropía está recorrida por un largo perchero, y debajo de cada colgador dorado aparece el nombre de un académico. El primer gancho es el del director, Víctor García de la Concha. A continuación, los colgadores se ordenan por orden de antigüedad como académicos. Cuando un académico fallece, los percheros corren una posición hacia adelante y el nuevo académico pasa a disponer para su abrigo del último colgador. De esa manera, de un rápido vistazo uno sabe quiénes son los veteranos y quiénes son los novatos. Y, aquí, la veteranía es un grado. Uno va siguiendo con reverencia los nombres de Francisco Nieva, Manuel Seco, Francisco Rico, Martín de Riquer, Javier Marías... todavía entonces el perchero de Miguel Delibes, en el que uno imagina su recia gorra a cuadros de cazador.

El siguiente paso es visitar el búnquer, la sala de cartas del galeón: la habitación de plenos, con la gran mesa ovalada donde están las 44 sillas con las letras mayúsculas y minúsculas donde se reúnen los académicos para decidir cómo han de ser las piezas de precisión que mueven la relojería del idioma. La sala resulta algo claustrofóbica, iluminada únicamente con una diadema de luz que baja sobre la mesa a muy poca altura y que deja el resto del espacio en tinieblas. Resulta sorprendente que quienes han de hacer brillar el idioma con las luces de la razón científica y literaria lo hagan a oscuras. Es la sala donde Camilo José Cela, desde su sillón Q, introdujo la palabra "coño" en el Diccionario invocando el espíritu de Quevedo. La sala donde permanecieron vacíos durante décadas los sillones de los exiliados por el franquismo, como Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Alcalá Zamora o Tomás Navarro, en un gesto que honra a la Casa. Aquí hay discusiones técnicas como la de qué hacer con la avalancha del inglés y decidir, por ejemplo, introducir "zapear" en el diccionario, o "guay". Otras son incluso más peliagudas: la definición de franquismo, por ejemplo. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica puso el grito en el cielo porque la RAE lo definía como "movimiento político y social de tendencia totalitaria". Hay asuntos extremedamente sensibles. Pérez-Reverte explica que las sesiones se dejan con exactitud a las ocho y media de la tarde de manera precisa, con un rezo en latín, y que los acádemicos están excusados de despedirse.

Al lado está la más amable Sala de Pastas, donde figuran retratos de anteriores directores. Ya le han guardado una pared vacía a García de la Concha, al que le queda un año de mandato y quiere dejar paso.

Deja con la boca abierta penetrar en la biblioteca, un santuario de libros. El fondo bibliográfico de la RAE se compone de 250.000 ejemplares. En su preciosa biblioteca las voces se achican hasta el susurro de manera inconsciente mientras uno se pasea por una primera edición de la Enciclopedia de Diderot o por primeras ediciones de Lope de Vega o Cervantes.

Visitamos la sala Dámaso Alonso, donde el nuevo académico ha de velar armas intelectuales en soledad, quizá en memoria de don Quijote cuando velaba armas en el patio de una astrosa venta que había tomado por un castillo, hasta que los dos académicos más jóvenes vienen a buscarlo para que penetre con toda solemnidad en el salón de actos. Un salón de actos presidido por la mirada cansada y pletórica de ojeras del fundador de la RAE, el Marqués de Villena, y por una vidriera que muestra el crisol académico y su eslogan: "Limpia, fija y da esplendor". Allí, pocos días antes, ese gran novelista que es Luis Landero lloró de emoción durante el acto de presentación de la Nueva Gramática.

"La lengua se hace en la calle"

Pérez-Reverte, anfitrión de cortesía antigua, después de pasearnos pacientemente y darnos las explicaciones pertinentes, nos invita a comer en uno de los lugares más recónditos de la Casa: su comedor privado. Es, en verdad, un comedor como el de una vivienda particular de cierto abolengo. De hecho se trata de las antiguas habitaciones del Secretario perpetuo de la Academia y conserva ese aire acogedor de salón con chimenea y mesa no excesivamente grande, que actualmente pueden utilizar los acádemicos para agasajar a sus invitados. En esta ocasión, invita Pérez-Reverte (y pagará él la cuenta), pero va a haber dos académicos más a la mesa: Javier Marías y el director, Víctor García de la Concha. Si Marías es nuestro autor con más madera de Premio Nobel (y, si no, al tiempo), Víctor García de la Concha es una institución ambulante: en enero, el rey Juan Carlos le concedió el collar del Toisón de Oro (máxima distinción que puede conceder el monarca y que únicamente está en posesión de una veintena de personas). Arturo Pérez-Reverte señala que gracias a García de la Concha se ha podido salvar la unidad del idioma español. Y nos damos cuenta de que la vida de un académico puede también tener emociones fuertes, y que la cintura del director a la hora de incorporar americanismos cuando parecía fraguarse un cisma hizo posible que el transatlántico del diccionario de la RAE no haya tenido un motín a bordo. En la distancia corta, el presidente de la RAE no intimida, no afea a ningún periodista cualquier metedura de pata idiomática, gesticula enérgicamente, se ríe con facilidad, responde a cualquier cosa que se le pregunte e insiste una y otra vez en una filosofía de servicio público: "La lengua se hace en la calle."

Para los curiosos, decir que el primer plato era en honor del anfitrión, huevos escalfados Arturo (con pasta), y de segundo a elegir entre rosbif o lubina al horno. Para el postre, tarta Tatin con helado. Y no todos los días se come con cubiertos y platos grabados con el emblema de la RAE. La letra, con buena pitanza entra. La conversación se diluye en la privacidad y el off the record que hay que guardar cuando el director se sienta a la mesa. Únicamente apuntar, porque lo ha hecho más veces públicamente, que alabó sin restricciones el trabajo titánico de Ignacio Bosque en la Nueva Gramática, del que dijo que tenía una paciencia franciscana y que durante diez años no dejó de responder hasta a la última sugerencia del último académico de la última academia ultramarina que le llegase. Y apuntar también que, aunque la religión del periodista sea el escepticismo, el director nos convenció de que allí se trabaja en firme: contó de su batalla con gremios que desean cambiar sus definiciones porque se sienten más importantes de lo que el diccionario dice, del trabajo de redefinición de más de 20.000 palabras en la nueva gramática, de Proyectos de Ley que someter a pulido lingüístico para que las leyes no dejen grietas a la ambigüedad idiomática...Y nuestro colega Miguel González Somovilla, al frente del servicio de prensa de la RAE, me pasa algunos datos llamativos: en mayo el número de consultas a la edición en internet del Diccionario fue de 46.961.311 consultas, aproximadamente millón y medio de consultas diarias. En 2009 se recibieron 232.884.477 consultas. Así que para ser un fósil, el diccionario de la RAE está vivísimo. Tras la sobremesa, nos despedimos de los académicos, que es tarde de jueves y tienen que velar por el idioma.

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Un abrazo.


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