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La Derrota escribió el día 07/11/2006 a las 00:20
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ANEXO al 12.11.06
Hoy viene denso el anexo. Porque estamos ante una de las visitas que los fantasmas de la guerra le hacen al señor T de cuando en cuando. Más frecuentes y habituales en Navidad o sus cercanías.
Hay muchos artículos dedicados a las guerras que cubrió como reportero especialmente a la de Yugoslavia:



Personajes:

Márquez -12 de marzo de 1998
Desde hace treinta años patea el mundo con una cámara de televisión y un par de cojones. Hace cuatro le dediqué Territorio Comanche, y ahora el Club Internacional de Prensa acaba de premiar su trabajo; así que hoy me van a permitir ustedes que también le dedique esta página. Se llama José Luis Márquez León y está a pique de cumplir cincuenta tacos. Entre la gente del oficio su nombre es toda una leyenda. En aquel libro lo describí como rubio, duro y bajito; y Carmelo Gómez, que lo encarnó en el cine, supo imitar su tono de voz áspero y desgarrado, su valor profesional y frío, su hosquedad y sus silencios. … Y le dedico esta página porque me sale del morro, y porque sé que la tribu, Manu Leguineche, Alfonso Rojo, Gerva Sánchez, Miguel de la Cuadra y cuantos tienen el privilegio de haberlo conocido en Sarajevo o en el culo del mundo, se alegran tanto como yo. Así que enhorabuena, hermano. Y buena caza.


El muyahidín -11 de junio de 2000
    Son las siete y pico de la mañana y Márquez me llama desde Israel, tío, acaban de cargarse a Miguel en Sierra Leona. Le digo que sí, que ya lo sé, que acaba de decirlo la radio. Una emboscada. Iban él y Kurt Schork Holiday Inn de Sarajevo, agencia Reuter, dos puertas más allá en el mismo pasillo, buscando lo que buscas siempre en ese oficio: una historia, una imagen. Todo eso, en África y en plena merienda de negros. ... Un tipo que tres días más tarde había tenido su bautismo de fuego y era nuestro ahijado y nuestro amigo, y a quien él llegó cuando yo casi me iba describí así en Territorio comanche, pocos meses más tarde: «Era su primer conflicto bélico y sé lo tomaba todo muy a pecho porque aún vivía esa edad en que un periodista cree en buenos y malos y se enamora de las causas perdidas, las mujeres y las guerras. Era valiente, orgulloso y cortés. Mientras otros periodistas contaban la guerra desde hoteles, él vivía casi todo el tiempo en Mostar, y cada vez salía y regresaba con medicinas para los niños. Se lo encontraban entre los escombros, con un pañuelo verde en torno a la frente, alto, flaco y sin afeitar, con los ojos enrojecidos y esa mirada inconfundible que se les pone a quienes recorren los mil metros más largos de su vida: mil metros que ya siempre los mantendrán lejos de aquellos a quienes nunca les ha disparado nadie». … Hablé con él hace tres semanas, cuando me llamó desde Londres para que le diese una entrevista a una periodista amiga suya. Me dijo que ya tenía treinta y dos, y que a veces estaba cansado. Poco dinero y mucho riesgo, añadió. Será malo envejecer así, y quizá deba buscarme algo por ahí. Ahora recuerdo esa conversación, y me parece verlo reírse por el agujero del diente que le faltaba. También lo veo cruzando con su moto a través de la guerra y de la vida, veloz, impasible y valiente, del mismo modo que entró en Sarajevo cruzando el monte Ingman. Y sé que me he quedado sin la bayoneta de Kalashnikov, y que cada vez tengo menos amigos y más canas. Unas canas que Miguel no tendrá nunca.


La leyenda de Julio Fuentes -02 de diciembre de 2001
    Se habría partido de risa, el muy cabrón, si hubiera sabido de antemano lo que se iba a decir y a escribir sobre su fiambre. Hasta los tertulianos de radio y los periodistas del corazón estuvieron, los días que siguieron a su muerte, llamándolo compañero -nuestro compañero Julio Fuentes, decían sin el menor rubor- y glosando con toda la demagogia del mundo su compromiso moral con la información y su sacrificio casi apostólico en aras de la humanidad, la libertad, la igualdad y la fraternidad. De haber estado al loro sobre tanto panegírico -me lo imagino, como siempre, revisando las pilas del sonotone y acercando la oreja para oír mejor-, Julio se habría carcajeado hasta echar la pota. Ni puñetera idea, habría dicho. Esos cantamañanas no tienen ni puñetera idea. Pero déjalos. A estas alturas me da lo mismo, Y además, qué coño. Suena bonito.
    Los de la Tribu, los que siguen en activo y los jubilados como yo, le hemos hecho nuestro propio funeral entre nosotros, más íntimo, a base de llamadas telefónicas, conversaciones en voz baja, miradas y silencios, juntándonos como los soldados veteranos que cuentan los huecos que el tiempo va dejando en las filas: tantos hasta tal fecha, Miguel Gil hace un año, Julio ahora. Suma y sigue. Y lo hemos hecho sonriendo pese a las lágrimas y a las blasfemias -Alfonso Rojo, Cerva Sánchez y Ramón Lobo lloraban y Márquez blasfemaba, cada uno es como es-, porque recordar a Julio, incluso muerto, te obliga tarde o temprano a sonreír: su ternura, su sordera, su camaradería, su absoluta falta de sentido del humor, el miedo que siempre sabía convertir en extrema valentía, su ingenuidad adobada con el cinismo del oficio. … Julio era un profesional de la guerra. Un mercenario en el más honesto sentido del término. Un reportero de elite para quien aquello, en lo personal, era -o al menos lo fue durante mucho tiempo- una solución: un extraño hogar donde el horror puede asumirse como realidad cotidiana, y de esa forma deja de ser sorpresa o trampa. Una escuela de lucidez donde uno mismo está siempre dispuesto a pagar el precio. … O cuando en Sarajevo unos periodistas jovencitos le preguntaron cómo se llamaba y respondió. «Soy Julio Fuentes, chavales. Una leyenda». Ahora el muy perro nos ha hecho a sus amigos la faena de convertirse, por fin, en esa leyenda. Era el hombre más tierno del mundo, y vivió obsesionado por ser un tipo duro. Lo fue, y pagó el precio allí donde se envejece pronto, y donde a veces no se envejece nunca. Muriendo de pie. Y ahora está con Juantxu, Luis, Jordi, Miguel y los otros, con su sonotone y su chaleco antibalas, en el recuerdo de quienes tanto lo quisimos. En ese lugar a donde van, cuando los matan, los viejos reporteros valientes.


El soldado Vladimiro - 31 de octubre de 1993
Una vez conocí a un héroe. No era alto ni apuesto, ni le pusieron medallas, ni salió en primera página de los periódicos, ni en el telediario. Nadie aplaudió su hazaña, y ni los políticos ni los generales ni los mangantes que explotan en su provecho las virtudes ajenas hicieron discurso al respecto. Se llamaba -espero que se llame todavía- soldado Vladimiro. Tenía veinte años y se ocupaba de la ametralladora de 12,70 de un blindado de los cascos azules españoles en Bosnia central. De soldado tenía lo justo: no le gustaba la guerra, ni la vida militar. Se había alistado por si se presentaba la ocasión de ver mundo. Después pensaba regresar a la vida civil y estudiar idiomas. Eso, precisamente, lo convertía en un elemento valioso para sus jefes y compañeros legionarios: hablaba un poco de ruso, que es al bosnio lo que el castellano al portugués. Por eso estaba asignado al BMR del coronel Morales, el jefe de la agrupación Canarias.
Vladimiro era uno de esos soldados vivos y listos que se buscan la vida como nadie, que se esfuman de pronto y, cuando todos creen que han desertado, reaparecen con dos gallinas y una hogaza de pan para sus compañeros. Allí, en el valle del Neretva, Vladimiro llevaba niños en brazos, repartía tabaco a los ancianos, daba sus raciones de campaña a las mujeres que lloraban junto a los escombros de sus hogares. Y yo vi de noche, cuando se hallaba de centinela, acercársele la gente agradecida para traerle un trozo de pan, una taza de té, incluso una desvencijada hamaca para que pudiera hacer sentado su turno de guardia.
Una noche el soldado Vladimiro fue un héroe, aunque posiblemente ni siquiera el mismo lo sepa. Intenten imaginar el cuadro: oscuridad, disparos de francotiradores, trazadoras que pasan recortando esqueletos negros de edificios. Hay tensión en el ambiente, y por uno de esos azares de la guerra, aquellos a quienes los legionarios vinieron a socorrer se convierten, de pronto, en adversarios. El coronel Morales, que manda la columna, decide ir, solo, al puesto de mando bosnio para solucionar la crisis. Eso es meter la cabeza en la boca del lobo; en medio de enorme confusión, entre musulmanes armados y muy nerviosos, el coronel ordena por radio a su segundo, un comandante, tomar el mando si no regresa. Vladimiro se ofrece a acompañarlo, pero Morales le ordena permanecer a cubierto en el BMR. Después se aleja en la oscuridad, rodeado de amenazadores milicianos.
Y es entonces cuando el soldado Vladimiro se remueve inquieto, y en la penumbra interior del blindado nos mira a los que estamos dentro. Sus ojos reflejan un pensamiento: no se trata de que el coronel le caiga bien o mal. Simplemente es su coronel, y le avergüenza verlo irse solo. De pronto, lo vemos mover la cabeza como si acabara de tomar una decisión. Precipitadamente, con nerviosismo, se mete dos granadas en los bolsillos. Requiere un Cetme y comprueba el cargador.
-No, si ya verás- murmura como para sus adentros, mientras amartilla el arma-. ¡Esta noche nos van a inflar a hostias!
Le tiemblan las manos y la voz. Pero aun así, con esas manos que le tiemblan, abre el portillo del blindado, se cala el casco, aprieta los dientes para morderse el miedo y echa a correr en la oscuridad detrás de su coronel. Cuando una hora más tarde Morales sale del puesto de mando de la Armija, lo encuentra sentado en las sombras de la escalera, con el Cetme en la mano, esperándolo. Entonces el coronel, que es un legionario bajito, duro y con mala leche, le echa una bronca tremenda por incumplir sus órdenes. Después se encamina hacia la columna de vehículos, siempre escoltado por su tirador, que le sigue cabizbajo.
-¡La próxima vez que desobedezcas una orden te voy a meter un paquete que te vas a cagar, Vladimiro!- Le dice. Después, el coronel se detiene y, aún con gesto hosco, saca un paquete de cigarrillos y le ofrece uno. Y mientras lo hace disimula una sonrisa en un extremo de la boca.
Ocurrió exactamente así. No sé qué otras cosas buenas o malas hará Vladimiro el resto de su vida. Pero aquella noche, en Bosnia central, su coronel le ofreció un cigarrillo y yo me prometí dedicarle este artículo. Hoy, supongo, habrá regresado ya a España. Y tal vez, cuando entre en la discoteca de su pueblo -es flaco y con granos en la cara- las chicas, que prefieren a los guaperas apuestos, a los bailones que marcan paquete, ni siquiera se fijen en él.
¡Qué sabrán ellas...! ¿Verdad, Vladimiro?



Kaláshnikov - 19 de diciembre de 1993
Como tantas otras cosas, al Kaláshnikov se lo cargó la perestroika. Ustedes saben que el Kaláslínikov es un fusil de asalto comúnmente conocido en sus modalidades AK 47 o AKM, que sirve para disparar muchos tiros aunque llueva, haga calor, hiele o el arma esté llena de barro. El Kaláshnikov es una especie de todo terreno de los artilugios bélicos, barato, simple y resistente, cuya imagen recuerden su conocido y caracteristico cargador curvo se ha asociado, durante décadas, a los movimientos revolucionarios y de liberación, a las guerrillas de más de medio mundo.
La primera vez que lo vi en persona, al natural, fue en 1974. Lo empuñaba un guerrillero palestino y le hice una foto. … En la última imagen que se conserva de Salvador Allende, momentos antes de su muerte en el palacio de la Moneda, aquel presidente gordito, consecuente y valeroso lleva un casco de acero en la cabeza y empuña un Kaláshnikov AK 47. A mi amigo Belali Uld Maharabi, saharaui, que había sido cabo del ejército español hasta que España le escupió a la cara, lo mataron en Uad Ashram en 1976 con un Kaláshnikov en la mano. Y en algunas fotos que hice por ahí, por esos mundos, hay guerrilleros desharrapados y valientes que levantan el Kaláshnikov en alto, como una bandera.
… Me van a perdonar ustedes, pero siento nostalgia del viejo Kaláshnikov. De aquellos tiempos en que se levantaba como una bandera de libertad y todos creíamos saber contra quién dispararlo.



Otros personajes:

Personajes de opereta - 13 de febrero de 1994
Los cascos azules españoles destacados en Bosnia los llaman japoneses porque llegan, se hacen una foto y se van. Los hay de todo tipo, de variopinto pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes de gobierno, periodistas que pasaban por allí, tontosdelculo en general y media docena de etcéteras más. Sus incursiones bélicas duran entre uno y tres días, pero a ellos les basta ese corto período de tiempo para captar las claves esenciales del asunto. Al cabo cogen el portante y se largan, dispuestos a explicarle al mundo los horrores y los entresijos de una guerra que ellos han vivido -con grave riesgo de sus vidas- en primera persona del singular.
A veces uno llega, es un suponer, de Mostar, o de Sarajevo, sucio como un cerdo, y cuando se baja del Nissan blindado y cruza el vestíbulo del hotel de Medjugorje o Split, en busca de una ducha y una comida decente de retaguardia, se los encuentra allí, con chaleco antibalas y casco y expresión intrépida, jugándose la vida a treinta o cincuenta kilómetros del tiro más cercano. Es curiosa la obsesión que demuestran todos y cada uno de ellos por creerse en peligro, viviendo arriesgadamente los azares de la guerra y la aventura, aunque allí donde suelen ir, o los dejan ir, el peligro no exista en absoluto.
Recuerdo, por ejemplo, la imagen ralentizada en la tele de un ingenioso humorista bajito, caminando por las calles de Sarajevo -donde estuvo diez minutos- con un chaleco antimetralla mimetizado, con el fondo de una canción tierna que hablaba de niños y de vamos a querernos todos y demagogias así. Y recuerdo al mismo fulano amenazando con ir también a Somalia, donde ignoro si terminó yendo o no, porque no he seguido muy de cerca las apasionantes peripecias de su currículum. Recuerdo entre otras cosas -en mis pesadillas- a cierta defensora del pueblo vestida de casco azul de la señorita Pepis diciéndoles a los soldados: «Cuando volváis a España, si es que volvéis, estáis todos invitados a mi casa». Lo dijo así, literal, en plan yupiyupi chicos, de modo que imagínense el choteo del respetable, con las conchas que te da una mili en Bosnia. Como recuerdo también la decepción de un conocido presentador televisivo -hasta esa fecha buen amigo mío- cuando, después de que me narrase sus excitantes sensaciones tras hallarse por primera vez bajo el fuego, le expliqué que los disparos que había estado oyendo toda la noche eran tiros al aire de los croatas borrachos de rakia que celebraban la Nochebuena, y que la guerra de verdad se hallaba cincuenta kilómetros al norte, en Mostar. Lugar al que, por cierto, no mostró deseos de desplazarse en absoluto.
Entre los domingueros de la guerra hay también militares de alta graduación que se dejan caer por allí en visita de inspección, del tipo hola qué tal, chavales, y todo eso. Se les reconoce en el acto por el aire paternal, la cámara de fotos y por el uniforme, casco y chaleco antimetralla, que llevan impecablemente limpios y nuevos. Son los que se ponen de pie en las trincheras para que les expliquen dónde está el enemigo, o los que pisan las cunetas de las carreteras y los caminos de tierra por si queda allí alguna mina sin estallar. Hace un mes vi cómo por culpa de uno de ellos que se empeñó en hacerse una foto en los puentes de Bijela, los francotiradores estuvieron a Punto de cargarse a uno de los paracaidistas que le daban escolta.
Después, cuando se largan con su circo y sus fotos a otra parte, uno cree que se ha librado por fin de semejantes cantamañanas, pero esta en un error. A tu regreso a España abres los periódicos y te los encuentras a todos allí, explicándole al mundo los horrores de la guerra. Algunos incluso escriben libros que compro y hojeo con manos temblorosas y atención suma, a ver si me entero de una puñetera vez de lo que ocurre en Bosnia. Pero la guinda del pastel la puso cierto programa televisado, cuyo conductor estuvo exactamente tres días muy lejos de cualquier disparo real o imaginado, y que mostraba las imágenes de un charquito de sangre, argumentando que había dudado mucho en ofrecer esa imagen, pero que decidía emitirla -tras consultarlo con su conciencia- porque era algo que no solía verse en los informativos españoles. Mi cámara y amigo José Luis Márquez, que lleva tres años cubriendo la guerra de los Balcanes y a veces se despierta soñando con la morgue de Sarajevo o las calles de Mostar, todavía se está partiendo de risa con la horrorosa imagen del charquito.

Si habéis leído lo anterior podréis descubrir las pequeñas diferencias con estos fragmentos de "Territorio Comanche":

"…Y es que la antigua Yugoslavia estaba llena de domingueros. Los cascos azules españoles los llamaban japoneses porque llegaban, se hacían una foto y se iban lo antes posible. Por Bosnia pasaban de todo pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes del Gobierno, periodistas con mucha prisa y sopladores de vidrio en general, que a su regreso a la civilización organizaban conciertos de solidaridad, daban conferencias de prensa e incluso escribían libros para explicarle al mundo las claves profundas del conflicto. Hasta el humorista Pedro Ruiz había estado en Sarajevo con chaleco antibalas y aspecto osado. Por termino medio aquellas excursiones bélicas oscilaban entre uno y tres días, pero a toda esta gente le bastaba eso para captar lo esencial del asunto. Uno llegaba de Mostar, o Sarajevo, sucio como un cerdo, y al bajarse del Nissan blindado se los encontraba en los vestíbulos de los hoteles de Medugorje o Split, con chaleco antibalas y casco y expresión intrépida, arriesgando la vida a cincuenta o doscientos kilómetros del tiro mas cercano.
Barles recordaba, en sus pesadillas, a la defensora del pueblo, Margarita Retuerto, vestida de casco azul de la señorita Pepis, diciendo feliz Navidad y yupi-yupi chicos, ojalá volváis pronto a casa, mientras algún legionario grifota le gritaba, desde el fondo de las filas, que todavía estaba buena. O la decepción de un viejo amigo, Paco Lobatón, aquella vez que montó un Quien sabe dónde en Bosnia, cuando oyó a Barles explicarle que los disparos que había escuchado toda la noche eran tiros al aire de los croatas borrachos de rakia que celebraban la Nochebuena, y que la guerra de verdad estaba cincuenta kilómetros al norte, en Mostar. Lugar al que, por cierto, Paco no mostró deseos de desplazarse en absoluto.
Entre los domingueros de la guerra había también militares de alta graduación que se dejaban caer por allí en visita de inspección del tipo hola que tal, chavales, y todo eso. En Bosnia se les reconocía en el acto por la cámara de fotos, el aire paternal, y sobre todo por el uniforme, casco y chaleco antimetralla impecablemente limpios y nuevos. Eran los que se ponían de pie en las trincheras para que les explicasen dónde estaba el enemigo, o pisaban concienzudamente todas las cunetas y caminos de tierra por si quedaba allí alguna mina sin estallar. Una vez, en los puentes de Bijela, al blindado en que iban Márquez y Barles le pegaron dos tiros de francotirador por culpa de un teniente coronel español, que se empeñó en parar a hacerse una foto. Sonaron clang y clang, y el fino estratega aún preguntaba si les estaban disparando a ellos. Aquel día iba de conductor el hijo del presidente de Cantabria, Hormaechea, que andaba por Bosnia de voluntario, y Márquez y Barles lo oyeron maldecir en arameo de los tenientes coroneles y de la madre que los parió, mientras el capitán Vargas, un guerrillero duro y tranquilo, cubría al coronel con el Cetme en la mano y Márquez tenía la cámara lista por si al dominguero le daban de una puñetera vez el chinazo que se andaba buscando…"
Territorio Comanche - 1994


El lugar: Mostar:

Las postales de Mostar - 10 de octubre de 1993
Ocurrió en Mostar, una de esas mañanas tranquilas en que hasta los más canallas se cansan de darle al gatillo y entonces, como un milagro, durante unas horas dejan de caer bombas. Cada vez que eso ocurre, el silencio se extiende como algo extraño, inusual, y entre las ruinas que bordean la calle principal de la ciudad emergen sucios y pálidos fantasmas que se mueven sin rumbo fijo junto a los escombros de las que fueron sus casas. Desde hace meses viven en los sótanos sin comida ni luz, bebiendo agua contaminada que, en los momentos de calma, recogen del Neretva. Cuando los bombardeos cesan durante un rato, se les ve asomar entre las derruidas escaleras que vienen del subsuelo, igual que topos parpadeando ante la luz exterior de la que desconfían y bajo la que dudan en aventurarse. Por fin uno de ellos, una mujer desesperada cuyos hijos se hacinan en el miserable refugio, reúne valor suficiente y sale a la calle, en busca de algo de comida que llevarles, con un patético recipiente de plástico que espera llenar con agua sucia del río. Poco a poco, la calle principal de Mostar se llena de otros espectros como ella, escuálidos y exhaustos.
Era una mañana de ésas en Mostar, con el sol tibio recortando los esqueletos ennegrecidos de los edificios y aquel olor peculiar de las ciudades en guerra, a piedra y madera quemadas, cenizas y materia orgánica -basura, animales, seres humanos- pudriéndose bajo los escombros. Ese olor que no encuentras en ninguna otra parte y que te acompaña durante días pegado a tu nariz y a tus ropas, incluso cuando te has duchado veinte veces y hace mucho tiempo que te has ido. Era una de esas mañanas sin muerte inmediata, y durante unas horas la expresión de la gente que se movía por la calle no era de temor, sino sólo de cansancio, con esa mirada vacía y distante que se les queda a quienes viven, día tras día, en la antesala del infierno.
Era uno de esos días en que la guadaña, embotada, descansa mientras la afilan de nuevo, y tú estabas sentado en los escombros de un portal, aprovechando la tregua, con ese consuelo egoísta que proporciona el hecho de ser testigo y no protagonista, y llevar en el bolsillo un billete de avión que, tarde o temprano, te permitirá decir basta y lárgate de allí. Era un día de ésos, y tú pensabas escribir este artículo sabiendo de antemano que podrías teclear durante horas, días y meses seguidos, sin parar, y nunca lograrías transmitir, a quien te leyera, el inmenso desconsuelo y la soledad que sentiste momentos antes, visitando las ruinas de una casa abandonada, destrozada por las bombas, en cuyo salón de muelles astillados, cortinas sucias hechas jirones, un cuadro en la pared atravesada por impactos de metralla, estaban por el suelo, pisoteadas entre cenizas y deformadas por el sol y la lluvia, docenas de fotos de un álbum familiar. Una pareja joven que se abraza sonriendo a la cámara. Un anciano con tres niños sobre las rodillas. Una mujer aún joven y guapa, de ojos fatigados, con una sonrisa lejana y triste como un presentimiento. Niños en una playa, con salvavidas y una caña de pescar. Y un grupo en torno a un árbol de Navidad donde reconoces a los niños, al anciano y a la mujer de los ojos tristes mientras te preguntas dónde están todos ellos y cuántos sueños, cuánto amor y cuántas ilusiones deshechas, asesinadas, yacen ahora en esas fotos ajadas y sucias, entre las cenizas que manchan tus botas al caminar sobre ellas evitando pisarlas como quien evita pisar la losa de un sepulcro.
Era -es- un día de ésos. Y tú estás sentado entre los escombros del portal pensando en las fotos. Y entonces llega un hombre en camiseta y zapatillas, un anciano que camina despacio, con dificultad, y se sienta a tu lado a descansar un momento. Tiene el pelo gris y va sin afeitar, con barba de cuatro o cinco días. En las manos sostiene un pequeño mazo de tarjetas postales, y al principio crees que pretende cambiártelas por un cigarrillo o una lata de conservas, pero pronto descubres que no es así. Habla un poco italiano, y al cabo de un instante desgrana su historia original: un hijo desaparecido, una mujer inválida en un sótano, la casa en el otro sector de la ciudad, perdida para siempre. Te caen bien su gesto resignado y la dignidad con que relata sus desdichas. Después te enseña las postales, una a una. Postales manoseadas de tanto repasarlas una y otra vez. Mira, amigo, así era Mostar, antes. Mira qué hermosa ciudad. El puente medieval, las calles en cuesta. Las dos torres antiguas. Ya no están las torres, finito. Terminado. Tampoco este edificio existe ya. Kaputt, ¿comprendes? Mira, aquí estaba mi casa. Bonita plaza, ¿verdad...? El anciano señala al otro lado del río. Estaba allí, en esa parte. Vieja de cinco siglos, mírala en la postal. Ya no existe, no queda nada.
Por fin suspira, se levanta y, antes de alejarse, reordena cuidadosamente, con extraordinaria ternura, ese mazo de postales que es cuanto le queda de su ciudad y de su memoria.
- ¡Barbari! -murmura-. ¡Nema historia!
Y aún reúne valor suficiente para esbozar una sonrisa.


Ver también otra versión de esta historia en Territorio Comanche - 1994 en el capítulo "Las Postales de Mostar"



Los Balcanes -16 de enero de 1994
Nunca intento explicarlo. Quizá porque soy, ante todo, un reportero, y resulta más fácil narrar hechos que analizarlos. Ya saben: aquí una bomba, aquí un muerto, aquí un hijo de la gran puta. Lo que pasa es que estoy cansado de que me lo pregunten y poner cara de ignorancia mientras encojo los hombros, como si eludiera la responsabilidad.
Imagino que, en el fondo, lo que ocurre es que no llego a diferenciar esta guerra de las otras, porque en realidad es la misma barbarie. Desde Troya a Mostar, o Sarajevo, siempre se trata de la misma guerra. Cuando lo de Troya yo era todavía muy joven, pero en los últimos veinte años he visto unas cuantas. No sé qué les contarán otros. Pero yo estaba allí, y les juro que siempre es la misma.
Los Balcanes fueron zona de frontera. En ese lugar estaba la línea de confrontación entre los imperios austrohúngaro y turco, y las poblaciones de uno y otro lado fueron, durante siglos, verdugos y víctimas en las diversas tragedias que deparó la Historia. Soldados y funcionarios imperiales, fugitivos que se refugiaban en el otro lado, musulmanes cristianizados, cristianos islamizados. Eran guerras a la manera clásica, con esa escuela oriental siempre eficaz y devastadora: represalias, pueblos pasados a cuchillo, mujeres violadas, cosechas incendiadas. Ya saben. Lo han visto en las películas y lo recordarían ustedes —aquí también lo hubo— de no ser porque el paso del tiempo cerró heridas que allí, en la extinta Yugoslavia, sangran todavía. Al fin y al cabo, hace sólo cien años Sarajevo era todavía turco.
Quizás ahí esté la madre del cordero. En Europa, las hogueras de la Inquisición, la toma de Granada, el tributo de las cien doncellas, la no¬che de San Bartolomé, la conjura de los Boyardos, Crécy, Waterloo, los náufragos de la Invencible asesinados en las costas de Irlanda, el dos de Mayo, son asuntos lejanos, tamizados por el tiempo, asumidos como parte de un pasado que ya no tiene vínculo físico con el presente.
El actual hombre europeo, bien porque comprende la Historia o bien porque la ignora, no suele respirar por heridas abiertas. Pero en los Balcanes la memoria es más reciente. Los bisabuelos de quienes ahora combaten, aún se acuchillaban en nombre de la Sublime Puerta o de la Viena imperial. La cuestión serbia encendió la Primera Guerra Mundial, y durante la Segunda, las atrocidades de ustachis croatas por una parte, y de chetniks serbios por otra, dejaron bien fresca una tradición de agravios y de sangre. No es casual que en esa tierra, incluso antes de la guerra —de esta guerra—, las mujeres fueran tristes y los hombres tuviesen ya muy mala leche.
Pero hay que entenderlos. Después de todo, cada familia cuenta con un bisabuelo degollado por los turcos, un abuelo muerto en las trincheras de 1917, un padre fusilado por los nazis, la ustacha, los chetniks o los partisanos. Y desde hace tres años, a eso hay que sumarle una hermana violada por los serbios en Vukovar, un hijo torturado por los croatas en Mostar, un primo hecho filetes por los musulmanes en Gorni Vakuf.
Y ése es el problema. Que allí cada fulano lo tiene todo muy fresco, muy reciente. Por eso los Balcanes entraron teñidos en sangre en el siglo XX y entrarán del mismo modo en el XXI. El nacionalismo serbio, todos esos intelectuales que ahora pretenden lavarse las manos tras parir criminales como Milosevic y Karadzic, manipularon esos fantasmas para enfrentar entre sí a un país que no deseaba la guerra y que, a pesar de ello, fue empujado a hacerla a sangre y fuego. Los métodos más sucios fueron impuestos en práctica, ante la pasividad cómplice de una Europa incapaz de dar un puñetazo a tiempo sobre la mesa y frenar la barbarie. Esa diplomacia europea sin pudor y sin redaños, gratificando la agresión serbia con la impunidad, hizo que primero croatas y después musulmanes bosnios se subieran al carro de la limpieza étnica y el degüello. Puesto que la canallada es rentable, se dijeron, seamos canallas antes que víctimas.
Por eso los Balcanes están anegados en la sangre y en la mierda, y van a seguir estándolo mucho tiempo. Esa es la causa de que uno sienta tanto malestar y tanta vergüenza cada vez que se ve en la necesidad de explicar el tema. Respecto a los Balcanes, prefiero ser reportero y limitarme a contar lo que pasa. Mejor eso que analista lúcido y desengañado. O que ministro de exteriores comunitario, camuflando el cobarde fracaso de Europa con risitas idiotas y absurdos mensajes de esperanza.


Ver también otra versión de esta historia en Territorio Comanche - 1994 en el capítulo "Las Postales de Mostar"



Y los fantasmas:

El oso de peluche - 29 de julio de 2001
    No sé ustedes, pero yo tengo mis remordimientos. Cosas que hice o que no hice, fantasmas que a veces, aprovechando las noches calurosas de verano, vienen a sentarse en el borde de la cama y te miran en silencio; y, por más vueltas que das a un lado y a otro, siguen allí hasta que se los lleva la luz del alba. Cuando andas por la vida con una mínima lucidez respecto a tus actos, esa compañía es inevitable. A veces son fantasmas sangrientos y vengativos como el espectro del Comendador, y otras son pequeñas punzadas amargas, tironcitos de la memoria que hacen que te remuevas incómodo. Paradójicamente, éstos pueden ser los peores. Siempre encuentras excusas para justificar los grandes dramas, cuando tomaste tal o cual decisión por necesidad, por supervivencia. Sólo los seres humanos con poca imaginación son incapaces de arreglárselas para tener a raya ese tipo de remordimientos. El problema viene con los otros: las pequeñas manchas de sombra en el recuerdo que sólo pueden explicarse con el egoísmo, el cansancio, la ingenuidad, la indiferencia.
    Uno de mis viejos fantasmas tienen la imagen de un oso de peluche; y, por alguna extraña pirueta de la memoria, esta noche pasada estuvo acompañándome durante el sueño que no tuve. El recuerdo es perfecto, al detalle, nítido como una foto o un plano secuencia. Tengo veintidós años y es la primera vez que veo campos inmensos arder hasta el horizonte. En las cunetas hay cadáveres de hombres y de animales, y la nube de humo negro flota suspendida entre el cielo y la tierra, con un sol poniente sucio y rojo que es difícil distinguir del de los incendios. En la carretera de Nicosia a Dekhalia, parapetados tras sacos de arena y en trincheras excavadas a toda prisa, algunos soldados grecochipriotas muy jóvenes y muy asustados aguardan la llegada de los tanques turcos, dispuestos a disparar sus escasos cartuchos y luego a escapar, morir o ser capturados. El nuestro en un pequeño convoy de dos camiones protegidos por banderas británicas. A bordo hay algunos ciudadanos europeos refugiados y cuatro reporteros en busca de una base militar con teléfono para transmitir: Algae Masini con un cigarrillo en la boca y tomando notas con su única mano, Luis Pancorbo, Emilio Polo con la cámara Arriflex sobre las rodillas, y yo. Ted Stanford acaba de pisar una mina en la carretera de Famagusta, y a Glefkos, el reportero de The Times que hace dos días se ligó Aglae en la piscina del Ledra Palace, acabamos de dejarlo atrás con la espalda llena de metralla. Es el verano de 1974. Mi segunda incursión en territorio comanche.
    Nuestros camiones pasan por un pueblo abandonado y en llamas, donde el calor de los incendios sofoca el aire y te pega la camisa al cuerpo. Y ya casi en las afueras, una familia de fugitivos grecochipriotas nos hace señales desesperadas. Se trata de un matrimonio con cuatro críos de los que el mayor no tendrá más de doce años. Van cargados con maletas y bultos de ropa, todo cuando han podido salvar de su casa incendiada, y yo todavía ignoro que pasaré los próximos veinte años viéndolos una y otra vez, siempre la misma familia en la misma guerra, huyendo en lugares iguales a ése como en una historia destinada a repetirse hasta el fin de los tiempos.
    Nos hacen señales para que nos detengamos. La mujer sostiene al hijo más pequeño, con dos niñas agarradas a su falda. El padre va cargado como una bestia, y el hijo mayor lleva a la espalda una mochila, tiene una maleta a los pies y con una mano sostiene el oso de peluche de una de sus hermanas. Saben que los turcos se acercan, y que somos su única posibilidad de escapar. Vemos la angustia en sus caras, la desesperación de la mujer, la embrutecida fatiga del hombre, el desconcierto de los chiquillos. Pero el convoy es sólo para extranjeros. El sargento británico que conduce nuestro camión pasa de largo -tengo órdenes, dice impasible-, negándose a detenerse aunque Aglae lo insulta en español, en griego y en inglés. Los demás nos callamos: estamos cansados y queremos llegar y transmitir de una maldita vez. Y mientras Emilio Polo saca medio cuerpo fuera del camión y filma la escena, yo sigo mirando el grupo familiar que se queda atrás en las afueras del pueblo incendiado. Entonces el niño del oso de peluche levanta y puño y escupe hacia el convoy que se aleja por la carretera.
    Ni siquiera los mencioné en la crónica que aquella noche transmití para el diario Pueblo. Conservo el recorte de esa página y sé que no lo hice. Aquellas seis pobres vidas no tenían la menor importancia en la magnitud del desastre y de la guerra. Ahora, si sobrevivió, ese chiquillo tendrá cuarenta años. Y me pregunto si todavía nos recordará con tanto desprecio como yo nos recuerdo.


"…El hombre que pintaba aquella enorme pintura circular, batalla de batallas, había pasado muchas horas de su vida al acecho de tal estructura, como un francotirador paciente, lo mismo en una terraza de Beirut que en la orilla de un río africano o en una esquina de Mostar, esperando el milagro que, de pronto, dibujara tras la lente del objetivo, en la caja oscura -rigurosamente platónica- de su cámara y su retina, el secreto de aquella urdimbre complicadísima que restituía la vida a lo que realmente era: una azarosa excursión hacia la muerte y la nada…"
El pintor de batallas - 2006



Salva amigo, se ha abierto la temporada navideña:
"Es curioso. Deben de ser los años, pero a medida que envejezco me siento cada vez más incómodo con la Navidad. … Después, buena parte de las otras navidades que ocupan tu disco duro ya nada tienen que ver con eso: desde la de 1970, a bordo del petrolero Puertollano con temporal duro de levante frente al cabo Bon, a la de 1993, con Márquez en una trinchera de Mostar,…"
Esto es lo que hay - 24  de diciembre de 2000


Estaría muy bien encontrar esa foto saliendo del BMR y a esa cooperante valiente. Gracias Salva y feliz navidad


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