- « LA HIPÓTESIS MÁS PELIGROSA » 20 de Octubre . La nueva novela. - Salva - 51 - 08/07/2026 13:40

El próximo 20 de octubre Alfaguara publicará la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, La hipótesis más peligrosa, una historia de aventura e iniciación que es también una asombrosa mirada sobre el Mediterráneo como memoria viva de la Historia: un mar donde todavía resuena el eco de batallas, exilios, piratas, imperios desaparecidos, leyendas, dioses antiguos, libros clásicos y derrotas humanas.
«Hay un principio básico muy útil en el mar y en la guerra: prepararlo todo según la hipótesis más probable, pero adoptar las medidas de seguridad según la hipótesis más peligrosa».
Cal Gadea, un chico de dieciséis años criado por sus abuelos y fascinado por los videojuegos, encuentra al hombre al que lleva tiempo buscando: Asier Lerrant, el padre que nunca conoció. Lo ha localizado en un puerto del Mediterráneo siguiendo unas vagas pistas y una fotografía antigua, movido por una pregunta que lo atormenta desde niño: por qué ese hombre abandonó a su madre y lo dejó también a él fuera de su historia.
A bordo de un velero que trafica con arte robado, padre e hijo emprenden un viaje en el que la búsqueda íntima de Cal se cruza con un enigma histórico y una trama de carácter policíaco. Lerrant, hombre hermético, áspero y difícil de descifrar, enseñará al chico a navegar, a anticiparse al peligro y a comprender que, en un barco como en la vida, ciertas reglas son una forma de supervivencia.
La obra de Arturo Pérez-Reverte ha sido traducida a más de cuarenta idiomas, ha vendido veintisiete millones de ejemplares en todo el mundo y la publican algunas de las más prestigiosas editoriales, como la francesa Gallimard. Las últimas novelas publicadas por el autor, Misión en París (de la serie del capitán Alatriste), La isla de la Mujer Dormida y El problema final, han vuelto a ser un éxito rotundo de ventas y crítica; lideraron las listas y estuvieron entre los títulos más vendidos del año. Su novela Línea de fuego fue galardonada con el Premio de la Crítica 2020. Además, en mayo de este año ha publicado Enviado especial. Una biografía de guerra, que reúne sus crónicas como reportero.
Hasta la fecha, siete de sus obras se han adaptado al cine o la televisión y próximamente se estrenará la miniserie de Netflix El problema final, adaptación de la novela del mismo título, protagonizada por José Coronado, María Valverde, Maribel Verdú y Martiño Rivas, entre otros reconocidos intérpretes.
Tiene más de 2.500.000 de seguidores en X, más de 645.000 en Facebook y 546.000 en Instagram. Además, su columna «Patente de corso», publicada cada domingo en el XL Semanal, tiene más de 4.500.000 lectores.
https://www.zendalibros.com/arturo-perez-reverte-publicara-en-octubre-la-hipotesis-mas-peligrosa/
- "Lecciones de la cloaca". Gran artículo del Jefe, no os lo perdáis. - MAR...de dudas - 45 - 07/07/2026 20:15

https://www.zendalibros.com/perez-reverte-lecciones-de-la-cloaca/
Lecciones de la cloaca
Manual de educación política para una futura reina
Hay que reconocerle al azar, ese hijo de la gran puta con guadaña y negro sentido del humor, cierta oportunidad pedagógica. En el preciso momento en que una joven de veinte años llamada Leonor de Borbón Ortiz se adiestra para heredar dignamente el trono de España -lo que debería ocurrir con normalidad tarde o temprano-, el país entero se ha convertido en una interesante escuela de ciencias políticas al aire libre. No existen Oxford, Harvard ni universidad alguna capaces de ofrecer un máster como el que esta desdichada nación, país, estado federable o como se llame ahora, lleva tiempo dando en horario de máxima audiencia internacional, con entrada libre y wifi gratis. La ocasión es única, así que confío en que la futura reina esté aprovechando la situación para estudiar los mecanismos. Para calar hondo con qué paisaje, y sobre todo con qué paisanaje, en el futuro se jugará la corona. A fin de cuentas, el que avisa no es traidor. Y la gentuza infame que ha hecho de todo esto su negocio lleva mucho tiempo avisándonos.
Primera lección: la taxonomía del sinvergüenza
España, en su rica variedad de pueblos y gentes bajo ningún concepto españoles, o según, o depende para qué y lo que se cobre, posee un catálogo extraordinario de sinvergüenzas vinculados al ejercicio de la política. No son todos los que están, pero sí muchísimos de los que son. Se trata de una fauna autóctona, distinta a los políticos de otras latitudes, que ningún libro de texto, ningún curso universitario, recogerían con suficiente rigor. Porque aquí hay de todo, y están a la vista en la radio, en la tele, en las redes sociales: el que miente sin pestañear, el que negocia con quien juró que nunca negociaría, el que argumenta que han cambiado las circunstancias cuando lo único que cambia es el precio por el que vende a su madre… Tenemos al sinvergüenza periférico que exige lealtad para él y los suyos mientras por un colmillo escupe rencor y por el otro pide más chicha para el pesebre. Y tenemos, por supuesto -especie más común-, al que acusa a todo cristo de lo que él mismo practica con esmero artesano.
Segunda lección: el lenguaje como arma de destrucción masiva
Las mejores universidades del mundo imparten cursos de retórica. Aquí la impartimos en sede parlamentaria, en prime time y sin cobrar matrícula. Hemos logrado retorcer el lenguaje, vaciar unas palabras, abusar de otras y liarlas todas en un arte muy español, depurado por políticos paradójicamente analfabetos. Aprenda quien deba hacerlo a distinguir entre lo que se dice, lo que se quiere decir, lo que se hace y lo que se dice cuando a uno le recuerdan lo que ha dicho, o no dicho, o hecho, o no hecho aunque dijo que lo haría, o viceversa. Aprenda una futura reina española, por la cuenta que le trae, que diálogo significa monólogo ante testigos ajenos con aplausos propios. Que acuerdo de país quiere decir me dan lo que me sale de los cojones. Que regeneración democrática es el comodín para maniobras que olerían a podrido en cualquier democracia normal. Que memoria histórica significa la mía pero no la tuya… Etcétera, etcétera y varios etcéteras más.
Tercera lección: la geografía del poder real
Ningún protocolo, ningún tratado de derecho constitucional, ningún especialista explicará a una princesa, con tanta claridad como esta última legislatura, dónde reside el poder verdadero en España: no en el Congreso, teatro grotesco donde los actores llevan el guión escrito de antemano y aplauden o abuchean según el pienso que les echan -de ahí viene la famosa frase pienso luego existo-. Tampoco en el patético Senado, que cumple la función decorativa de un jarrón chino de quince euros. Está en los despachos de quienes tienen votos que vender y comprar, en los pasillos donde se negocia a oscuras lo que se debería debatir a la luz, en las cloacas donde se ajustan cuentas, se financia a los compadres y se desacredita a hombres y mujeres valientes que todavía creen la justicia, la honradez y la decencia.
Cuarta lección: el arte de sobrevivir
Es la lección más valiosa del máster, y tampoco figura en ningún programa de estudios oficial. La supervivencia política en España no la garantizan la honestidad ni el talento -virtudes que, practicadas en exceso, son letales para un aspirante ingenuo-. La garantizan la tribu, la red clientelar, la familia pronunciada con acento italiano; el yo te debo a ti y tú me debes a mí de toda la vida, común a políticos del todo el mundo, pero que aquí se ejerce de manera tan descarada y torpe que parece tengamos la exclusiva de rascapuertas, patanes y ladrones. Aprenda la futura jefa del Estado, con los ejemplos a la vista, la importante distinción entre amigos leales y compadres coyunturales. El amigo dice la verdad y el compadre dice lo que quieres escuchar en cada momento. Y en política española, mientras que los amigos son especie casi extinta, los compadres abundan como chinches en costura. Sobre todo cuando, desde un ministerio hasta una concejalía de urbanismo, hay viruta para trincar y repartir.
Quinta lección, la más importante: el ciudadano
Al fondo del espectáculo, pagándolo con su trabajo, su frustración y su amargura, está el español de infantería: ése al que desangran a impuestos y tardan meses en dar cita para averiguar si tiene cáncer, que vive con sus padres porque no puede alquilar un piso, que encuentra en la calle al que hace dos días le robó impunemente a punta de navaja, que lleva cada mañana a sus hijos al colegio en vez de ceder a la tentación de enseñarles a fabricar cócteles molotov. Que encaja toda esa mierda con un estoicismo que Séneca habría admirado, y que llevado por una lucecita de esperanza vota cada cuatro años con la ilusión de que algo cambie un poco. Pero cuidado con ése, estimada princesa, futura reina, querida señora. Porque en ese ciudadano anónimo en apariencia manso pero cada vez más cabreado, está la última línea de cordura. Y la historia de España demuestra que un tiñalpa de ambos sexos aguanta mucho; pero cuando se harta al fin, lo hace de golpe y es capaz de ponerlo todo patas arriba. Nada hay más imprevisible, vengativo y peligroso que un español acorralado.
Sexta lección: los griegos y los romanos lo contaron todo y nadie les hace caso
Aquí es donde viene el consejo más importante para una futura jefa de Estado: leer a los clásicos griegos y latinos. No por necesario ni elegante, que también, sino porque desde hace casi tres mil años describen con precisión admirable el circo que tenemos ante los ojos. Eso significa que lo nuevo es simplemente lo olvidado, y que en naturaleza política no hemos evolucionado un carajo. Lo cual es tan desolador como tranquilizador: demuestra que esto no tiene arreglo, pero también que los seres humanos no somos hoy peores que hace veinte o treinta siglos.
Está bien empezar por Tucídides, porque La guerra del Peloponeso no es un libro de batallitas antiguas, sino un espejo. Ahí encontramos, por ejemplo, al demagogo Cleón de Atenas, comerciante de pieles zafio y vociferante que subió al poder a base de insultar a los aristócratas, prometer lo imposible y halagar al pueblo con promesas irrealizables. Tucídides advierte de que la democracia no cae de golpe sino paso a paso, con cada concesión al populismo, con cada mentira que nadie rebate porque es más cómoda que la verdad desnuda. Y tampoco sobra Plutarco, cuyas Vidas paralelas son el mejor manual de autoayuda política jamás escrito. Plutarco coloca a griegos y romanos ilustres frente a frente para que el lector saque conclusiones: que el poder corrompe, que la vanidad destruye y que hay distancia infinita entre el estadista y el político aunque ambos salgan en los mismos telediarios y frecuenten los mismos restaurantes. El estadista piensa en el siglo siguiente y el político en las próximas elecciones. Distinguirlos es difícil, pero no imposible. Basta con observarlos cuando creen que nadie mira, o fijarse en quienes los vitorean.
Tampoco hay que olvidar a Cicerón, Suetonio, Tácito y otros. Nos recuerdan que la República romana tardó un siglo en morir, pero murió exactamente de lo que vemos ahora en España: erosión de las instituciones, desprestigio de la justicia, demagogia galopante y tendencia a saltarse las normas argumentando que la situación es excepcional -la situación en Roma fue excepcional durante cien años seguidos, hasta que dejó de ser República-. Y ya metidos en faena no olvidemos a Juvenal, autor de una frase que envidiaría cualquier tertuliano de la radio o la tele: pan y circo. Al pueblo, decía ese fulano con sarcasmo vitriólico, no le importan las victorias, las derrotas o las leyes. Sólo quiere comer, entretenerse y aplaudir al que reparte. Dos milenios después, el pan se llama subsidio, bono cultural juvenil o lo que sea, y el circo se llama cervecita del domingo, fútbol y redes sociales; pero el mecanismo es semejante y el resultado igual. Por otra parte, a Juvenal es mejor leerlo en latín, porque traducido al español todavía duele más.
Séptima lección: cómo este espectáculo explica la guerra civil mejor que un libro de historia
Y llegamos, señora mía, a la lección más incómoda. Observe a los hombres y mujeres que luchan por el poder en España. Estudie sus ademanes, sus palabras, el modo de construir enemigos discurso a discurso, titular a titular. Y luego abra un libro de Historia, ponga el dedo en el año 1936 y verá que la gentuza es idéntica: los mismos odios, envidias y ambiciones, la misma disposición a incendiar lo común para que el adversario no lo herede. Lo que cambia no son los actores, sino el telón de fondo: hace noventa años el pueblo era mayoritariamente analfabeto y la Segunda República un proyecto inconcluso que unos querían demoler por la izquierda y otros por la derecha. Había socios extranjeros, rencor, armas y gente dispuesta a usarlas, porque los irresponsables y los canallas nos habían convencido de que el de enfrente no era un compatriota con el que debatir, sino un enemigo a liquidar.
El resultado está en los libros: medio millón de muertos y una herida de cuarenta años que todavía supura, pretexto favorito de los herederos políticos de quienes a uno y otro lado la abrieron. Carentes de ideas, cultura y grandeza, los mediocres de hoy se agarran a lo que pueden, resucitando fantasmas que costó tiempo y generosidad enterrar. El problema de España no son los hijos de puta muertos, sino los muchos hijos de puta vivos que se alimentan entre sí. Necesitan odio porque un adversario es la fuente de financiación emocional, el monstruo que agitas ante el electorado propio para que no se duerma ni se vaya con otro. Ahora no se mandan pistoleros entre ellos porque no pueden, y no es que algunos no quieran. Lo que pasa es que la Europa del siglo XXI que les suelta pasta, los juzgados que aún funcionan, la prensa que todavía pregunta, lo impiden. Por eso, con descaro y eficacia, fabrican odio industrial y lo distribuyen para que los ciudadanos odien en su nombre. Obligan así a participar en sus rencores y vilezas particulares, a sentirse en guerra con el vecino que vota diferente, con el cuñado que piensa distinto, con el compañero de trabajo que va a lo suyo. Pero cuando les conviene ponerse de acuerdo, esos canallas se van juntos a cenar.
Octava lección: el cuarto poder y sus servidores de alquiler
Observará usted, joven señora, entre quienes maman del poder, una variedad humana que merece capítulo aparte: el periodista al servicio del amo. No hablo del periodista que ejerce con honestidad y un mínimo de rigidez vertebral, sino del chupapollas de cámara, el tertuliano de nómina, el articulista que cada mañana recibe su línea editorial por WhatsApp y la transforma en opinión propia con absoluta desvergüenza. España ha construido un sistema mediático corrupto donde cada trinchera política tiene voceros y tertulianos de plantilla dispuestos a defender lo contrario de lo que defendieron ayer, si quien les llena el pesebre cambió de posición en el intervalo. Aprenda por tanto una futura reina a leer entre líneas. A saber que cuando un tertuliano de cuota habla con especial pasión de la inmoralidad ajena, conviene averiguar quién le paga la moralidad propia.
Novena lección: la izquierda que nos la metió doblada y la derecha que nos la va a meter
Preste atención ahora, joven alteza, a otro espécimen de notable interés pedagógico: el izquierdista sectario incapaz de concebir que alguien con diferente opinión pueda ser algo más que un fascista encubierto, un ignorante o un mal nacido. Hablo de una izquierda sin sentido del ridículo que ha transformado la causa de los trabajadores y parias de la tierra, que originalmente era la suya, en un gallinero de identidades competitivas; la solidaridad, en una lista privada de admisión; y el pensamiento crítico, en una letanía de cancelaciones. Robespierre, señora -nombre que conviene recordar junto con su destino final-, empezó reclamando libertad para el pueblo y aplicó la guillotina como solución final. La certeza moral es la más peligrosa de todas; aún más que el tiro en la nuca, porque éste, a veces, acarrea remordimientos. La convicción ideológica fanática, no. Ésta genera purgas, listas negras, cancelaciones, gulags, verdugos en busca de víctimas para justificarse.
El sectarismo de esa izquierda extrema no se diferencia gran cosa, en los últimos tiempos, del sectarismo en el que se engolfa la extrema derecha, cada vez más xenófoba, populista y crecida. Ambos dividen a los ciudadanos entre los que piensan correctamente y los que no, sitúan la frontera según les conviene y administran la indignación y el cansancio de los ciudadanos como recurso propio. Es interesante que tanto esa izquierda como esa derecha devoren a sus propios hijos, o padres, cada vez que alguno disiente del dogma en vigor. Para unos eres un fascista nostálgico y para otros un vendepatrias masón. Hay una ironía perfecta en el hecho de que unos y otros, los supuestos herederos del jacobinismo revolucionario y los duros apologetas de la ley y el orden, manifiesten -unos empezaron antes que otros, pero todos lo hacen ya- el mismo afán de control ideológico que dicen detestar en el adversario.
Décima lección: el arte de mantenerse en el poder demoliendo un estado
Llegamos a la lección contemporánea más notable: el político que convierte la supervivencia personal en asunto de Estado y la permanencia en el poder en único objetivo, que persigue con una tenacidad que en otras circunstancias, al servicio de una causa noble, sería digna de admiración. No escribiré hoy nombre ni apellido porque tampoco he escrito otros, pero no hace falta; hablo de ese individuo profundamente amoral, con capacidad extraordinaria para absorber golpes políticos, reinventar el discurso y empezar cada día con el cinismo descarado de quien parece que acaba de ganar cuando en realidad acaba de perder. Con el descaro de quien considera que los hechos son una opinión y las palabras una realidad cambiante según convenga. Ese político de feroz intuición e instinto de supervivencia, enfrentado a una oposición incompetente, patética, torpe, incapaz de utilizar las herramientas de que dispone, ha decidido que el poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. Que una presidencia de Gobierno no se ejerce, se habita. Y que todo lo demás -instituciones, equilibrios, pactos para la convivencia, medios públicos, Boletín Oficial del Estado- sólo son herramientas para quien tenga la desvergüenza necesaria y la mayoría suficiente; aunque esa mayoría haya que comprarla cada vez más cara, en distinta moneda y a proveedores oportunistas.
Lo que ese gobernante hace con el Estado no es dirigirlo, sino negociarlo trozo a trozo, competencia a competencia, como quien desmonta un reloj que no es suyo para pagar deudas con las piezas, con la certeza de que cuando ya no quede reloj, dar o no dar la hora será problema de su sucesor. La clave del método es que nunca destruye de golpe: eso generaría alarma, resistencia, escándalo. Destruye en cuotas, con el lenguaje de la modernización, del diálogo, de la España plural y diversa que avanza hacia un horizonte que se desplaza cada vez que uno se acerca. Toda claudicación se vende como logro planetario, cada cesión se camufla de generosidad democrática; y si alguien señala el agujero donde antes había un pilar sólido, se le acusa de estar al servicio de oscuras fuerzas fascistas. Es el mecanismo defensivo del político sin escrúpulos desde el Catilina ciceroniano: si te pillan, ataca; si te acorralan, insulta; si demuestran que mentiste, acusa de conspirar. Basta volver a los clásicos y echar un vistazo. Todo ocurre desde hace siglos, las consecuencias están en los libros de Historia y sin embargo seguimos dejándonos torear. Cada vez menos, tal vez. Cada vez con menos paciencia. Pero seguimos.
Así que bienvenida a esta nueva y siempre vieja España, princesa Leonor, futura reina, estimada señora. Aproveche el máster que con tanta elocuencia la gentuza que nos rige y la que aspira a regirnos ofrecen a su todavía tierna generación. Tarde o temprano será usted quien deba lidiar con esta pandilla de sinvergüenzas y payasos enfermos de incultura, de envidia, de ambición, de poder, de odio. Le será todavía más difícil que a sus muy dignos padres -que hacen su trabajo con extraordinaria profesionalidad y prudencia-. Pero con tales bueyes tendrá que arar. Hay, de todas formas, una frase de su lejano y fugaz antecesor en el trono, Amadeo de Saboya, que ahora que están de moda los tatuajes tal vez debería usted situar en algún lugar adecuado de su joven anatomía:
Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía. Pero no. Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la nación son españoles.
____________
Publicado el 6 de julio de 2026 en El Mundo.
- La cripta, los guías y el pistolero - La Derrota - 13 - 04/07/2026 22:23
"… un vigilante jurado se acercó a preguntarme si tenía carnet o tarjeta de guía. Le dije, sorprendido, que no tenía nada que me acreditase como parte de tan respetable gremio, y el hombre –algo incómodo, todo hay que decirlo– me dijo que en tal caso no podía explicar a nadie cosas sobre el monasterio. «Sólo los guías oficiales –añadió– pueden hablar aquí.»
Cuando, a los diez segundos de mirarlo fijamente para asimilar aquello, caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, bajé la voz cuanto pude y le dije, casi al oído, que estaba enseñándoles aquello a mis dos amigos, que ningún guarda jurado podía inmiscuirse en mis conversaciones, y que, como hombre libre que soy, tanto en el Escorial como fuera de él, tenía intención de seguir hablando de lo que me saliera de los cojones. «Es que no puede usted hacerlo», opuso el hombre, ya un poco nervioso. «Claro que puedo –respondí–, a menos que me eche del monasterio o me pegue un tiro.» Y así quedó la cosa. … Pero me había quedado el ánimo removido, a ver si me entienden. Dicho de otra forma, tenía un cabreo de los que piden sangre. Así que dije a mis amigos que siguieran adelante, que los alcanzaba en un minuto, y volviendo sobre mis pasos me fui derecho al guardia. «Llevo más de veinte años visitando esto y nunca me había ocurrido algo así», dije. Por la cara compungida que puso, me di cuenta en seguida de la situación. «No es cosa suya, ¿verdad?», concluí. Negó con la cabeza. «Es que había una guía detrás de usted mirándome con mala cara», dijo al fin. Entonces caí en la cuenta. «¿Qué pasa? –pregunté–. ¿A los guías no les gusta que un particular les haga la competencia?» El guarda me miraba, confuso. «Son las órdenes que tengo», murmuró. «Pues dígale a quien le dé esas órdenes estúpidas que son anticonstitucionales, porque la palabra es libre», le aclaré. «Y añada además, de mi parte, que se vaya a hacer puñetas.» Al oír aquello sonrió el hombre, al fin, y movió la cabeza. «No puedo decirles eso», respondió. «Tiene usted razón –le dije–. Pero yo sí que puedo.» Y aquí me tienen ustedes hoy, con su permiso. Pudiendo."
19.11.06 La cripta, los guías y el pistolero –fragmento – Arturo Pérez-Reverte
- "El problema final" llega a Netflix en septiembre (miniserie de 4 capítulos). - Salva - 287 - 19/06/2026 13:23
José Coronado brilla en Netflix con el estreno de una nueva miniserie española de 4 capítulos
La serie "El problema final", protagonizada por José Coronado en Netflix, ya mostró sus primeras imágenes y promete ser uno de los grandes estrenos del año.
17 de junio de 2026 - 09:31
"El problema final" ya comenzó a generar una enorme expectativa en Netflix entre los seguidores de las producciones españolas y los lectores de Arturo Pérez-Reverte. La nueva adaptación de la exitosa novela del escritor llegará en formato de miniserie con José Coronado y, tras la publicación de su primer tráiler, las conversaciones sobre su posible impacto no tardaron en multiplicarse.
El encargado de adelantar las primeras imágenes fue el propio Arturo Pérez-Reverte, quien compartió el avance a través de sus redes sociales acompañado únicamente por una palabra: "En septiembre". El mensaje fue suficiente para despertar la curiosidad de miles de seguidores que aguardaban novedades sobre una producción que promete combinar misterio, suspense y un destacado reparto.
La adaptación llevará a la pantalla una de las novelas más comentadas del autor español y lo hará con una propuesta que mezcla elementos clásicos del género detectivesco con una ambientación cuidadosamente construida.
De qué trata "El problema final" en Netflix
Durante la primavera de 1959, trece personas quedan aisladas por un temporal en un islote próximo a Mallorca. Nadie imagina lo que está a punto de suceder en el pequeño hotel en el que se alojan: Elisa Mander, una discreta turista de origen ingles, aparece muerta. Lo que en un principio parece ser un suicidio pronto comienza a dar señales de ser algo mucho mas inquietante: un asesinato.
Basil, un actor retirado que en otro tiempo encarno en la gran pantalla al mismísimo Sherlock Holmes, se vera convertido, casi sin pretenderlo, en el encargado de desentramar lo ocurrido. En un lugar del que nadie puede salir y al que nadie puede llegar, todos los huéspedes y empleados se convertirán en sospechosos de un crimen que a cada momento que pasa se revela mas complejo y enrevesado de lo que nadie pudo imaginar en un principio.
El problema final es una sofisticada adaptación de uno de los libros más vendidos de Pérez-Reverte, un thriller de época cargado de secretos, misterio y giros inesperados.
El elenco principal de "El problema final" con José Coronado
Netflix ha desvelado el rodaje y el cast principal de El problema final, basada en la novela homónima y bestseller del autor español Arturo Pérez-Reverte. Esta nueva miniserie, que combina thriller y misterio en un envolvente contexto de época, contará con 4 capítulos y estará protagonizada por Jose Coronado (Entrevías, La chica de nieve, Vivir sin permiso), María Valverde (Fuimos canciones), Martiño Rivas (Nacho, Las chicas del cable), Maribel Verdú (Cuando nadie nos ve, Now and then), Gonzalo de Castro (Políticamente incorrectos, La ternura), Cristina Kovani (El silencio, La Caza: Guadiana), José Condessa (Cacao, Rabo de Peixe) y Pepón Nieto (Smiley, Lo nunca visto), entre otros.
La miniserie está producida por Mod Producciones y cuenta con Fernando Bovaira (Mientras dure la guerra, La Fortuna) como productor, Urko Errazquin (El campeón, La vida padre) como productor ejecutivo y Alberto Macías, Carlos Molinero y Marisol Farré como guionistas. La dirección corre a cargo de Félix Viscarret (Una vida no tan simple, No mires a los ojos).
El rodaje, que comenzó en Lloret de Mar el pasado mes de abril, tendrá una duración de dos meses. La segunda parte del rodaje se llevará a cabo en el centro de producción de Netflix en Tres Cantos, así como en distintas localizaciones de Madrid y Toledo.
Cuántos episodios tendrá "El problema final" en Netflix
Otro aspecto que llamó la atención es el formato elegido para la adaptación. La historia llegará como una miniserie de cuatro episodios.
Lejos de apostar por temporadas extensas, la producción optará por una narrativa concentrada que buscará mantener el interés desde el primer minuto hasta la resolución final del caso.
La duración reducida también permite que la tensión se mantenga constante y que cada episodio aporte información relevante para la evolución del misterio.
La importancia de Arturo Pérez-Reverte, el reconocido autor español
El interés generado por la serie también está relacionado con la figura de su creador. Arturo Pérez-Reverte es uno de los autores más leídos y reconocidos de la literatura española contemporánea.
A lo largo de su carrera publicó numerosas novelas que alcanzaron una enorme popularidad tanto dentro como fuera de España. La adaptación de El problema final supone un nuevo paso en la relación entre el escritor y el mundo audiovisual.
Su capacidad para construir personajes complejos y desarrollar tramas llenas de tensión narrativa convierte sus novelas en materiales especialmente atractivos para las plataformas de streaming.
Mira el primer adelanto de "El problema final" en Netflix
https://www.a24.com/trends/jose-coronado-brilla-netflix-el-estreno-una-nueva-miniserie-espanola-4-capitulos-n1566572
- Para redondear la experiencia, todo en un hotel inteligente - La Derrota - 28 - 14/06/2026 21:41
2017.03.19 Hoteles inteligentes y la madre que los parió
Arturo Pérez-Reverte - PATENTE DE CORSO
Les juro a ustedes, con una mano sobre la primera edición de El cetro de Ottokar, que cuanto voy a contar es cierto. Acabo de sufrirlo en la habitación de un hotel español nuevo y flamante, dotado con todos los adelantos tecnológicos imaginables. Un lugar de vanguardia tan avanzada que te deja de pasta de boniato.
La primera en la frente fueron las luces. Allí no había conmutadores normales, de ésos que les das, clic, clac, y encienden y apagan. Había unos sensores planos de colorines, que según acercabas un dedo encendían cosas de modo aleatorio, a su rollo. Todas de golpe o una a una, dabas a ésta y se encendía o apagaba aquélla, tocabas la de la mesilla de noche y se iluminaba un armario, o el cuarto de baño, y así todo el rato. No había forma de aclararse. Y para más recochineo, la habitación estaba iluminada a la moda de ahora, con coquetos puntos de luz que dejaban el resto en penumbra; lo que es precioso, pero tiene la pega de que no ves un carajo. Además, las pocas luces estaban situadas en lugares divinos, pero no donde las necesitabas, por ejemplo, para leer. Así que estuve un rato moviendo muebles para colocarlos donde podía verse algo; con el simpático detalle de que al ir y venir en la penumbra, más ciego que un topo, una manija de una puerta, estilizada, larga y bellísima de diseño, se me enganchó en el bolsillo de la chaqueta, rasgándolo.
Blasfemé, lo confieso. Algo sobre el copón de Bullas. Por suerte tenía otra chaqueta, pero al ir a colgarla se le cayó un botón. La alfombra era de las que más detesto en el mundo. Si la moqueta me parece ya una guarrería infame, calculen mis sentimientos ante una alfombra peluda de medio palmo de espesor, con rayas de cebra, entre cuya fronda podría camuflarse una boa constrictor. Por pura ley de Murphy, el botón cayó entre el pelamen; y con la falta de luz estuve diez minutos a cuatro patas, buscándolo con las gafas de leer puestas, mientras mis blasfemias subían de tono, cuestionando ya los más sagrados Misterios. Y de ahí para arriba.
El siguiente episodio fue la tele. Vi un mando, presioné la tecla, y lo que se descorrieron fueron las cortinas de la ventana, que ya nunca pude volver a correr. Al fin, con otro mando que parecía perfecto para abrir cortinas, encendí la tele. «Bienvenido, señor Pérez», dijo una voz cantarina sobre una imagen del hotel. Quise ver el telediario, pero el televisor me exigió una complicada serie de datos que incluían mi nombre, número de habitación y algo así como código Waca Plus –que sigo sin tener ni idea de qué podía ser–. Pese a ello, introducido todo, o casi, la tele se negó a pasar a los canales. Quise apagarla, pero no había manera de apagarla del todo, porque se encendía ella sola cada diez minutos, y cada vez la misma voz repetía: «Bienvenido, señor Pérez».
Les ahorro la noche. La cortina abierta de piernas, con la luz de las farolas de la calle dándome en la cara –con ésa sí habría podido leer–, y el televisor encendiéndose solo, «Bienvenido, señor Pérez», cada diez minutos. Además, cuando quise mirar el reloj en la mesilla debí de tocar algún sensor o algo, porque los pies de la cama se levantaron, zuuuuum, y me quedé con ellos en alto y toda la sangre congestionándome la cabeza. A punto de nieve para el derrame cerebral.
Al fin llegó el alba. Yo había notado ya que el grifo del lavabo no era un grifo, sino un caño misterioso que requería ciertos pases mágicos alrededor para que saliera el chorro de agua. Y con la ducha pasaba lo mismo. Me puse enfrente, empecé el abracadabra, y ni flores. Al fin, al hacer no sé qué movimiento, brotó el agua de la ducha. Fría, no, oigan. Ártica. Salté hacia atrás, empapado, y me quedé allí intentando desesperadamente resolver el problema. Entre el mando –que seguía sin saber cómo funcionaba– y yo se interponía el chorro gélido de la ducha. Al fin me dije: vamos, chaval. Sobreviviste a los puentes de Bijela, así que échale cojones. De modo que tomé aire, me metí bajo el chorro –mis blasfemias debían ahora de oírse en la calle– y estuve dando pases mágicos hasta que al fin, al borde ya de la congestión pulmonar, salió de pronto un chorro de agua hirviendo que me abrasó la piel. Y cuando al cabo, exhausto, apoyado en los azulejos bajo un chorro más o menos regulado, miré al suelo, comprobé que el arquitecto, o su puta madre, habían diseñado un plato de ducha sin escaloncito, a ras con el piso, y que por debajo de la puerta de cristal se había ido el agua, que ahora corría alegre por toda la habitación, anegándola. Y mientras, en el televisor, la amable voz femenina seguía repitiendo cada diez minutos: «Bienvenido, señor Pérez».
¡Gracias, Salva! ¡Gracias, señor Pérez!
|