Foro sobre Arturo Pérez-Reverte
Un lugar de encuentro donde "discutir" sobre la obra del escritor Arturo Pérez Reverte

sabatini escribió el día 01/11/2007 a las 19:19
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Re: Dicen que lavarle la cabeza a un burro es perder tiempo y jabón.

Hasta donde yo se al Jefe le han dado el premio por… a ver, como era eso de… “su apología de la violencia contra las mujeres”. ¿Me quiere explicar alguien con dos dedos de frente dónde está la dichosa apología en alguien que escribe cosas como ésta?


Mujeres de armas tomar

Ocurrió el otro día, en una conferencia, cuando uno de los asistentes preguntó por qué el arriba firmante asignaba a menudo virtudes masculinas a las mujeres en sus novelas. Tras un intercambio de aclaraciones, la mencionadas prendas masculinas resultaron ser el valor físico, la independencia y la agresividad. Al interlocutor le chocaba sobremanera que mis hembras de ficción fueran capaces de empuñar un florete, una pistola, pelear por su vida o por la de otros, conspirar e incluso asesinar, bajo palabras como amistad, amor, lealtad a un hombre o a una idea, e incluso honor personal.

Le respondí que allá él con sus mujeres pero que uno se honra con el trato de varias que son de armas tomar. Y que muchos nos negamos a aceptar que, por culpa del ridículo concepto medieval de la frágil dama como devocionario caballeresco, la mujer se perpetúe, en los relatos de ficción escrita o cinematográfica, reducida al papel de compañera o comparsa del viril protagonista. Échenle, si no, un vistazo a las películas o a los libros de acción y aventuras. En ese contexto, las mujeres – incluso las que van de duras o fatales – se limitan a dar grititos cuando las cosas vienen mal dadas, y a refugiarse en el sudoroso y fornido hombro del macho que, a los sumo. Las gratifica con un revolcón en condiciones o permite, sólo cuando él está herido y a punto de perecer bajo los mandobles del malvado, que ella, con loas dos manos temblorosas en torno a la pistola que empuña casi al revés, le peque de pura casualidad un tiro al malo por la espalda.

Y resulta que no. Que de virtudes masculinas y femeninas podríamos hablar un rato largo sin necesidad de irnos a Hollywood. Sin ir más lejos, esa mujer que madruga cada día y después de hacer la casa se va a la compra y vuelve para la comida y se sienta un ratos a ver el culebrón y luego prepara la cena y deja, todavía, que el sábado el pariente le dé un asalto, es más dura de pelar, tiene más valor y más entereza que el animal de bellota que, en teoría, la mantiene.

Hagan memoria. Nadie resiste como una mujer la enfermedad, o el sufrimiento propio o ajeno: cuida a los enfermos, se crece en la adversidad, pare hijos – y a veces los concibe- con dolor; y sobre lealtades y sentidos del deber podría dar lecciones a muchos maridos. En cuanto a hacer daño, cuando una mujer abre la navaja no es, como la mayor parte de los hombres, para montar bulla y que nos vean, sino para matar de verdad. En el otro extremo, enamorada, es capaz de amar con más entrega y pasión, y de hacer cosas, timar decisiones, que los hombres, tan razonables y formales que somos, ni soñaríamos siquiera. No hay quien detenga a una mujer – ni familia, ni marido, ni convenciones sociales – cuando decide liarse la manta a la cabeza; y como adversario, nada más corrosivo para nuestra fatua virilidad que el odio o el desprecio de una hembra inteligente.

Pero, aparte de ser más consecuente y valerosa que los hombres, la mujer también es más culta. No se trata de más tiempo libre como dicen algunos simples, sino de menos egocentrismo: curiosidad por el mundo exterior. La mujer posee mucha información global, porque ve más televisión, más cine. Lee más. Cualquier librero sabe que el setenta por ciento de sus clientes son jóvenes y mujeres. Los hombres estamos demasiado ocupados haciendo números, tomando decisiones fundamentales, endureciendo el gesto ante el espejo, pobres desgraciados, alardeando de un temple que se derrumba en cuanto nos tocan la nómina o el estatus, mientras ellas parecen poseer una reserva secreta de entereza para sobreponerse, aunque caigan chuzos de punta.

Échenle un vistazo a las estadísticas. Además de su presencia en otros sectores, las mujeres copan las carreras de humanidades, o al menos lo que va quedando de éstas. Así, en este final de siglo que termina de tan mala manera, en la confusión que caracteriza a esta especie de noche que se nos viene encima, tan fría como esos ordenadores que engendran los hombres con microchips en lugar de espermatozoides, las mujeres pueden terminar siendo para la cultura lo que los monjes medievales fueron en la trinchera de sus monasterios mientras el mundo se desplomaba alrededor. Y ésa será su venganza, su revancha histórica sobre nuestra estupidez y nuestra injustificada autocomplacencia.

Virtudes masculinas, decía aquél. Permita que me ría, respondí. Ya quisiéramos nosotros, los hombres, poseer ciertas virtudes.
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Salvo, claro está, que lo que se esconda detrás de tamaña infamia sea el cabreo negro que tienen por el tirón de orejas de la Academia al no saber distinguir género de sexo.

Por cierto, si no me equivoco uno de los fines de la asociación es “Fomentar acciones destinadas a el colectivo joven en el ámbito de la salud sexual y reproductiva. Pues al Jefe, por esta artículo, deberían darle el premio… justo el otro, sobre todo porque en 2004 le dieron el premio Alacrán a la Conferencia Episcopal Española por postular justo lo contrario.



Pepe, los obispos y el Sida

Querido sobrino Pepe:

En los últimos tiempos, la Conferencia Episcopal Española, que son obispos y cosas así, anda cabreada con el asunto de las campañas de prevención del Sida que recomiendan el preservativo; porque la gomita, dicen, favorece la promiscuidad sexual. O sea, les pone las cosas fáciles a quienes son partidarios del asunto. La teoría de los pastores de almas consiste en lo siguiente: el miedo al Sida es saludable, porque mantiene castos a los jóvenes como tú, de puro acojonados ante la posibilidad de agarrar algo y que se os caiga todo a pedazos. Eliminar o atenuar ese miedo, es decir, familiarizar a tu generación con el uso del preservativo, no es por tanto prevenir, sino pervertir; porque los mozuelos, inmaduros como sois, al sentiros más impunes y seguros, practicaréis el sexo con más asiduidad y, por tanto, conculcaréis la ley de Dios sin tino y sin tasa, dejándoos llevar por la irresponsabilidad y la naturaleza muy dale-que-te-pego propia de los jóvenes de hoy. Que la verdad, Pepe, sois la leche.

Pongamos un bonito ejemplo práctico. Tu novia Mari Juli y tú, verbigracia, os tenéis unas ganas tremendas; pero también, gracias a la divina Providencia, le tenéis miedo al Sida. Que lo mismo hasta resulta intrínsecamente bueno –los caminos del Señor son sinuosos e inescrutables– porque su amenaza, a modo de infierno, nos mantiene lejos del pecado. Pero el diablo, que es muy cabroncete, Pepe, se vale de cualquier artimaña infame; e incluso esa benéfica –en términos de salud de almas– ira de Dios posmoderna, el Sida, puede ser soslayada merced a la técnica. Así que tú y Mari Juli podéis ir como si nada a la farmacia de la esquina, comprar por todo el morro una caja de seis y encamaros toda la tarde, ofendiendo el orden natural –como todo el mundo sabe, el orden natural limita el sexo al matrimonio–, en vez de orar para alejar la tentación, reservar vuestros cuerpos para honrarlos como templos, daros duchas frías o agarrar la guitarra y aprovechar la visita del papa a Cáceres, cuando vaya, para poneros a cantar con cristiana y juvenil alegría mi amiga Catalina que vive en las montañas, du-duá, du-duá. Todo eso, como debe hacer cualquier joven responsable que se respete –y la respete a ella, Pepe–, esperando con paciencia, continencia y templanza el día, sin duda próximo, en que Mari Juli termine los estudios y encuentre un trabajo de abogada o de top model, y tú ya no estés alternando el paro con la moto de mensaka sino de presidente de Argentaria, y podáis comprar una casa y un Bemeuve y una barbacoa para los domingos y una cama enorme. Y a partir de ahí, sí. Entonces por fin podréis primero casaros –a ser posible por la Iglesia–, y luego practicar una sexualidad mesurada, responsable y cristiana que tampoco precisará preservativo, pues siempre lo haréis pensando en la procreación, y nunca por torpes y bajos instintos; corno inequívocamente recomienda Su Santidad Juan Pablo II. Que para eso es infalible por dogma, y de jóvenes y de sexualidad sabe un huevo.

Ya sé lo que vas a decirme, sobrino. Que la vida es corta y además a menudo es muy perra, que tú no serás siempre joven, y que una de las cosas buenas que tiene, si no la mejor, está precisamente en la bisectriz exacta del ángulo principal de tu novia. Y que en Mari Juli, en sus ojos y en su boca y en sus etcéteras, está el consuelo, y el alivio al dolor, y la esperanza, y el tener a raya a la maldita soledad y al miedo, y a la incertidumbre de estar vivo. Sé todo eso, y además que tu naturaleza –y la suya, colega, ojo– claman por sus derechos; y que salvo que uno sea un amanuense del hágaselo usted mismo, o tenga la suerte de soñar cada noche con Salma Hayek bailando con la serpiente en Abierto hasta el amanecer, y se alivie en sueños –o lo que alivie a Mari Juli en la viceversa correspondiente–, unos jóvenes de vuestra edad, que además estáis locos el uno por el otro, pueden andar por la vida bastante frustrados. Y sé también que lo que te cuentan los obispos y su baranda, Pepe, nada tiene que ver con la realidad del mundo realmente real; y que más les valdría salir un día a darse una vuelta y echar un vistazo fuera de las catacumbas. Pero oye. Mi obligación, sobrino, colega, es darte consejos saludables que te alejen del vicio y colaboren en el perfecto estado de revista de tu alma.

Dicho lo cual, Pepe, si pese a todo sigues decidido a pecar, recuerda que más vale ir al infierno con el preservativo puesto.

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Y ahora la traca final. La segunda acusación viene a ser algo así… “por su la actitud reaccionaria y machista”. Por esas casualidades de la vida, en el año 2000 le dan el premio Alacrán al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Y un año antes el Jefe publica esto que transcribo. Marchando una de reacción y machismo.


Esas Zorritas

Pues resulta que no. Resulta que si el padre de Mariloli, que tiene doce años, llega a casa y tiene el día tonto y la viola, y luego sigue haciéndolo repetidamente durante los próximos meses y años, y la muy zorra no opone resistencia que no se doblegue con algunas amenazas y bofetadas, resulta que la cosa no es grave. O sea, que no es delito como para llevarse las manos a la cabeza, y siempre habrá un juez comprensivo y ecuánime, por ejemplo en la Audiencia de Barcelona, o en la de Ciudad Real, o en donde sea, que ponga las cosas en su sitio. Eso ha ocurrido en un par de casos recientes: el penúltimo, el de un fulano al que la dura Lex sed Lex, duralex, tras probarse que durante ocho años abusó sexualmente de sus dos hijas, rebajó la condena de catorce brejes de talego pedida por el fiscal a sólo cuatro años de cárcel. Lo que significa que el virtuoso cabeza de familia se verá en la calle poco antes o después de cumplir uno, siempre y cuando se lo monte como es debido, ponga el culo donde deba ponerlo, le haga la pelota a los boqueras del trullo, y luego salgan los de tratamiento diciendo: no, si parece buen chaval. Si un día raro lo tiene cualquiera.
Y es que según el código penal, o como se llame eso que tenemos vigente, y de cuya reforma aquí sólo se habla en serio cuando a un político lo encaloman por chorizo, resulta que la ley, en casos de violación, admite la posibilidad atenuante de que la menor haya dado su consentimiento, cuando la violada tiene más de doce años. O sea que basta que la torda tenga trece primaveras para que el señor juez, de cuyo criterio personal sigue dependiendo la interpretación de los matices de la ley, decida que no ha habido violencia o intimidación in estricto sensu o como carajo se diga, y absuelva al individuo. O como en el caso del fulano que citaba antes, que hizo doblete, le coloque cuatro años por la primera hija y veinte mil duros de multa por la segunda. Dos al precio de una.
Dicho de otra forma: que son todas unas putas y que no se puede ir por la casa de esa forma, provocando al padre que ve tranquilamente el fútbol. No se puede, con lo desarrolladas que ahora están las niñas de trece años, y las modas modernas, y las teleseries y toda la parafernalia, pretender que un padre de familia, que tiene sus necesidades como todo hijo de vecino, no se alivie de vez en cuando. Y si las muy lagartas no quieren, que lo digan. Pero no con la boca pequeña, o sea, no, papi, porfa, ni con ambigüedades que rápidamente disipan un par de bofetadas, sino oponiendo verdadera resistencia: agarrando un cuchillo de cocina -pero sólo para intimidar, porque si lo matan, van listas-, o arrojándose si es preciso por la ventana desde el cuarto piso, llevando en los virginales labios el antes morir que pecar, según el incuestionable ejemplo de santa María Goretti. Todo ello, a ser posible, ante testigos. Pero claro, eso es lo difícil. Lo fácil para esas pequeñas guarras es poner mala cara y protestar de boquilla, y en seguida consentir mientras el padre te quita las bragas; y luego decir es que yo no quería, es que me da miedo, es que me tiene atemorizada desde niña. Es que ustedes no conocen a ese hijoputa. Por suerte aún hay jueces capaces de desafiar lo políticamente correcto y poner las cosas y los atenuantes en su sitio. Jueces que, gracias al Cielo, todavía conservan el sentido patriarcal de la sociedad y la familia -la Biblia proporciona incluso ilustres referencias, como el caso de Lot, al que sus dos viborillas emborracharon, y zaca- y son capaces de interpretar la ley como debe interpretarse: «A ver, niña, ¿te resististe?... ¿Pataleaste durante cuánto tiempo, reloj en mano?... ¿Hubo testigos del pataleo?... ¿Por qué sólo aguantase seis bofetadas, y no más?... ¿Probaste a hacer un hatillo y escapar de casa?... Porque al fin y al cabo, con trece años y con esas tetas ya puede una buscarse la vida, ¿no?... Veo que callas, pequeña Salomé. Pues te comunico que, según el código de Hamurabo, quien calla, otorga».
Confieso que tengo curiosidad por saber en qué para el juicio de ese otro individuo, a quien a primeros de mes detuvieron en Segovia por violar, según parece desprenderse de la denuncia de la madre y del parte médico, a su hija de 22 meses. Me juego un huevo de pato a que la pequeña zorra -algunas ya apuntan maneras desde la cuna- tampoco opuso demasiada resistencia.
Y ahora, disculpen. Tengo que ir a vomitar.

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Y ahora me embalo con el tema de las mujeres bien vestidas. Porque si alguien medianamente dotado de entendederas no es capaz de ver la estupidez que representa que alguien intente embutirse en ropa dos tallas más pequeñas sólo porque el que te lo vende dice que sí, que si no lo haces serás un paria, que el diablo se nos lleve a todos. (Para dar mayor realce a la estupidez sustituyan la palabra ropa por zapatos).

El jefe sabe que nos hemos cargado a la gente que dominaba el oficio de la confección, verbigracia:
¿Saben ustedes porqué las camisas tienen una tirilla delante? Porque supone un refuerzo en la parte de la botonadura, que es la que más manoseamos. Los fabricantes las quitan para abaratar costes.
¿Saben ustedes porqué las camisas tienen un botoncito en la manga? Para poder subirse las mangas al lavarse o trabajar con los brazos.
¿Saben ustedes porque las camisas tienen canesú? Porque no hay dos espaldas iguales, por mucho que se empeñen los modistos. Cualquier costurera con oficio lo sabe.
Y así, con cualquier prenda que ustedes quieran. No se trata de vestir bien, se trata de ir bien vestido (en cualquier ocasión), que no es lo mismo.




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"Tras mala navegación, el puerto sabe mejor"


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