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La Derrota escribió el día 11/10/2006 a las 19:54
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ANEXO al 15.10.06
Muchas referencias en los artículos sobre la guerra civil española y los españoles en general.
Como muestra, dos: una que denuncia la contra maniquea del cine también aludida en el artículo del domingo, y un escrito en el que cuenta algunas de las desventuras de sus familiares sobre el que tengo grandes dudas sobre su fecha y tipo: lo tengo como del 14 de julio del 1996 pero no aparece en el pdf recopilatorio que hizo Salva, y además, su longitud es mucho mayor. Por favor, ayuda.



Nacionales malos, rojos buenos - 16 de julio de 1996
   Un amigo cinéfilo y cineasta, muy poderoso en estas cosas del celuloide nacional, se ha mosqueado con el arriba firmante porque hace tres semanas, en esta misma página, dije que la película Tierra y libertad del británico Ken Loach era una mierda. «Eres el único que opina eso», me dijo el otro día. Pero no estuve de acuerdo. Quizá, respondí, sea el único que opina eso por escrito. Con el estreno de aquella película sobre los anarquistas y las brigadas internacionales en nuestra guerra civil, casi todos los críticos cinematográficos se apresuraron a aplaudirla como obra maestra, joya cinematográfica, maravilla de director y actores, y rigurosa fidelidad histórica. O sea, muchas estrellas en esas listas que sacan los periódicos para saludar los estrenos de los amiguetes y los compadres, y destrozar, o ignorar, el trabajo de quienes no son de su cuerda. Por decirlo de algún modo, nunca aplaudirán más que con la punta de los dedos la película de un artesano honesto y eficaz como, por ejemplo, Pedro Olea -no es de la mafia-; pero sí saludarán, con los ojos en blanco, la gilicomedia más estúpida de cualquier colega con el que se tomen copas, calificándola de joya de las pantallas o pequeña obra maestra. En literatura, por cierto, pasa igual. Pero hoy hablamos de cine.
   Así que estoy, incluso, dispuesto a ir más lejos todavía. Desde mi punto de vista, que es parcial y subjetivo pero es mío, Tierra y libertad sigue siendo una mierda como el sombrero de un picador, insisto, a pesar de todos los cantamañanas que la han jaleado hasta el éxtasis. Como también lo es Libertarias, otra película cuyas excelencias y originalidades -la monja exclaustrada acogida por las lumis de buen corazón es demasiado para el cuerpo- nos han estado metiendo con calzador, en portadas de revistas y suplementos de fin de semana incluidos. Me temo que incluso en éste.
   A ver si lo dice alguien de una puñetera vez. Esas dos películas, saludadas por la crítica como dos joyas sobre la guerra civil española, son maniqueas, indocumentadas, llenas de lugares comunes y manipulaciones fáciles, poco creíbles, poco probables, y suponen un insulto a la inteligencia y a la memoria. Además, están mal interpretadas. En algún caso, porque los actores son tan infames que cuando te largan un discurso libertario, camaradas, solidaridad y muerte al fascismo, suena tan falso que no se lo creen ni ellos. También porque los mismos guiones cantan a postizo, a pastel, desde la primera página. Ni Ken Loach ha visto, ni es capaz de imaginar a un anarquista español ni por el forro, ni Vicente Aranda -con todo el respeto que me merece el veterano maestro- puede creerse a sus putas redimidas por la revolución, a Miguel Bosé en plan Durruti, ni todo ese libertarismo chungo, elemental, que nos endilgan en el filme; que a mí lo que me parece es un insulto descarado a las mujeres que de verdad dieron la cara entre el 36 y el 39.
   Puestos a ser falsos, en ambas películas son falsos los diálogos, las situaciones, y hasta los gestos y la indumentaria, recién salida de la máquina de coser del sastre, botas en vez de alpargatas, camisas limpias en las trincheras, de colores, en vez del mono azul o las camisas caquis, o blancas de toda la vida. Y sobre todo, esa división absurda de los buenos, y los malos tan obvia sobre todo en la pelicula de Ken Loach: el prisionero que no se arrepiente de ser un militar canalla opresor del pueblo; los rojos que no fusilan a nadie, más tiernos que el día de la Madre; los soldados nacionales que salen de la iglesia usando como escudos humanos a las pobres mujeres campesinas; o la interminable escena de la colectivización de las tierras liberadas: un docudrama que aburre a las ovejas, y que sin embargo ha sido glosado como el no va más del cinema-verité.
   Después de aguantar cuarenta años la maquinaria de propaganda del Invicto reiterándonos lo malvados que eran los rojos, y después de los veinte años largos de democracia que llevamos entre pecho y espalda, que a estas alturas se pretenda contarnos la guerra civil limitándose a cambiar de bando al malo, supone un insulto a la inteligencia de cualquier espectador. Allá cada cual si nadie lo ha puesto por escrito, pero la guerra de Ken Loach y la de Vicente Aranda son más falsas que un billete de Mortadelo. Y ya está bien de que nos tomen por gilipollas.



La guerra que todos perdimos - 14 de julio de 1996
Los niños. Eso es siempre lo peor, en cualquier guerra; pero todavía hoy, cada vez que veo las viejas imágenes en blanco y negro, o las fotos desvaídas de hace sesenta años, me remuevo incómodo en el asiento al verlos pasar ante mí, llorando de la mano de sus padres por la frontera camino del exilio, agazapados en un portal mirando hacia arriba mientras suena el estrépito de las bombas, haciendo cola con ojos grandes de hambre y miedo para conseguir un mendrugo de pan. El cadáver en la cuneta, el soldado que tiembla de frío en el frente de Huesca, el inválido ayudado por los compañeros que es empujado por los gendarmes franceses mientras se le cae la manta raída de los escuálidos hombros... Esos otros personajes son adultos; saben, o al menos deben saber que diablos está ocurriendo. Por eso me producen menos compasión que esas docenas de ojos de críos que miran sin comprender. Que todavía hoy, medio siglo y una década más tarde, congelados en las sales de plata de la película fotográfica donde ya nunca envejecerán ni morirán, siguen mirándonos con ojos espantados que son una acusación, una denuncia, un insulto, un recordatorio de nuestro oprobio, nuestra vergüenza y nuestra locura.
Esa guerra civil no la viví; pero he vivido otras y sé que siempre son la misma. Esa guerra civil no la presencié, pero me la contaron cuando niño, mientras aún estaban frescas las heridas, la huella de la metralla en los muros de los edificios; cuando todavía había hombres y mujeres en las cárceles, y en el exilio, y cuando el general Franco aún firmaba sentencias de muerte. De las veladas alrededor de la mesa de camilla de mi abuelo recuerdo historias de bombardeos, y de ejecuciones públicas para después, ante los cadáveres, hacer desfilar a las tropas a fin de que tomasen buena cuenta de ello. De héroes y de gentuza, mezclados unos con otros; indiferenciados bajo el mono azul de miliciano, la boina de requeté o la camisa azul de Falange. Relatos escalofriantes de amigos, vecinos y parientes detenidos de madrugada. Sacados de su casa en pijama mientras la mujer y los hijos imploraban en la escalera: juzgados en tribunales sumarísimos, fusilados ante un paredón bajo la bendición de un cura con el yugo y las flechas bordado en la sotana, o asesinados a la luz de los faros de un camión en cualquier carretera. Esas viejas carreteras españolas -las monótonas autovías también nos borraron esa memoria- donde muchos años después aún me estremecía al ver los pequeños monumentos conmemorativos de lugares donde hombres de toda condición e ideología fueron asesinados con las luces del alba, un nombre, una fecha, a veces una cruz y a veces, unas flores secas.
Cada uno de nosotros tiene una, veinte historias familiares. Estúpidos aquellos jóvenes que no acuden a sus mayores a que se las cuenten, antes de que éstas historias se extingan con ellos y duerman en el silencio sin aportar nada a las generaciones que no vivieron aquello, haciendo imposibles La lucidez, y la experiencia. Mis mayores han muerto, o están muriendo poco a poco; pero el niño curioso que fui logró arrancar un puñado de esas historias al olvido, y ahora lamento que no hubieran sido más. Lamento las horas perdidas sin preguntar a aquellos que ya no están conmigo. Eran -son- las historias de cada uno de nosotros: de nuestros padres y nuestras madres y nuestros abuelos. Así pude saber -así sé- del tío Lorenzo, que cruzó el Ebro con diecisiete años y el agua por la cintura, con dos cojones, un maúser en las manos y los dientes apretados, que recibió un balazo y volvió a casa de sargento republicano con dieciocho años, y que nunca cumplió los veinte. Así pude saber de cuando mi abuelo Arturo pasó cuatro horas bajo un bombardeo, pegado a la pared de un polvorín; o de cuando una noche unos milicianos quisieron llevárselo a dar un paseo porque había cenado a la luz de una vela y eso, decían, eran señales para la aviación nacional. O de cuando sus antiguos compañeros de la Armada quisieron fusilarlo por haber permanecido fiel a la República. Así supe de mi madre con doce años llevándole comida a la cárcel a Pencho, mi otro abuelo, y cómo siempre pedía a los carceleros darle la fiambrera en persona, para así verlo un instante entre las rejas de un portillo y contarle a mi abuela que seguía vivo. O de mi tío Antonio que todavía, con setenta tacos largos, llora cuando recuerda el día que le llevó, teniendo trece años, en bicicleta, una tortilla de patatas hecha por su madre a su hermano, cuya brigada pasó un día a treinta kilómetros de Cartagena. O de mi abuela María Cristina paralizada en mitad de la calle en mitad de un bombardeo alemán. O de mi tío Peque, que aprovechaba los ataques aéreos para ir corriendo por las calles desiertas, llenas de cristales rotos, y ponerse el primero en la cola del pan, antes de que la gente saliera de los refugios. O de mi padre, caminando en una de las filas de soldados a uno y otro lado de la carretera, la manta al hombro y el fusil a la espalda, camino del matadero, salvado de casualidad porque un comisario se detuvo junto a él y preguntó quién de aquella fila tenía estudios y sabia escribir a máquina. O del tío de mi madre fusilado porque un vecino era militar, y los del piquete, que eran analfabetos, se equivocaron de piso. O la cajita de lata que siempre conservó, hasta su fallecimiento, mi abuela Juana, con las cartas escritas desde el frente por su hijo muerto, la bala que le sacaron en su primera herida, y el trozo de madera que, a falta de anestesia, apretó entre los dientes mientras le arreglaban el agujero que le hicieron en Belchite.
Cuántos muertos, y cuánto horror, y cuántos sueños, y cuánto heroísmo, y cuánta sangre, y cuánta mierda acumulados en sólo tres años. Curas santificando balas y justificando ejecuciones o siendo torturados como animales, hasta morir. Generales, comandantes, soldados; heroicos y abyectos, y a menudo ambas cusas a la vez. Épica y barbarie, la mejor infantería del mundo contra la mejor infantería del mundo; Caín en plena forma, lo más hermoso y lo más miserable de nuestra tierra y nuestra raza maldita. Chusma acuchillando a los desvalidos, miserables aprovechándose del río revuelto, cambiando de chaqueta, congraciándose con el poderoso. Hombres honrados poniéndose en pie para pelear. Ojos de miedo y desesperación, balazos y bayonetas, casa por casa en Teruel, en La Ciudad Universitaria, monte arriba en Somosierra, Arriba España entre los escombros del Alcázar de Toledo, Viva la República en el Valle del Jarama. Moros, legionarios, milicianos, héroes y cobardes, vivos y muertos. El patio del Cuartel de la Montaña en esa foto terrible, el suelo lleno de cadáveres, España eterna que se repite a sí misma en el ritual de la muerte y la tragedia. Plaza de toros de Badajoz, barcos prisión, españoles fusilados por comisarios húngaros o franceses, o por legionarios alemanes o fascistas italianos, por hijos de puta que ni siquiera sabían hablar castellano y vinieron aquí a mojar en la sangre y en la muerte que sólo era de nuestra incumbencia, sin que a ellos les hubiera dado nadie maldita vela en nuestro entierro. Mujeres rapadas al cero, hombres humillados ante sus familias y sus vecinos, pidiendo clemencia o escupiendo a la cara de sus verdugos. Y esa foto que tanto me impresiona, la del español bajito y moreno con camisa blanca, que acaba de rendirse y al que llevan a fusilar, y que levanta los brazos resignado, fatalista, con una colilla en la boca. Esa colilla, ya lo escribí una vez, qua siempre tenemos en la boca los españoles cuando nos llevan al paredón. Dios. Cómo amo y cómo detesto a este país nuestro, cada vez que miro esas fotos. Cómo me enternecen esos rostros que son el rostro de nuestra tragedia, de nuestra desgracia. Pobre gente y pobre España. Qué guerra tan atroz, y tan española, o tan española por atroz, o tan atroz por española. Una guerra civil como Dios manda, guerra civil de la buena, la que enfrenta a hermano contra hermano, a hijo contra padre, a vecino contra vecino. En ninguna guerra como en ésa -la que tuvimos, las que tuvimos antes, y las que a unos cuantos desalmados e irresponsables no les importaría que volviésemos a tener- aflora toda la ruindad que albergan los rincones oscuros del corazón del hombre. Los viejos rencores, la envidia, el odio vecinal tan propios de la condición humana y tan nuestros; tan españoles. Tú me quitaste la novia, tú desviaste el agua de la acequia, tú mataste un conejo en mis tierras, tú me negaste el pan, tú publicaste aquel libro, tú fuiste feliz y yo no. Delaciones, chivatazos, ajustes de cuentas, canallas que medran con el dolor, y el sufrimiento de los otros, desgraciados que se humillan para comer, o para sobrevivir. Cárceles, campos de batalla, cementerios, exiliados, Machado muriéndose enfermo de pena en el extranjero, Max Aub, Sender, tantos pobres hombres, mujeres y niños anónimos, perdidos. Españoles detenidos en Rusia y enviados a Siberia, niños de la guerra que luego morirán peleando en Stalingrado, franceses miserables que humillan a los vencidos, a los fugitivos, en la frontera, y que después los entregarán atados de píes y manos a los carniceros nazis. Cielo santo. Cómo nos dio bien por el saco todo Dios, todo el mundo, toda Europa. Cómo se cebaron y nos descuartizaron entre todos, humillando, estrangulando a este pobre, entrañable, desgraciado y viejo país. A esta pobre, entrañable, desgraciada y vieja gente nuestra. No es cierto que nos ayudaran; déjenme de milongas pamperas, de camelos retóricos, de demagogia. El arriba firmante se cisca en la solidaridad internacional de las derechas y las izquierdas, en los discursos y en la mandanga. Aquí, a la España en guerra, se asomó todo cristo a ver qué podía mojar en la salsa, a fumarse nuestro tabaco y a quemarnos los muebles. Comprendo que fuéramos un espectáculo apasionante: sangre, vino, mujeres guapas, guerra, romanticismo, intereses estratégicos, barbarie ancestral. Pero que no me vengan con historias de hermandades solidarias. Yo he pasado veintiún años yendo a guerras que no eran mías, y sé de qué iba Hemingway. Por eso me cago en Hemingway y en la madre que lo parió.



Gracias Salva


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